Andrés Cantor

El relator que rompió los límites y llegó a gritar un gol en Los Simpson

Su familia fue una de las que se fue durante la última dictadura militar. Escribía para El Gráfico y una prueba le cambió la vida para siempre.

Cuando Matt Groening creó Los Simpson nunca se imaginó que la serie de los personajes amarillos llegaría a tener treinta y dos temporadas al aire. Tampoco que su creación sería un hito en la cultura de un país como la Argentina, que desde 1992 los tiene como una fija semana tras semana. Menos que se iba a casar con Agustina Picasso, una artista plástica con la que en 2018 tuvo cinco hijos.

Cuando su agente lo llamó en esa oportunidad, allá por el año 2014, él no sabía que la propuesta que le acababan de revelar le sumaría una anécdota más a su increíble historia de sueño americano que construyó desde hace más de tres décadas: Los Simpson querían convertirlo en uno de los personajes del capítulo 546, de la temporada 25.

Le mandaron el libreto del capítulo llamado: “No tienes que vivir como un árbitro” y todo fue cuestión de días. El relator de habla hispana más famoso de los Estados Unidos dio el visto bueno y tras un par de mails de compromiso, en los que aprobó los dibujos sobre su figura, se metió en su estudio de radio y grabó las pocas líneas que le tocaban del libreto. Fácil. Hizo de él y se convirtió en el primer personaje conocido de un argentino de la historia de la familia de Springfield.

“Te soy sincero, hasta el día de hoy no me doy cuenta que salí en una serie muy grosa como esa. Pero no la tengo incorporada en mi vida. Tengo el mejor de los recuerdos porque la producción me mandó el libreto entero firmado por ellos y una bicicleta chiquita de Los Simpsons, con los personajes”, le dice a Enganche del otro lado de la pantalla del Zoom.

Andrés Cantor es el argentino que personifica a la perfección el tan famoso sueño americano. Una historia que parecía ir para un camino, pero que un llamado llegó en el momento correcto y lo convirtió en una de las voces más reconocidas en el fútbol de Estados Unidos. Tanto es así que hace pocos días, le anunciaron que estará en el Salón de la Fama del fútbol norteamericano gracias a que se le otorgó el premio Colin José.


Cuando era un adolescente, sus padres decidieron irse de la Argentina como muchas familias en medio de la última dictadura militar. Su padre, quien hoy tiene 84 años, es gastroenterólogo y su madre psicóloga (82 años) decidieron agarrar las valijas e irse rumo a Sacramento (California). Pero la primera vez de Andrés con el país del sueño americano no fue buena. “No hablaba una palabra de inglés, era un desastre, tenía casi 14 años  y me sacaron de mi fútbol, de mi escuela, de mis amigos, de mi barrio, de mi vida”, recuerda mientras carga su mate con agua caliente.

Sus primeros picados en la calle los jugó en Rosario y Doblas, pleno barrio de Caballito. En esa época, su padre lo llevaba a ver a San Lorenzo. Cuando se mudaron para Las Cañitas su idilio con Boca comenzó para no acabarse nunca más. David, su padre, no quería saber nada con que su hijo no siguiera su legado como médico. No solo no lo consiguió, sino que además empezó a disfrutar de los partidos de fútbol desde que Andrés le puso su voz por televisión. 

No hubo manera posible de adaptarse y el hombre que en los últimos días ingresó al Salón de la Fama del fútbol de los Estados Unidos, se volvió a pasar el verano a Argentina. “Si me iba no podía volver. Pero la abogada que estaba con los trámites de la Visa de mis viejos, les dijo que como eran profesionales ambos se las iban a otorgar rápidamente y tendrían que viajar a Argentina a buscarla a la Embajada de EE.UU en Buenos Aires. Cuando vinieron a buscarla me agarraron de los pelos y me llevaron para ya instalarnos en Los Ángeles”, recuerda. 

–¿Te acordás la primera vez que relataste un gol?

–En los picados seguro que varios, pero profesionalmente fue el día en que fui a hacer la prueba para el canal Univisión. Yo jamás tuve la intensión de relatar.

–¿Y qué querías hacer?

