Martín Gramática

El señor del anillo

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El único argentino en ganar un anillo de Super Bowl cambiaría todo por haber vestido, aunque sea una vez, la camiseta de Boca. "El football americano fue mi trabajo, pero siempre mi locura fue por el fútbol", dice.

La vida de muchos argentinos está marcada por una pelota. Todos los amantes del deporte saben cuánto puede cambiarle, sin importar la geografía ni el estrato social, la vida a un chico que sueña con que coreen su nombre en una cancha de fútbol. La vida, o el destino, quiso que él sea el único argentino en lograr algo y eso vale la pena contarlo. No fue con la pelota redonda, la que todos pateamos alguna vez, sino con una un poco más ovalada. ¿Una de rugby? No. Football americano, ese deporte de yardas, cascos y hombreras que en el país del norte mueve montañas y que por estos lares cada vez capta más adeptos.

Martín Gramática es el único argentino ganador de un anillo de Super Bowl, ese premio que le hacen las franquicias de la National Football League (NFL) a los jugadores que se quedan con el partido más importante del deporte yanqui cada año. Ese anillo que logró en 2002 con los Tampa Bay Buccaneers, que ve sólo una vez por año y que cambiaría sin dudarlo por saltar a la Bombonera con la camiseta de su amado Boca. Porque a pesar de que el football le cambió la vida, su verdadera pasión sigue siendo correr detrás de una pelota.

–¿Cómo es tu actualidad?

–Ahora soy técnico de fútbol. De soccer. Del fútbol nuestro. Así que la mayoría del tiempo me la paso viendo fútbol. También tengo un programa de radio que se llama “El Show de Martín Gramática”. Nunca pensé que iba a hacer radio. Hago los partidos de fútbol americano y hablo un poco de fútbol, porque acá en Tampa no se habla mucho. 

–¿Te molesta que le digan soccer?

–Ya me acostumbré porque toda la vida le dijeron así acá. Yo le digo soccer para que me entiendan de lo que estoy hablando, porque sino piensan que hablo del football americano. Pero siempre le dije fútbol porque siempre fue la pasión de mi vida. El football americano fue mi trabajo, lo disfruté un montón y lo hice con muchas ganas, pero siempre mi locura fue por el fútbol. Tanto es así, que en la época que Boca ganaba todo y jugaba las finales de Copa Libertadores y las Intercontinentales contra el Real Madrid o el Milan, me escapaba de la concentración. Siempre iba con una camiseta de fútbol cuando arrancábamos el año. Mi cábala era siempre llegar a la pretemporada con camisetas de fútbol. Me ponía la de Riquelme, la de la Selección. Me miraban raro. Pero de a poco les iba enseñando de fútbol.

Martín con sus hijos Nicolás y Gastón junto a los mellizos Barros Schelotto y Ariel Pereira cuando dirigían a Boca.

–¿Cómo era Martín de chico?

–Me crié en San Isidro. Después mis padres se mudaron mucho y estuvimos un tiempo en el Chaco, después en Olavarría, que estábamos en la estancia Fortabat. Vine a los a 9 años a Estados Unidos y entonces cuando voy a la Argentina soy un turista con idioma argentino, porque el idioma se mantiene. En casa se habla castellano y a mis hijos (Nicolás, Gastón y Emme) les cuesta hablar para están progresando muy rápido. Se toma mate, se come asado, como si estuviese en la Argentina. Además, en el club en el que estoy hay un grupo de argentinos con el que nos juntamos a hacer asados.

–La primera pelota…

–(interrumpe)… En el moisés el primer regalo que tuve fue una pelota y una camiseta de Boca, así que la pasión no la elegí, la compartí. A mí nunca me gustó el colegio, mi meta era ser futbolista profesional. Me acuerdo que llevaba la pelota para todos lados, picados al lugar que fuera. Me acuerdo en Olavarría, como vivíamos en el campo, mi mamá me dejaba en la casa de un amigo en la ciudad de viernes a la noche a domingo a la noche. Jugábamos todo el día en el club y después el lunes nos venían a buscar para ir al colegio. Cuando mis amigos lo hacían como un hobbie yo lo hacía con la intención de ser profesional, que fue lo que siempre quise. Cuando cambié de deporte, conservé la intensidad, pero el amor siempre fue para el fútbol. 

