Fútbol y pandillas

El fútbol, El Salvador y las maras: ese código tácito que sacó del mapa al número 13 y al 18

Con 51 homicidios al año por cada 100 mil habitantes, El Salvador es el país de Centroamérica con más alto índice de asesinatos. Allí mandan dos pandillas: la Mara Salvatrucha y la Calle 18, las “dueñas” de dos números a los que la pelota les tiene miedo.

No importa en cuál de todas las canchas que hay en ese territorio se repita la escena. En todas, sin excepción, la voz del estadio empezaría con la rutina de nombrar a los jugadores por orden numérico. “Con el 1…”. Seguiría “con el 2… ”, luego “con el 3…”, y así sucesivamente hasta el número 12. A continuación la película seguiría “con el 14”, para después darle paso al 15, al 16 y al 17. Sin importar el estadio en el que estés, la transmisión radial de turno aseveraría que “con el 19….” y así sucesivamente. No hubo una falla. Fue una omisión. En este país al fútbol se juegan con las camisetas de todos los números menos con la 13 y la 18. No importa si son profesionales, o están compartiendo un picado entre amigos del barrio. Así es el fútbol en El Salvador. Un fútbol –país– dominado por el miedo a dos pandillas que manejan todo.

A pesar de que no hay datos oficiales, algunos periodistas aseguran que entre 2007 y 2008 algunos clubes salvadoreños empezaron a dejar de lado los “números prohibidos”. En 2011 ya solo 11 de los 66 equipos que forman parte de las tres divisiones del fútbol salvadoreño seguían utilizándolos. En la temporada 2013-14 de los diez equipos de la Primera División ocho no usaban el 18 y cinco no utilizaban el 13. Ya para la temporada actual, el pacto no necesitó estar escrito, ni firmado por las autoridades del fútbol salvadoreño para que esos números pasen al olvido: tanto en el Apertura que finalizó en diciembre y consagró a Alianza, como en las once fechas que la pandemia del coronavirus permitió disputar del Clausura –se dio por finalizado–, no hubo ni un solo equipo que tenga en su plantel a un jugador con las camisetas número 13 y 18.


El Salvador es uno de los países con más homicidios por cada 100.000 habitantes del mundo.

Hablar de El Salvador en estos tiempos es sinónimo de angustia y de pelea por territorio. El único ranking que lideró El Salvador durante varios años fue el de mayores tasas de homicidios. Estos índices entre 103 y 50,3 asesinatos por cada 100.000 habitantes se registraron entre 2015 y 2018 y colocaron a este país centroamericano como uno de los países más violentos del mundo, pese a que no se encuentra en guerra. En 2019, este índice llegó a las 36 muertes violentas por cada 100.000 habitantes y con la llegada de Nayib Bukele a la presidencia, este primer semestre del 2020 mostró cómo uno de los países más violentes del mundo redujo un 62,8 % la cifra de homicidios, frente al mismo lapso del 2019, según estadísticas oficiales consultadas por la agencia EFE en los primeros días de julio.

Se calcula que sobre una población de seis millones de habitantes, hay alrededor de 70.000 maras, como se conoce a los integrantes de pandillas delictivas, asociadas a los crímenes, asesinatos, torturas y extorsiones. Un flagelo que nació en Estados Unidos y que también padecen Honduras y Guatemala, que junto con El Salvador integran el triángulo norte centroamericano, una de las regiones más sangrientas del mundo. 

¿Pero que tiene que ver este artículo con el deporte y en especial con el fútbol y los números prohibidos? Aunque su origen se haya gestado en las calles de Los Angeles, California, tiene todo que ver porque la imposibilidad de que uno pueda observar en cualquier cancha salvadoreña una camiseta con el número 13 u otra con la camiseta 18 se debe a la denominación de estas pandillas que dominan el país: la Mara Salvatrucha (MS-13) y la Calle 18 (que esta dividida en dos facciones).


