El lujo de pensarnos pensando a Diego

En días de vigilia maradoniana, un grupo de autoras compusieron 10 ensayos sobre la vida del astro de Villa Fiorito. Como adelanto de lujo en medio del lanzamiento de "Todo Diego es político", Enganche publica tres fragmentos de colección del libro. Como Maradona, las plumas vuelan por el césped y sólo resta disfrutar.

Unidad de los trabajadores (fragmento de Todo Diego es político, ensayo de introducción al libro, de Bárbara Pistoia)

En “El armado de un nombre”, Yanina Safirsztein dice “Cuando el Diez habla de sí mismo como si fuese otro, […] dona su nombre y de esa forma lo convierte en patrimonio —o matrimonio, da igual— de la humanidad”. Esta idea se sobreexpone en ese Yo soy el Diego de la gente, que es tanto más que el título de su libro y no es diferente para nada del “Soy el campeón de la gente. Cualquiera se puede acercar a mí y decirme hola sin pagar. No hay guardaespaldas alrededor de este campeón” que misionaba Muhammad Ali, otro hombre-mito que fue vocero-espejo-faro de su comunidad. En ambos casos, la anatomía de estos posicionamientos resuena en el “Nadie sino el pueblo me llama Evita”: soy esto pero no para todos, solo para esos otros que también son yo.

Diego, Evita y Ali, despreciados por las elites y cosificados hasta lo obsceno por los medios y sectores afines, aparecen como un comodín siempre a mano para redondear los climas coyunturales, dicho de otra manera, para medir purismos y agudizar la doble vara de las morales. Porque no podemos mirar a un costado de esta ecuación tan fácil y recurrente: si en cuanto aparece un deportista con talento por encima de la media se le pide que sea Diego o Ali, cuando ese jugador se toma algún gesto extradeportivo similar a los referentes, será otro nombre más por el cual se canalizará todo el odio hacia el pueblo y hacia lo popular. Un odio que no es más que el despecho frente a la imposibilidad civilizatoria que ellos representan. Los tres se paran y advierten que no habrá una re-colonización sobre sus cuerpos, más aún, no solo no les importará pagar el costo de lo que se acusa como desobediencia, sino que también dejarán la mejor propina por ello y legitimarán esa desobediencia. “Soy sectaria, sí. No lo niego; y ya lo he dicho. Pero ¿podrá negarme alguien ese derecho? ¿Podrá negarse a los trabajadores el humilde privilegio de que yo esté más con ellos que con sus patrones? […] Mi sectarismo es además un desagravio y una reparación. Durante un siglo los privilegiados fueron los explotadores de la clase obrera. ¡Hace falta que eso sea equilibrado con otro siglo en que los privilegiados sean los trabajadores!”, proclamaba la mujer que cambió la dirección política y cultural de todas las mujeres argentinas.

Lo primero que dice Diego Maradona cuando llega a Dorados es que viene a trabajar. “Siempre piensan que estamos de vacaciones”, se queja. Rápidamente, los resultados empiezan a darse a su favor y el repunte del equipo sabe a una resurrección milagrosa. Pero no hay tal milagro, hay trabajo. Sin embargo, ningún medio utiliza el verbo. Si antes de recibirlo la gran preocupación era cómo iba a hacer el Diez para dirigir al club de la ciudad narcotraficante por excelencia, pregunta que se ligaba inseparablemente a quién lo cuidaría, como si fuera un bebé, porque los supremacismos siempre van de la mano del paternalismo, una vez que el ascenso en la tabla fue imparable el comentario analítico se revestía de un asombro inseparable a lo incierto: “qué habrá hecho Maradona con estos jugadores que ahora responden”. Al parecer, a nadie se le ocurrió que Diego sí estaba haciendo su trabajo.

