Mauricio Arboleda

El nieto de Doña Elvira

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Pasó de titular indiscutido a estar afuera del club. Volvió al arco de Banfield y entiende que el fútbol no será nunca tan duro como su San Luis Robles natal.

El antebrazo izquierdo es una bitácora de estos tiempos, con diseños de tinta que decidió perduren ahí para siempre. Se desatacan una pelota y la frase “Sólo Dios sabe”. La usará más de una vez en la charla con Enganche. Pero cada letra de esa linealidad toma una vibración especial cuando Iván Mauricio Arboleda (a quien hay que llamarlo por su segundo nombre) la deja flotando como un interrogante para referirse a si su suerte pudo haber sido también la de “los amigos que ya no están o pasan los días encerrados”. Sintió el filo implacable de ese destino que supo eludir.

Creció en San Luis Robles, a 15 kilómetros de Tumaco, donde vivía con su mamá y dos de sus cuatro hermanos. Uno de ellos falleció cuando él tenía apenas 8 años. El impacto de la muerte tan cercano lo laceró. Una situación económica de gran penuria había hecho que se fuera a vivir con su abuela. Doña Elvira, como le dice a Teresa, resultó la figura celestial de su vida, la que marcó el camino. “Ella empezó a poner más atención en todo lo que necesitaba. Era estricta y me tenía bien apretado; me cuidaba de todo. Es el motor de todo en mi vida”. La tiene muy presente y por eso se emociona al contar la satisfacción que le provoca haberla ayudado con su casa. 

Estaba seguro de que sería uno de los 23 en la lista mundialista de Colombia para Rusia 2018. Pero se quedó afuera. Confiaba en estar entre los que irían a la Copa América de este año disputada en Brasil. Y otra vez sufrió el desencanto. Relegado en Banfield, tuvo que blindarse ante la acusación tan anónima como alimentada de que había ido para atrás. Se sintió maltratado. Tuvo que volver a empezar. Otra vez titular en el Taladro, el chico que sufrió mucho y el futbolista que sueña a lo grande van a aquel pasado a estos días en una charla de sonrisas y ojos inundados.

-¿Qué tan lejos te quedan tus primeros años en Colombia?

-No tuve la infancia que tienen muchos chicos. Crecí en un lugar muy humilde, aunque no pasé hambre; vivíamos en el campo donde había cosas a mano y mi padrastro se las arreglaba bien para que siempre tuviésemos algo en ese sentido. El desayuno y el almuerzo eran lo fundamental, si sobraba algo era para la merienda y la noche.

-¿Y el fútbol en ese tiempo?

-Yo digo que el fútbol me eligió a mí y no yo al fútbol, porque era más bien callejero. Volvía de la escuela y estaba en la calle hasta las diez de la noche con mis amigos. Si jugaba era de nueve. Mi abuelo era arquero, le decían el Cóndor; y mi papá, también, él era Golondrina. A mí no me tocó apodo de ave, yo soy Arañita y está bien. En la adolescencia, cuando ya atajaba, me empecé a dedicar bien al fútbol.

Mauricio Arboleda recordó que en su infancia la comida no sobraba.
Foto: Carlos Sarraf

-¿Cómo fue la relación con tu madre?

-No estuvo en el día a día, pero siempre se preocupó por pendiente de mí, preocupada porque no me faltase lo indispensable. Me apoyó cada vez que la necesité. Hablo con ella, con mis hermanos y, por su puesto con mi abuela. Todos están en Colombia, donde al menos vuelvo cada seis meses.

-¿El fallecimiento de tu hermano fue lo más duro?

-Sin dudas, porque éramos muy apegados. Cuando me lo dijeron me pensé que era mentira, no lo podía creer. Muchas veces me pongo a pensar que podría estar acá conmigo.