–A los 15 años fuiste a medir tu nivel al Necaxa… 

–No fue una prueba. Sólo lo hice para comparar mi nivel. Fui porque en el Necaxa estaba como entrenador (Roberto) Saporiti, que era el entrenador de Loma Negra cuando vivíamos en Olavarria. Lo llamamos y me consiguió una prueba de una semana para medir mi nivel y dejar claro si seguía probando en el fútbol o me dedicaba a otra cosa. No me fue mal, pero cuando regresé a Estados Unidos me pidieron que pateara para el equipo de football americano del colegio porque no tenían pateador. Fue de casualidad. Lo mío era para seguir jugando o volver a la Argentina a buscar club. En México se me hacía muy difícil porque era joven y ocupaba cupo en un equipo que tenía a Ivo Basay, Alex Aguinaga, Ángel Bernuncio y otros extranjeros. Lo que más rescato de ese viaje fue la amistad que nació con Andrés Fassi, hoy presidente de Talleres de Córdoba. 

–¿De qué jugabas?

–De enganche. 

–¿Y qué póster estaba colgado en la pared?

–El del Diego. El poster de Maradona lo llevaba a todos lados. Además, nosotros llegamos acá en 1986 y ese año salimos campeones del mundo, ¡No sabes cómo nos agrandamos!

–Cómo fue el primer día que te pusieron adelante un ovoide de football americano…

–Me acuerdo perfectamente porque me pusieron casco y las hombreras. Me sentía súper incómodo. Yo estaba acostumbrado a correr libre y ahora estaba parado con este casco que me quedaba grande como todo en High school. Aparte, en La Florida hacía un calor que te morías, entonces yo decía “no me gusta. Lo voy a hacer un año para ayudar al colegio y listo”. Después del primer entrenamiento, el coach vino al restaurant que teníamos en ese momento y le dijo a mi mamá que yo tenía futuro de College y que podía ser profesional. Ahí se entusiasmaron en mi casa porque el colegio es carísimo y llegar profesional hizo que me lo tome en serio. Ahora viendo videos de ese momento me di cuenta de que no era tan bueno, lo que pasa es que al no haber pateadores en el colegio para ellos éramos unos fenómenos. 

–Y llegó la etapa del football universitario… 

–Por suerte tuve una beca de la Universidad de Kansas State, en la que me habían prometido el puesto, pero cuando llegué era el quinto en el orden. Y la tuve que remar, porque estaba a miles de kilómetros de casa y hacía un frío tremendo, y odio el frío. Entonces me puse en la cabeza que tenía que jugar  o jugar. Y para el primer partido ya me había ganado el puesto y para el tercer partido ya hacía los goles de campo y los kickoff (los despejes tras una anotación del equipo). En el tercer año me rompí los cruzados y me perdí toda la temporada, pero después volví muy bien los últimos dos años, luego de ver complicada mi carrera porque en ese momento una lesión de ese estilo era muy complicada, no como ahora.

–¿Qué estudiabas? 

–Ciencias sociales. Pero estudiaba football americano. Iba a la universidad porque acá te hacen estudiar, pero mi meta era llegar a profesional para que mi mamá no trabajara más en el restaurant, porque estaba todo el día ahí.  

–¿Cómo es la previa del draft de la NFL?

–Primero tenés que ir al Combine, que es donde miran tus capacidades los equipos de la NFL para después tomar una decisión. En el puesto de pateador sólo invitan hasta diez pateadores. Lo más importante del Combine son las reuniones, porque ahí vos no negociás nada, sólo quieren conocer que no tengas problemas fuera de la cancha, y quieren ver en quién van a invertir. A mí ya me conocían por la patada de 65 yardas que había metido en la universidad (récord en el football universitario). Y en el draft te llaman una vez que decidieron elegirte. Pero vos no negociás el contrato hasta después que te eligen. Yo salí elegido en el puesto 80. Me habló un entrenador de Tampa (Bay Buccaneers) y me dijo que había opciones de que me eligieran en segunda o tercera ronda. Me terminaron eligiendo en tercera y es una llamada que no te olvidás nunca más.

–¿Y una vez que llegaste con qué te encontraste?

–La principal diferencia con el College es que no tenés que hacer otra cosa que pensar en tu trabajo. Tenés que buscar formas de mantenerte activo. Yo llegaba a los cuatro de la tarde a casa y no hacía más nada. Entonces, te tenés que mantener activo. 

