El psiquiatra que admira a Freud y ama al fútbol

El entrenador de San Miguel encontró en la casualidad de una charla con Marcelo Bielsa la chispa que necesitaba para darle forma a su plan que combinaba dos de sus pasiones: la psiquiatría y el fútbol.

Es sábado a la tarde y en Aeroparque hay miles de historias de vida que están por subirse a un avión. Sin embargo, lejos de esos pájaros de hierro gigantes, con turbinas ensordecedoras y potentes, la historia del protagonista de esta historia se centra en uno de los puestos de diarios que se encuentran alií. Seguramente, lejos de haber pasado por esos pisos hayan estado Hipócrates, el padre de la medicina, o Sigmoud Freud, el padre del psicoanálisis. ¿Qué tienen que ver ellos con la escena en cuestión? El primero aseguraba que todos los componentes del universo estaban ligados por ‘afinidades ocultas’ y el segundo afirmaba que las personas no eligen a los otros al azar, sino que se encuentran con aquellos que ya existen en su subconsciente. Ambos hubieran debatido horas el porqué una visita al trabajo de su hermano le produjo a Matías De Cicco un cambio completo en su vida.

Es que esa tarde, que no tenía nada diferente a tantas otras tardes, el que paró en ese puesto de diarios fue Marcelo Bielsa. Un Bielsa que compró una revista y tuvo que ‘soportar’ el asedio de un psiquiatra que quería cambiar al fútbol. O al menos intentarlo. La admiración por la figura del Loco pudo más que la timidez de un Matías que ya había perdido un poco el fuego de la pasión. Lo saludó y empezó enseguida a hablarle de Boca. En ese momento el entrenador, que no estaba trabajando, le comentó el retiro espiritual que había luego del Mundial, debido a que a todos los lugares públicos a los que iba se terminaba peleando. La charla avanzó y este hincha de Boca le explicó su proyecto de psicología para el fútbol. Ese mismo, que a pesar de haber estado en inferiores no había podido llegar en el fútbol. La respuesta de Bielsa perforó en lo más profundo del cerebro del hombre que pensó que solo iba a hacerle compañía a su hermano: “Vas a tener que empezar en el fútbol o en el cuerpo técnico de un amigo, o estudiando y formar tu propio cuerpo técnico. Nadie te va a dejar entrar a un equipo con todo esto que me contás”. 

El consejo surgió efecto en él. Llego una nueva etapa de estudio para el psiquiatra que quería mostrar que en el fútbol se puede trabajar la mente como el cree que se puede. Matías se recibió y, luego de esperar su oportunidad, encontró en Lugano (Primera D) su primera chance de fútbol. Hoy está en San Miguel y lleva consigo a cuestas toda su metodología. Una metodología de manejo de grupo que el fútbol no está acostumbrada a ver y que de no ser por aquella ‘casualidad’ nunca hubiese podido llevarse a cabo. 

-¿Fue muy difícil insertarte en el fútbol?

-La primera reunión que tuve fue en el 2007 con (Luis) ‘Pepe’ Seveso, el médico de River. Le conté que quería hacer, cómo era el proyecto y me dijo: “Yo no puedo ni hablar con el presidente de esto”. Es que la psicología en el fútbol era imposible de pensarse. En ese momento, el Coco Basile (DT de la Selección) decía “el psicólogo soy yo, el amigo de los jugadores soy yo”. Pero esa camada de entrenadores fue dejando lugar a la nueva generación y eso permitió que sea más permeable. Lo que más empezó a darle espacio fue que en los demás deportes se empezó a demostrar que la psicología no te hace ganar partidos, pero suma y mucho. Me costó entrar, pero se dio. Después de encontrarme con Bielsa hice el click y entendí que para ser parte tenía que estar adentro. 

-¿Cuál era ese primer boceto?

-Antes de estudiar la carrera de técnico era más teórico que práctico, por mi desconocimiento de los entrenamientos. Estaba muy ligado a los aspectos de la mente que se pueden trabajar y dar resultado en el deporte, como es el caso de la concentración, la motivación, el campo visual (la visión periférica), la atención, la respiración. Cómo conformar un grupo, porque cuando armas el plantel te ponés a pensar que personalidades necesitas para cada línea y eso es algo por fuera de lo futbolístico. Después le fui agregando mayor complejidad. Yo en mi especialidad trabajé con muchos grupos, y esa formación lo podía vincular con esto porque tenía que ver con personas. Ese primer boceto era muy altruista, después lo fui mejorando con algo más de realidad. Porque no es lo mismo un grupo de la D, que de la C, o de la A, y eso te va modificando que trabajar primero. 