Pero si el fútbol no es solo una cuestión de correr atrás de una pelota, para él, trabajar en el fútbol tampoco es solamente patear esa pelota. Las declaraciones de los jugadores en la serie dicen mucho más de lo que el sentido de la escucha nos remite: “habla con todos”, “le dedica tiempo a los que no juegan”, “te da tranquilidad porque te dice que no importa perder mil pelotas, él lo único que quiere es que siga yendo a buscarla”, “antes entrábamos a la cancha sabiendo que podíamos perder, o si nos hacían  un gol sabíamos que no íbamos a poder darlo vuelta, ahora sabemos que podemos ganar”. El defensor Jesús Chávez está a punto de ser papá y le sugiere a su mujer llamar al bebé Diego Armando, “va a estar bendecido”. Ella sonríe. Las imágenes capturadas por Macqueen se suceden con un margen generoso de silencio para que nosotros también podamos ser toca- dos por ese don de construcción, por esa capacidad de ir construyendo —a través de diversos pero muy sensibles y justos gestos— comunidad y un lazo que no necesita traducción ni literalidad. Sin embargo, el goleador Vini anuncia la representación y pone sobre la mesa ese reflejo de tener los dos “la misma historia”, la historia que se inicia en una villa. Según el presidente del Dorados, José Antonio Nuñez, el DT trata a cada jugador como si fuera su hijo, pero es Lugo el que lo preocupa especialmente, “el más humilde de todos”, y por el que le insiste una mejora en el contrato. En realidad, los contratos de sus jugadores son un tema que lo desvela porque “estos pibes están al mes”.

Quizás la mejor señal para entender el trabajo de Diego la da él mismo en una cena que se organiza para recaudar fondos con la participación de todas las autoridades del club, prensa de todo el mundo y unos cuantos hinchas. Cuando llega el turno de hablar, el Diez dice “estamos compro- metidos con nuestro trabajo, pero el compromiso no nos hace mirar sola- mente la pelota”, y para darle paso al mangazo solidario remata una verdad con la voz recargada de conocimiento: “y créanme que nosotros en cada casa tenemos demasiado, tenemos demasiado”.

A Luis Islas, ayudante de campo en la primera etapa de su estadía mexicana, le gusta hablar de un trabajo ordenador. Diego asiente, pero no se queda ahí. Porque sabe que el orden es lo que hace al sentido de comunidad, pero, a su vez, la energía ordenadora en sí es utilizada por diferentes fuerzas, y que para que las bases ganen determinación se necesita un orden que desordene primero y reordene luego más allá de lo reconocido. Decir, por ejemplo, “Tierra, techo y trabajo” es una idea de orden que, sin dudas, resolvería otras tantas que nos quieren vender como opuestas, tal la fracasada consigna “ley y orden” del nixonismo, la que todavía algunos agitan con fantasía de autoridad y razón. Pero también hay otros ordenamientos, en palabras del artista Daniel Santoro, como el que propone el peronismo, que nunca deberían dejar margen para que se sucedan ciertos sacrificios, porque si “todos los socialismos luchan por el pan […] en el peronismo el pan se da por descontado, lo que en realidad busca es el disfrute del pan con un plus de alegría”. Esto se liga a lo que respondía Evita cuando le cuestionaban los excesos de lujos que ofrecían sus hogares y las diversas obras que promovía, “no, no tengo miedo de que [los pobres] se acostumbren a vivir como ricos, yo deseo que se acostumbren a vivir como ricos, que se sientan dignos de vivir en la mayor riqueza”.

En cada una de estas ideas está Diego como acontecimiento social, popular y cultural, pero también Diego como objeto de odio. Diego Armando Maradona es el descamisado que se pone la camisa de Versace. Es el derecho de conocer el mar y lo hace en sunga de animal print o colores fluorescentes. Es el que no puede caminar porque la artritis en la rodilla lo atormenta, pero suena una cumbia y el cuerpo se le va solo convirtiendo en pista de baile, y una pista bien caliente, el piso por el que hasta hace un segundo atrás se arrastraba. Es el tipo que, como dice la prensa de Dora- dos, convive con el fantasma del “qué sucederá”, “qué hará”, “qué pasará”, y al final no pasa nada. O sí, mejor dicho, pasa que el tipo no falla. Es la lealtad, por eso los pueblos del mundo lo aman. Si la lealtad en Argentina es cosa peronista, y el peronismo es cosa argentina, el maradonismo y la lealtad maradoniana abren las fronteras y hacen mundo: somos todos nosotros desparramados por el planeta.

