Hungría y el fútbol

El sueño de despertar el espíritu de Puskas

Desde 1954 que el seleccionado de Hungría no tiene un momento de gloria, por lo que el recuerdo de Puskas sigue siendo la estampa de un país que futbolísticamente sólo mira para atrás.

“De repente nos dormimos, y cuando despertamos estábamos perdiendo por 3-2”.

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La frase resuena. Es un sueño interminable. Es una pesadilla lacerante. Es letargo multiplicado. El dueño de aquellas palabras, Ferenc Puskas, que no sabía bien cómo explicar cómo Hungría perdió aquella final del Mundial de Suiza de 1954, ante Alemania. Y parece extraño, pero desde esa época de oro, es que la pelota por aquellas tierras dejó de asombrar al mundo. Es como si en febrero de 1956 se hubiera acabado el encanto, como si aquellas tropas soviéticas que entraron a Budapest hubiesen reprimido a la gente que reclamaba libertad, como si hubieran aplastado las flores del jardín futbolero más encantador que el país supo cultivar en toda su historia.

No hay explicaciones muy claras para comprender por qué un país que tuvo una Selección que entre 1950 y 1956 solo perdió un partido, justamente aquella la final del Mundial de 1954, quedó perdido en el mapa del fútbol. Una Selección que no pudo volver a pisar con fuerza en el universo de la pelota. Porque no aparecieron más jugadores como Puskas, Kocsis, Czibor, Sarosi, los artesanos de un equipos que dejó sin aliento a Italia, en Roma, cuando la venció 3-0, o le dio un cachetazo en Wembley a Inglaterra con un recordado 6-3 y arrolló en el 54 a Alemania por 8-3. Fue una revolución para el fútbol de ese momento. Las tácticas de Hungría cambiaron las formas de ver el fútbol. Entrenadores como Béla Guttmann que le dieron el famoso 4-2-4 y que fue un hermoso y enorme problema para muchos rivales.

El húngaro Imre Barayani es un agente de FIFA y está enamorado de Argentina.

Para ser justos, la generación de oro del fútbol húngaro comenzó por la década del 20, con equipos locales, ya que como no tenían posibilidades de jugar en clubes occidentales por el aislamiento que impuso el gobierno prosoviético tras la Segunda Guerra Mundial, se desarrollaban en Hungría. Incluso, en el 53 cuando vencieron a Inglaterra en Wembley, fue tomado como un acontecimiento que superó al fútbol: “Para el régimen comunista de la época fue más que un simple partido de fútbol”, le dijo Iván Hegyi a la agencia de noticias EFE.

Es un tema que les da vueltas a todos aquellos que están en el mundo del fútbol. Un dilema para todo aquel cuya sangre sea húngara. Por eso, cuando Imre Barayani, economista y agente de FIFA, un húngaro enamorado de la Argentina, tiene que explicar por qué su país no puede encontrar la fórmula para el reverdecer futbolístico, le ofrece a Enganche argumentos que permiten comprender un poco todo este asunto: “¿Por qué no podemos volver a ser protagonistas?, es la pregunta que nos hacemos hace 40 o 50 años y nadie encuentra la respuesta. Soy economista, así que te puedo hablar de razones que no tienen que ver con jugar con un sistema táctico determinado. Durante el socialismo había mucha plata en el fútbol porque era el circo para la gente para soportar vivir en una dictadura, pero la calidad de entrenadores, bajó mucho durante los 70. La expectativa de la gente nunca disminuyó, pero sí la calidad del juego. Había gran tensión por eso y los futbolistas ganaban más que la gente y nunca hicieron los esfuerzos que debían. En Hungría, Rumania, Bulgaria y la ex Yugoslavia, los países menos afortunados durante el comunismo, el fútbol siempre se presentó como una salida de la pobreza. Hay una razón muy sociológica”.

Hegyi, como uno de los especialistas del diario Népszabadság, contó en aquella charla con EFE algunos detalles más que permiten comprender esta misteriosa sequía: “El fútbol húngaro tuvo grandes momentos y jugadores en las décadas de los 1970 y 1980, pero sin importantes éxitos”.

Y de allí se podría sostener la mirada de Barayani: “Cuando llegó la libertad y el capitalismo, prácticamente cerraron los clubes de las fábricas, las cancha y los chicos no practicaban fútbol. No tuvimos ningún ídolo en los últimos 30 años. No tuvimos un Stoichkov (Hristo) como tuvo Bulgaria o un Boniek (Zbigniew Kazimierz) en Polonia. Y cuando faltan ídolos es grave y no puedes hacer mucho, porque si no hay un talento extraordinario, no podés crearlo”.

El golpe final para el fútbol de Hungría, según muchos especialistas locales, sucedió en el Mundial de 1986, cuando URSS superó al equipo que dirigía Gryorgy Mezey con una tremenda paliza por 6-0, por un partido de primera ronda del Grupo C. Desde entonces, llegó a ocupar el puesto 87 del ranking FIFA (1996) y en la actualidad está en el escalón 52. Incluso, desde entonces, apenas participó de la Eurocopa de 2016 y llegó hasta los octavos de final.

La competencia local no está completamente desarrollada, el interés de los hinchas por el fútbol no domina la escena, tanto que hasta 2015 se habían realizado estudios en los que se pudo determinar que los partidos de la primera división local no tenían más de 1000 espectadores por juego. Sólo en los encuentros de Ferencváros, que ganó notoriedad en las últimas semanas por ser rival de Barcelona en Champions League, se ven tribunas más colmadas.

Viktor Orbán, amante de Puskas, el Primer Ministro húngaro que ama el fútbol.

Sin embargo, en los últimos 10 años hay una intención de recuperar terreno: “En los últimos 10 años tenemos un Primer Ministro que ama el fútbol y destina mucho dinero y se invierte en infraestructura, que está a nivel de Bundesliga. Ahora empezó a mejorar un poco el fútbol húngaro con más plata”, contó Barayani.

Se trata de Viktor Orbán, un hombre poderoso, amante de Puskas y que cuando en 1998 se convirtió en Primer Ministro, su primer viaje oficial fuera de Hungría fue a París, para presenciar la final del Mundial. Incluso, jamás dejó de asistir a una final de la Champions League. Casualmente, esta fuerte inversión en el fútbol se da de la mano de los tres hombres más poderosos de Hungría: el presidente János Áder, el portavoz del Congreso László Kövér y el propio Orbán, que incluso, cuentan que jugaban juntos cuando eran jóvenes en el mismo equipo de fútbol 5.

Quizá será hora de levantarse. El Comandante lo merece. El fútbol de Hungría necesita recuperar su gloria. Es tiempo de traer nuevamente el espíritu de Puskas.