–¿Qué recordás de tu primera práctica en Tampa?

–Fue linda. Te presentan a los jugadores que vos estabas viendo por televisión. Yo no era hincha de Tampa, pero sí simpatizante porque viví todo el tiempo en Florida. Es como que me hubiese elegido Boca, club del que soy hincha. Mi hermano Guillermo estaba en la Universidad de South Florida, que es en Tampa, entonces ni bien salí en el draft buscamos un departamento para vivir juntos, al que después se sumó mi otro hermano, Santiago. 

–¿Y cómo te trataban los entrenadores de Tampa?

–Yo en los Buccaneers tenía un entrenador de equipos especiales (los equipos que entran en determinadas jugadas en el juego) que era italiano y me volvía loco. Me explotaba tanto mentalmente en la práctica que en los partidos se me hacía fácil. Me hostigaba mentalmente para que errara patadas. La opción era bancármela o abandonar. Pero en el partido me dejaba patear tranquilo. 

–¿Cómo fue tu primera patada como profesional?

–Fue en Tampa, ante los Cleveland Browns, por un partido de pretemporada. Fue de 36 yardas. No era muy lejos, pero el cagazo de ser la primera patada lo tenía. Lo grité y se asombraron que gritara como si hubiese sido la final del mundo. Pero para mí acertar un gol de campo era lo mismo que hacer un gol Se cagaban de risa porque festejaba en la pretemporada, pensaban que estaba loco. Después se acostumbraron y lo gritaban conmigo.

El 7, el número de Gramática en los Buccaneers.

La NFL es esa liga en la que los millones sobran y en la que las excentricidades de sus jugadores están a flor de piel, de manera constante. Por eso, los entrenadores suelen hacer concentrar a los jugadores la noche anterior a los partidos, aunque sea sólo durante la temporada regular. “El sábado a la noche vas al hotel, el resto de la semana dormís en tu casa. El viernes a la noche no quieren que salgas después de cierta hora, pero el resto de la semana no te controlan”. 

–En la temporada 2001/02 ganan la Conferencia Nacional y llegan al Super Bowl XXXVII ante los Oakland Raiders. ¿Cómo te das cuenta que estás por jugar un partido que mira casi todo el mundo?

–Lo que pasaba antes es que nosotros le ganamos a Philadelphia en su casa y viajamos a San Diego, el lugar del Super Bowl, porque se jugaba a la otra semana. Ahora hay dos semanas de espera. Tuvimos sólo cuatro horas entre que llegamos al hotel del estadio y preparamos la valija para irnos de nuevo. Te preguntan ahí mismo quién quería boletos y cuántos para el Super Bowl, y no caés que lo vas a jugar hasta que llegás. La verdad es que estuve toda la semana previa enfermo así que solamente me levantaba para practicar pateadas y me metía en la pieza para no contagiar a mis compañeros. Pero la vivís muy intensamente toda la semana previa al partido. 

–¿Cuántas entradas compraste?

Te dan opción de comprar treinta y yo las compré todas. La mayoría eran para revender, jajaja. Hicimos unos pesos. Llevé a mi familia y las que me sobraban las revendí. Acá las compran carísimas y eso fue como una película. Entré a un cuarto y había un tipo con un portafolio lleno de dólares. No recuerdo ni cuánto había, pero si me acuerdo que había una 45 arriba de la mesa así que bien mafioso los locos. Le dí los tickets y me fui con la plata. ¡Pero no fui el único! Había cola de todo el equipo para revender sus entradas.

–Llega el día del partido, el domingo más esperado por todo el deporte yanqui. ¿Qué fue lo que más te llamó la atención?

–Me acuerdo de haber llegado al estadio, ver todas las banderas norteamericanas y los carteles que decían Super Bowl. Ahí me cagué todo. Porque en la semana estaba todo bien, era todo igual, pero cuando llegué al estadio sentí que estaba en esa locura. Después, una vez que te metés en el vestuario, te cambiás y los nervios se van yendo. Otra cosa que recuerdo y me río es que en el precalentamiento no metía una. No me sentía asustado, pero no tengo otra explicación que no sea la del cagazo que tenía. Me concentré mucho más después de la entrada en calor porque me decía “hoy no puede ser el día en el que no me salga nada. Hoy no puedo fallar”. Después está el show del mediotiempo, que en el Super Bowl se hace de media hora, cuando en la temporada regular son apenas doce minutos de descanso. Otra cosa que cambia es que en el precalentamiento, después, tenés que esperar por el Pre-game show, por lo que se te hace un poco más largo. Con relación al partido nosotros teníamos una defensa espectacular que nos hizo llegar al último cuarto con 21 puntos de ventaja, así que lo pude disfrutar. No iba a llegar a definirse con una patada mía, por lo que pude relajarme.

