El 10

El Riquelme que no conocimos

En la legendaria categoría 78 del Bicho, Riquelme la rompió en Italia antes de ser Román; la camiseta de Gullit, una gaseosa de pomelo y el camino al ídolo.

El mejor partido de fútbol que Juan Román Riquelme jugó en su vida fue visto por apenas un puñado de personas entre las que se cuentan sus compañeros de campo, algunos empleados italianos, dos entrenadores, un referí perdido y, claro, sus rivales. Allá en lo alto de las actuaciones del de Don Torcuato, todavía por encima de las míticas noches ante el Real Madrid en el Estadio Nacional de Tokio y ante el Palmeiras en el Palestra Italia de San Pablo, queda una mañana de 1995 en la que el enganche lideró a Argentinos Juniors para lograr un empate 1 a 1 ante la Roma, que, con la posterior victoria en los penales, le dio al Bicho el Torneo Internacional Ciudad de Gradisca. Y a Román, claro, el premio de mejor jugador del campeonato.

En una canchita perdida de la región italiana de Friuli-Venecia Julia, a sólo 12 kilómetros de la frontera con Eslovenia, el enganche tomó la dimensión que después tendría en otras tantas finales, más adelante en su vida. Uno de sus compañeros todavía recuerda la frase paradigmática de aquella definición en voz del mejor del campo: “Quedate tranquilo que a estos les ganamos”. Aquel equipo era un combinado formado por la categoría 1979 de Argentinos Juniors y tres refuerzos estelares de la 1978: Román, Emanuel Ruiz y Sebastián Arbo. La historia de ese trío y el camino de Riquelme en La Paternal se guarda todavía en pequeñas cajitas de recuerdos, lejos de las luces que perseguirían al ídolo de Boca desde finales de los `90 a esta parte. Descubrir a aquel pibito es encontrarse con un mundo de sueños sencillos.

Riquelme, arriba a la derecha, en una gira con Argentinos.

El primer Román fue el del club La Carpita de Don Torcuato, donde fue a parar de la mano de Jorge Rodríguez, que lo descubrió mientras jugaba para El Ciclón, un equipito del barrio San Jorge. Tras unos partidos en José C. Paz, Rodríguez se las ingenió para llegar hasta la casa de un pequeño al que debería convencer, ya que, más allá del contacto con su padre Cacho, la timidez del nene no iba de la mano de su palpable talento. Luego, tras un paso por Parque bajo el mando de Ramón Maddoni, Riquelme llegó a Argentinos en 1991. Allí se armaría un equipo mítico: la 78.

Los primeros en llegar al Bicho fueron Nicolás Cambiasso, Gabriel Lauría y Seba Arbo. Luego aparecieron, entre otros, Riquelme y Emanuel Ruiz, el Suchard. Más tarde, Mariano Herrón y Cristian Ledesma, el Lobo, que venía de Defensores de Belgrano. Completarían Néstor Fernández, Ceferino Denis, Martín Tradito, Lucas Gatti y Pablo Islas. Pero, claro, no todos tenían el mismo desarrollo físico y es por eso que Riquelme y Ledesma jugaban poco en las primeras categorías de inferiores. Tanto es así que en la primera final que jugaron, frente a River en la cancha de All Boys, el enganche de Don Torcuato fue al banco. “Era muy flaquito”, recuerdan quienes lo conocieron por aquella época.

La epopeya tendría un camino sinuoso: Riquelme casi se va Argentinos en una tarde de 1993. Cansado de verlo poco en la cancha, su padre encaró al entonces entrenador, Carlos Balcaza y le espetó: “El pibe no me jugó en toda la novena. Quiero que me den el pase y me lo llevo a que sea feliz haciendo lo que le gusta en otro lado”. Balcaza le respondió con calma: “Creo que tiene condiciones. Vamos a buscarle una solución. Piénselo dos semanas y me dice. Conmigo va a jugar”. Román se quedó, pero con un replanteo: jugaría de cinco para que no sufriera ante los choques rivales por jugar de espaldas como enganche. Su primer torneo como gran protagonista fue en Rancagua, Chile, en séptima división. De frente y con panorama, mandó al Lobo Ledesma a jugar de volante derecho y a Herrón, que también hizo un camino en Primera de mediocampista central, a la defensa. Al histórico mediocampo Ledesma-Riquelme-Arbo se sumó un pibito de la categoría 80 que pintaba bien: Esteban Cambiasso. “Román jugaba de cinco, yo de volante por derecha y Cuchu Cambiasso, que era más chico, por la izquierda. Riquelme se adueñaba de la pelota y yo trataba de estar al lado de él, porque sabía que me iba a llegar limpia”, recuerda el Lobo para Enganche.