–Yo quería ser periodista escrito. Jamás sospeché que iba a hacer radio y televisión. Hasta esa prueba no había entrado nunca a un estudio de televisión. A esa altura ya escribía para la Editorial Atlántida, tenía muchas coberturas. La primera nota para El Gráfico la escribí a los 17 años y fue una prueba de neumáticos del Lole Reutemann en el circuito de Ontario. Dicho sea de paso, el otro día recuperé mi colección y me leí casi los 52 números del año 1977. 

–En ese momento había plata para coberturas… 

–¡Claro! Yo agarro el momento de la plata dulce de Argentina. El Gráfico me mandaba fin de semana por medio a Las Vegas a cubrir peleas medio pelo de boxeo, sin la necesidad siquiera de que hubiese algún argentino en la cartelera. Y hablando de boxeo, me acuerdo que en una de esas veces me picó el bichito por única vez quizás por relatar. 

–¿Por qué? 

–Yo tenía mis anotaciones en la libreta y estaba muy presionado por el cierre. Para escribir la nota y mandarla había que ir a la agencia de noticias a picar un télex, que llevaba mucho tiempo, para después pasar la cinta y que saliera la nota en Buenos Aires. Tenía muy poco tiempo y recuerdo que estaban Caffarelli y García Blanco transmitiendo desde el ring side. Me acuerdo patente que cuando se despidieron de la transmisión dejaron los micrófonos en la mesa y se fueron al casino, mientras yo sufría como un condenado. Ese día dije “qué lindo debe ser laburar así”.

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Corría el año 1987 y la única cadena que transmitía fútbol en Estados Unidos se acababa de quedar sin relator. En esa época se jugaban muchos amistosos en Los Ángeles, que eran producidos por dos argentinos de los cuales Cantor se hizo muy amigo y quienes le abrieron la puerta de las grandes ligas. Andrés  les escribía las gacetillas de prensa de los partidos amistosos y fueron ellos quienes lo recomendaron para que fuera a hacer la prueba. 

El destino quiso que la semana previa se había jugado un cuadrangular entre el América de México, Rosario Central, Chivas de Guadalajara y la Roma. El protagonista de la historia tenía en la memoria los partidos porque había estado trabajando. “Toda la preparación que tuve para mi prueba fue haber visto esos partidos. Nada más”, recuerda. Cuando lo llamó Jorge Berris, el director de deportes de Spanish International Network (luego pasó a llamarse Univisión), le dijo que le llevara dos sacos, dos camisas, y dos corbatas. Tuvo que pedir prestadas algunas prendas y fue para la prueba de su vida. Durante el primer partido, Berris narró y Cantor comentó. 

En el almuerzo, mientras ambos pedían una hamburguesa en un Burguer King, Berris le dijo algo que cambiaría la vida para siempre: “Me di cuenta que sabés mucho de fútbol, pero la realidad es que estamos buscando un relator. ¿Te animás a aventarte el segundo como narrador?”. La respuesta fue un sí tan obvio como temeroso. “Relaté el segundo partido y a la semana me llamaron para empezar a tiempo completo. Febrero de 1987”, revela Cantor, sobre el primer ladrillo de la construcción de un personaje que llegó hasta Springfield.

Andrés Cantor.

–¿Cuándo relataste te diste cuenta que fluía?

–Todos los que crecimos escuchando radio en los ’70 teníamos la música grabada del relato del Gordo Muñoz. La música la tenía, pero nunca había relatado. Fue uno de esos golpes de suerte que te cambian la vida. Después vino el Mundial de Italia 1990 y mi estilo hizo que vinieran a entrevistarme la CNN y el New York Times. De tanto en tanto veo partidos en definición analógica y me pregunto cómo hice para ver a los jugadores casi pixelados durante más de veinte años.

–¿Pero tuviste algún consejo de alguien antes de arrancar?

–El otro le decía a mi hijo Nicolás (NdeR: que también es periodista y ahora trabaja para la CBS) que no tuve su escuela. Antes de relatar mi primer partido, mi primera asignación fue hacer los deportes en el noticiero del fin de semana. Le pedí alguna recomendación a la jefa, una señora cubana muy canchera, que me dijo: “Tu chico, tranquilo. Te sientas en la silla como si tuvieses un palo donde tú sabes y lée el telepronter”. Ni te imaginás cómo me salió. 