Cuenta Nuñez que en una charla el Diez le dijo “no importa todo lo que yo haga bien, siempre se van a acordar de todo lo que hice mal”. Y algo de eso toca al presidente que desde el primer minuto del programa lamenta el estigma sobre Sinaloa, “yo no puedo cambiar lo que hizo el Chapo Guzmán, pero sí puedo intentar que no nos marque más”. Un hincha emblema del Dorados se conmueve, “la gente piensa que estamos todos armados y que la droga se consigue acá a la esquina”. Los testimonios se superponen con imágenes de operativos policiales y de noticieros internacionales recargando de significantes a una ciudad y a sus habitantes, pero también de periodistas locales hablando de su tierra como “el corazón de los carteles del narcotráfico” sin complejizar mucho más la idea. Cuando el estigma encuentra que el estigmatizado no lo registra, o no lo piensa en términos comunitarios y funciona en una dirección individual o sectorial, la trampa y el triunfo de las narrativas estructurales, desde el racismo a las distintas desigualdades, quedan totalmente descubiertas.

Desde un México bajo constante amenaza de Donald Trump, la patria sinaloense caratulada sin matices encuentra finalmente una salida de emergencia con la llegada de D10s. Los titulares se revierten y escalan con un exotismo nunca visto antes, pero él está más allá de ese show, aunque lo usa, lo provoca, lo goza. Maradona volvió a la tierra que lo coronó campeón del mundo y fuerza entre Sinaloa y él una nueva simbiosis histórica en la que no queda claro del todo quién salva a quien, sin embargo, esto no importa. Porque, parafraseando a Frantz Fanon, los tercermundismos nos salvamos juntos, unos a otros.

La primera vez que Diego entró al vestuario de Dorados les dijo a sus muchachos que llegaba para ofrecer su corazón, al momento de despedirse les agradeció emocionado porque nunca había estado con un grupo de personas que le respondieran así, “gente a mi medida, son familia a mi medida”. Pero ¿cuál es la medida de D10s? Cuando llega a Lugo, luego de ir abrazando jugador por jugador, le cuenta que él de chico también era uno más, que fue el trabajo lo que hizo de él algo extraordinario.

El descamisado que hizo de la camiseta 10 de la selección argentina una bandera universal, que durante su infancia comía carne solamente los 4 de cada mes, “el día que cobraba papá, y después nos íbamos a dormir once a una pieza”, realzó hasta el último aliento frente a sus dirigidos su condición de trabajador, sabiendo cómo esa cercanía e identificación rea- lista también nos concede mieles culturales de contención y proyección. Tomando el camino de pensamiento que recorre Javiera Pérez Salerno en “Máquina textual”, ese realismo se hace de “su figura y las controversias que encierra”, y lo primordial es que se convierte en “un último reducto de libertad para pensar y sentir”, reducto indispensable para “gambetear los pensamientos preseteados, políticamente correctos, que marcan el pulso de la época”.

La tapa del libro “Todo Diego es político”

El hombre-el momento-la máquina (fragmento del ensayo de Carina González)

Diego Maradona porta varios cuerpos. De las miles de maneras que tuvo y tiene de portar esos cuerpos, hay algunas que interpelan: el de la crónica, el de la historia, el de la novela, el de la belleza, también el de la acusación. Estos cuerpos se permutan, se mezclan, se combinan, se arriman y arriban a una posibilidad de poder dar cuenta de la intensidad de la experiencia de ser-un-cuerpo y también de crear un testimonio con pretensión de declaración.

