Literario

El mariscal, Tito

¿Puede un apodo mejorar o echar a perder una carrera futbolística? Asomémonos al extraordinario experimento psico-futbolístico del gran Alexander Epstein, para arrojar luz sobre esta cuestión...

Al “Negro” Bulos

Alexander Epstein, quien ya ha sido nombrado en este espacio literario como co-responsable (junto con el poeta cantor Beto Asurey) del experimento “Tres de Turing” [1], fue también el mentor de un ambicioso proyecto futbolero basado en su legendaria “Experiencia Tito”.

Sin dudas, además de la experiencia “Tres de Turing” y “Atlanta inclina la cancha”, el otro gran aporte de Epstein al fútbol fue la posibilidad de extender el éxito de “La experiencia Tito”, de la que ya hablaremos, a un plantel profesional.

Como ocurre con las mentes a las que el apelativo “genio” les calza a la perfección, muchos de los descubrimientos de Epstein no son otra cosa que poder ver, en lo que “todos” ven, lo que nadie ha visto. Así, todos creemos que las personas tienen ciertas características físicas, psicológicas, culturales, étnicas, que terminan mereciendo lo que genéricamente se da en llamar “apodos”. Epstein el hombre sabía esto, pero Epstein el genio lo transformó en una teoría y luego en una terapia, que mostró su efectividad más allá de la envidiosa maledicencia con que algunos la consideraron.

Epstein creía que si a un hombre se le pone un apodo que supone una serie de características, a la larga esa persona se esmera por merecer esas aptitudes, y las logra. Dos de sus mayores éxitos, según Epstein (es cierto, nunca se tuvo el testimonio de primera mano de los personajes en cuestión), fueron, por un lado el que logró con un tímido muchacho, al que lo nominaron “Tano”, y luego el que Epstein consideraba su logro mayor: un peligroso delincuente al que se lo empezó a llamar con el apodo “Tito”. En ambos casos los resultados fueron increíbles por su rápido efecto y su casi milagrosa conversión. El tímido, puesto a tener que ejercer el apelativo “Tano”, fue desarrollando un renovado temperamento, en el que convivían el fuerte carácter, la sólida toma de decisiones, la fina seducción con las mujeres, y el natural liderazgo de su grupo de referencia. En cuanto a Tito…bueno, su mutación fue un poco más lenta, pero trabajosamente, pudo adaptarse a todo lo que significa ser Tito. En pocos meses, la mente turbia de ese hombre se volvió sosegada, amigable, solidaria, típica de lo que todo Tito es y debe ser.

Vamos ahora al fútbol.

Los apodos son, sin dudas, una parte fundamental del fútbol [2], en una especie de causación recíproca; por un lado la práctica y la convivencia en los planteles va generando una necesidad de poner estos motes, y por el otro estas nominaciones terminan por ser parte constitutiva de la esencia del jugador en cuestión. Además, pareciera ser que el fútbol propicia la aparición de una serie de apodos cuya variedad es inagotable. Los hay fisonómicos, étnicos, gentilicios, culturales, psicológicos, metafóricos, crípticos, analógicos, genealógicos… (La lista puede y debe continuar, me detengo aquí porque lo que sigue dará un panorama más o menos exhaustivo del fenómeno).

Asomémonos a esta taxonomía, tan vasta como creativa. Comencemos por los apodos “fisonómicos”, que suelen ser los más comunes, al menos en cantidad. El prototipo de estos es aquel que compara, con un nivel de precisión que a veces genera más admiración que gracia, la cara de un jugador con la de un animal: Lagarto, Vizcacha, Chivo, Topo, Conejo, Laucha, Rata, Pato, Tigre, Perro, Oso, Burrito, Mono (no entra en esta denominación “León”, apelativo que hace referencia a un carácter, no a un rasgo facial o físico). Entra aquí también esa otra clase que, sin referir clasificaciones zoológicas, no obstante hace foco en ciertas características físicas predominantes: Bruja, Vieja, Muñeco, Chino, Tren, Trípode (ya no se usan, y creo que es hora de volver a hacerlo, apodos como “Ropero”, que tan bien solía calificar a esos 9 corpulentos de antes, tal vez porque el media punta actual no merece otro apodo grandilocuente que “Mesa de luz”).

