Descendientes

El hijo de Boston

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Puerto de Boston. Un encuentro entre un enigmático muchacho y un periodista argentino huyendo de la crisis puede revelar la noticia futbolística del siglo...

Puerto de Boston, 10 de la mañana.

Boston, acaso la ciudad más próspera de los Estados Unidos, si tenemos en cuenta algunos datos relevantes para ese intangible que los sociólogos llaman “calidad de vida”. Boston, la culta, la tecnológica, la católica, la irlandesa, la de las universidades prestigiosas, la de la burguesía intelectual y mercantil, la de la pluma y el puñal, la que tuvo un peso decisivo en las guerras civiles y en la configuración de New England.

Un frío feroz horadaba mi rostro en la ribera del río Charles, pero ese frío que anestesiaba mi cara no podía apagar el fuego de mi ansiedad. Había llegado a Boston huyendo, como tanta gente joven, de las políticas neoliberales de nuestro país; el diario en que trabajaba había cerrado, la radio estaba en convocatoria de acreedores. En otro contexto tal vez me habría puesto al hombro la situación tratando de autogestionar algún proyecto u organizar algún emprendimiento cooperativo, pero esta vez pensé que a mis treinta y pico, recién separado de mi novia, sin hijos, era un buen momento para dar un salto al vacío. Me acompañaba en la aventura el paraguayo Dionisio Cardozo, mi querido vecino de Aldo Bonzi, también en busca de alguna mano que el destino pudiera darle a su vida. Mi condición de periodista, convengamos, no era la mejor carta de presentación para encontrar trabajo en una ciudad tan elitista y con estándares de calidad expulsivos. Pero yo, claro, estaba dispuesto a hacer lo que hubiera que hacer, incluso aquello que en Argentina no haría, porque ese es el sino de los desesperados. En ese sentido, Dionisio era optimista y mucho más práctico en su condición de “busca”, de hecho, se las estaba rebuscando bastante bien vendiendo “chipa” a la entrada del estadio Gillette.

El estadio Gillette (atentos, porque aquí comienzan las sincronías y los azares casi esotéricos de esta aventura) no era otro que el legendario “Foxboro”, mejor dicho, estaba construido sobre la ruinas del Foxboro, aquella cancha que vio por última vez irse a Diego con la camiseta de la selección, de la mano de la legendaria enfermera rubia. No pude evitar, desde luego, preguntar cuándo había sido destruido ese templo en que “el hijo de viento” había hecho los dos goles con que la selección argentina dio vuelta su partido de fase inicial contra Nigeria. La fecha me produjo una primera conmoción, y una alquímica sospecha de que tal vez los acontecimientos podían estar cortejándome: el estadio había sido demolido en 2001. Pensé (¡cómo no  pensarlo!), que el mismo año que quedó tallado en la memoria mundial por el derrumbe de las torres gemelas fue el que vio el derrumbe del lugar en el que el genio dio su última función mundial. Pensé (¡cómo no pensarlo!), que, de haber sabido que ese era el último partido del Diez con la celeste y blanca, el estadio debió haber sido demolido ahí mismo, ese fatídico día de 1994.

Lo que no pensé es que ya casi exhaustas mis esperanzas de encontrar en ese lugar otra cosa que no fueran humillación, trabajo precario e incertidumbre, un llamado me pondría a tiro de leyenda. En un claro español con algo de tono argento, una voz temblorosa me dijo:

–¿Vos sos periodista, verdad?

–Ssssí… ¿quién habla?

–Necesito verte para contarte algo importante…la noticia de la década… mañana a las 10 de la mañana, te veo en el Puerto de Boston… Ya sé quién sos, yo iré en tu busca…- dijo, y apenas agregó una breve referencia de lo que hablaríamos. Efectivamente, de ser verdad, sería algo que conmocionaría a la opinión pública…

Esa mañana de ansiedad y paradojal esperanza (estaba tan desesperado que no me quedaba otra que estar esperanzado), todos los clichés del cine y la TV norteamericanos desfilaron por mi mente en fuga. El paisaje aceptaba como verosímil que apareciera Rocky entrenando, arma mortal corriendo a un ladrón, Starsky y Hutch en su auto rojo, Terminator sobre su Harley, el teniente Frank Drebin chocando su auto, los sospechosos de siempre elucubrando algún plan maestro, un dinosaurio corriendo a una camioneta, una camioneta haciendo volar por el aire esos aparatejos cuyo único propósito parece ser que un vehículo en persecución los atropelle para que de ellos brote un manantial de agua.

A lo lejos, abriéndose paso entre la neblina, recibido por una banda sonora de sirenas de barcos, lo vi llegar. Gordito, mofletudo, con sus cachetes rojos, sus movimientos trabajosos de alimentado a fast food y unos casi extranjeros rulos negros en su cabellera, como si a ese cuerpo tan enfáticamente norteamericano le hubiesen colocado encima una peluca a modo de broma, en medio de una fiesta. Me extendió su mano como dando por seguro que yo era quien debía ser.

–Frederick… Frederick Olson…- me dijo.

No quise revelar mi identidad, me limité a hacer referencia a lo hablado en la noche previa.

