El obrero del ring

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Gustavo Lemos es una de las promesas del boxeo argentino. Metió diez nocauts en los últimos dos años y ya es campeón mundial juvenil FIB. La historia del pibe que dejó de ser albañil para construir su propio destino. 

Hombrear bolsas de cemento, preparar mezclas y levantar paredes. Más o menos era ése el destino de Gustavo Lemos, quien trabajó desde los 12 años en las obras en construcción de Tres Arroyos. Los ladrillos que hoy todos vemos en sus manos le traen recuerdos y permiten conocer su historia porque en la obra adquirió dureza y forjó un espíritu de guerrero. Las trompadas que le dio la vida no se las irá a dar nadie arriba del ring. “Llegué hasta sexto grado pero tuve que abandonar la escuela para salir a laburar. Somos nueve hermanos y tenía que ayudar en casa”, dice Lemos. Los libros llenan el alma, pero no el estómago. Y Tito, que dormía hacinado en una habitación con sus hermanos, empezaba a acumular rabia de pequeño. Sobraba pobreza en el Barrio Ruta 3 Sur. 

La bronca es un combustible super para el rendimiento de un boxeador. De pocas palabras y ameno, se muestra tranquilo, pero la procesión va por dentro. Y cuando sale a noquear, suelta todos los demonios. Hoy, a sus 23 años, es una de las promesas del boxeo argentino. Tiene el título de campeón mundial juvenil FIB del peso ligero. Y pega que da calambre: metió diez nocauts en los últimos dos años (once peleas). Es el boxeador preferido de Osvaldo Rivero, promotor de campeones mundiales de nuestro país. Tanto lo cuida que la nota se interrumpe por unos gritos suyos. “¡Vení para acá, Tito!”, ruega un sobresaltado Rivero. Hace frío en Pinamar y el promotor pide que la charla continúe en un espacio cerrado, por temor a que se le resfríe su boxeador, en la previa de la última pelea. Una muestra de lo importante que es Lemos para la maquinaria del boxeo local. 

Fotos gentileza de Ramón Cairo

“Toda su vida se re cagó de hambre”, dice un colaborador que lo conoce de sus años de amateur. Y Tito, ante la pregunta de Enganche, hace cintura y contesta al pasar: “Cuando son muchos y hay poco pique en la casa, se pasa un poco de hambre. Por un lado miro para atrás y pienso: “¡Qué momento de mierda! Pero también estoy seguro de algo, de la que zafé gracias al boxeo. Dormíamos todos juntos, en una habitación. Cada uno tenia su colchón, todos pegaditos. Los veranos era una guerra. No teníamos ni ventilador. Una ventana chiquita, nada más. Pero eso ya es pasado. Rescato lo positivo, por ejemplo que tan juntos estábamos, que además de hermanos hoy somos amigos. Con el tiempo nos fuimos independizando por suerte y quedaron solo tres en casa. La vida es para luchar, no te podés quedar lamentándote porque no llegás a fin de mes”. 

El boxeo le dio un presente y un futuro a este chico que ostenta un récord invicto de 24 triunfos, 14 de ellos por la vía rápida. Gran parte de ese récord tiene que ver con Pedro Alem, su padre y entrenador, que aceptó el desafío de entrenarlo hasta hoy en día. No fueron fáciles los inicios. “Mi viejo a veces no tenía ni para la nafta, pero se las ingeniaba y viajábamos a todas las peleas igual”, expresa Tito, quien peleó 35 veces como amateur (ganó 33, solo perdió en el debut con 14 años y empató en su segundo combate). Su madre quería que abandonara, sin embargo él insistió con seguir los pasos del Zurdo, su hermano mayor, y aquí está, tratando de hacerse de un prestigio internacional. En el profesionalismo está invicto y viene noqueando rivales que le ponen en la escalera regional. Lo televisan seguido. Y su estilo es cuanto menos llamativo. 