Riquelme comenzó a romperla y su cuerpo mandó señales: en un verano creció casi diez centímetros. A su vez, comenzó a cultivar una amistad inquebrantable con el Suchard Ruiz y el Cachi Arbo. “Podía pasar 50 minutos en el tren y no te hablaba una palabra. Eso sí, veía una tele donde pasaban fútbol y corría a mirar. Era su pasión”, recuerda Ruiz. Ante la timidez del chico de Don Torcuato, Arbo, líder natural del grupo y subcapitán detrás de Nico Cambiasso, era el encargado de integrarlo. Poco a poco ganaron confianza y, una mañana, Román le soltó: “Cuando quieras te invito a mi casa. Pero yo vivo en un barrio humilde, no sé si te va a gustar”. A partir de allí, se convirtieron en amigos inseparables. Tal esa así que cuando se concretó esa visita, Arbo, que iba por un día, se terminó quedando una semana seguida a dormir en lo de los Riquelme. “Dormíamos apretados, íbamos al baño en un pozo y nos bañábamos con un balde, pero para mí era genial. Cuando hacía calor, el techo de chapa era un sauna. Pero cuando llovía no queríamos levantarnos para ir a entrenar, por lo lindo que era dormir con el ruidito de la lluvia”, explica el compinche del diez.

En las tardes de ida y vuelta entre el tren y el colectivo 133, los dos pibes tenían un par de vicios infalibles. El primero era comer pizza en la estación de Don Torcuato. El segundo era desenfundar los 20 centavos que salía la gaseosa Secco de pomelo en el quiosco de Doña Herminia, la paraguaya que tenía un pequeño local al lado de la casa de los Riquelme. Los sábados, ni bien terminaban de jugar para Argentinos Juniors, Román y Sebastián “hacían que se bañaban” y salían rápidamente en el auto del papá de Arbo para jugar en el barrio para el equipo de Cacho Riquelme. “Yo jugaba de cinco y Román de diez. No sabés lo que le pegaban los grandes. Mirá si no se la va a bancar en Primera después de eso. Le pegaban hasta en la cabeza. Pateaba los tiros libres, incluso. Le tenía que decir que afloje, porque lo iban a lastimar”, recuerda Arbo. Al enganche le decían El Pulpo, por cómo se sacaba a los rivales de encima con los brazos.

Riquelme sentado al lado de Sebastián Arbo.

Su último gran torneo en Argentinos fue aquel mítico encuentro de Gradisca, un viaje donde Riquelme conoció Venecia y se trajo un trofeo que anhelaba: una camiseta de Ruud Gullit que compró con algunos ahorros que guardaba. Su otro regalo tenía que ver con los pies, en forma de unas zapatillas Nike rojas que el enganche usaba casi a diario y que fueron su calzado de gala el día de su cumpleaños número 18, en 1996. Un tiempo antes, Román había comenzado su trayecto en las juveniles de Argentina cuando, una noche de domingo, su mejor amigo debió viajar desde Florida hasta Don Torcuato en el 371 para avisarle que debía presentarse en el sub 17. Fue una emergencia, ya que desde la AFA no tenían forma de llamarlo: en la casa de los Riquelme no había teléfono.

En el `96, tras un pedido de Carlos Bilardo, Boca compró a Riquelme y al Suchard Ruiz. Mientras las historias de ambos siguieron en La Bombonera, Mariano Herrón se hizo futbolista profesional y logró un hito en su carrera en 1999, cuando le hizo marca personal a Román con la camiseta del Bicho y lo borró de la cancha. Nicolás Cambiasso viajó con su hermano Esteban hacia el Real Madrid y cosechó una extensa carrera en el fútbol argentino, donde fue referente en All Boys. Cristian Ledesma se hizo ídolo en Argentinos, San Lorenzo y River, donde hizo una marca de su filosofía de pisada gentil. Ceferino Denis, Pablo Islas y Lucas Gatti también tuvieron recorridos en la máxima división. Seba Arbo se rompió los ligamentos cruzados cuando alumbraba en Platense y se convirtió en compadre de Riquelme al ser padrino de su primera hija, Florencia, aquella que nació del amor entre el diez y Anabella, la prima de su mejor amigo que vivía en la parte de adelante de su casa.

Muchos años después de aquella invitación a Don Torcuato, más precisamente en el año 2001, Sebastián Arbo y Juan Román Riquelme se encontraron en Brasil, antes de un partido entre Boca y Palmeiras por las semifinales de la Copa Libertadores. En esa jornada en la que apedrearon el micro de Boca y agredieron a Carlos Bianchi, el diez fue a buscar a su amigo a la puerta del vestuario del estadio Palestra Italia en chancletas y le pidió que lo acompañara a ver el campo de juego. Juntos salieron disimuladamente hasta el borde del túnel y fue allí que Riquelme repitió la misma frase que había dicho en la previa de aquel encuentro ante la Roma, el mejor de su vida, en 1995: “Quedate tranquilo que a estos les ganamos”. Esa noche la rompió. Todo había cambiado. Nada había cambiado.