–Yo soy el periodista argentino con quien usted habló…espero que tenga buenas pruebas de lo que me dijo…según usted será la noticia de la década, pero las “noticias de la década” son las que más cerca están de ser un fiasco…

–Te vas a ir de aquí con dos cosas de un valor incalculable: la primera, la noticia; la segunda, la certeza de que esto es verdad más allá de toda duda razonable…

–No me queda claro por qué me eligió a mí, le soy sincero, y eso me genera cierta sospecha. Soy un periodista poco conocido, sin trabajo… En caso de ser cierto lo que usted dice, paradójicamente tal vez no me crea nadie y todo caiga en saco roto…

–Te elegí porque la noticia es tan extraña que solo un periodista sin nada que perder podría andar en su búsqueda…tengo amigos en Argentina, averigüé, sopesé…y te elegí. No me equivoqué: vos estás acá, yo estoy acá, y pronto la verdad estará acá…

–Tampoco me queda claro por qué ahora y no antes…- proseguí en mi papel de escéptico.

–Me extraña esa pregunta…después de todas las denuncias que hubo, ¿te parece que yo me voy a quedar callado? En algún momento me resultó imposible hablar, pero ahora me resulta imposible no hacerlo…

–Bueno, ya que usted dice que la verdad está aquí ¿podría empezar a desplegarla si es tan amable? No tengo tiempo y quiero empezar ya a saber si me tragué un sapo o si ese sapo se puede convertir en príncipe…

El muchacho miró hacia los costados, como si quisiera dotar a la escena de un marco de misterio cuasi policial, y sacó un sobre con algunos papeles. Tomó uno de ellos, estiró la mano y se limitó a decir, como si moviera la primera pieza de una partida de ajedrez que sabía iba a ganar:

–Mi certificado de nacimiento. Mirá la fecha…nada mal para empezar a despejar dudas…

Tomé esos papeles muy bien conservados y fijé la vista en el día del alumbramiento: 15 de marzo de 1995. Reconozco que un primer estupor hizo escala en mi alma, pero si él estaba jugando al ajedrez yo estaba jugando al truco, y no quería mostrar mi juego.

–Interesante – dije –, pero no concluyente.

El hombre sacó entonces un papel arrugado, donde aún se podía ver el bosquejo de un posible poema. Volvió a dármelo. Una letra que yo conocía, que todos los argentinos conocemos, había garabateado una frase romántica: “Un amor que nació fuerte, al que nadie le cortará las piernas…”. Lo miré ahora fijo al muchacho y tal vez sesgado por un misterio que iba rodeándome como una tormenta, creí ver en él un gesto inequívoco: esas cejas que se contraen en un centro de seriedad, esa mirada de reojo que exhala liderazgo y genio. Curiosamente lo más evidente, de tan evidente, me generaba sospechas: esos rulos, tan fáciles de clonar por un coiffeur. El muchacho respiraba trabajosamente, interferido por la angustia.

–Seguís sin creerme…

–Es mi obligación…- dije por toda respuesta, a la espera de nuevas pruebas.

–Tenés menos confianza que un viejo con novia joven…- me dijo con picardía de barrio y de barro.

Lo que vio luego ciertamente no lo esperaba, y era demasiado sutil como para ser pensado por un mitómano: un cassette de Pimpinela. Escrito con fibrón sobre su tapa de plástico, podía leerse: “Para my love de Boston, la enfermera que me cura de todos los males”.

No pude evitar entonces que todas las señales que harían las delicias de un especialista en gestos se apoderaran de mi cara, junto a esa otra caravana de señales: sudor, temblor, espasmos, balbuceos. Volví a mirar al muchacho y ya no pude ver otra cosa que lo que él decía ser; que lo que él era. Me abandoné entonces a su historia, que reproduzco al detalle. Juzgarán ustedes si quieren creer que esto es verdadero o apenas verosímil.

–Mi madre amaba al fútbol y, por supuesto, a Diego. Cuando supo que la selección tendría sede en nuestra ciudad, enloqueció. Movió cielo y tierra hasta que fue aceptada como parte del equipo de salud de la FIFA… En las semanas previas pudo cumplir su gran sueño: conocer al 10, pero pudo cumplir otro reservado a las princesas de los cuentos: ser amada por él. El mundial siguió su curso hasta el día que ha quedado grabado en las pupilas de quienes amamos este deporte: mi madre, la malvada, llevándose insólitamente de la mano a Diego… ¿Insólito? Lo sería si entre ellos no hubiese habido ese momento de fuego y dulzura, donde seguramente se promete más de lo que luego se puede cumplir. Así es que se van de la mano ambos y se da una furiosa discusión… mi madre le pide al genio que se quede en Boston a vivir con ella, él se niega, hay un in crescendo de odio y reproches de esos que sólo el amor permite, y entonces ella, desbocada, le dice: “O te quedás o…” y le muestra un frasco de efedrina… Lo demás es historia conocida; como siempre, las teorías conspirativas prefirieron lo complejo a lo simple: la venganza de la FIFA, devolución de favores, un entrenador negligente, presión de los brasileños… Nada de eso, algo mucho más sencillo: dos enamorados que se van tomados de la mano, una discusión, una amenaza, un pase de facturas…y el “Me cortaron las piernas”, que ya todos conocen.

Abracé al muchacho con amor y emoción.

–Fred… ¿Fred era tu nombre, verdad?

–Fred… una no muy buena idea de mi madre. Me han hecho bulliyng mutando ese “Fred” en “Efed”… Acá se sabe todo. Ahora lo sabés vos…

Y ahora lo saben ustedes.