Alejandro Gómez

El segundo baile del Papu

A sus 32 años, el emblema del Atalanta vive una nueva juventud y lidera al equipo sensación de Europa. A pocos días de enfrentar a Paris Saint-Germain, el ídolo de Bérgamo reivindica al enganche y cuenta cómo es pisar fuerte en Europa con un presupuesto pequeño. Genuino, distinto y genial.

Mientras sus compañeros festejan y no pueden creer que acaban de marcar el hito más importante en los 112 años de historia del club más grande de la ciudad de Bérgamo, en un rincón del estadio del Jarkov, donde Atalanta acaba de vencer al Shakhtar Donestk, el Papu Gómez llora. Y no es la primera vez que lo hace en esa ciudad. Aunque acaba de lograr el pasaje a octavos de final de Champions League por primera vez, la cabeza del enganche está clavada en el año 2014, cuando se escapó del Metalist de Ucrania por la guerra en ese país. Es que ese escenario es el mismo del que escapó en esos días en los que no podía ducharse ni cocinar por el agua contaminada y en los que su compañera de vida se sumía en una depresión imparable. Alejandro, el pibito de Avellaneda, salió fugado en un vuelo de escape. A los meses aparecería la camiseta que iba a cambiarle la vida.

A los 32 años, y más de un lustro después de aquella huida, Gómez es la sensación del fútbol europeo. Su segunda juventud en el Atalanta, el conjunto más goleador del Viejo Continente, ha despertado miradas y elogios por igual. En el medio de su año dorado, Bérgamo, su casa, fue golpeada duramente por el coronavirus, que además frenó la Champions League. Tras la paradigmática imagen de la fila de camiones con cadáveres recorriendo la ciudad, en Lombardía empiezan a ver el sol. En pleno verano europeo, mientras ocurre la danza entre la merma de casos y algún posible nuevo rebrote, el fútbol florece de la mano del ex Arsenal. El Papu de la madurez es el manual táctico de una tierra humilde que tiene por delante los millones de la estratósfera futbolística del Paris Saint-Germain. Como en la vida, el 10 los encara.

–¿Estás viviendo una segunda juventud?

–A mí me llama la atención la vuelta de mi vida futbolística. Yo de chiquito siempre jugué de enganche, pero llegué a la Primera y Arsenal no jugaba con enganche. Era 4-4-2, con Gustavo Alfaro o también con el Chaucha Bianco. Entonces, me tuve que adaptar a jugar por afuera, de segunda punta o por adentro. De golpe, a mis 32, volver a esa posición y en un torneo como el italiano es fantástico. Obviamente que el fútbol cambió y que tengo otras responsabilidades, ya que se juega distinto que 15 años atrás, cuando el enganche estaba paradito ahí y con las manitos en la cintura, esperando a que llegara la pelota. Ahora tengo que defender, marcar al cinco, tirarme atrás a buscar protagonismo y llegar al área. Pero lo disfruto, porque estoy mucho en contacto con la pelota.

–El equipo, que abre las bandas casi que como ninguno, te favorece.

–Sí, nosotros abrimos mucho la cancha con los laterales volantes. Además, tenemos dos volantes de contención, uno un poco más defensivo que otro. Y queda mi función delante de ellos. Así, podemos jugar 3-5-2, si me tiro al medio. O un 3-4-1-2, si estoy más cerca de los delanteros. El enganche es un hilo que conecta líneas. Físicamente es muy trabajoso, porque tenés que buscar la pelota y a su vez tenés que llegar al área. 

–En ese aspecto, tenés que estar conectado todo el tiempo. No alcanza con una función táctica. Intelectualmente es pensar y pensar.

–Sí. Eso depende mucho de la inteligencia táctica que vos puedas tener. Cuando lo conocí a Gasperini [Gian Piero], tres o cuatro años atrás, yo jugaba de delantero por la izquierda. La función que hoy hago la tenía Jasmin Kurtic, un esloveno, que tiene más perfil de volante. Es un interno, pero tiene una capacidad física enorme y se destacaba por eso, además de conectar entre líneas. Cuando perdimos esa función, quedó vacante el puesto. Entonces, un día el técnico me dice: “Mirá, Papu, yo te veo bien para hacer eso. Vas a tener que correr más, vas a tener que adaptarte, pero vas a tocar más la pelota y vas a juntarte con los volantes y los delanteros. Probemos”. Y lo hicimos en un partido contra Chievo Verona, que fue bisagra. Ganamos 5 a 1. De ahí en más anduve muy bien y nos clasificamos a Champions.

–¿Te adaptaste rápido?

–Al comienzo me tiraba mucho a la espalda de los rivales y en partidos cerrados me costaba jugar entre líneas. No había espacio. Después, me tiré un poco más atrás y llegaba sin pelota rompiendo al espacio. Ahí encontré mi camino. En lo defensivo, yo sé que mi trabajo es marcar al cinco rival. Hay equipos que juegan con tres y me alcanza con pararme adelante del volante central y tenerlo de frente. Hay otros que tocan y pasan. Y ahí tengo que cambiar el chip y darme cuenta que soy volante. Entonces lo sigo. 

