Cuento

El Tata (…y Dios)

Otra entrega de las audacias del Enviado, las reflexiones del Maestro y la gloria para el Tata Brown.

A Matu Mariotto

Esa tarde me llamó la atención ver, cerca del Enviado, a un grupo de muchachos cuya fisonomía no alcanzaba para constituir una categoría sociológica. Parecían vagabundos, pero algo en ellos remitía a un pasado cercano de vida social plena. Tampoco daban la triste impresión de ser recientes excluidos, expulsados por la impiadosa dinámica de la economía neoliberal. Un leve arqueo de cejas de mi parte alcanzó para que el Maestro, como siempre, se sintiera convidado a sofocar un enigma:

-Son un grupo de muchachos que ocupaban gran parte de su tiempo haciendo memes sobre Higuaín… Desde que renunció a la selección no saben qué hacer con su vida…

Le hablé al Enviado sobre mi vocación por hacer con ellos una interpretación de tipo sociológica y el hombre se despachó con una de sus afiebradas reflexiones.

-Ah… la sociología, la más blanda de la ciencias. Jamás dejé penetrarme por ella, porque no me gusta que me penetren con la ciencia blanda… A propósito: ¿sabe usted en qué se parecen un sociólogo y un policía?

-No… -dije, sitiado por la curiosidad.

-En que ambos van a la cancha a ver a la gente, no a ver el partido… Cada vez que hablo de sociólogos me pregunto lo mismo: ¿cómo no puse una consultora? Qué error… Los negocios que nunca funden son los que son infalsables, como diría Popper. Pero no… yo me obstiné en el Videoclub, la cancha de paddle y el parripollo, un tipo de emprendimiento que puede ser refutado por el fracaso. No he caído en la tentación de poner ahora una barbería o un local de cerveza, pero eso no me absuelve de no haber advertido las potencialidades de la Sociología, esa disciplina que predice el pasado, esa ciencia que se ocupa de que la matemática no se exacta…

Con agilidad casi adolescente, el Iluminado giró y empezó a hacer gestos, ciertamente procaces, a saber: formó un círculo con el pulgar y el índice de una mano mientras introducía en él el índice de la otra, y luego con sus dos manos descendió por su anatomía para abrazar sus genitales con movimientos ascendentes y descendentes. Me preocupé:

-¿Qué hace, Maestro?

-Le estoy enviando señales a los mercados… -me dijo.

Entonces volvió a girar y fue en busca del pochoclero. Tomó de adentro de su cabinita una manzana y mirando los cielos, como poseído por las musas, recitó:

Eva con Caín y Abel

Dejados atrás Adán

La manzana de Cézanne

Y la de Guillermo Tell

Eclipsados el Edén,

La anciana fruta que incita

La manzana de Afrodita

Y la de Newton también…

La belleza del poema me detuvo con la prepotencia con que lo sublime nos anonada. Pregunté de quién era el texto.

-De Daniel Giribaldi… un poeta tan grande como la ignorancia que la Buenos Aires a la que embelleció con su arte le ha destinado…

-¿Usted dice que es un poeta injustamente olvidado?

Ay…vi en la cara del Maestro esa mueca de indignación que lo ponía a tiro de violencia, como mínimo verbal.

-¡¡¡Los poetas no son olvidados, son ignorados!!! Nadie que conozca la obra de un poeta puede olvidarla, y si puede olvidarla entonces no merece llamarse poeta. A los poetas se los ignora…la memoria puede ser injusta, pero no estúpida. Cuando percibe lo bello no pude olvidarlo, salvo a costa de olvidarse a sí misma…

Ya más calmo, recuperando el tono sagrado, el Enviado dijo algo y entonces empecé a entender por qué había planteado el tema de la memoria:

-Bienaventurados los que juegan una final aún con el hombro destruido, porque a esos no los olvidará Dios…

Supe obviamente que se refería a la muerte del gran Tata Brown. Me llamó la atención que hiciera referencia a esto, porque él jamás iba detrás de la última noticia, salvo que esta representara algo mucho más grande o, por decirlo de otro modo, atemporal o arquetípico. Este era, huelga, decirlo, el caso.

-Hoy se ausentan o piden el cambio en un partido porque “sienten una molestia en el isquiotibial”. Seguramente la traumatología les dará la razón, pero no se puede confundir la traumatología con la metafísica…

No se puede aspirar a perdurar en la memoria cuando se piensa más en el dolor propio que en la tristeza de quienes esperan todo de nosotros…

-Un símbolo, el Tata…- dije, casi en voz baja.

-Sí… algún paparulo hoy le habría hecho un meme. Hemos descendido de la memoria popular al meme…

-También hay algo de paradoja en ese problema final que tuvo con su propia memoria, como si fuera una especie de injusticia insuperable: quien hace algo que perdurará para siempre, termina acechado por la niebla del declive cognitivo…

-¿Niebla? ¿¡Niebla!? ¿De qué niebla hablas, discípulo? La niebla es un problema del cerebro, pero los grandes hombres tienen alma. La niebla es un fracasado recurso por tapar ciertos soles, y tal vez solo la merecen quienes alguna vez han sido soles… ¿Han sido, dije? Han sido y serán, para siempre, en la memoria popular, esa sucursal de Dios en la sabiduría de los pueblos… La grandeza de un hombre no se mide por su capacidad para recordar, porque esa puede perderla cualquiera; sino por lo que hizo para ser recordado…