Cuento

El récord imbatible

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Harto de quienes reducen el fútbol a cantidades de cifras y otros artificios lógico-matemáticos, el Enviado cuenta la historia de un récord; el único, tal vez, realmente imbatible.

Regresaba de dar clases, cavilando sobre las cosas que había explicado en el aula. Me torturaba, como siempre, la certeza de haber dicho más de una estupidez, y más aún la sensación de que, una vez concluida la clase, se me habían ocurrido dos o tres cosas geniales, tan inútiles ya como el peine que alguna vez inmortalizó el gran Ringo Bonavena. Mientras estaba en ese vértigo metalingüístico vi a lo lejos la fisonomía de un furioso picado entre pibes, en la canchita que todavía se inventa, buzos mediante, en el núcleo de la plaza. En verdad el picado no era literalmente “entre pibes”, porque mimetizado con ellos estaba el querido Enviado. Estaba jugando con total seriedad y severidad, al filo del aprovechamiento de su adultez; en un momento fue a trabar una pelota con un chico que no tendría más de doce años, y su pierna fuerte pareció salida de un clásico Peñarol-Nacional. En cuanto me vio giró presuroso, gritó un fatal “¡¡¡Salgooooo!!!”, y se desplomó a mi lado con su respiración trabajosa.

-Cómo meten, mocosos de miércoles…no respetan a los mayores…- me dijo. Luego se levantó y con ese brillo en los ojos que solo florece en los desiertos de Medio Oriente, pontificó:

-¡Ay de los que juegan en canchas de césped sintético!

-Maestro… ¿cómo anda, alguna novedad importante?

-Ando muy preocupado…temo que Adán y Eva pidan el VAR…si se confirma que fueron mal expulsados, van a cambiar algunas cositas importantes para nuestra especie…No creo, de todos modos, que San Agustín se quede de brazos cruzados…

No quise enfrascarme en una profunda y acaso bizantina discusión teológica, de modo que distraje al Iluminado con una pregunta, y como (casi) siempre, tuve la suerte de inspirar uno de sus relatos.

-¿Hizo muchos goles en el picado? – pregunté.

-Ah….muchacho de estos tiempos, en que lo cualitativo ha desplazado a lo cuantitativo. Esa relación erótica con los números, el big data, que bien estarían en un pitagórico, pero tanto confunde a los que, por conocer solo cifras, jamás pueden contemplar esa única cifra que abre el cofre del misterio esencial: saber quiénes somos… No, no hice ningún gol…

-Yo coincido con usted, maestro…me cansa que muestren cuántos goles hizo tal, cuántos metros recorrió, cuántos pases dio…temo que pronto terminen vendiendo a los jugadores de fútbol como a los autos, aclarando su kilometraje…

-¡Gran reflexión! – me dijo el Despierto – ¡Cómo no se me ocurrió a mí! No importa…cuando uno crea discípulos, debe estar feliz por sus logros. Aunque no es este el caso, que sea la última vez que se hace el inteligente en mi presencia. Venga, compremos dos manzanitas con caramelo que le voy a contar una buena historia de números…

Defensores de Soja era un equipo que, a caballo de un suculento apoyo económico, había ascendido vertiginosamente un par de categorías, a pocos años de su creación. Este éxito repentino tuvo sin embargo una especie de amesetamiento, que se sumó a cierta mediocridad que definía la historia del equipo: todos sus ascensos habían sido ganando liguillas, de modo que jamás había saboreado las mieles de sentirse campeón; esto, por supuesto, por no hablar de la sospecha que se cernía sobre alguna victoria, especialmente luego de que habiendo sufrido el cobro de un penal que los poderosos terratenientes consideraban dudoso, éstos tomaran la “medida” de no liquidar los dólares de la cosecha, cosa que sí hicieron luego de que en un partido clave echaran a dos rivales en situaciones cuanto menos cuestionables.

