Cuento

El fútbol también juega en el infinito

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Las ideas más atrapantes y trepidantes de los mejores talentos, tantas veces, surgen de un arrojo de ingenio sin fin. Aquí, un ejemplo inacabable.

Fue a los ocho o a los nueve años, la edad en la que millones de personas descubren nuevas palabras y nuevos sabores, cuando un hallazgo distinto lo atrapó para toda la vida. Pasó en un mediodía de sol, de familia y de sonrisas mientras su padre, alguien que con frecuencia llenaba la garganta con sueños, contaba una historia que podría haberse incorporado al olvido. Hablaba su padre de un viaje, de un parque y de un camino hasta que, de pronto, de la nada y como si nada, pronunció esta expresión: “el infinito”. Una curiosidad como ninguna y un estremecimiento mayor que todos le recorrieron desde el primer pelo hasta el fondo de las suelas. Se fascinó. A partir de entonces, la idea del infinito lo atrapó con el mismo fervor que a los físicos y a los filósofos, con el mismo desvelo que a los místicos y a los matemáticos. Sólo una cuestión profesional lo diferenciaba de ellos: él era wing derecho.

No había contradicción. Todas sus condiciones como futbolista le volvían posible indagar en el infinito y sus misterios: una velocidad mejor que la de cualquier viento lo llevaba hasta el horizonte que fuera y una curiosidad mayor lo empujaba hacia adelante con la audacia que le escaseaba a otros jugadores. De verdad que no existía entrenador que no quisiera tenerlo en su equipo.

De cualquier manera, no era un wing derecho como todos. Repetía, por ejemplo, una jugada en la que tiraba la pelota fuerte y lejos, corría más rápido que ella y se metía en otra cancha, y después en otra, y en otra más, y en todas las canchas posibles, tratando de llegar a un punto del espacio en el que el infinito dejara de ser infinito y surgiera una frontera final. Como ese punto nunca se le aparecía, cerraba su recorrido apurando otra aceleración que lo depositaba de nuevo en la cancha en la que había partido. Ahí, alcanzaba justo la pelota que él mismo había tirado y le lanzaba un centro a algún compañero que llegaba al área.

Nadie lo rechazaba jamás por esa singularidad. Al cabo, su inquietud por el infinito lo llevaba a jugar partidos memorables en los que convertía un gol atrás de otro, pero no para sacar grandes diferencias, sino para buscar cuál era el número último tras el que la posibilidad de sumar se acababa y el infinito encontraba, de una vez por todas, un límite. Nunca halló ese límite pero sus hinchas siempre le tributaron honores por tantos y tantos goles.

Hace tiempo que no hay noticias de aquel magnífico wing derecho. Algunos afirman que en una de sus carreras por las canchas se terminó extraviando y nunca ubicó la ruta del retorno. Otros aseguran que detectó nuevas geografías donde desplegar su talento para ver si así conseguía arrimarse un poco más al infinito. En lo que todos coinciden es que seguro está jugando al fútbol en alguna parte. Debe andar como siempre, veloz y curioso, ejerciendo con el alma la vieja pasión de las personas por entender al mundo. También eso es infinito.