–¿El enganche vuelve?

–Puede ser. El enganche puede ser la nueva y vieja revolución. Al fin y al cabo, lo antiguo puede aparecer de nuevo. La característica un poco se fue perdiendo, porque en las inferiores no se utiliza más. Ese chiquito, rápido y habilidoso, hoy va de doble cinco o por afuera. Va a depender de la filosofía de los entrenadores. Nosotros tuvimos esa era y salían enganches por todos lados. Es una marca del fútbol argentino. 

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–En esta segunda juventud, ¿qué te dio la experiencia?

–Yo creo que aprendí un montón gracias al entrenador. Si yo hubiese tenido a Gasperini a los 24 o 25 años, hubiera crecido muchísimo más, hubiera tenido otras oportunidades y otro camino, pero lo tuve a los 28 y mi cuota de suerte llegó ahí. En el fútbol tenés que cruzarte con la gente correcta. Con el paso de los años te vas dando cuenta de muchas cosas. Pero, cuidado, hay tipos que son realmente cracks y que ya se dan cuenta de todo a los 23 años. Paulo Dybala es uno de esos, por ejemplo. A su edad ya es el dueño de su equipo. Lo asimiló temprano.

–¿Cómo te llevás con el lugar que el jugador de fútbol ocupa en la sociedad?

–Me siento un poco diferente. Siempre fui espontáneo y traté de seguir mi propio camino sin copiar al resto y sin seguir las modas. Nunca me gustó copiar. Es verdad, sí, que los jugadores somos como una manada que vamos replicando al otro. Tenemos como un camino armado en el que tenemos que apuntar a determinados clubes y a determinados contratos. A mí me pasó que no tuve la oportunidad de ir a un club top, aunque estuve cerca. Pero la vida de este deporte te da segundas chances y este Atalanta es esa segunda chance en mi vida. Y la estoy aprovechando.

–¿Y fuera del fútbol?

–Es difícil poder aislarse del fútbol por esa cosa egoísta que tenemos los jugadores. Vivimos en un mundo frenético en el que no tenés tiempo para pensar, ni cuando ganás, ni cuando perdés. Estás con la cabeza en el próximo entrenamiento y en recuperar y en lo que viene. Igual, trato de hacer otras cosas. Acá en Bérgamo tengo un gimnasio y un centro médico. Trato de aprender y ayudar en lo que puedo. También tengo una compañía tecnológica hace algunos años. Aporto lo que puedo. Al final, igual la cabeza se me va al fútbol. No lo puedo controlar.

–¿La idea es ser algo más que un ex futbolista cuando esto termine?

–Sí, tal cual. Hoy, por suerte, el jugador de fútbol está mejorando su capacidad intelectual. Hoy veo chicos que se dedican al estudio y a aprender. Veo futbolistas más capacitados para un montón de cosas. Y esos están, además, mejor rodeados que antes. Económicamente, también, hay muchas más ligas que te dan la oportunidad de ganar bien. A mí me pasa que hoy estoy haciendo un podcast (“Libres de humo”) con el periodista Martín Reich y, te soy sincero, siento que me abre la cabeza hablar con gente de otro palo como Mario Pergolini o Agustín Pichot. Me encanta ir aprendiendo cosas diferentes y creo que es una obligación que tengo. Después, sí, voy viendo qué me pasa adentro con eso y cómo me voy sintiendo. Y tengo claro que nada será igual a la adrenalina que te provoca jugar al fútbol, pero estoy pensando en el día después.

Papu Gómez en familia / @papugomez_official

–También hay un falso concepto que asegura que si no pensás las 24 horas en fútbol estás dando ventaja. Muchos de ustedes dicen exactamente lo contrario. Que dejar de pensar en esto algunas horas, los mejora.

–Yo creo que la cabeza es lo más importante de todo. Es fundamental. Cualquier persona que esté haciendo lo mismo las 24 horas se va a ver afectada desde lo mental. No existe eso. La pandemia es una muestra de eso. Y el después también. Nosotros venimos de un par de meses de jugar cada tres días, sin ver a la familia, para cumplir con el calendario. Si no estás fuerte de la cabeza, si tu cerebro no se oxigena con otras cosas, se te va a complicar. Y si te diversificás, vas a recuperarte mejor, vas a estar mejor y vas a llegar mejor a los partidos. Te van a pasar cosas mejores que si estás todo el tiempo pendiente.

–Marcás la importancia de la cabeza a la hora de prevalecer en esto. ¿Eso hoy le gana al talento?