–En esa nueva carrera que habías empezado, ¿cuándo te empezaste a sentir confiado de tu relato?

–Para el Mundial del ’90. Ayudó mucho que ya estaba laburando con Norberto Longo, que era un capo en la tele y con quien armé una dupla durante quince años que es muy recordada por acá. 

–¿Fue Italia ’90 tu Mundial?

–No. Fue Estados Unidos ’94. Fue un Mundial bisagra. Yo era el único relator de la cadena, y en los tres mundiales que hice para Univisión no contrataron a nadie más. Entonces, yo relaté todos los partidos. Una locura si lo pensás. Pero ese Mundial puso a la cadena en la discusión de los medios angloparlantes del país. Yo terminaba los tres partidos del día y tenía un montón de periodistas que me esperaban para entrevistarme. ABC pasaba los partidos en inglés y los noticieros locales de ABC ponían mis relatos, en contra de su propia cadena. A partir de ahí me inserté en el mercado angloparlante definitivamente. 

–Tanto revuelo causó tu trabajo que hasta te llevaron al Late Night de David Letterman…

–Te soy sincero, al igual que con Los Simpson, yo sabía más o menos quién era David Letterman. Yo soy puro fútbol. Y la verdad es que en ese momento del Mundial de Estados Unidos lo único que quería era que llegara mi primer día libre para irme a mi casa a descansar. Todos los partidos los hacía desde el estudio de Miami. Estaba muerto. Faltaban dos días para que terminara la primera fase y me llama mi jefe para que fuera a su oficina. Cuando llego me encuentro con que también estaba el jefe de mi jefe. O sea el jefe de todos. Pensé que me rajaban, pero estaban felices. Mi jefe era Jorge Hidalgo, un querido amigo hasta el día de hoy, y muy feliz me dijo que me habían invitado al Show de David Letterman en mi día libre. Ellos estaban chochos con la invitación porque era la primera persona de la cadena en ser invitada. Palabras más, palabras menos los mandé al demonio. Después me llamó Jorge y me dijo: “Gordito querido, vamos a viajar en primera, nos vamos a ir a un gran hotel. Tenés que ir”. Pero acepté cuando me llamó el dueño del canal para pedirme que fuera. ¿Podés creer que relaté los cincuenta y dos partidos del Mundial, pero la gente me reconocía más por esos treinta segundos de show?  Hasta el día de hoy me siguen recordando ese programa.

El día que Andrés visitó al mítico Late Show de David Letterman.

La fama llegó a su tope durante ese mes del Mundial que le terminó cortando las piernas a Diego Maradona. “Fue muy groso lo que viví ese mes. Era tapa de los diarios y hasta era la cara de Budweiser. Recuerdo que había un cartel acá en Miami, y que lo llevé a Nico, mi hijo, para ver si me reconocía. Me sentí como cuando los jugadores de fútbol te dicen que le hubiese gustado que sus hijos lo vieran jugar. Quería que mi hijo disfrutara ese boom conmigo”, cuenta.

–En Estados Unidos fueron pioneros en eso de llevar a comentar a la transmisión a ex deportistas. Elegiste, sobre todo en tu radio (Fútbol de Primera) muchos exfutbolistas para que te acompañaran en el relato. ¿Por qué tomaste esa decisión?

–Fue una decisión con Alejandro Gutman, mi socio. Primero porque acá le hablamos a una audiencia repleta de nacionalidades y nos parecía mucho más representativo traer estrellas de sus países. Pensamos que el traer a las principales figuras de cada país, como el caso del Pibe Valderrama, nos iba a dar un mayor alcance. A esto le agregamos, que Alejandro tuvo la idea en Alemania 2006 de llevar a un árbitro para que comentara con nosotros las decisiones. Yo se la refuté en ese momento, pero la verdad que fue un gran acierto haber elegido a Javier Castrilli, quien ya lleva cuatro mundiales. Lo fundamental es armar buenos grupos, investigábamos el prontuario porque son cuarenta días de convivencia y hasta el día de hoy acertamos siempre. 

