Maradona

Maradona, el distinto

Lalo, el hermano menor del astro del fútbol, viaja al anecdotario de un camino futbolero signado por el apellido más pesado. Sin rencores, la fábula de la búsqueda del otro Diego se abre con humor e hidalguía.

Por Daniel Eguren

Cuatro adolescentes se abrazan sudorosos y cantan: “Oh, mamma, mamma, mamma ¿sai perché mi batte il Corazón? Ho visto Maradona, ho visto Maradona”. Saltan con entusiasmo y se apretujan como si el espacio fuera cada vez más diminuto. Junto con sus voces, abajo, en la pista atlética aparece él, con los botines de cordones sueltos y dando saltitos. Alguien le tira una pelota y la recibe con su educada zurda; hace jueguitos, uno, dos, tres, cuatro, y la levanta para seguir con la cabeza; un, dos, tres, la deja caer y le pega de volea. Mira a la tribuna, a sus nuevos seguidores, y levanta el brazo izquierdo. Debuta el 10 y los cuatro adolescentes lo saben.

Maradona está a punto de estrenarse en el Deportivo Italia de Caracas. Nadie sabe cómo se llama realmente, le dicen “Lalo”. En ese monumento a la soledad llamado estadio “Brígido Iriarte”, unas 150 personas, entre hinchas y familiares de jugadores, esperan ver su magia. Es domingo, 4 de noviembre de 1990, 11.15 de la mañana con un calor insoportable; los madrugadores esperan que valga la pena. Fueron a ver al jugador que, ante la pregunta de un periodista, se definió así: “Soy hábil. Tengo potencia en el remate. Casi como Diego”. Eh mamma, innamorato sono.

Esa escena se repetiría varias veces en distintos países e idiomas. Con poco o mucho público. En verano o en invierno. El apellido Maradona convocaba a curiosos que esperaban ver la magia de Diego, en los pies de Lalo o de Hugo, sus hermanos menores, quienes debieron correr por el agotador camino de la comparación.

Raúl Alfredo Maradona Franco, el “Lalo” de la gente, nació en un hogar amoroso donde la figura de su hermano mayor abarcaba todo. Su vida no tuvo los sacrificios de antaño de los Maradona. Pudo estudiar, alimentarse bien y recibir regalos, como cualquier niño de clase media. La pelota era su sol particular y su infancia giraba alrededor de ella. Le gustaba jugar al tenis y no le fue mal. Ganó torneos de aficionados en Buenos Aires y jugó varios años. También tuvo aspiraciones académicas, como cualquier niño. Soñó con estudiar Medicina en la facultad, aunque solo llegó a tercer año de secundaria porque se dio cuenta que “el estudio no era lo mío”.

Sus padres y hermanas lo mimaban por considerarlo “el distinto”, por su carácter calmo, reflexivo y dócil a diferencia de los otros varones, más temperamentales. Por ser obediente se ganó el derecho de acompañar a Diego desde los 12 años, momento desde el que lo siguió en su viaje a la gloria, primero en Barcelona y luego en Nápoles. Conoció a su novia de toda la vida en sexto grado de colegio, Marcela, con quien acaba de cumplir 33 años de casado y tiene 3 hijos: Diego (31), Jorge (28) y Matías Alexander (23), en un hogar estable donde se fomentó el estudio y el deporte.

La figura de su hermano Diego marcó su vida. Cosa lógica, y hasta obvia, de una personalidad que impactó a una generación entera. Tal vez por eso intentó seguir sus pasos y ser jugador de fútbol, pero su apellido lo dejó en orsai.

Debutó en Boca, ni más ni menos, y desde el primer día lo apodaron “Pelusita”. Con los xeneizes jugó tres partidos, incluso un clásico contra River, y rápidamente fue vendido al Granada de España. El primer gol en contra lo recibió de su propio ídolo, el hermano mayor, cuando declaró que Lalo “era el bueno de los tres”. Los hinchas nazaríes llenaron la cancha para verlo debutar, convencidos de ver al mejor Maradona de todos. En Granada completó los tres años de contrato y el equipo se fue a la B. Ahí se dio uno de sus grandes lujos: jugar un partido con sus dos hermanos en el estadio de Los Cármenes casi repleto. En la ciudad andaluza tuvo una vida placentera, tranquila, que coincidió con la llegada de su primogénito a quien llamaron Diego. Regresó a Buenos Aires y recaló en Defensa y Justicia; luego pasó por Laferrere en el Nacional B.

En 1990, luego del Mundial de Italia, llegó a Venezuela de la mano del argentino Antonio Lobo Gómez Benítez, ayudante del DT Richard García, quienes hacían dupla en el Deportivo Italia. El padre de Gómez era vecino y amigo de Don Diego, cabeza de la familia Maradona, y entre ellos se gestó la sonada trasferencia. Los directivos del Deportivo Italia, Tino Danesi y Walter Stipa, dieron su visto bueno y Lalo llegaría a Caracas días después. Su estreno, como siempre, vino precedido de una gran rimbombancia mediática donde se prometía, también como siempre, un partido amistoso donde participaría el hermano mayor. Ese partido no llegó a jugarse.