Acá es el predio de Banfield en Luis Guillón, donde dialoga con Engancha a la sombra de los árboles y con el coro incesante de los pájaros. Recuerda como en los años en los que residía en la pensión esos cantos que anticipaban el amanecer lo despertaban bien temprano. Había llegado a Argentina por “una casualidad muy grande; pero cuando es para uno, es para uno”. Lo habían contactado para contarle de las alternativas de probarse en Vélez, Lanús, Atlético Rafaela, Gimnasia, River y Banfield. Nada sabía del Taladro hasta que se lo referenciaron en James Rodríguez. YouTube aportó el resto de la información que necesitaba.

“Aterricé en Buenos Aires a las 5 de la mañana y me vine para acá. Cuando entré al predio no lo podía creer, nunca había visto un lugar así. El Loco González era el entrenador de la quinta y me probaron pese al sueño que tenía. Ese primer día ya me dijeron que había quedado y tendría un lugar en la pensión”, repasa de aquella vorágine que lo marcó a los 17 años.      

Era hincha de Deportivo Cali y su ilusión era jugar ahí, de donde lo buscaron cuando estaba en las divisiones inferiores del Deportivo Pasto. El interés estaba pero el traspaso no se concretó. Un desacuerdo con la dirigencia lo alejó del club, aunque ese sinsabor perdura. “Era un equipo nariñense, cerca de donde yo vivía en Tumaco y quería debutar ahí. Hoy día sigo pendiente cada vez que juega”. Entonces viajó a Bogotá para entrenar con José María Pazo, un reconocido arquero colombiano que fue parte del plantel que Francisco Maturana llevó al Mundial de Estados Unidos en 1994. Ahí recibió el llamado desde Argentina, del que primero desconfió pero luego se embarcó en una aventura que tuvo a Banfield como su destino inmediato.

-¿Qué es lo que menos te gusta del fútbol profesional?

-Las injusticias que hay con los arqueros. Parecería que somos los villanos. Me da mucha rabia cuando. Cualquiera se equivoca. A mí me afectó mucho cuando me pasó.   

-La discriminación, la xenofobía, el racismo y la homofobia no lograron ser erradicados del fútbol, ¿sufriste algo de esto?

-Una vez me tocó una situación fea en un partido contra Gimnasia, pero la persona que lo hizo luego me pidió disculpas. Pero no me tocó sufrirlo acá, Argentina es un país tolerante. Hace poco en el clásico con Lanús creía que me podían llegar a decir algo y no pasó. Uno se da cuenta cuando te dicen negro por cariño y confianza o para herirte.

El arquero habló de su vuelta a la titularidad en Banfield.
Foto: Carlos Sarraf

-¿Cómo ves a Argentina?

-Es un país muy lindo, con buena gente. El asado y los alfajores son lo mejor que hay, aunque no pueda comer mucho. Aunque ahora veo que la gente está sufriendo mucho. Cuando yo llegué, en 2014, el país estaba mejor. Yo iba al supermercado de acá al lado, como ahora, y las cosas no costaban tanto.  

-¿Qué relación tenés con el dinero después de las necesidades que tuviste?

-Soy un agradecido porque me permitió tener cotidianamente cosas que cuando era chico me eran imposibles y también porque me permitió ayudar a mi familia, a colaborar para reconstruir la casa de mi abuelita; ahora está más cómoda y eso para mí es lo máximo. Ahora estoy en el proceso de la casa de mi mamá. Gracias al Banfield y al fútbol he prosperado.

-Te veías adentro del Mundial de Rusia, hasta que te supiste afuera.

-Tenía mucha ilusión de estar, me dolió mucho no estar en la lista. Un día antes del partido de despedida en el Campín el profe (José) Pekerman me llamó a la habitación y pensé “estoy adentro”. Resultó lo contrario, era para decirme que no iba al Mundial. Pero lo que me destrozó fue no haber ido después a la Copa América, porque era un proceso de renovación. Ahora trato de ir día a día y no hacerme ilusiones con nada, aunque mi sueño es jugar en Europa.    