La Cárcel de Izalco está llena de pandilleros de la Mara 18. (Meridith Kohut/The New York Times)

El Barrio 18 o la 18, es el nombre hispano de la 18th Street Gang, una pandilla creada en la década del setenta en Los Ángeles. Cuenta la leyenda que los primeros miembros de dicha mara fueron migrantes mexicanos que, según aseguran muchos investigadores, formaron la primera pandilla de origen latinoamericano que se abrió a personas de origen distinto. Actualmente, en El Salvador esta mara se encuentra dividida en dos facciones: los Sureños y los Revolucionarios. Si bien estas dos partes mantienen una dura rivalidad entre sí, ninguna ha querido renunciar al número 18.

La 18th Street usará los símbolos XV3, XVIII, X8, 99 (9 + 9 = 18) y 3 puntos en sus grafitis y tatuajes. Sus colores son azul (en homenaje a la mafia mexicana) y negro (el color original de la pandilla). A la pandilla de la Calle 18 se conoce ocasionalmente como el “Ejército de los Niños” debido a su reclutamiento de jóvenes de primaria y secundaria

La Mara Salvatrucha es uno de los objetivos del gobierno de Donald Trump.

“Los demócratas no quieren usar dinero del presupuesto para el muro de la frontera, a pesar de que detendrá drogas y los muy malos miembros de la pandilla MS-13”, supo tuitear Donald Trump. Un Trump que se ha manifestado en diversas ocasiones que su Gobierno le ha declarado la guerra a las pandillas y que las maras son un desafío a la seguridad nacional de ese país.

La MS-13, la rival de la Calle 18, son mucho más recientes, pero también surgen del mismo corazón de Los Angeles en los años setenta: el área de Rampart. Ambas son pandillas sureñas, lo que quiere decir que están bajo el ala protectora de una estructura criminal superior llamada la Mexican Mafia o la eMe. El número que aglutina e identifica a la eMe es el 13, porque la letra M es la decimotercera del alfabeto, y por ese motivo todas las pandillas sureñas se identifican con ese número. Contrario a la creencia popular que corre cuando se habla de las dos maras que dominan El Salvador, el 13 las une; no las divide. Cientos de pandilleros de la 18 tienen el 13 tatuado sin que ello suponga problema alguno.

Sin embargo, para la Mara Salvatrucha el 18 es un número prohibido y denostado, por ser de uso exclusivo de la pandilla rival, que lo adoptó porque en sus orígenes comenzó a hacerse fuerte en algunos sectores de la calle 18 de Los Ángeles.

Tanto es el encono con el que se miran estas pandillas, que si por ejemplo un miembro de la MS-13, no puede jugar un picado con amigos, si en el grupo hay alguien con el “18” porque se metería en zona ajena, en este caso el Barrio 18. Así es siempre, lo mismo con el “13” y las camisetas que tengan terminación en “3” y “8”.


Rodrigo De Brito es un central argentino que llegó al fútbol salvadoreño en 2014 cuando firmó contrato con el Santa Tecla, el mismo equipo que lo declaró transferible en mayo y le permitió regresar a la Argentina en un vuelo sanitario. El oriundo de Salto, provincia de Buenos Aires, cuenta su experiencia ni bien pisó el país dominado por las maras: “Cuando firmé el club me dijo que podía elegir cualquier número menos el 13 y el 18 por un tema seguridad, ya que estos dos números pertenecen a las dos pandillas que mandan en Centroamérica. Estaba consciente que existían estos grupos, pero no sabía que se los respetaba tanto para no usar esos números”. Y agrega: “Apenas llegué a El Salvador me pidieron que tuviera cuidado por los sectores en los que me moviera para tener seguridad. Ahí tomé consciencia de que las maras se pelean más por el territorio, que por otra cosa”.

Rodrigo De Brito en su último paso por el Santa Tecla.

Los años en el fútbol salvadoreño y la experiencia (NdeR: estuvo en cinco clubes durante su estadía: Santa Tecla, Turín-FESA, Deportivo Sébaco, Luis Ángel Firpo y Municipal Limeño) lo hicieron entender cómo moverse y los cuidados que debía tener a la hora de trasladarse: “Lo que más me sorprendió es el poder que tienen las maras para controlar cada territorio. En El Salvador están más afincadas en las afueras de la capital del país (San Salvador), y ahí es sumamente peligroso ir. Cuidan a la gente de sus barrios, pero si no sos de ahí es muy complicado entrar. Es más, un par de veces quise ir a ver a algún ex compañero y me dijeron que me quedara arriba del auto porque podía ser peligroso”. 