Pero los dioses del fútbol suelen tener planes que no transitan por los profanos anhelos del la condición humana, de modo que, según parece, obraron caprichosamente, tal es su estilo, un milagro: el arquero de Defensores de Soja estaba a punto de batir el récord ¡¡¡mundial!!! de minutos con la valla invicta. Esta increíble caricia del destino ponía al club, ahora sí, a tiro de historia, y a su arquero a minutos de vestirse de héroe.

Algo de esto podía molestar, sin dudas, al Tano Mitidieri, un feroz marcador central que tanto (o más, según algunos) mérito tenía en la conservación virgen de la valla. Todos recuerdan aquella noche en que se tiró de cabeza sobre la línea del arco para abolir un gol inminente, o aquella otra tarde en que cortó un terrible remate cruzando su anatomía como un soldado que quiere salvar la vida de su General. Mientras el arquero se paseaba por los canales, los días previos al partido del récord, contando cuáles eran sus sensaciones frente a ese hecho divisorio, el Tano, hombre de códigos, callaba su posible y justa bronca.

¿”Hecho” divisorio? En verdad, el momento se consumaría a los tres minutos de iniciado el partido de la fecha 23. Se sabe que tres minutos en un partido es una mini eternidad, pero los dirigentes de Defensores de Soja daban por seguro que los rivales no harían nada por no entrar, ellos también, en la historia. Antes de los tres minutos, nada; luego de los tres minutos, a cara de perro, parecía ser el pacto tácito…o no tan tácito.

Comienza el partido, en medio de fuegos artificiales, cientos de periodistas, y una insólita televisación que jamás el club soñó (el partido estaba siendo transmitido en directo a China y a Emiratos Árabes, entre otros lugares).

Franco, el arquero héroe, toma la pelota en el minuto dos. La para debajo de su suela; un rival finge que se le acerca pero casi que mira de reojo el reloj gigante que desanda los segundos de la hazaña. El tano Mitidieri la pide para simular un último ida y vuelta antes de que suene la sirena. Franco se la da al Tano y éste, ante el estupor del mundo, gira hacia su arco y la clava en un ángulo. Gol en contra, en el minuto 2 y cuarenta segundos. Adiós al récord. La historia huye, los duendes se tapan los ojos, la multitud calla como en un coro hipnotizado, los periodistas se miran absortos. El arquero sale desesperado en busca del Tano, antes de desvanecerse en medio de un ataque de nervios.

¿Traición, envidia, celos, bronca? Todos creyeron ver en el gol del Tano algo de eso y nadie vio lo que en verdad hubo: sabiduría. Profunda, alada, atemporal, leal sabiduría, que recién tomó forma cuando Franco recibió una carta en la que el gran marcador central decía:

Sé que en este momento estarás odiándome por haber sido quien destruyó tu gran sueño y el de nuestro amado club. No entiendo (y me ofende) el menosprecio a mi inteligencia que tu odio y el de todos supone: si hubiese querido arruinar el récord lo hubiese hecho antes, de modo más sutil y sin exponerme al escarnio público como lo hice.

He sido y soy tu amigo. Hemos soñado juntos desde infantiles tantas cosas…nadie conoce como yo tus anhelos y nadie como yo quiere que los cumplas.

Franco querido…los récords, por espectaculares que sean, son cantidades, y como tales están fatalmente condenadas a ser superados. En cambio esta historia, de la que vos y yo hemos sido protagonistas, no tiene fecha de vencimiento. Hemos logrado que algo que simplemente iba a ser historia, fuera leyenda; hemos transformado los efímeros números en una anécdota imborrable. Los récords mueren; pero la memoria popular no deja, en cambio, que muera lo que debe permanecer. En esa memoria permaneceremos para siempre. Para siempre quiere decir sin relojes, sin sirenas, sin fuegos artificiales, tan artificiales como la efímera sed que corona a quien enseguida se olvida.

Cuando ya no estemos, no en el fútbol sino en la vida, alguien en un bar, en el patio de una escuela, en un asado, seguirá recordando nuestra incompresible jugada. La gloria es tan grande, Franco, que tal vez solo la merecen quienes son capaces de renunciar a ella”.                   “: