El fierro de santis

T  sss -Crespi hizo chasquear la lengua contra el paladar-. Nosotros hicimos todo lo que teníamos que hacer, pero ese partido no lo definía ni un yeta ni una convención de yetas. La gloria de ese partido -mezquinó la mirada, como registrando al albur- circulaba por otros pasillos.

-Mirá, Crespi, yo no sé por dónde circularía la gloria. Lo que te puedo decir es que, desde los once minutos del primer tiempo, que fue cuando el Pájaro clavó el gol, hasta que se suspendió Ñuls – Central por disturbios canallescos, yo lo miraba al Colorado De Santis y mi volumen vesical disminuía dramáticamente, que es como llama mi médico a mearte encima. El doctor Oscar Orinoco… -. Con el paso de los años, Echaurren aumentaba las menciones a sus médicos en relación directamente proporcional al deterioro de su vejiga.

-Y lo bien que hicimos -Mercado siempre le tomaba la temperatura al asunto en debate, antes de arriesgar su opinión-. Fierro como ése, no conocí ninguno.

-Y te quedás corto, Mercadito -de todos sus apelativos, “Mercadito” era precisamente el que Mercado más detestaba-. Echaurren se pasó la lengua por los labios, como si se le hubiera quedado pegado merengue. Estuvo a punto de empezar a hablar, pero se le interpuso Bartolo Ramis.

-La más grande de todas las que hizo ese Colorado mufanda me la contaron el otro día. ¡Me dieron ganas de tirarme debajo de las vías! -Ramis hablaba salpicando con saliva su zona de exclusión.

-Del tren, querrás decir, debajo del tren -Crespi no lo miró-. Para tirarse debajo de las vías, hay que levantarlas primero. Un poco trabajoso…

-¡Pero dejate de joder! Acá, los muchachos, me entienden. El único que rompe las pelotas con el verbo y el predicado sos vos -el mozo recogió los pocillos de café y se dispuso a volver con el relevo-. No sé si ustedes se acuerdan, pero De Santis hacía corretaje de artículos escolares y se ganaba unos mangos extra cortando el pelo a domicilio. Yo lo sabía ver, sacando pecho, con el bigote a lo Labruna, cruzar Viamonte, o San Martín, a la hora de la siesta, o temprano por la mañana. Andaba con un maletín pretencioso, donde llevaba sus chucherías. Un día, el caradura me dijo que hacía “labores de acupunturista”, ¡imagínense!

-A mí me hubieran venido bien unas sesiones de acupuntura -probó el Tapón Mercado-. ¿Ustedes se acuerdan del calendario que tenía Ñuls aquella semana del ocho de marzo? El domingo, el clásico en casa, que los canallas habían declinado desinteresadamente postergar. El lunes, jugábamos afuera contra la Universidad Católica. ¡Veníamos de ganarle tres a cero a Coquimbo Unido el tres de marzo, y tres a uno al Colo Colo el seis! Hoy en día, los jugadores se esguinzan cuando se enteran de que tienen que jugar dos veces en ocho días. Y después del clásico, empatamos en Chile. ¡Llop jugó cuatro partidos en menos de una semana y, junto con Domizzi, dos en veinticuatro horas!

Echaurren dijo que su médico traumatólogo, el doctor Alejandro Cúbito, le había dicho que la acupuntura era muy buena para los dolores articulares. Ramis le preguntó si eso era un apellido o una propaganda de hielo en bolsitas. Crespi dijo que para saber de terapias alternativas había un programa en la tevé pública, pero que ahí estaban hablando de la vida y del fútbol.

-Bueno, entonces sigo -Ramis caracoleó en la silla-. Resulta que hace una punta de años había un senador santafesino que se llamaba Asio Pentitti, un tipo que llegó a ser vicepresidente segundo del Senado durante el gobierno de Isabelita. Al chabóóón -Bartolo alargaba las oes- le quedaba una raya de pelo en la nuca, que se había dejado crecer casi hasta la cintura. ¡Para dormir, lo metía dentro de una bolsita como si fuera una mascota! Y al día siguiente tenía que peinárselo hasta cubrir toda la zabeca. ¡Se ve que el tipo gozaba de una discapacidad con el cabello!