Se ha puesto con su cuerpo en campos de batalla, porque su cuerpo es un campo de batalla. Para los que leemos ese cuerpo y ese campo, mientras menos lo conocemos más lo llenamos de signos. Y al revés también: mientras más lo conocemos, más se convierte en una conjetura constante. Cada dato pide otro dato y todo es para conformar una gran cifra de una máquina que insistimos en decodificar.

Con Diego Maradona tenemos una pieza nunca antes vista, una sus- tancia expresiva, vital, del lenguaje, un corpus de trabajo. ¿Para qué elegi- mos tomar ese cuerpo y hacerle corresponder la cifra correspondiente? En principio para que sea parte de una operación que termine diciendo algo sobre ese brillo. Como todo cuerpo es puesto a trabajar, y de lo que siempre se va a tratar, no es de contar su comienzo y su posible final, si no de lo que pasó en el medio. Y lo que está en medio lo sabremos por cómo este cuerpo habitó las cosas, por las relaciones que construyó. Es por el medio el lugar por el que las cosas toman velocidad, para hablar en sus propios términos. (…)

Leer el modo de habitar el cuerpo de Diego es leer sus movimientos, sus velocidades y lentitudes. Parece seguir respondiendo y respondiéndonos desde la gracia de Dios, él conversa en ese nivel. Desde su primer gesto hacia el mundo, Diego fue acto y potencia, potencia que se le reclamó siempre, potencia que lo convirtió en el salvador y también en mercancía.

Maradona comparte elenco con Marilyn Monroe en el sentido que — cuando aparecen— son a la vez júbilo de la imagen y una extracción feroz del cuerpo. Mientras brillen, gozan de una amarga y brutal impunidad y se dedican a desafiar todas las normas. Sabemos que también serán usa- dos mientras rindan más allá de las normas y que serán descartados, también, más allá de ellas. Sus vidas son vida-desnuda en tanto y en cuanto mercancía.

Diego parece resolver la disparidad de que la vida es tensión y la muerte es su eliminación, no para eliminarla sino para llevarla a un nuevo nivel o fase, porque, como ya dijimos, el cuerpo es inestabilidad y el hombre es aquello a quien le falta, por definición, una imagen.


Desencadenar el mito (fragmento del ensayo Prometeo (des)encadenado, de Florencia García Alegre)

Heredamos de la Antigüedad el concepto de ídolo en tanto imagen susceptible de ser adorada (la imagen religiosa). La sociedad de consumo lo pro- duce y lo consume como un personaje necesario: le permite, a los demás, proyectar deseos. Desde la teoría de la afectividad psicoanalítica, la perdurabilidad de este personaje es garantizada a través de fenómenos como la identificación o el enamoramiento, procesos en los que se sustituye una parte del yo por el objeto amado que, por amado, es imposible de criticar, ya que llevaría al sujeto amante a la autohumillación o hacia el odio, pro- pio del narcisismo, hacia lo diferente y no igual.

Sigmund Freud redobla la apuesta hacia lo social en Psicología de las masas y análisis del yo y define que identificarse con el líder brinda sentido de pertenencia a un grupo determinado, más aún después de la desidealización de los padres, en lo individual y la muerte de las ideologías en lo colectivo.

Tomemos la década del 80 en la ciudad de Nápoles y en la Argentina en su totalidad, dos regiones librando batallas morales distintas, aunque pidiendo respuestas para una misma necesidad: la justicia. En el aire, un pibe de Fiorito tomando un avión cada tres días entre un rincón del mundo y otro. “Cuando vos sentís que hay mucha gente atrás esperando que le cumplas un sueño, tenés miedo, mucho miedo, ¿cómo no vas a tenerlo?”, confiesa Diego en México 86. Mi Mundial, mi verdad.