-Cuando tuviste la oportunidad de agarrar un plantel, ¿cuánto de lo que tenías pensado pudiste aplicar?

-Casi todo. Si tomamos en cuenta mi primer trabajo, que fue Lugano, creo que faltó profundizar sobre aspectos de grupo. ¿Qué quiere decir eso? Por ejemplo, una vez le pedí a tres chicos del plantel que buscaran la definición de la palabra adversidad y que para el otro día lo contaran algo al grupo algo personal que tenga que ver con eso. Salió muy bien porque cada uno asoció a algo que le había pasado, y uno contó que su madre había tenido una enfermedad. El grupo no sabía nada, y se empezó a replantear que no conocían tanto a su compañero. Eso les mostró que no todo tiene que ver con la pelota. Ese espacio lo logré en la pretemporada, pero después no pude prolongarlo durante el torneo, porque el tiempo se achica y se hace más complicado. 

También hay que tener en cuenta que en la D no son profesionales y ahora (en San Miguel, en la B Metropolitana) hablar de un tema es más fácil porque todos tienen tiempo y están predispuestos. Yo trato de que no sientan que están haciendo algo de un gabinete psicológico, sino que tiene que ver con algo que nos pasó en el último partido, o qué nos cuesta conseguir dentro de otro. Eso hace que trabajes sin darte cuenta de que estás trabajando.  

-¿Qué fue lo que más te sorprendió dentro del fútbol con relación a los trabajos que haces?

-Pensar que el cuerpo técnico era más permeable que los futbolistas. Por la preparación académica que tienen. Pero no. Los futbolistas son súper permeables. Siempre se juntó a lo mental con la clase social de donde uno viene y nada que ver. A mi me gusta mucho la música y siempre hablo con un amigo que me dice: “las letras de Los Redondos nadie sabe que significan y pegan en las clases más bajas. Le llega a esa gente”. Y por algo les llega. Porque la quieren interpretar, quieren saber de que se trata. Esa es la prueba de que este mensaje es para todos y este trabajo es para cualquiera. 

Una discusión que también tenía con mi cuerpo técnico era que ellos decían que lo que hacíamos solo lo podíamos hacer en la D y no en categorías superiores, pero para mí todo lo contrario, porque mientras más arriba vas, más avidez encontrás por saber. Hoy en San Miguel todos quieren saber. 

-¿Y tus colegas cómo toman tu otra profesión?

-Más que los colegas el periodismo. El periodismo es descreído porque sigue con el concepto de que vale más la experiencia que la capacitación o que tiene más espalda un ex jugador que alguien que llegue formado. Se ha tomado mi formación como un insulto y no como algo bueno que puede aportar a la formación de jugadores. “Los dirige un psiquiatra” o “Andá a ver pacientes”. Después como todo lo que se evalúa en los resultados que se consiguen dentro de la cancha. 

-¿Y del otro lado, los colegas psiquiatras que te dicen?

-“Tano estás loco”. “¿Qué estas haciendo?”. Son las frases que más me dicen. Pero a mi siempre me gustó hacer varias cosas a la vez. 

-Técnico, psiquiatra, conductor de un programa de radio… ¿Cuántos Matías hay dentro de Matías?

-Fue un tema analizado durante mucho tiempo. Siete años de terapia tres veces por semana, jajaja. Tiene que ver con mi curiosidad, haciendo una sola cosa no me siento cómodo y trato de vincular todo. Y en el fútbol encontré un lugar donde puedo vincular mi formación, mi pasión, el grupo, enseñar porque fui profesor y me gusta lo didáctico, me gusta la música y por eso me junte con amigos para hacer un programa. En ese programa (No se puede hacer más lento) me junté con Martín Leguizamón, quien es entrenador de arqueros, profesor de historia en la UBA y hace una columna de rock vinculada con la historia; también está Martín Rodríguez que es escritor y poeta. 

-¿Cuándo supiste que ibas a ser psiquiatra?

-A mí me iba bastante mal en el estudio. Por eso, cuando le dije que iba a estudiar medicina, mi mamá se puso a llorar porque era una locura. Lloraba literal. En ese momento hice un click de que eso no era la escuela, en la que me llevaba diez materias y las daba todas juntas. Hoy le digo a mis chicos que no hagan como yo, que nunca tenía vacaciones porque me la pasaba estudiando. Te diría que durante la carrera me llamaron la atención la psiquiatría, la oftalmología y la terapia intensiva. Probé con las tres y quería ser analista porque me gustaba la teoría Freudiana. Pero en ese momento estaba haciendo terapia y mi terapeuta me dijo que era mejor que haga psiquiatría porque me daría un abanico más grande con relación a la patología mental. Lo hice y al mismo tiempo estudiaba a Freud, para hacer análisis. 