–La cabeza es todo. Pero todo. Por más talento que tengas, si no estás preparado para el momento que te toca afrontar, perdiste. Físicamente, todos podemos correr. A este nivel, todos pueden darle un pase a un compañero o hacer un cambio de frente de 40 o 50 metros. La diferencia la hace la cabeza. La hace el carácter. La personalidad. El poder ponerte el equipo al hombro cuando las cosas están andando mal. Ahí aparece la personalidad. O, también, la cabeza juega cuando ves que el técnico no te pone y decís: “Que se vaya a cagar”. Y no es así. Es preferible ponerte en la cabeza que la vas a pelear y que la vas a dar vuelta. Esa es la diferencia respecto de lo que pasa con muchos chicos que hoy llegan a Europa y que vienen y se van, porque no tienen la fortaleza mental para ganar la pelea y darla vuelta. Deciden volverse allá, donde la tienen más fácil, o se terminan yendo a mercados con menos exigencia porque realmente no se adaptan. 

–El aceptar dejar de ser figura en un equipo grande de Argentina y pasar a ser un jugador de rol en un equipo de mitad de tabla de Europa también demanda mucho desde lo mental.

–Es que depende de cómo te pares ante eso. Mirá Rodrigo Palacio. Era figura en Boca y ganó todo. Y se vino al Genoa. Y de a poco se hizo figura y se fue al Inter. Con el tiempo se convirtió en un tipo respetadísimo, incluso hasta hoy, por su madurez mental. A veces uno se tiene que bancar llegar a un fútbol nuevo y adaptarse a eso, que tal vez te lleve seis meses o un año, pero no hacer la fácil de decir “no me adapté” y volver corriendo. “Yo era figurita en Boca y acá son unos giles y no me ponen, entonces me voy”. Esa es la más fácil. 

–¿Te queda alguna cuenta pendiente?

–Mi cuenta pendiente es la selección mayor. En los últimos cinco años, por mi nivel, debería haber jugado muchísimos partidos más que los que jugué. Después, en lo que tienes que ver con los clubes, en la mayoría dejé una huella. Y eso es único. Prefiero toda la vida eso antes que ser uno más en un club grande, haber ganado títulos y que nadie se acuerde de vos. Si me pongo a pensar, en Catania dejamos una huella. En Arsenal, también. Y en Atalanta, lo mismo. Prefiero eso a haber ido a un club importante y haber pasado desapercibido.

–¿Tiene otro sabor el ser exitoso con un club chico?

–Atalanta tiene sentido de pertenencia con la ciudad y te sentís parte de eso. Los tipos te lo hacen sentir. Antes de que yo llegara apenas se peleaba para salvarse del descenso y todos eran felices igual. Pero levantamos el nivel y ahora te piden copas europeas. Yo lo vi. Lograr eso no tiene precio. Apenas llegué estuvimos 14 partidos sin ganar. Jamás hubo un reproche. Gasperini dice que esto era “una isla feliz”, pero que a su vez esta “isla feliz” te llevaba a relajarte y a que no te importe ganar o perder. Y lo cambiamos, los jugadores, el técnico y los dirigentes. Nos propusimos que no pasara más eso. Y no pasó más. Siempre mejoría.

–A su vez, van caminando en la Champions League entre equipos que revolean millones de dólares. ¿Se siente la diferencia?

–Nosotros lo sabemos y no nos molesta. Lo tenemos bien claro. Sabemos que somos un equipo de una ciudad de 150.000 habitantes. No somos el equipo grande de una capital. Pero sabemos a dónde vamos, lo que queremos y cómo conseguimos esto durante todos estos años. Por algo estamos acá también. Nadie nos regaló nada. Nosotros fuimos aprendiendo en el camino, desde el primer partido de Champions, que nos comimos cuatro con el Dinamo Zagreb y todos nos cargaban. Para nosotros fue todo experiencia. Y entramos al grupo. Le ganamos al Shaktar, en Ucrania, le empatamos al City y le metimos ocho goles al Valencia. Sabemos de dónde venimos y a dónde queremos ir. En lo económico, nunca vamos a alcanzar ese nivel. Atalanta está para otra cosa. Pero el fútbol es once contra once y puede pasar cualquier cosa.

–¿Qué te pasó en la selección?

–En los últimos cinco o seis años, Argentina cambió muchísimos técnicos y eso hizo que se me hiciera complicado. De todos esos, el único que vio algo en mí fue Sampaoli [Jorge], junto con Scaloni [Lionel]. Y no le puedo echar la culpa a nadie por eso. Sólo que me hubiera encantado tener otras oportunidades. 

–¿Es tarde?

–No, para nada. Soy joven y me veo con las características para poder estar. Mientras siga en buen nivel, lo voy a seguir esperando.

–Mirando para atrás desde esta segunda juventud, ¿qué le dirías al Papu?

–Lo felicitaría. De verdad que irte a Catania era bravo. Jugué siempre y di todo. Sólo me reprocho haber ido a Ucrania, donde perdí un año de carrera y apenas gané dinero. Fue lo único que me llevé. Nunca sabés qué hubiese pasado. Después de eso, me compró el Atalanta. Y cambió mi vida. Soy feliz por esto que me está pasando.

–¿Valió la pena?

–Claro que valió la pena.