En la cultura de masas, este líder es un objeto idealizado que asume y gratifica aspiraciones colectivas. Ese objeto, por amado, es visto sin imperfecciones, ocupando el lugar que el ideal del yo no puede en la praxis cotidiana. Cuanto mayor es la coincidencia entre estas aspiraciones y el ídolo, más intensa es la adhesión. Diego reunía los requisitos para que, tras bajar lo divino a la tierra y compartirlo con los hombres, se lo llegara a ubicar en el lugar imposible que se le asignó: el lugar de Dios.

Empieza a consolidarse como figura desde adolescente y su avance no lo detiene nada ni nadie. Si bien no llegó a levantar la copa en el 78, se consagra campeón mundial juvenil en Japón 79. Con absoluta inocencia, se pierde en laberintos complejos, donde se desdibuja el hombre y se erige el objeto idealizado, el Dios, el mito. No fue tan difícil, tras su consagración en Nápoles y en el Mundial de México, colocarlo en un lugar ilusorio y difícil de mantener en el tiempo siendo un hombre que gambeteó y goleó hasta donde pudo.

Todo se conjugó para que tuviera que cargar sobre su metro sesenta   y seis los deseos y las frustraciones de todo un país, o de dos países, o de todos los países donde no es un hombre anónimo. Pero mientras que Diego nos devolvía el fuego sagrado, lo dejamos encadenar en nuestra cara a plena luz del día. El sadismo es nuestro cuando lo que poco se alumbra del héroe es su humanidad manifiesta. Porque cuando se da el mínimo des- ajuste entre el rol adjudicado y el asumido por el héroe, la idolatría deviene en una tremenda hostilidad, como el águila que vuelve cada día a picar el vientre del revolucionario.

El abecé de la cultura nos concedió el uso del fuego robado como un derecho y la indiferencia ante el castigo de los dioses como una obligación.

¿Todo eso queríamos? Haber alcanzado el lugar imposible, lo sabemos, no fue gratuito. El Maradona-mito lo construimos todos, y es también un poco como nosotros. Por nuestra parte seguimos dependiendo de líderes de los que esperamos justicia y ternura, de la imagen proyectada o de la velocidad de bits encriptados que albergan no ya tantas historias de solidaridad y entrega como acusaciones empachadas de odio. Los denunciantes, mensajeros de las buenas costumbres, iluminan el error en el que no se discrimina lo diferente de lo incompatible. Acusarlo siempre fue un negocio en el que ganan los malos, pero a diferencia de ellos, los que nos quedamos con las manos vacías y la boca sucia somos nosotros.

Desencadenar a Diego como algo justo: dejarlo jugar con los cordones desatados, nostalgia dulce, puede ayudarnos a identificar la hipnosis antes de ser ejecutada por la cultura represora que seguirá presentándose ante nosotros con una realidad donde la rebeldía silenciosa e impoluta es otra idea falsa. Desencadenar a Diego para aceptar lo que nos encadena, lo que vemos en él y no en nosotros, cuando su paso nos lleva a cualquier lugar menos a la melancolía, porque nunca es el del pibe que no llega al metro setenta, sino el del titán en cuyos ojos gloriosos y defraudados toda- vía podemos reconocernos. Esto puede ayudarnos a dudar de las idolatrías venideras, tengan el nombre que tengan, y a no ignorar la salud en juego, tanto la propia como la de esa persona que fue absorbida por el espacio que Dios y el Estado dejaron vacante hace años.

Más tarde que temprano —eso no importa—, el público tendrá que caer junto con sus ídolos, el rating y la cantidad de visitas y seguidores, para que emerja el ser humano (y también el jugador) susceptible de convertirse en héroe únicamente cuando la causa y el trabajo es colectivo. La responsabilidad es toda nuestra.

Desencadenar a Diego como algo necesario: quien ame el fútbol o lo ame a él entenderá cada uno de sus errores y, al menos con el corazón, lo abrazará eternamente como si volviera a ser campeón.

Desencadenar a Diego para desencadenarnos.