-¿Te acordás de tu primer paciente?

-Si. Claro. Fue en el Hospital Rivadavia. Yo ya estaba haciendo el postgrado universitario y la concurrencia al mismo tiempo, y fue una señora que era psicótica. Estaba muy nervioso. Era un brote verde, porque la psiquiatría y todo lo que tiene que ver con el área mental tiene mucho que ver con la experiencia de vida y con procesar muchas cosas que te te lo da el tiempo. A mi corta edad logré tener una experiencia muy buena, porque tuve la suerte de analizarme con alguien que era muy bueno. Al mismo tiempo supervisaba pacientes y eso me ayudó mucho.  Eso tiene que ver también con lo de ser técnico porque todos vamos y estudiamos lo mismo, pero después le ponemos nuestra mano para darle identidad. Bielsa dice que “todos los libritos se fueron a la B y todos los libritos salieron campeones”.

-¿Y estuviste más nervioso cuando atendiste a esa señora o cuánto te paraste adelante de un plantel?

-La primera vez que atendí un paciente. Sin dudas. Porque la zanahoria de mi vida fue tratar de hacer la mayor cantidad de tiempo posible lo que me gusta, y alejarme de lo que debo, de lo que corresponde. Y dirigir tiene que ver con lo que quiero. Lo hago porque económicamente lo puedo hacer y cuando uno es entrenador porque te gusta y apasiona le dedicas tiempo y lo haces con muchas ganas. La primera charla que di en Lugano se titulaba “Trabajo, felicidad y sueños”. Y de esas tres palabras les dije lo que yo quería para todo el campeonato. Terminaba con el tema de los sueños, porque somos treinta y cada uno tiene un sueño personal. Ahora, si no anteponemos el sueño colectivo al personal nadie cumple el sueño, entonces tenemos que luchar de la misma manera. Sin importar si jugué de titular o si fui suplente todo el campeonato, y eso es difícil de sostener. Ahora la experiencia me dijo que esa charla la tengo que dar el primer día de la pretemporada y no antes del primer partido.

-¿Por qué crees que en el ambiente del fútbol lo mental no está tan bien visto? ¿O es un mito?

-Hoy está más metido en el ambiente, pero cuesta. Si tenemos que tomar la totalidad de los técnicos en Argentina vamos a encontrar que no todos utilizan un especialista. A veces el club tiene un psicólogo, o el mismo cuerpo técnico tiene uno. Pero no está metido lo mental dentro del trabajo. Si se metió en el trabajo, a través de los profes, lo cognitivo: visión periférica, reacción, luces, etc. Ahora, trabajar o crear una pretemporada en la que haya áreas, desde el trabajo, que tengan que ver con lo grupal, con lo formativo, con el compromiso, con la actitud, el carácter. Eso no lo hacen todos. Y parte de no incorporarlo es la no formación o la otra parte es que cuando los que dirigen vienen del fútbol y toman como experiencia lo que ellos vivieron para conducir. Y al no haberlo tenido piensan que no deben cambiar. No está ni bien ni mal, cada uno tiene su librito. Para mí deberían hacerlo todo porque aporta a lo humano, más que al deporte, y el deporte, como consecuencia va a recibir una mejora porque lo humano se mejoró. 

-¿Cuánto del resultado tiene que ver con que el grupo esté bien?

-Cien por ciento. El grupo tiene que entender muchas cosas. El resultado es multifactorial y dentro de esa muctifactorialidad para que el resultado sea positivo lo grupal involucra muchos puntos de eso. Después hablemos si llamamos resultados a que se ganó un partido o si a lo que hizo lo planteado. A veces el resultado no acompaña pero ellos hicieron todos lo que se había trabajado. Por eso siempre les digo que mi objetivo no es ganar, sino que es hacer lo que nos planteamos hacer para que dentro de los noventa minutos llevarlo a cabo. Si lo hacemos estamos más cerca de ganar que de perder. 

-¿Te han pedido consejos de doctor y no de entrenador?