–¿Qué tiene que tener un buen relator?

–Depende si es de tele o de radio. En el último Mundial yo no pude relatar para la radio, porque el canal había comprado los derechos, y por consejo de mi amigo Raúl Rivello lo llamamos a Mariano Closs. Me tocó verlo en acción, en el estudio, y es un monstruo. La capacidad de síntesis, de elección de palabras justas, el ritmo que le mete y que va increyendo a medida que se acerca el desenlace es increíble. El sello distintivo de todo relator tiene que ser la pasión genuina. No impostar el grito, ni la pasión. Y en la tele la clave es saber manejar los tiempos y la preparación. Yo intento prepararlos con estadísticas, pero no con cualquier estadística porque por ejemplo en los partidos de Premier me llegan estadísticas de todo tipo. Como por ejemplo: cuantas veces ganó el Tottenham a las once de la mañana, y a mi eso no me cambia nada. Sí, cómo jugaron el partido anterior o cómo trabajan la pelota parada. La información sirve cuando el partido es chato. 

–¿Cómo dimensionaste lo de tu introducción al Salón de la Fama del fútbol de Estados Unidos?

–Creo que caí al otro día cuando me desperté y tenía una lluvia de mensajes felicitándome. Tuve la suerte de ganar distintos premios o reconocimientos y este, por ser muy bilardista, no me gustó demasiado. Te voy a ser sincero. Porque me dije: “¿Y a partir de ahora qué?”. Yo cumplo 58 a fin de año y estos son los premios que te dan al final de tu carrera. Al margen de eso, me hace pensar que es un premio que reconoce a la persona que laburó para la difusión del fútbol de los Estados Unidos por más de veinticinco años. Yo llevo treinta y tres haciéndolo cuando nadie conocía a un jugador de la Selección de Estados Unidos. Nadie. Con mi socio creamos el premio al jugador más valioso de la Selección norteamericana y lo patrocinaba Honda. Desde 1991 lo empezamos a hacer y por eso estuvimos muy cerca del crecimiento de este fútbol. Y que mis hijos puedan ir al Salón de la Fama a ver que mi nombre estará ahí a partir de la ceremonia del año próximo me da un orgullo muy grande. 

El tercer gol de Lloyd ante Japón, es uno de los relatos más festejados por el público norteamericano.

–Estás en el país que tiene a la mejor la Selección femenina del mundo. ¿El acompañarlas en el éxito también te ayudó a que tu relato sea masivo? 

–Un relato mío que hizo mucho ruido acá fue uno de los tres tantos de Carly Lloyd en la final del Mundial 2015. La anécdota es que yo después de haber relatado la primera fase del Mundial de Canadá me fui a Chile a hacer la Copa América con la radio. Pero Estados Unidos llegó a la final y desde el canal me exigieron volver a relatarla. Entonces, segundos después de que Alexis Sánchez metió el penal que le dio la Copa América a Chile yo me subí a un auto para llegar al aeropuerto y subirme al avión de American Airlines que ya sabía que me tenía que esperar para viajar rumbo a Dallas. Me tuve que pagar un vuelo privado hasta Vancouver para llegar a relatar la final. Cuando me vieron llegar nadie entendía nada.  


Ser reconocido en su otro país, pero pasar desapercibido en su país de origen. Esa es la realidad de un Andrés Cantor que, a pesar que pasó la mayoría de su vida en Estados Unidos, no se olvida de las costumbres porteñas que lo acompañaron en sus primeros momentos. “Si me invitás a comer una pizza en la calle Corrientes solo te acepto la de El Cuartito. Es más, el otro día discutía con uno de mis mejores amigo la incorporación del Pulpo González a Boca. Hasta que escuché en la radio que su papá es el maestro pizzero de El Cuartito y le dije ‘Ahora tiene que ser titular todos los partidos'”. 

–¿Qué harías si vienen y te ofrecen relatar seis meses la campaña de Boca…?