-Padecía… -lo interrumpió Crespi-, no creo que lo disfrutara -. Bartolo lo miró con suficiencia, porque no había entendido la observación.

-La cuestióóón -siempre las oes estirando el suspenso-, es que el senador era la pieza más apetecible para los peluqueros: pelado y político con guita. Se venía hasta Rosario con una gorrita de lechero, porque hacerse ese peinado en Santa Fe capital le daba vergüenza. Sólo había dos secretos: una pomada medio azulada para pintarle el lope, y una laca en spray para el acabado. Buéh, la cuestión es que el Innombrable fue citado para su debut un miércoles casi de madrugada, y hacia allí enderezó las riendas, hacia el Hotel Savoy -. El mozo, indiferente como un mesías, repartía los pocillos.

-En ese entonces, Ñuls lo tenía al Mono Obberti y a Marito Zanabria -Mercado se estaba aburriendo.

-¡Y a Gallego y a Valdano, Inspector! -Echaurren se exaltó y obvió toda mención terapéutica. El Tapón le devolvió la pared con un adoquín furibundo calzado en los ojos. Inspector de Zócalos era el segundo apodo que más odiaba. Aunque, en realidad, lo que más detestaba en el mundo era a Rosario Central.

-En un cuarto cerca de la terraza del hotel, que Asio Pentitti tenía reservado para sus chanchullos -Bartolo Ramis dejó caer una gota modesta de su sapiencia y bastantes de su saliva-, tuvo lugar la ceremonia. Lavado, secado con toalla y no va que el fierro De Santis se da cuenta que el betún estaba seco, todo cuarteado en la superficie. Se hizo el langa, de tripas corazón, y embadurnándose los dedos le requintó los pelos que quedaron más o menos como las crines de una cebra.

Echaurren ahogó una risita, estuvo a punto de hacer una alusión a la hipocromía, extraída de su dermatólogo el doctor Tony Soldo, pero prefirió dejar que Bartolo siguiera con el relato.

-Lo peor fue lo que pasó con la laca. A pesar de que el Colorado agitó el spray dándole como loco a la matraca, el fijador no salía. Cuentan que el Colorado estaba descompuesto y él, que siempre amenizaba sus sesiones con cuentos sobre su buena suerte, no podía pronunciar ni una palabra -Bartolo miró a cada uno de sus acompañantes, para comprobar el efecto del relato y calcular el remate-. De pronto, se destapó la boquilla del pulsador y sobre las mechas del senador cayó un líquido pegajoso, muy parecido a la boligoma, pero amarillento. En resumen, De Santis no volvió a pisar el Savoy y Asio Pentitti estuvo un mes sin sacarse la gorra de lechero y sin pisar Rosario. Creo que hasta pidió una breve licencia por enfermedad al Senado Nacional. Se le habrá pegado la boina a la bocha…

-Lo que ratifica, muchachos, que yo hice bien en hablar con el Flaco Espina -Mercado sacó pecho-, ¿se acuerdan, no?, el que le afilaba la mujer al piedra ése. Pero qué le vamos a hacer… pedirle a la mina que lo retuviera al marido en la casa, porque teníamos información de que en la cancha iba a haber un quilombo sangriento, justo a la hora en que el Flaco la pasaba por las armas, era como preguntarle a un ciego si venían los indios -el Tapón vaciló, inseguro con la comparación-. El Flaco, que en paz descanse, me contestó: “… pero ¿cómo le voy a pedir a la chabona que no lo deje salir, justo a la hora que yo tengo que entrar? ¿Vos sos pelotudo o practicás conmigo?”. Y tenía toda la razón.

