Luis Salmerón

El gol que se llamaba Bruno

">
El histórico artillero del ascenso cuenta la historia de su hijo, ese que lo hizo aprender qué era el Síndrome de Down cuando, aterrado, no sabía de qué se trataba. Un relato para emocionarse y un camino para padres desorientados en la voz de un rudo del área. Puro corazón.

Cuando Bruno nació y lo empezaron a lavar, me di cuenta que pasaba algo raro. Lo tocaban, lo miraban, llamaban a otros doctores, lo abrían como un pollo al pobre y nadie decía nada. Vinieron como cinco doctores. En un momento, encaro a uno y le digo: ‘¿Qué pasa?’. Me responde: ‘Está todo bien, pero el nene tiene características de Síndrome de Down. Eso es a ojo clínico y por eso tardamos en darnos cuenta, pero todos coincidimos en que sí’. Yo no entendía nada. No sabía ni qué me decía. Para mí era mi hijo, era hermoso, era un chino hermoso. Pero se me vino el mundo abajo. Me llené de miedos”.

Luis Salmerón se saca la armadura de goleador y se ablanda hasta llenar sus ojos de lágrimas cuando habla de Bruno, su pequeño hijo de 5 años, ese que le enseñó más de la vida que cualquier cancha encumbrada del ascenso. El Pupi abre su corazón y cuenta en primera persona aquellas semanas en las que padeció su propio desconocimiento. Su historia, dice, puede ayudar a otros tantos que, en posiciones similares, no cometerán sus errores. El tatuaje que lleva detrás de su oreja derecha, con el nombre de su heredero y una corona, selló en la piel aquello que será eterno en los corazones. Lleno de vida, el más pequeño del clan Salmerón es un testimonio de felicidad.

–¿Sentiste miedo por no saber qué era el síndrome de Down?

–Lo cuento y me emociono, pero hoy, por suerte, de alegría. Me pasa siempre. Me asusté. Tonto, pensaba: “Nace mi hijo varón, va a jugar al fútbol, que esto, que lo otro”. Y, de golpe, me imaginé a un nene en cama o en silla de ruedas, no sé. “¿Qué le digo a mi mujer?”, pensé ni bien me dieron la noticia. Justo ahí vino el médico me pidió que le cuente a mi mujer: “Decile vos”, me lo saqué de encima. Me querían dar a Bruno y no lo podía sostener. Me temblaban las piernas. En eso, entro a ver a mi mujer y ella se da cuenta que algo pasaba. “Ahora te va a decir el médico”, me alcanzó para soltarle. Le explican y nos dejan solos. Nadie hablaba. Es difícil de explicar. Estábamos perdidos. 

–Y a partir de ahí, ¿qué?

–El médico me dice que estaba sano, que no me hiciera problema, pero yo no lo escuchaba. Hoy me doy cuenta que es un pibe sano y que tiene un cromosoma de más. Nada más. No me entraba en la cabeza. Pero el tránsito de esos días fue jodido. Cuando me fui del hospital entré a Google. Fue lo peor que pude hacer. Encima lo conté en mis redes y fue peor. Vino muchísima gente y me llenó de historias y de cosas y eso me desorientó más. Por suerte, Ferro estuvo ahí para ayudarme. Pero llegó un punto en el que fui a tantos eventos y conocí a tanta gente que me perdí. Un día hablamos con mi mujer, porque el médico nos decía una cosa y afuera nos decían mil más. Paramos la pelota y decidimos ir al día a día con él y con el doctor. Y fue así. Nos decían que le iba a costar ser amamantado, por el tema la lengua, y al toque se prendió como una garrapata. Cada hora iba mostrándonos que teníamos que ir atrás de él. Y desde ese día entendimos todo. Hoy me sigo informando, pero tengo la visión de que todos somos diferentes y listo. Bruno es Bruno y yo soy yo. Y él tiene un cromosoma de más y en el resto es como yo. Bruno nos lleva como un avión. Comió cuando tenía que comer. Dejó los pañales cuando los tenía que dejar. Nosotros somos felices con él. Yo se lo voy a contar cuando sea grande. Estuve dos semanas llorando por tonto y por ignorante. Tenía miedo porque no sabía. 

Cuando habla de su familia, Salmerón deja de ser ese nueve potente, orco y goleador que alegró a propios e hizo enojar a extraños por cuanta área pasó. El hombre que comió sopa de aleta de tiburón en China cuando jugó en el Shanghai Shenhua, es el mismo que hoy mira para atrás y agradece a Ferro, su casa, esa a la que siempre sueña con volver. Bonachón y dueño de un humor cordobés sin igual, el Pupi humaniza al futbolista y escribe: “No es un nene especial, es mi hijo. Es la persona que llegó a nuestras vidas para hacernos entender que todo es más simple y que a veces me amargo por cosas que se pueden solucionar o no, pero que al llegar a casa y mirar la transparencia de sus ojos, me olvido de todo. Te veo crecer cada día y me enseñás cuál es el significado de la superación y de no darse por vencido con lo que querés. Entonces, te prometo que así va a ser toda nuestra vida juntos. Siempre con la frente en alto y mirando hacia adelante, haciendo entender que en este mundo todos tenemos los mismos derechos”.

–¿Te molesta que digan que es especial?

–Me molesta que cuando vamos por la calle y nos para alguien, lo miran y dicen: “¡Qué angelito, pobrecito!”. Y Bruno no es un angelito. ¡Bruno es un culeado que no para de hacer maldades! Sabe que es el mimado (risas). Por más que tu hijo tenga una discapacidad o sea especial o distinto, es uno más y la mejor manera de incluirlo es esa. Me hace bien saber que al contar esta historia puedo ayudar a otros. Se me han acercado familias que sabían de antemano que iban a tener hijos con Síndrome de Down y les conté todo esto mismo. Mi consejo es ayudarlo médicamente en todo y vivir el día a día. No googlear, eso es lo peor que se puede hacer. El Síndrome de Down es algo que le pasa a uno entre mil. Yo me enojé con la vida y con Dios. Y hoy pido perdón por eso. Era uno de mil y para mí fue como ganar ese sorteo. Con Bruno ganamos el sorteo de la vida. Y somos felices.