Debutó al mediodía de un domingo, frente al Club Sport Marítimo con transmisión televisiva para todo el país. Jugó 71 minutos y salió extenuado. Los pocos aficionados que lo vieron en la cancha agradecieron el esfuerzo y se fue a las duchas. “Maradooooo, Maradoooo”. En la crónica del diario Últimas Noticias, del día siguiente se leyó: “No vimos, como se esperaba, la maravillosidad de Lalo Maradona (…)”.

El capitán de ese Deportivo Italia, Robi Cavallo, dice que la contratación de Lalo fue extraordinaria para el fútbol venezolano. “Rompía con el clima de nuestro fútbol”, sostiene quien, además de jugador, es economista. Cavallo lo recuerda como un gran jugador, inteligente y de una zurda exquisita. Cuenta que “le pegaban mucho porque, en esos años, el fútbol venezolano todavía era tosco y de pierna muy fuerte” y que le costó adaptarse. Rememora, incluso, que un defensa del Valencia F.C. “le dio un planchazo que casi le produjo conmoción cerebral”. Cavallo cree que desde ese día, Lalo empezó a irse de Venezuela. Mantuvieron una relación cercana, familiar, se reunían a comer y no olvida cómo se encantaron, Marcela y Lalo, con la tradición venezolana de romper una “piñata” en los cumpleaños infantiles. 

“Lamentablemente fue muy poco tiempo, jugué pocos partidos, había problemas económicos en el club y me tuve que volver. Fue poca la estadía pero la disfruté muy lindo; Caracas me gustó, me gustó la gente y me sentía muy cómodo. Tuve muy buenos compañeros que me ayudaron siempre”, dice Lalo. Vivió en la zona céntrica de Sabana Grande, en un país que gozaba de una buena economía. Le llamó la atención el precio de la gasolina (nafta, diría) y sintió que en Venezuela se vivía bien. Recuerda que habían muy buenos equipos, menciona a Marítimo, Táchira y Caracas. “Me deslumbraron los estadios y que había muy buenos jugadores. Quedé conforme y tengo muy buenos recuerdos”. Es cierto que estuvo poco, apenas jugó cinco partidos y no llegó a lucirse. Robi Cavallo cree que era “cuestión de tiempo” para que se afirmara, recordando que varios goles del Deportivo Italia llegaron por elaboración de Lalo. Se fue, llevándose en la memoria a gente cálida y estadios semivacíos.

Pasó por Estados Unidos, Perú y Canadá, siempre en equipos menores, donde su apodo de “Pelusita” se repetía y la prensa se encargaba de escalar la expectativa hasta una plataforma tan alta, que la caída terminaba en la burla. Un periodismo al que jamás le importó su nombre, sólo el apellido. En un diario venezolano lo llamaron Gustavo y es común que entreveren su carrera con la de Hugo, el menor de los hermanos, adjudicándole un paso por el Fukuoka de Japón, donde jamás estuvo. 

“Es lindo que a uno lo comparen con su hermano, lo que pasa es que de ahí a que uno sea como Diego hay años luz. El que quería ver en Lalo a Diego, se había equivocado de fichaje porque nada que ver. No hubo, ni habrá, otro como mi hermano. Yo siempre sé que me destaqué y que juego bien, pero no soy Diego”, explica Lalo sobre si le “rompía las bolas” que le dijeran “Pelusita”.

Sabe que en algunas cosas el apellido lo favoreció y en otras se convirtió en una “mochila de sandías”, pero lo siente como “el orgullo más grande que tengo”. Elabora, también, que fue feliz en el fútbol, aunque no hizo una diferencia económica, y le hubiese gustado hacer una carrera en clubes más importantes. “Cuando me tocó jugar y entrenar siempre lo hice con las ganas que siempre le puse a todo lo que hice”, reflexiona con voz serena y sin amargura.

Reírse de uno mismo puede ser el mejor camino para la resiliencia y en el año 2012 la agencia de publicidad Kepel & Mata lo convocó para protagonizar un divertido spot audiovisual llamado “La revancha de Lalo Maradona” para el concurso Gran DT del Diario Clarín. En el comercial Lalo no oculta, de manera exagerada como exigía el guión, que siempre estuvo a la sombra de su hermano mayor, mostrándose torpe hasta el exceso. Se parodia a sí mismo, divirtiéndose con esa imagen que quisieron construirle pero sabiendo que fue mucho más que eso. Dijo el poeta inglés Samuel T. Coleridge: “A ninguna mente bien organizada le falta sentido del humor”.

Lalo se preparó en la Escuela de Entrenadores César Luis Menotti y espera la entrega del carnet de Director Técnico. Actualmente dirige en las inferiores de Independiente y en Camioneros. Le encanta trabajar con chicos, pero le gustaría asumir el reto de dirigir a algún equipo profesional, como su famoso hermano.

Mientras espera que eso suceda, cierra los ojos y escucha a la tribuna cantar: “Vení, vení, canta conmigo, que un amigo vas a encontrar, que de la mano de Maradona todos la vuelta vamos a dar”. Sueña con ese momento, donde el apellido se convierta en nombre propio.