Pasamos ahora a la parte más interesante, porque sus mecanismos clasificatorios se van refinando y sutilizando. Están, desde luego, los que definen un tipo psicológico; sin dudas, el más usado de ellos es “Loco”. Es interesante ese apodo porque le abre al nominado en cuestión un abanico de posibilidades de hacer cualquier cosa sin necesidad de dar cuenta de ello, amparado en lo que el apodo le habilita: Doval, Houseman, Gatti, Palermo; son ejemplos de seres cuya posibilidad de defraudar no fue la de hacer algo mal, sino la de hacer algo razonable. Otros apelativos que muestran un carácter, como diría Nietzsche, son “Terremoto”, “Bardo”, “Discoteca”, “Malevo”, “León”, “Chuky”, “Piñón fijo”. Dentro de este esquema psicologista cobran gran valor aquellos que provienen de la jerga de instituciones o grupos donde la cadena de mando es parte de su estructura constitutiva: Mariscal, Jefe, Káiser, Príncipe, Rey, Patrón, Cacique, Bombardero, Sicario, Patrulla, Gladiador, Napoleón…

Hay un tipo de apodos que, por su misma naturaleza, son desconocidos, porque cobran sentido en función de cierto secreto que se guarda en un grupo o plantel: a un delantero que andaba pasando un mal momento futbolístico llegaron a apodarlo “Mal diccionario”, porque no podía definir. A veces hay apodos sarcástricos, muy dependientes de cierta coyuntura: parece que a un jugador  que tuvo un rendimiento penoso, el técnico le dijo “Hoy demostraste que sos el sucesor de Almendra…porque fuiste invisible…” [3]. Por último, una delicatesen: a un jugador le decían “Cata”, y todo el mundo pensaba que se debía a su origen catamarqueño, pero era porque había probado todos los vinos…

Pasamos ahora a los apodos genealógicos, es decir, a aquellos que conectan a algún jugador con otro que lo precedió y con el que guarda algún tipo de relación. Ejemplo: a Néstor Raúl Rossi le decían “Pipo”, entonces el padre de Néstor Raúl Gorosito, que admiraba a Rossi, le puso ese nombre a su hijo en homenaje a su ídolo y “arrastró” inexorablemente el apodo; el viejo Cholo Simeone (Carmelo), aquel que jugó en Boca, le pasó la posta al actual técnico del Atlético de Madrid, a partir de ciertas similitudes en el temperamento y la idéntica portación de apellido. El problema de estos apodos lo generan los diminutivos, porque a veces le hacen perder importancia a alguien que fue más relevante que su predecesor; ejemplo patente de eso es Mascherano, cuya carrera absolutamente superior a la de Astrada, mereció no obstante el denigrante apodo de “Jefecito”, o la de Higuaín hijo, que devino en “Pipita”, cuando su curriculum es superior al de su padre “Pipa” (a pesar de la mofa de quienes le hacen memes…gente cuyo curriculum es inferior al de un paramecio).

Luego están los gentilicios como Tucu, Gallego, Tano, Turco, Pampa; y esas deformaciones que suelen tener como genealogía cierta historia familiar; así, de pronto a alguien llamado “Rodolfo” resulta que su hermanita cuando era bebé lo llamaba “Totofo” y le termina quedando ese fonema casi dadaísta. Por último (aunque seguramente estaré omitiendo alguna clase que el lector amablemente repondrá) están las derivadas de profesiones propias o familiares: Jardinero, Panadero, Yerbatero, Doctor…

Bueno, y aunque parezca mentira, todo lo anterior no ha sido más que una introducción. Porque recuerden que este texto quiere contar las extraordinarias peripecias del experimento “apodológico” del gran Alexander Epstein.

Hay apodos, decimos, que mejoran, crean, frustran o potencian carreras. Creo que quienes durante tantos años se refirieron a Messi como “la Pulga” deben hacer un mea culpa (un mea pulga) y reconocer que el único aspecto que se le puede cuestionar al geniecillo rosarino, vale decir, su aleatorio carácter, no tiene otro origen que este apodo [4]. Como contracara está el caso de Caniggia. Yo lo amo a Cani, está en segundo lugar en mi podio de amores (¿hace falta decir detrás de quién?), pero creo que gran parte de su carrera, fundada en sus increíbles potencialidades, la puso en acto, en primer lugar, el apodo “Pájaro”, y finalmente (de pie señores, porque este es el mejor apodo de todos los tiempos: “El hijo del viento”). ¿Quién puede no estar a tiro de leyenda, no hacerle un gol a Brasil en un mundial, si lo denominan “Hijo del viento”? Hay jugadores que han hecho carrera con el solo auxilio de un apodo: el Rayo, Torpedo, Turbina, Gringo, Indio, Mago. Mientras unos cuantos han tenido que lidiar contra los “Pachorra”, “Panza”, “Pitufo”, “Hacha”, “Payaso”; y otros que no predisponen bien (tal vez el caso más emblemático sea el “Garrafa” del gran Sánchez, un apodo que no podía presagiar la magia que salía de sus pies).