Con respecto a la prohibición de la utilización de los números 13 y 18, el futbolista de 28 años explica que es un tema que no mide profesionalismo, sino que abarca cualquier momento en el que haya una pelota rodando: “Desde chicos les inculca que esos números están prohibidos. Hay muchos que viven en sectores en los que predominan las maras y saben bien que no los van a poder usar nunca”. 


Un argentino que llegó varios años antes y se bañó con la realidad de esta “prohibición numérica” fue Juan Sarulyte. El ex jugador de Racing, Independiente y Santiago Wanderers en la década del ochenta arribó en 2007 como ayudante del uruguayo Mario Israel (con quien llegó hasta la Selección de El Salvador) y ya se afincó en el país pasando por el banco de varios de los equipos más importantes.

Cuando llegué yo conocía sobre las maras, pero no sabíamos cómo se movían. Hasta que los años te van dando experiencia y según las zonas en las que estés te debés manejar de cierta forma. He estado en una zona en las que si había, ellos viven en colonias, los veía y ellos me veían a mí porque a medida que vas creciendo se dan cuenta de quién sos. Pero yo no esperé a que me extorsionaran, porque es lo que hacen. Cuando me compré el primer vehículo, con mi señora decidimos mudarnos a un barrio privado. Después no me molestaron más. Los diez cabecillas viven confinados en una cárcel que está bajo tierra y desde ahí manejan todo. Cada comuna tiene un líder y se comunica con los capos que están en la cárcel para hacer sus negocios”.

A la hora de describir a las pandillas el padre del defensor surgido en Estudiantes de La Plata, Matías Sarulyte, asegura: “Son tipos que viven de extorsionar a la gente, de cobrarle impuestos a los negocios para juntar dinero y poner su propio negocio, pero por suerte hoy los tienen mucho más controlados”.

En 2020 Juan Sarulyte fue el DT del Jocoro.

Los números 13 y 18 no se usan acá. Los clubes les tienen miedo. Equipos de segunda y tercera división que están en barrios muy marginales juegan con las maras observándolas en las tribunas. Si alguien osa usarlas se le abalanzan para preguntarles porqué usa algo que es exclusividad de ellos. Ni en la Selección se usa, imaginate la relevancia que tiene”, relata. 


Tanto respeto le tienen a no usar los números que les pertenecen a las maras que ni un mito del fútbol sudamericano como Sebastián Washington Abreu pudo mantener su número de la suerte. El uruguayo llegó al Santa Tecla en 2016 y en la conferencia de prensa lo presentaron con su habitual número 13. “Estoy contento de poder usarlo porque es el número que usé durante toda mi carrera”, dijo El Loco ante una multitud de periodistas.

Pero la alegría le duró muy poco, porque horas más tarde, el presidente del club, José Vidal Hernández, le dijo que lo mejor era que se cambie el dorsal: ‘Como junta directiva y de manera responsable le hemos comentado a Sebastián sobre la realidad que el país vive. Tenemos la plena confianza en que el fútbol une’.

Abreu fue presentado con la 13, pero tuvo que cambiarlo por la 22.

Entendiendo la situación, Abreu prefirió no meterse en un tema tan delicado y optó por usar el número 22, que representaba el número de equipos en los que había jugado hasta entonces y que, además, representa los años que tenía como futbolista: “Yo desconozco ese tipo de temas, argumenté que ha sido el número que me ha acompañado a lo largo de mis veintidós años de carrera como profesional. Si no puedo usar el 13 optaré por el 22, en representación de los clubes en los que he estado”.

Esa vez, el Loco no la pudo picar como en Sudáfrica. Ni esquivarle el bulto a ese acuerdo tácito, que delimitado entre balas y territorios, priva a cualquiera que se anime a correr detrás de una pelota de tener la libertad de ponerse en la espalda la 13 o la 18. Dos números que parecieran extintos deportivamente hablando en un país que está curiosamente atravesado por ellos.