El lunes 11 de marzo fue una jornada intensa para Arboleda, de luces y sombras. De día, supo que Carlos Quiroz lo había citado para una gira asiática de Colombia y por la noche tuvo una fallida actuación que significó la derrota de Banfield ante Defensa y Justicia. Las críticas arreciaron, incluso de sus compañeros. Unos días más tarde dejó un mensaje en su contacto de Whatsapp: “Los que siempre tiraron la mala, les digo que lo lograron. Me doy por vencido. Simplemente gracias familia, amigos y compadres, de verdad que cuando no se puede hay que dar un paso al costado. Hoy y mañana todos van a empezar a hablar, empezando por mi llamada casa. Llegó el momento de cambiar de aire, no es cobarde, solo que lo que no sirve, no puedo estar con lo que no sirve”. La interpretación inequívoca era el anuncio de su alejamiento de Banfield.      

-¿Fue difícil el tiempo que te tocó estar afuera del equipo, cómo estás hoy?

-Mi felicidad es jugar y eso habla por sí solo. Fue muy complicado verme afuera, atravesé un tiempo de mucha reflexión. Me había tocado conseguir cosas muy rápido, pero luego me tocó arrancar de nuevo casi desde cero. De todas maneras, nunca dejé de hacer fuera para por el club y de estar bien con el grupo. Me sirvió para detenerme en un montón de cosas que a veces uno no valora

-¿Cómo atravesaste las críticas y el rumor instalado con todo de acusación de haber ido para atrás?

-Yo nunca escuché eso de los hinchas de Banfield, me tienen mucho cariño y yo a ellos. Sin dudas que me hizo sentir mal las cosas que escuchaba y me afectó, pero también me hizo más fuerte. Sin ninguna prueba se hizo una película. Me podría haber ido, pero no quise hacer por el cariño al club y la situación en la que estábamos; quería poner el pecho me tocase jugar o no. De haber pasado eso se hubiese sabido la verdad y no hubiese jugado otra vez acá.

-Después de lo que había pasado, ¿cómo fue el regreso luego del tiempo con la selección?

-Cuando volvió de Japón de jugar con Colombia me di cuenta quienes eran de verdad los amigos. Parecía que era un sicario. El menosprecio que me tocó aguantar durante dos meses fue muy grande. Quería sentirme respaldado y no había nada. Eso era lo que más me dolía. Confiar en algunas personas a veces te hace más daño.

-¿Y cómo saliste de esa situación?

-Me puse en la cabeza trabajar como siempre lo había hecho. No me hablaban ni me decían nada. Yo solo había manifestado que esperaba que haber quedado relegado fuese solo por una cuestión de gusto del técnico y no por otra cosa. Me tocó jugar en Reserva varios partidos, algo con lo que no hay ningún problema, pero son cosas que se preguntan y se hablan. Me menospreciaban.  

-Evidentemente quedaste enojado con Hernán Crespo, quien también te criticó públicamente.

-No tengo ningún rencor, para nada. Si me lo vuelvo a cruzar lo voy a saludar normalmente, sin ningún problema. Nunca hablé mal de él. Todo eso me enseñó que el fútbol también tiene estas cosas. El pasado ya es pasado, y hay que pisarlo.  

-¿Qué te pasó cuando supiste de la vuelta de Julio Falcioni?

-Me volvió a latir el corazón. Cuando había estado mal uno de los que me había llamado para brindarme su apoyo había sido (Alcídes) Píccoli. Cuando supe que volvía no sabía si iba a jugar o no, pero sí que iba a ser más tenido en cuenta y que me apreciaban.

-¿Cómo viviste los problemas de salud que tuvo que atravesar Falcioni?

-Realmente me resultó una motivación ver su entereza. Llegaba y te hablaba como si nada y su salud estaba deteriorada. Me impactó la noche que lo vi con el megáfono en el banco de suplentes. O los días de frío que estaba acá todo tapado. Verlo mejor me pone muy feliz, porque es un jugador. Es un gran técnico y sobre todo muy buena persona. Me ayudó a mirar las cosas de otra manera ver cómo él afrontó lo que tuvo que atravesar.