–(Interrumpe) Ufff. Sería una de esas cosas que me movería mucho el piso. Te voy a hablar de la final de Madrid. Jamás nosotros transmitimos la Copa Libertadores, el último partido de clubes sudamericanos que habíamos hecho fue la Intercontinental de Boca en 2000 contra el Madrid. Para la Libertadores de 2018 yo fui a todos lados con Boca. Para la final de Madrid, que se jugaba un domingo, yo ya estaba en Europa porque el jueves se sorteaba el Mundial femenino en Paris. Me suena el teléfono y era mi jefe. “Ya sé que tienes todo arreglado con tus amigos para irte a Madrid, pero compramos los derechos de la final. ¿La querés relatar?”. Le dije que sí y fue el partido más bravo que me tocó relatar. La anécdota es que antes de salir para el aeropuerto y con el Uber esperándome, mi esposa me sentó y me dijo: “Sé que sos profesional, pero no vayas a tirar treinta años de carrera por tu pasión”. Pero lo viví con muchísima pasión, a pesar del resultado. 

Andrés Cantor es fanático de Boca.

–¿Qué consejo le diste a Nicolás tu hijo cuando decidió irse a trabajar a Europa?

–Lo primero que le dije fue que apoyaba su decisión, porque no la tomó de un día para el otro. Y mientras se acercaba la fecha de despedida me fue mostrando los mensajes que le mandaron todos los compañeros que laburaban con él deseándole buena suerte y que lo iban a extrañar. Le dije que ese era su mejor premio. Porque podía haberlo hecho mejor en un relato, o una crónica, pero esos mensajes son el indicativo que está en el camino correcto. Y en lo laboral trato de no joderlo. Todo lo que consiguió lo hizo por ser él y no el hijo de Andrés Cantor. Quizás le corrijo algún detalle, pero no más que eso.  

–Somos muchos hombres dentro de uno, y vos al principio de la charla dijiste que esto del relato surgió pero que a vos te apasiona escribir. Si tuvieses que escribir una crónica con todo lo que te pasó en estos casi cuarenta años, ¿para qué lado la enfocarías?

–Suena trillado, pero la encasillaría en el sueño americano. Acá te invitan a soñar que todo es posible. Mi historia tiene que ver con la consagración de sentirme realizado haciendo lo que hago, pero yo nunca supuse que iba a estar en la tele durante treinta y cinco años. Yo quería vivir de cubrir fútbol. Cuando empecé, en Atlántida me mandaban a cubrir los Oscar o a escribir cosas de la farándula para la revista Para Tí, y en un momento estuve a punto de agarrar la valija y volverme. En ese momento apareció la tele y todo cambió. Nunca bajé los brazos porque el camino no es con alfombra roja. 

–¿Por qué no perdiste el acento?

–Acá me dicen que soy el argentino con menos acento argentino de la televisión. Mi esposa es hondureña y la verdad es que en mi casa se habla un spanglish terrible. Nunca tuve la necesidad, ni la sentí, de esconder mi acento. Es más, detesto a los argentinos que quieren esconder el acento. Creo que también es mi sentido de pertenencia con la Argentina, mi nexo con mi país. Yo me pasaba todo el verano de acá allá. Muy orgulloso de ser argentino. 

–¿Qué queda para vos?

–Mantenerme sano para seguir en lo mío. No solo hablo de este virus de mierda que nos tiene a maltraer, sino que hablo de tener salud para lo que resta del viaje. Creo que agarré justo el corte generacional de los que se quedaron adentro de las nuevas tecnologías. Y, sobre todo, seguir disfrutando. No quiero cerrar el círculo, pero en el año 2026, cuando el Mundial sea acá voy a tener 63 años. Simbólicamente sería un cierre hermoso porque quizás puedo acompañar yo a mi hijo en un Mundial en el país que me posibilitó ser lo que soy. 

–¿Quién es Andrés Cantor?

-Un hincha de fútbol que la peleó desde lo personal, porque le fue muy difícil el exilio. Y que hoy en día, con los avances tecnológicos, las distancias con la Argentina se acortaron muchísimo y dejaron en el pasado a los momentos en los que mi viejo llamaba a mi abuela con el reloj en la mano porque solo se podían pagar tres minutos de llamada. Un tipo que va de frente y como dice Sandra Mihanovic: “Soy lo que soy”.