Pibe Roque

El fútbol en la sangre

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La historia de Roque, un pibe muy especial por quien dos equipos, dos finalistas, decidieron darle un abrazo por tratarse de una persona tan especial.

El Pibe Roque se enfermó feo, sin avisos y sin calmas, veintiocho horas antes de la gran final. Era un hincha militante, que no se perdía los partidos que valían la pena y ni siquiera lamentaba ser testigo de otros partidos, esos que de tan pobres apenas se dejaban ver. No se sabía si la enfermedad se le había venido encima por una mala comida o por un mal destino. Pero a la cancha, esa vez, justo esa vez, acaso la mejor vez, no podía ir. Entre las paredes del hospital donde estaba internado, el Pibe Roque lloraba mucho más que con los ojos y no por su salud difícil. Lloraba la tragedia de su ausencia de fútbol.

No habría más que una historia triste si no fuera que las noticias duras ejercen el vicio de la velocidad. Seis horas antes del comienzo de la gran final, el capitán de uno de los equipos se enteró de la situación del Pibe Roque. No lloró pero estuvo a punto porque era un capitán en serio, alguien que tenía claro que el fútbol conmueve o no es nada. Quince minutos después, se comunicó con el capitán rival, otro capitán de corazón que por eso mismo también escuchó, también se sacudió el alma y también actuó.

Cuatro horas antes de la gran final, los capitanes de los dos equipos y todos sus compañeros anunciaron que tenían los botines, las piernas y el ánimo listos y que, como todo eso que era lo más importante estaba listo, entonces ajustarían un detalle. El partido cambiaría de lugar: se iba a jugar en el hospital, cerca de la cama del Pibe Roque.

Diez minutos antes del arranque de la gran final, los 22 jugadores se desplegaron ante el Pibe Roque. No estaban solos: montones de hinchas, entusiasmados porque una gran final siempre es una gran final y porque el Pibe Roque merecía la mayor compañía, llegaron en masa, se acomodaron a los costados de la pieza y transformaron en tribunas de entusiasmo a los pasillos del hospital.

Durante la gran final, los jugadores corrieron y gambetearon, los hinchas se pararon y se sentaron al compás de las jugadas. Y el Pibe Roque no se perdió nada de lo que pasó.

Luego de la gran final, se formó una larga fila de futbolistas y de simpatizantes dispuestos a ofrecer sus venas. En el hospital, nadie les pidió ni grupo ni factor. Era lógico: igual que el Pibe Roque, todos llevaban al fútbol y a lo mejor de la condición humana en cada gota de la sangre.