Le dicen el Eléctrico, por el poder de sus descargas, pero también tiene corriente continua, porque trabaja todos los rounds. “Yo voy a ganar y viendo lo que sale arriba del ring. No planeo las peleas. Confío más que en lo mío que en lo que me puedan llegar a hacer las manos del rival. En el boxeo de estos años importa tener un nombre más que ganar un cinturón”, comenta Lemos, quien por momentos boxea, camina y amaga. El ataque lo tiene de fábrica, don de la naturaleza. Ahora busca perfeccionarse en el arte de la defensa personal; allí todavía debe varias materias si desea enfrentar a adversarios de poder. En la dinastía de los pesos ligeros está el ucraniano Vasyly Lomachenko, los estadounidenses Gervonta Davis,  Devin Haney, Teófimo López y el ghanés Richard Comey. Allí mira Lemos, bien lejos, mientras espera una eliminatoria mundialista. 

“Sé que me faltan escalones para enfrentar a Lomachenko, pero acá ando, super enchufado con ganas de seguir subiendo”, confiesa. En su última presentación noqueó al venezolano Yeison González en Pinamar. El combate apenas duró dos asaltos. Lemos no usó manos de apertura, tampoco marcó distancia. Lanzó mayoría de golpes de poder. Esto es como jugar a la pelota y chumbar desde todos lados, algo poco usual. Primero, salió a quemar la guardia del venezolano. Y con los brazos ya cansados de su rival, le pegó por todos lados. Una estrategia acertada para un pegador con estilo. Compacto y fuerte. De estilo agresivo y pegada respetable. 

Si se trata de los mejores, Lemos intenta absorber cosas de sus referentes. Se lo ha visto ensayar la guardia de Floyd Mayweather Jr. y pegar derechazos violentos como los de Edwin Valero. Pero esos gestos no lo convierten en crack, apenas si son destellos de un pibe con sueños de grandeza. “Todavía no me encuentro mi estilo, porque siempre voy cambiando según el rival. A veces camino, a veces pego. Me adapto. De algo estoy seguro: subo al ring para dar espectáculo, me gusta que la gente se vaya contenta. Por eso me preparo para tirar todos los rounds. Confío a pleno en mi estado físico y en mi pegada, por eso suelo descuidarme un poco cuando ataco”, esboza el pibe ante la atenta mirada de su mánager local Aníbal Amarilla. 

En un alicaído boxeo argentino, con un puñado de figuras como Brian Castaño y Agustín Gauto, emerge otro boxeador que luce una pequeña hinchada propia. Tito es alentado por una banda de veinte, treinta personas que viaja a todas sus peleas. Allí hay familiares y amigos. Plomeros, electricistas y albañiles, una tribuna que parece un verdadero aviso clasificado. Esa imagen le remite una vez más a su trabajo de albañil: “La obra es exigente, en pleno verano te re cagás de calor y en invierno te morís de frío. Pero así y todo, no hay nada más duro que el entrenamiento de boxeo. Llega un momento en el que no das más, ja. Eso es lo lindo. Estar cansado y feliz al mismo tiempo”. 

A pesar de su juventud, Lemos ya está casado y tiene un hijo, el pequeño Ian. Y para alegría suya, se está construyendo su propia casa. Mejor dicho, con los ingresos de sus peleas y del trabajo municipal en Tres Arroyos, junta para pagarle a uno de sus hermanos albañiles. “Eso me reconforta”, dice. Y mira por el espejo retrovisor. Porque cuando sus compañeros volvían a sus casas con la certeza del mango de jornalero, él se duchaba rápido y se iba directo al gimnasio de boxeo. Eran jornadas de doble y triple turno. Por las noches, su breve cuerpo caía abatido en un colchón, finito como una feta de fiambre. Le dolían hasta los huesos. Pero hoy crujen los de los rivales. Hay cimientos firmes en este boxeador. Una verdadera obra en construcción.