Adam Vinatieri le hace ganar el Super Bowl XXXVI a los Patriots.

–¿La noche anterior te imaginaste definiendo el Super Bowl con una patada tuya?

–Lo pensé porque el año anterior lo había ganado (Adam) Vinatieri, pateador de los Patriots, con un gol de campo y era un Dios. Después tenés al de Buffalo (Scott Norwood) que erró ante los Giants y lo único que se habla en Buffalo es de la patada que erró. Para el pateador no hay término medio, o sos el héroe o sos el que los hizo perder y te tenés que mudar de la ciudad. Si hubiese errado una patada para ganar el Super Bowl no hubiera podido seguir viviendo en Tampa. Además, los periodistas en la semana previa te preguntan cómo patearías esa pelota si te toca definir el partido y eso hace que lo revivas mil veces en la previa. 

–Leí por ahí que al anillo del Super Bowl (al que le dan a los campeones) lo tenés guardado en el banco y solo lo sacás una vez por año para cuando te toca ir al colegio de tus hijos cuando tenés que contar tu profesión. 

–Es muy grande, pesado e incómodo para llevarlo todos los días. Además, no soy un tipo muy grande y me llegan a agarrar para robármelo y me cortan la mano… Por eso, prefiero guardarlo en una caja fuerte y lo saco para llevarlo al colegio de los chicos porque les gusta que lleve el casco, las hombreras y el anillo. 

El anillo de campeón de los Tampa Bay Buccaneers.

–¿Cómo juegan los equipos de fútbol de Martín Gramática?

–A mí me encanta el Cholo Simeone. Me gusta cómo hace jugar a sus equipos. Tengo una mezcla de nacionalidades en mi equipo, hay jamaiquinos, haitianos, argentinos, chinos, venezolanos, colombianos y sólo tres gringos nomás. A los gringos no les puedo decir que de vez en cuando metan una patadita porque voy preso, pero a los latinos les puedo decir “si te pegan, protegete”. Es lo lindo de tener latinos, enseñarles el fútbol como lo aprendimos nosotros, el fútbol de calle que acá no lo tienen. Acá no ves un picado ni loco. El equipo nuestro no es el más talentoso, pero nunca se rinde, y eso hace que no nos quieran enfrentar. La mentalidad ganadora la formé en el football americano. Hay que ganar sea como sea. Hay entrenadores de fútbol que se conforman con que su equipo juegue bien. En el club nuestro, la filosofía es jugar lindo, que se salga jugando desde atrás, y yo les digo que se vayan a cagar porque al fútbol hay que ganar. Y yo me peleo siempre porque todos quieren jugar como el Barcelona y después se comen cinco goles. Les digo que si se pueden lo hacemos y sino la reventamos.

Gramática como entrenador de fútbol.

–Viene Dios y te dice: ¿repetir el Super Bowl o cambiar toda la carrera por jugar al fútbol en la Selección o en Boca?

–Lo cambio de cabeza. Ni lo ddo. Con el football americano estoy súper agradecido. Pero mi pasión es el fútbol. Ni te digo ganar la Libertadores, con ponerme la camiseta de Boca y jugar un picado en La Bombonera me alcanza y sobra. Por eso, como hincha, cuando ves jugadores que no respetan la camiseta de la Selección, de Boca o de cualquier equipo, me digo “sabés la cantidad de gente que se mataría por jugar con esa camiseta”. Mi sueño de chico fue ser jugador de fútbol, pero creo que algún día con mis hijos se me va a cumplir. 

–¿Tus hijos juegan?

–Uno juega al fútbol y otro al football americano. La nena es la que mejor juega el fútbol y por ahí llega a vestir la camiseta de Argentina. Los varones no tienen su talento, pero vamos a ver. Ellos dicen que son argentinos, así que ojalá alguno de ellos cumplan el sueño de ver a un Gramática con la camiseta de la Selección Argentina.