Lo cierto es que cuando Alexander Epstein quiso llevar su “Apodologismo” (así llamaba a su teoría para darle peso académico) a un plantel, no lo hizo como simple experimento social; estaba seguro de que esa terapia grupal redundaría, más temprano que tarde, en resultados deportivos contantes y sonantes. La idea, para no arriesgar demasiado con el experimento pero a la vez para que tuviera cierto valor empírico, se realizó a modo de prueba piloto con un equipo del interior, que jugaba esos bravos torneos zonales que suelen nutrir de figuras a las marquesinas de primera. Sin mediar reuniones ni consultas, con esa a veces actitud a mitad de camino entre la soberbia y la convicción que nutre el temperamento de los genios, Epstein se apareció una tarde, juntó al plantel, y les explicó en qué consistía el experimento, amparado en el éxito de su “Experiencia Tito”. Los jugadores, el técnico y el presidente del club, no se sabe si por curiosos, por desesperados o porque en verdad la explicación de Epstein los convenció, se prestaron sin reparos a comenzar la terapia. Epstein tomó entonces una hoja y mientras nombraba a los jugadores por puesto, les decía a partir de ese día, cuál era el apodo con el que debían ser llamados: al arquero, “Pentágono”; los marcadores de punta: “Turbina” y “Torpedo”; los marcadores centrales, “Mariscal” y “Cirujano”; en el medio: “Mago”, “Dique” y “Delivery”; arriba: “Rayo”, “Francotirador” y “Flecha”.

El único apelativo que necesitó explicación fue el del arquero. Epstein explicó que “Pentágono” no se correspondía con la central yanqui sino con una marca de puertas que es inexpugnable, esto, además de blindar el ánimo del guardameta, traería tal vez alguna publicidad que mejorara las maltrechas arcas del club. El resto transitaba por los carriles de cierta obviedad no exenta de fe; se pensaba, según lo que hemos expuesto y lo que Epstein creía, que un 2 llamado “Cirujano” sería implacable en la marca, complementado con un 6 “Mariscal” que le daría voz de mando e inteligencia estratégica. “Turbina” y “Torpedo” yendo y viniendo por las bandas, “Dique” parando en el medio todo lo que viniera del otro lado, “Mago” con sus pinceladas indescifrables de talento, “Delivery” yendo y viniendo como un carrilero desaforado e incansable; y arriba, los dos wines indomables, “Flecha” y “Rayo”, proveyendo al “Francotirador” para que termine la tarea.

Seis partidos no mostraron mayores cambios en el rendimiento del equipo. Hubo, digamos, algunos voluntariosos arrestos de actitud en todos los jugadores, que no terminaban de dejar en claro si lo que querían era estar a la altura del apodo o no defraudar a Epstein. Además, pronto se vio algo que la teoría contenía como posibilidad: cuando el apodo no solo no se ejercía sino que se estaba por “debajo” de él, la desilusión era doble; así, una tarde “Turbina” tuvo que marcar a un pibe que tenía por “grandilocuente” apodo “Cachín”, quien lo pasó como a un poste toda la tarde. Por otra parte, “Cirujano” salió con el tabique roto como producto del codazo de un 9 que bien podría haberse llamado “Bruce Lee”. Otro problema, sin dudas, era cuando el apodo pedía casi una mutación en el temperamento del apodado; así, por ejemplo, no es fácil pasar de “Pachorra” a “Comandante” en un par de entrenamientos.