-No. Si me ha pasado de que algún jugador confíe en vos para que vos le puedas dar una visión con tus recursos. Ahora tomar eso como una asistencia médica es un error. Lo que si podría hacer es derivarlo en alguien especializado si, lo hago. Escuchar los escucho siempre. Yo tengo está visión acá, tomando un café, pero yo no me sacó el traje de entrenador cuando soy psiquiatra o al revés, soy todo junto. Estoy atravesado por esa formación. Dentro del cuerpo técnico también hablamos mucho para adentro y a veces incomoda.Yo siempre digo que hay que estar lo más incómodo posible, porque cuando uno está cómodo no piensa. Cuando estamos fuera de esa comodidad sale otra cosa. 

Ese hincha de Boca, muy fanático que pasó por todas las ubicaciones de La Bombonera, fue perdiendo esa pasión a medida que fue estudiando: “la formación te hace perder el fanatismo. Yo siento, me pongo nervioso, quiero que gane, pero no me peleo con nadie. Antes si, en la cancha me peleaba. Pero uno al tomar esa distancia analiza de otra manera y en el rol de lo que soy está mal ser fanático. En mi modo de vida está mal ser fanático de algo, porque cuando te fanatizas dejas de pensar y si dejas de hacerlo no cuestionas nada. Y sino cuestiones no sirve”. 

-Vos tenés tres pasiones: la psiquiatría, la música y el fútbol. ¿Si tuvieras que elegir una sola para hacer cuál sería?

-La psiquiatría. Porque me acercaría nuevamente a las otras dos. 

¿Cómo sos con la derrota?

-Me cuesta mucho aceptar la derrota. Soy muy exitista conmigo mismo. Siempre pienso para adentro primero. No soy una persona que busca culpables o errores afuera. Pero me duele, no me gusta perder a nada. Me ayuda la voluntad de hierro que tengo para conseguir los objetivos que me planteo. A veces los consigo y otra no, pero como dice Bielsa: “Vale la pena el camino y no el resultado”. 

-Scola nos dijo que para él “el éxito era el camino que lo había llevado a ganar la medalla de oro y no la medalla de oro en si, porque la celebración en el podio duró cinco minutos y la preparación toda la vida”.

-Coincido. ¿Sabés cuando lo descubrí yo? Cuando entrevisté a un muchacho que había escalado el Aconcagua. Y él me contó que cuando uno hace cumbre podes estar un ratito y tenés que bajar. Por el clima, porque la cumbre mide un metro. Y él se dijo: “Llegué a la cima y me tengo que ir. Y ahí me di cuenta que lo valió la pena fue el camino que hiciste para hacer cumbre”. Lo vale porque tomamos esos cinco segundos en la cima como “el éxito”, pero ¿cuántas veces fracasaste para lograr ese éxito? Muchísimas. Si estas capacitado para fracasar vas a llegar. Ahora si vos intentaste tres veces y lo conseguiste siempre no lo disfrutás.  Michael Jordan decía “erré miles de tiros antes que me den la última pelota”. 

-Para vos como entrenador lo peor debe ser el jugador que no hace por temor a equivocarse. 

-Totalmente. La duda. Freud decía que la duda está para no hacer y eso es lo peor que hay. Tampoco hay que ser un loco. Porque la diferencia entre un loco y un cobarde es la dirección hacia donde corren. Pero la realidad es la del valiente, que dice “acá hay un peligro, se pregunta de qué se trata, cómo hace para ganarle, se cuestiona si ir para adelante o para atrás, si se esconde o sale a pelear”. Uno puede dudar metafóricamente, pero después debe hacerlo. 

-¿Qué extrañas de tener pacientes?

-Todo lo que se pone en juego cuando alguien te cuenta algo y quiere encontrarle la punta a algo que quizás ni sabe de qué se trata. Y uno busca pescar en una pecera en la que los dos tenemos los ojos vendados. Esa gimnasia de ver por dónde va y ver que después resulta algo positivo para esa persona va más allá del dinero. Ese momento de cumbre, que dura diez segundos, motiva para todo lo que hacés día a día. 

-Todos los entrenadores tienen ‘ese’ partido que marcó su carrera. ¿Tenés un paciente que te haya marcado?

