Con altura...

El particular universo de los infinitos

Del gigante Jorge González a Tacko Fall, y de Gheorghe Muresan a Robert Bobroczky. Cómo es el mundo desde las alturas.

Son infinitos. La mirada puede ser extraña para algunos, pero ellos tienen que vivir una vida diferente. Lo que es oro para algunos también puede ser un problema para otros. El camino hasta lograr un universo que los acepte hay que pasar por una infinidad de situaciones intensas. El mundo de los altos, ese planeta que los acerca al cielo, pero también los enfrenta a un mapa que no está preparado para recibirlos. Desde aquel gigante argentino llamado Jorge González, que impresionó con sus 2.32 metros de altura jugando al básquetbol primero y después fue estrella Wrestling en los Estados Unidos, hasta el joven rumano Robert Bobroczky que desde sus 2.31 metros tiene sueños de NBA.

La locura en las redes sociales por los hombres inmensos reverdeció con los movimientos de Tacko Fall, el senegalés de 23 años que está jugando para Boston Celtics en la Liga de Verano de la NBA. Con 2.31 metros de altura el chico que a los 18 años medía 2.25 metros, tenía muchos problemas con sus mecánicas de tiro y tuvo que trabajar demasiado para poder ser considerado en una competencia de altísima exigencia. No fue sencillo su crecimiento, pero como su talento le permite jugar al básquetbol algunas complicaciones para un simple mortal, se solucionan para Fall con un chasquido de dedos. Por ejemplo, calza 60 de zapatillas y sólo consigue semejante talla porque pertenece a organizaciones que están vinculadas con marcas que desarrolla calzado especial para este tipo de deportistas. Además, cuando llegó a los 16 años a los Estados Unidos vivió momentos tensos, comía apenas una vez por día y eso afectó su físico que por su altura tiene que consumir más de 4000 calorías diarias.

Tacko Fall en acción.

Este tipo de atletas siempre estuvieron vinculados al básquetbol, ya que es una disciplina que los trata con especial cariño. Es por eso que el nombre de Gheorghe Muresan, el jugador más alto en la historia de la NBA con 2.32 metros. El pivote rumano que usaba la camiseta 77 de los Bullets dejó su marca y hasta fue protagonista de una película junto con Billy Crystal que se llamó “Mi gigante”. Pero para llegar hasta allí necesitó de un golpe de suerte, porque a los 14 años ya medía 2.07 metros y su vida en Tritenii, entre los chicos, no era la más agradable. Un dolor de muelas cambió su vida, porque asistió a un dentista que además era árbitro de básquetbol que cuando vio entrar a Muresan a su consultorio quedó impactado, levantó un teléfono para buscarle una oportunidad en algún club y desde allí fue una escalada sin freno para Gheorghe, que sufría un desorden en la glándula pitutaria (acromegalia) que lo llevó hasta esa altura.

Ahora bien, no todo es color de rosas y finaliza con grandes historias. Las complicaciones de salud para este tipo de personas son muchas. “El promedio de vida de quienes sufren mi enfermedad es de 45 años. El que más vivió llegó a los 50, ¿qué puedo esperar entonces del futuro? Nada”. La frase le perteneció a Jorge González, el chaqueño que falleció en 2010 en un Centro Asistencial de San Martín (Chaco). El argentino a los 16 años medía 2,15 metros, pesaba 170 kg  y calzaba un 56. No tenía recursos y sus zapatillas eran pedazos de cubiertas de camión recortada a medida. Incluso, cuando comenzó a alimentarse mejor para poder jugar al básquetbol llegó a desayunar con el jugo de más de 20 naranjas y a comer una docena de alfajores. Ingresaba a un auto de espaldas para evitar golpearse su cabeza. Jugó para Hindú Club de Resistencia, Gimnasia La Plata, Sport Club y participó en varios partidos de la selección de la Argentina.

Fue seleccionado en el Draft por Atlanta, pero nunca llegó a debutar en la NBA, porque se negó a bajar los 180 kilos que ostentaba. Por eso unos 600.000 dólares lo tentaron a aceptar ser luchador profesional por tres años con la World Championship Wrestling (WCW). Muchos problemas de salud en su espalda lo obligaron a dejar la actividad y regresó a la Argentina. Pero antes hasta llegó a participar en la serie BayWatch y de varias películas en Hollywood. En 2002 su vida no pudo cargar más semejante altura y en 2002 quedó postrado en una sillas de ruedas.

Las cuestiones más cotidianas pueden resultar complejas para este tipo de personas. Por ejemplo, Robert Bobroczky, con 19 años y 2.31, tiene dificultades para ingresar a un vehículo para poder manejar. Pero desde que era más pequeño que era un problema viajar con él, porque ya a los 13 años medía 2.26 metros y no entraba en la parte trasera del auto de sus padres.

En este momento es parte de la Universidad Spire de Ohio, pero este rumano sufre mucho su crecimiento. Si bien sueña con ingresar a la NBA, su altura y su peso son un problema. Es que apenas pesa 90 kilos y se pasa horas y horas en un gimnasio. Debe ingerir más de 4.500 calorías por día (algo así como 9 BigMac) para aumentar su masa muscular. La Clínica Cleveland le asignó un nutricionista con el objetivo de que aumente medio kilo por mes.  Aunque esas no son las únicas complicaciones. Es que tuvieron que construirle una cama de 2.50 metros para que pueda descansar, escritorios a su medida y una mesa para que pueda comer y el plato no le quede muy bajo. Incluso, si cena o almuerza en lugares no adaptados debe acercarse el plato a la boca, porque si toma una sopa y usa una cuchara, de tan lejos que le queda la mesa le tiembla la mano hasta que logra llevarse la comida a la boca.

También su ropa es todo un tema, ya que deben hacerle pantalones a medida, calza más de 58 de zapatillas y usa camisas xxxxxl. Ahora decidió mudarse con sus amigos y allí apareció otro problema, ya que no tiene la cama que le adaptaron en la Universidad, por lo tanto duerme en una convencional y coloca dos valijas a la altura de sus gemelos, con una almohada en la parte superior para sostener sus pies.

“Me encanta poder volcar la pelota (lo puede hacer sin saltar), pero todavía tengo que trabajar más sobre ese aspecto, ya que mi peso no me permite hacerlo contra rivales con más contextura física”. La complicación más importante que tiene Robert es que padece una fuerte escoliosis en su columna, lo que provoca que sus movimientos sean lentos y se advierte un desplazamiento en la cadera.

Su altura siempre despertó muchos interrogantes y se concentraron las preguntas en si padecía alguna enfermedad. Algunos especialistas lo descartaron y lo vincularon a un patrón hereditario, es que su papá Zsigmond mide 2.17 metros y llegó a jugar en la selección de Rumania y su mamá Brunilda alcanza los 1.90 metro y fue jugadora de voleibol. Ellos confesaron que el tamaño de su hijo al principio les generó preocupación, pero luego de exámenes médicos descartaron que tuviera algún problema de salud. Lo que primero confirmaron fue que no tenía el síndrome de Marfan, una condición genética del tejido que puede ocasionar problemas cardíacos que amenazan la vida. Otras pruebas a lo largo de los años eliminaron otras condiciones potencialmente preocupantes.

Una mirada diferente de una condición especial. Ellos, apenas algunos, son las muestra perfecta de las bondades que puede representar estar por encima del mundo, pero también los cuidados que deben tener para soportar semejante particularidad. Al infinito y más allá.