Literario

El relato como vanguardia

¿Puede el relato futbolero ser considerado como una de las formas del arte? Y en tal caso, ¿pueden existir formas de relatar que sean vanguardistas? El Enviado contesta que sí a ambos enigmas y nos cuenta la historia de un relator único: Rubén Darío Durán.

¿Es el relato futbolero una forma de arte? ¿Son pues, lo relatores de fútbol, artistas de la oratoria?

Si la respuesta a estas dos preguntas es “sí”, surge otra afirmación que tiene casi la fuerza conclusiva de un silogismo: entonces el relato admite también rupturas vanguardistas.

Reconozco que no iba a ver al Enviado desde la muerte de Diego, cuando nos abrazamos en la plaza y lloramos hasta que nos quedamos sin lágrimas, pero no podía pensar un tema tan ríspido sin su ayuda, así que fui en busca del auxilio de su inteligencia. Lo encontré frotándose el brazo con insistencia; ni bien me vio se apresuró a aclarar ese recurrente ademán:

–Me ofrecí como voluntario para la vacuna rusa…–dijo.

La afirmación era del todo inverosímil, pero por si acaso entré en el juego del maestro.

–¿Y tuvo algún inconveniente? – pregunté.

–No sé si será parte de los efectos colaterales, pero a los pocos días de haberme inoculado la vacuna me dieron unas ganas inexplicables de jugar al ajedrez… Tiene cara de hacerme alguna pregunta profunda discípulo…meta nomás…

   Notificado de mi inquietud, el maestro soltó un monólogo digno de los protagonistas del Banquete platónico:

–El relato remite a la primera forma de transmisión de sabiduría, que es la oral…Por eso no habrá en la historia mejor programa de radio, o al menos mejor nombre de programa que “La oral deportiva”…toda una declaración de potencia mitológica…reverbera en ella toda la magia de los bardos inspirados, de los chamanes poseídos, de los tíos en pedo… Es curioso que el menos futbolero de los argentinos, Borges, reflejara en su cuento en colaboración con Bioy: “Esse est percipi”, una verdad ancestral e inapelable: el relato futbolero puede prescindir de los hechos. Puede no haber estadios, futbolistas, hinchas, pero mientras haya quien relate esas vicisitudes habrá fútbol…En suma: por supuesto que el relato es una forma de arte, y si me permite le digo que si un relato no alcanza esa estatura entonces es un efecto sonoro condenado a la mera descripción…

Compartí entonces con el Enviado una perplejidad que ahora encontraba su cauce natural para ser expresada: la de los viejos que van a la cancha con la radio. Esta es sin dudas una muestra de cómo la realidad necesita que el relato la confirme. Pero el verdadero tema de este texto no es el relato tal como lo entendemos en su versión más conocida (aún en sus formas más artísticas) sino la posibilidad del relato como vanguardia.

Rubén Darío Durán comenzó su carrera como relato haciendo uso de las estrategias habituales para abrirse paso en la competitiva fauna oral. Su voz nasal, la perfecta pronunciación de la “erre”, el uso (y abuso, muy de estos tiempos) de superlativos, la “o” del grito sagrado que se sostenía como si Pavarotti estuviera cantando; fueron buenas cartas de presentación para un joven como él. Pero pronto, tal vez entusiasmado al ver cómo algunos relatores con poco talento tenían éxito a partir de la ejecución de algunos artificios, comenzó a jugar con algunas variaciones que ya coqueteaban con la disrupción vanguardista. Me adelanto a una objeción: alguien dirá que muchas muletillas hoy aceptadas como “normales” alguna vez fueron disruptivas, y es verdad: el “Ta, ta, ta…”, ya parte del inconsciente colectivo, parece más un balbuceo dadaísta que una manera de relatar. Hay un relator, incluso, que canta canciones luego de un gol, algo que lleva a un tipo de sensación realmente paradojal: uno no sabe

Otra cosa fue lo que propuso Rubén Darío. Comenzó, como tantos otros, ejerciendo la metáfora, el oxímoron y el hipérbaton: “El arco le quedó lejos, como la infancia…como una mujer que no nos quiere…”, “Ese fuego gélido que habita su rostro…”, “Angustiosa tristeza acongojada…”, eran, por citar ejemplos, parte de esa oratoria que encantaba multitudes. Pero algo dentro del bardo pedía más creatividad, romper estructuras, salir de la zona de comodidad; así, luego de algunas cavilaciones, el joven dedujo que si el relato es efectivamente una manera de producir arte, no debe depender de la importancia de los hechos sino producirla. Esto explica por qué su voz se estiraba hasta la disfonía para decir un saque de meta o de costado: “¡¡¡Saque de arco!!!…Tremendo, impensado, la pelota rozó como un pétalo el botín del delantero y se fue callada, como un condenado al patíbulo, hacia el fondo de la cancha…”, o “¡¡¡Lateral!!!…Ahora será tiempo de extender los brazos y elevar el balón como a un recién ungido para luego soltarlo al festín de las piernas voraces…”. 

Como todo gran artista, Rubén Darío pronto sintió el hastío del éxito y probó con la antítesis de su desbocada verba: el haiku. Tardes enteras en el Jardín japonés prepararon esta nueva etapa, que dejó perlas como “Volante viejo, ahora llegas tarde, es tu retiro…”, “No han rendido, quienes se han sumado, plantel falopa…”. Más de un oyente creyó que había un problema técnico con la emisora o con su propio aparato de radio cuando durante veinte minutos Rubén Darío se quedaba callado, dejando que la realidad hablara por sí sola. A veces se estiraba en interminables digresiones que contaban aspectos de la vida de quien llevaba la pelota, en otras desatendía los avatares del juego para relatar pequeñas historias que ocurrían en la tribuna, y no faltaron los días en que tomó alucinógenos, lo cual explica que, mientras explicaba cómo el árbitro armaba la barrera, dijera “Ahora sé lo que se siente estar muerto”.

Poco antes de que lo echaran de la radio, los oyentes asistieron a una última efusión  de creatividad vanguardista: el relato de todo un partido con expresiones, ahora sí, deliberadamente dadaístas, cuya máxima expresión fue ese éxtasis balbuceante de un gol: “¡¡Da, daaaaaaaaaaaaaaaa…tupu, tipi, ug, ug…fuuuuu…ma, me, mo…!!!”.

Quienes lo vieron egresar cabizbajo de la emisora que había sabido arroparlo, juran que dijo, en un último ejercicio metafórico: “Me echaron como a un perro…”.