Literario

El que no llora es un inglés

El mar es de llanto, dijo Spinetta. He aquí la crónica de haber nadado, un 25 de noviembre, en ese mar hermoso.

La única emoción equivalente a la tristeza de no verte más, es la alegría de haberte visto.

Lo bueno del llanto es que diluye el ego.

A diferencia de dos personas que se ríen, que pueden ser dos boludos encerrados en su felicidad, o incluso dos individuos que se unen en la risa pero difieren en lo que los hace reírse; dos personas que lloran, mientras lloran, son la misma persona. O, dicho con mayor precisión, son una misma persona que llora dos veces.

He ahí la potencia sagrada del llanto. He ahí la potencia sagrada de ciertos seres, capaces de proveer alegrías tan grandes que siempre te hacen llorar.

He llorado mucho hoy, pero he llorado con tantas personas que terminé, como diría Spinetta, siendo ese mar que es de llanto. He derramado tantas lágrimas que me he derramado a través de ellas. He llorado de un modo coral, plural, impersonal. He llorado con tanta gente que ya no tiene sentido que diga “he” y no “hemos”. 

Como el gol, el orgasmo, el abrazo, el beso y el nirvana, el llanto diluye los bordes de la individualidad, pone en evidencia la falacia del documento de identidad y obliga al yo a celebrar su extinción.

Lo que pasa es que ahora es difícil abrazarse, gritar un gol a coro, besarse y tener orgasmos. Y llegar al nirvana, ni hace falta decirlo, nunca ha sido fácil. Es así que el tipo, experto en proveernos esas emociones que tantas veces nos convirtieron en mar, nos dio el llanto.

Arranqué llorando con mi compañera, que me vino a decir, con la garganta hecha un bollo, que te habías muerto. Enseguida llegaron los audios, los mensajes, los llamados. Mis cuñadas llorando, mi suegra llorando. Mis primos llorando, mis amigos llorando. Y yo cada vez más grande, cada vez menos yo, cada vez más hecho y deshecho por el llanto.

Luego lloré con tipos con los que no me une otra cosa que ese llanto de hoy (con los que a partir de ahora me une ese llanto sagrado): Valdano, Guillermo Andino, el Pollo Vignolo.

Después vinieron los llantos maradonianos, el de los que se guardan algún pudor de logia o de secta, alguna congoja esotérica que solo puede llorarse con algunos. Ahí lloré de lo lindo con Matu Mariotto, con mi hermano Marcelo, con Nachito Maciel, con el Changuito García. Y terminé de ser un tipo que llora para por fin ser un llanto cuando intercambiamos audios con Fede Barela; una serie de sonidos ancestrales, de monos o adanes que descubren la muerte y no saben qué hacer con eso, y lo manifiestan con quejidos como de auto que ya no arranca, con espasmos anteriores al lenguaje o superiores a él.

Al rato, cuando ya creía que el llanto no podía nutrirse de nuevos estupores, recibí una ráfaga de saludos hermosa: gente que no ama a Diego, pero que recuerda cuánto lo amo, y querían saludarme. Y adivinen qué: en ese saludo terminaban llorando conmigo, terminaban siendo el llanto que yo era.

Y lloré, yo que soy bostero, al ver hinchas de River llorando. Y dije: por fin puedo sentir que yo también soy ellos. Por fin los colores se destiñen en la sagrada alquimia del llanto.

Hace un rato nomás le mandé un mensaje al Archu Sanguinetti; estaba, por supuesto, llorando.

Este es tu último gran regalo, Diego. Este llanto hermoso, este mar en el que por fin ya no somos alguien. Esta incesante búsqueda de los místicos, a la que tanto trabajo les cuesta acceder, porque no tienen un dios como vos, que anda, que seguirá andando eternamente regalándonos emociones que diluyen las partes para hacer un todo.           

Eso es lo hermoso del llanto, Diego, que diluye el ego.

Qué tonto, ahora que lo pienso, Diego debe querer decir eso: Disolvente de Ego