-Hay que tener cuidado con mirar el sol de frente si se quiere conservar la vista -dijo Echaurren que le había dicho su oftalmólogo, el reconocido doctor Sandalio Lentini-. Pero recuerden todo lo demás que hicimos: cuando lo quisimos levantar como sorete en pala con el 505 en Santa Fe y Santiago, cuando planeamos secuestrarlo como habían hecho los canallas con aquel suertudo que tenían, el viejo Casale, cuando lo tratamos de embalurdar con un choreo para que pasara el fin de semana en cana. Del accidente automovilístico zafó por el semáforo, del secuestro porque lo mandaron en comisión a Muguetas, del choreo porque el Comisario de la Tercera a último momento pidió más tela de la que teníamos. Me parece que ese jettatore tenía un culo bárbaro para la mala suerte.

Crespi lo miró, taciturno. -Señores -, dijo, con una gravedad imperial- … lo que pasó el 8 de marzo de 1992, el inmortal Día del Padre, desde mi punto de vista no tiene nada que ver con la suerte, y la presencia en la cancha del desdichado De Santis en aquel día glorioso lo confirma, aunque él diga que les ganamos a los canallas por su fenomenal buena suerte. A propósito, me contaron que hace poco fue visto en Las Toscas, localidad del noreste, hablando con tres mujeres en sus años maduros, quienes reían de sus ocurrencias bajo un sol parricida. Seguramente estaba improvisando para ellas algún golpe de su legendaria fortuna. No sé qué andará haciendo por allá, pero no hace mucho una pareja chocó contra un camión cuando intentaba ingresar a la Ruta 31, desde el descanso sobre la Ruta 11. El conductor nunca se enteró del camión que circulaba algunos metros detrás suyo y que, pese a las señas de luces, no logró evitar el impacto. El matrimonio murió en el acto, y parece que el Colorado le había cortado el pelo al hombre la tarde anterior. Lo del ocho de marzo, para el que lo quiera ver, tiene su explicación en la foto del gol del Pájaro Domizzi -dicho lo cual, paseó su mirada tallada en hielo sobre la parroquia.

Echaurren quiso colar algo relacionado con la falta de reflejos y la nocturnidad, pero ningún especialista le vino a la cabeza. El Tapón Mercado, cualquier cosa que sirviera para descalificar a Rosario Central, pero tampoco arrancó. Bartolo Riesi estaba fascinado como un gato mirando a una cobra.

-De una atenta observación, resulta lo siguiente: el Pelado Boggio está parado sobre la línea cuidando el primer palo, ¿lo recuerdan? -¡quién podría haberlo olvidado! -. Tito Bonano, a su derecha. De espaldas Galloni. Bauza y Falaschi a su izquierda. Detrás de Tito, alguien que no me acuerdo cuidando el segundo, pero que con el pretexto del sol de frente, se esconde haciendo visera con la mano para evitar la posteridad de la vergüenza. También, semioculto pero reconocible, Ubeda. Y saltanto rumbo a los astros el Pájaro Domizzi, inmortalizado en el momento en que la pelota se cuela rozando el travesaño. Estamos, ¿no?

Los contertulios asintieron gravemente.

-Bueno -siguió Crespi-, ¿y nadie se dio cuenta de que hay catorce piernas canallas clavadas al piso, y solo dos trepando hacia la posteridad? ¿Alguien piensa que eso está relacionado con el azar de un momento y, por lo tanto, susceptible de ser modificado por un modesto fierro? No señores, ¡no! De ninguna manera -Crespi tomo aire como si acabara de ver a Venus hacer la danza del vientre-. ¡No! La suerte va y viene, en cambio el destino es otra cosa. El destino te señala, relojea para comprobar si lo viste, luego actúa y pasa. Una cosa es ganar un partido y otra es la gloria. Domizzi saltó, sigue saltando y saltará por los siglos de los siglos. Vio su destino, mis queridos amigos y el destino lo vio a él. Desde entonces, andan juntos para siempre y nos visitan cada ocho de marzo. ¡Nuestro Día del Padre!