Como todo genio, Epstein sacó un argumento “ad hoc” de su galera de recursos, y supuso que en verdad los apodos eran demasiado humildes, por decirlo de algún modo, y que esto no ayudaba a producir ese cambio abrupto que los temperamentos reclamaban. Para no rebautizar a todos los jugadores, Alexander lo hizo con lo que se suele llamar la columna vertebral del equipo: el 1, el 2, el 5, el 10 y el 9. Lo curioso fue que los apodos comenzaron a perder sentido metafórico en relación con el puesto a cambio de ganar en espectacularidad. Al arquero, además, hubo que sacarle de urgencia el apodo “Pentágono”, porque se había comido un par de goles tontos y el sponsor pensó, con todo derecho, que eso haría suponer que las puertas eran fáciles de vulnerar. En la charla, nuevamente, un plantel que ya se estaba acostumbrando a lo que, como toda genialidad, suele estar a dos dedos de frente del disparate; se resignó a escuchar las nuevas nominaciones: “El restaurador de las leyes”, “El apocalipsis según San Juan”, “Felipe el hermoso”, “Aguirre: la ira de Dios”, “El doctor angélico”. La reacción de la otra parte del plantel no se hizo esperar; algunos sentían que no valía la pena dar lo mejor de sí mismos si seguían siendo “Mago” o “Turbina”, mientras otros ostentaban títulos como los citados. Los otros, los beneficiados por esos desmesurados apelativos, empezaron armar la vieja y querida camarilla, tratando al resto como poco menos que súbditos. Epstein creyó que llamando al técnico “Soy el que soy”, le daría una autoridad que podría capear cualquier tormenta.

A todo esto, de fútbol poco y nada. Entre la casi nula influencia de los apodos, la fractura del plantel, y errores tácticos propios de esta estructura (por ejemplo: el líbero a veces no gritaba “¡¡¡Salimos!!!” a tiempo, porque le parecía una frase demasiado prosaica para ser dicha por alguien de su alcurnia), las derrotas se acumularon y la certeza de que la experiencia era un rotundo fracaso comenzó a tomar forma. La hinchada presionaba con sus cantos y de nada sirvió que Epstein la bautizara como “Las bacantes”, primero; y “Los niños insultadores de Viena”, más tarde.

Epstein se jugó entonces una última carta: les pidió a los jugadores que fueran ellos quienes eligieran el apodo, para que en esta elección hubiera una natural predisposición a cumplirla. La idea, no del todo mala, fue del todo pésima. Ahora sí, la saga se pobló rápidamente de nombres ilustres pero nulos a la hora de producir efectos futbolísticos: entre el 11 titular que a punto estuvo de descender aparecieron, por ejemplo, Gengis Kahn, Platón, Federer, Evita, Nikola Tesla, Adán Buenosayres, Espartaco, Frida Khalo, Oscar Wilde, Maradona y Drácula…

Muchos de esos muchachos no solo no triunfaron en el fútbol sino que terminaron con severos trastornos psiquiátricos. Epstein reconoció a regañadientes el fracaso de su terapia futbolística, pensando hasta el último de sus días (como suelen hacerlo los economistas neoliberales) que la falla estuvo en algunas de las hipótesis auxiliares pero no en el núcleo de la teoría.

No le daremos tinta más que para contar la historia completa a los mediocres de siempre, que bautizaron al proyecto “Titanic”, “Waterloo” o “Generación espontánea”, pretendiendo enfatizar la grandilocuencia y a la vez el fracaso del proyecto científico. Un diario llegó a titular: “Proyecto ¨apodo¨. Un fracaso que no tiene nombre”.

Esperemos, mejor, con la paciencia que merecen los genios, que algún Galileo retome el desafío copernicano del genio de Villa Crespo y demuestre que todavía los apodos tienen mucho por decir en la historia del fútbol.       


[1] A los escritores nos encanta citarnos a nosotros mismos, es casi como (ex)citarnos a nosotros mismos.

[2]El Negro Bulos (por eso este cuento está merecidamente dedicado a él), hace un tiempo pretendió desarrollar esta idea en “90 minutos”. La vorágine del debate, como tantas veces ocurre, acalló su voz y abolió la posibilidad de explorar un terreno que, ahora sabemos, obsesionó la inteligencia del gran Alexander Epstein.

[3] Esta sutilísima ironía será de difícil comprensión para quienes no conozcan la obra del gran Luis Alberto Spinetta.

[4] Como si esto fuera poco, el hecho de jugar en una liga como la española, hizo que todos los años, después de haber convertido un gol cada dos minutos, mereciera como distinción el apelativo de…”Pichichi”, más propio, huelga decirlo, de un caniche toy que de un goleador sobrehumano. Aquí, creo, debemos admirar a los italianos, quienes denominan como se debe al máximo anotador de un torneo: “Capo canonnieri”.