-Claro. Fue una mujer. Yo me especializaba en los trastornos de personalidad, mucha bulimia y anorexia, los trastornos border Line. Y tuve una paciente, una chica joven que venía mal, que había tenido intentos de suicidio. Empezamos a trabajar y empezó a mejorar, empezó a ver que había sentido en otro lado y se recibió en la universidad. Se casó y le fue bien. Vos cuando atendés un paciente con riesgo hay riesgo de vida. ¿Sabés lo que cuesta? Tenés que estar muy entrenado para no llevártelo a tu casa. Por eso no tengo Facebook, el Twitter lo uso para comunicarme y el Instagram lo veo con mi familia. Es complicado porque tus pacientes no pueden tener tu teléfono, por ejemplo. Y manejar eso tiene una responsabilidad muy grande. Cuando me dicen “la presión de jugar un partido” no me significa nada. Estuve en todos los hospitales públicos de Capital y tuve experiencias como la de una chica que en una fiesta de egresados la quisieron tirar a la pileta, le fracturaron la tercera y la cuarta vértebra cervical y quedó cuadriplégica. Yo ese día volví a mi casa sabiendo que terapista no podía ser, porque no me lo banqué. Hoy lo veo con mis hijos. Uno tiene fiebre y toda la preparación se me va al carajo el mundo. Uno no puede no perder la pasión,  es difícil sacarme pero tengo mi carácter. 

-¿Seguís yendo al terapeuta?

-Ahora no. Se murió mi terapeuta y eso es algo duro de atravesar para la gente que hace terapia. Y más cuando esa persona te ayudó a ver cosas trascendentales. Después de eso me costó, porque es indefectible que uno vaya a otro, y es como tener un segundo papá. Es difícil. Hablo con amigos, que son psiquiatras. Uno ahí no está rompiendo el secreto profesional al hablar de un paciente, pero si comparte sensaciones o cosas que piensa. Tanto en el trabajo, como en la vida personal. A veces me ven como “el doctor”, sobre todo en mi familia, que me ven como que sos todopoderoso. Ahora la juventud desdramatizó todo eso y le faltó el respeto a casi todo. Está bueno porque liberó ese concepto de familia antiguo. Mi viejo viene a casa y dice que mis hijos son unos maleducados porque terminan de comer y se levantan de la mesa. Antes ni loco lo podías hacer. 

-Hoy la depresión en el futbolista está siendo mucho más visible que antes. ¿A qué se lo atribuís?

-Se permite ver mucho más hoy. Me lo preguntaron y yo le dije “que la depresión no es una enfermedad asociada al fútbol, sino que las personas tienen la posibilidad de tener distintas enfermedades que ayudadas por el medioambiente en el que están pueden desarrollarlas o no”. El fútbol es muy traumático, voraz, injusto, dañino, no hay formación sobre eso, ni contención. Entonces, cuando uno se enferma en ese medio queda expuesto a lo que le pueda pasar. A lo que le pasó al Huevo Toresani  (NdeR: se suicidó) y lo que no le pasó, de suerte, a (Pedro) Monzón, que llamó a Maradona y este lo ayudó a que no se dispare. El fútbol te expone a algo que no tiene límites. 

-¿Por qué crees que en el fútbol la depresión o la homosexualidad no se toleran?

-Tiene que ver con el grupo. Porque cuando vos tenés un grupo se puede compartir. Ahora si ese espacio no está, y lo único que importa es cómo se te ve, o si te cargo por las zapatillas que tenés, hay que tratar de correrse de ese lugar. Cuando estuve en Lugano, y los jugadores eran más chicos, eso estaba más a flor de piel y yo les decía que paren la moto, que la cosa no iba por ahí, porque si nos burlamos de todos, nadie quiere opinar y se termina perjudicando el grupo. Con jugadores más grandes la cosa es más fácil. 

-¿Cuán importante es un capitán en el grupo?

-Muy. Lo elijo yo. Y me baso en un montón de cosas que tienen que ver con el adentro y el afuera. Me importa cuan sensibles son. Cuanta capacidad tienen de sostener lo propio y lo ajeno, cómo se predisponen al trabajo, cómo son capaces de escuchar y de anteponer lo colectivo por lo individual. Y trato de elegir un capitán y un subcapitán. El capitán que tenga la bandera de eso y un subcapitán que sea más joven. Después están los capitanes que lo son sin necesitar la cinta. Los líderes naturales. A esos tenés que aprender a no darle la cinta. 

-¿Por qué? 

-Porque no la necesitan. Por ahí ese capitán natural no tiene todas las cualidades que yo te enumeré para ser capitán, porque siempre fue así y le funcionó. Entonces, lo tenés que dejar siendo un capitán dentro de la cancha porque tira para adelante, y acompaña al capitán del equipo a tirar al equipo para adelante. Lo potencia. 

-¿Qué es el rock para vos? 

-Una gran compañía y un lugar de placer. 

-¿El fútbol? 

-Una gran pasión y un lugar de aprendizaje. 

-Y la psiquiatría?

-Es una gran biblioteca de recursos que hay que estar actualizando todo el tiempo para saber donde están libros dentro de esa biblioteca.