Enganche Literario

El terrible dilema de Chiqui Quevedo

¿Es el puesto de arquero el más ingrato de todos? Por si quedaba alguna duda, el Enviado nos cuenta la terrible historia de Chiqui Quevedo...

El deporte en general, el fútbol en particular, y el puesto de arquero en especial; están surcados por esa pequeña desgracia, ese drama en miniatura, esa incipiente obsesión llamada “dilema”. Dije “pequeña”, “miniatura”, “incipiente”; pero todo esto puede crecer con la petulancia y la fuerza de una tormenta cuando a ese dilema el paso del tiempo, que se supone todo lo cura, se obstina en hacerlo más patológico.

Hay dos tipos de dilemas que surcan la vida de cualquier deportista, sea este profesional o no: los dilemas fácticos y los éticos. Entre los primeros están esos perpetuos arrepentimientos que quedan boyando en el alma de quien, habiendo hecho algo, no se resigna, resultado mediante, a la terrible idea de que podría haber hecho otra cosa. El gol en contra, perder la marca, la mala elección de un pase, elegir el primer palo y no el segundo, salir a cortar el centro cuando había que quedarse en el arco, lesionar feo a un rival. Entre los segundos, más humanos si se quiere, porque tocan esa fibra que solo la complejidad humana puede padecer, están esas decisiones conscientes que luego pesan sobre la almohada o frente al espejo: irse de un club cuando el momento pedía quedarse, haber guardado la pierna cuando había que ponerla, arreglar con los dirigentes a espaldas de los compañeros, seducir a esa señorita cuyo recuerdo todavía le duele a un colega. Hay, incluso, situaciones mixtas, que comprometen ambas categorías: ir a los pies de un rival o no puede ser un dilema fáctico, pero si eso termina en una rotura de ligamentos cruzados el fantasma de la ética no puede evitar decir presente.

No hay, sin embargo, en todos los deportes (y me atrevo a decir, en toda praxis humana) tarea más permeable al dilema que la del arquero, y en especial la del arquero de fútbol. Se ha dicho, y ha quedado como una de los grandes lugares comunes del fútbol, que “el puesto de arquero es ingrato”. Lo es, desde luego, pero antes que ninguna otra cosa es un puesto dilemático por naturaleza. No puede ser casual que Albert Camus, el único verdaderamente angustiado de todos los existencialistas, haya sido arquero de fútbol. Es dable pensar, incluso, que fue el hecho de ser arquero el que lo convirtió en existencialista. Hay algo en el fracaso del arquero que remite a lo más trágico de la condición humana. Hay en esa perpetua duda entre salir y quedarse, en esa pelota que pega en la mano y sin embargo entra, en esa (peor aún) que pega en el palo, en la espalda y entra; algo de extrema crueldad. Pensemos otra cosa interesante, que apoya esta tesis: muy pocas veces el arquero queda en situación gestualmente clara; ejemplo: tanda de penales, el delantero erra el disparo y cae de rodillas; ese gesto de sumisión indica que ya entendió que el destino le dio la espalda, esa caída demuestra una tristeza indecible, pero es una certeza. El arquero, toda vez que la impericia, el error o el caprichoso azar lo condenan al fracaso, queda en un estado de perplejidad, de perpetua duda, de limbo entre lo que fue y lo que podría haber sido, de absurdo viaje de Sísifo. Hay particularmente una situación que solo un escritor maestro en el manejo del terror psicológico puede haber urdido: la escena de un penal que debe repetirse. Es verdad que el delantero también entra en una infinita vacilación que se multiplica como espejos que se enfrentan, pero quien lleva el peso de ese drama es el arquero. De última, el shoteador puede decir “Ma sí…elijo un palo y le doy”, pero el arquero, en esos segundos que demoran la ejecución, es una especie de algoritmo desenfrenado (como un Dios que delira, diría Borges…o diría Borges que dijo Hume, no me acuerdo) que se deshace en un bucle sin principio ni fin, y al que el hecho consumado (el gol) no le da ningún sosiego.

Por supuesto que le comenté esto al Enviado, para saber si lo mío no era, como la mayoría de la filosofía francesa del siglo XX, una serie de disparates con fisonomía de profundidad.

–Nada de eso discípulo… es terrible. Yo fui arquero un tiempo, pero una tarde me comí un gol tonto y ya no pude regresar de ese temor. Algunos me auguraban un futuro en primera, pero ese futuro no fue otra cosa que un padecimiento al que solo yo podía ponerle fin. Era pararme en el arco y ver en cada pelota que venía una especie de hemiplejia o de disociación de la voluntad; una mitad de mí quería hacer una cosa, la otra quería hacer otra…cualquier error me parecía una metáfora de cómo un mínimo acto de mi parte podía tener consecuencias inconcebibles… Ahora, si quiere que le cuente una historia bien pero bien dramática de un arquero, siéntese que le voy a hablar del Chiqui Quevedo…

El Chiqui Quevedo había cumplido un sueño a medias, pero sueño al fin. Llegó a atajar en primera en uno de los dos clubes más importantes de su pueblo, pero no justamente en aquel del que su padre, Cacho Quevedo, era hincha fanático. No solo hincha; había sido presidente durante unos cuantos años, allá por los 90´. Apenas con veintiún años, Chiqui ya daba señales de un inexorable futuro en algún club grande de su provincia, cimentando esos augurios en actuaciones que lo ponían muy por encima del panorama pueblerino. Se dijo, con esa fuerza de mito urbano que suelen tener estos rumores, que los dos equipos más grandes del país ya se estaban peleando por él.

Pero, por esas simetrías caprichosas que tiene la vida, cuando a Chiqui mejor le estaba yendo a Cacho le detectaron una insuficiencia cardíaca severa, con pronóstico poco favorable. Cacho era uno de esos hombres del interior, valientes, capaces de mirar a la muerte cara a cara e incluso de hablar de ella sin eufemismos, para que las cosas quedaran claro en el entorno familiar y nadie, llegado el caso, le agregara al dolor del duelo el pesar de la duda. Así es que un domingo, en la sobremesa del asado familiar, tomó la palabra y dijo:

–Ya saben que no estoy bien de salud. Todos podemos irnos de un momento para el otro, pero en mi caso esto es más probable. Quiero que sepan que si la parca me agarra no deben pensar que me quedó nada en el debe. Tuve una familia maravillosa, amor como para ocho vidas, una compañera de lujo, hermanos de bien, por suerte siempre tuvimos pan en la mesa, mis hijos están encarrilados…Si cierro los ojos volvería a abrirlos de puro gusto por vivir, pero no porque me quedar algo por ver…salvo, claro, a mi Deportivo campeón…- dijo, y se rió.

Todos se rieron, pero no todos eran futbolistas, y menos arqueros. Chiqui se acordó que en el fixture debía jugar la última fecha contra el equipo de Cacho, y no pudo evitar que lo invadiera un dilema pavoroso: ¿qué pasaba si a ese partido el equipo de su padre llegaba con chances de ser campeón? No quería ni pensarlo, pero la posibilidad de darle una mano al Depor para que su viejo se fuera sin deudas lo partía en dos.

Llegada la última fecha Comunión, el equipo de Chiqui llegaba sin chances a jugar contra un Depor que, de ganar, se consagraría por primera vez campeón en su historia. Esa mañana Chiqui se levantó a desayunar y lo vio a Cacho pálido. Mientras le cebaba unos mates le preguntó si estaba bien, si no quería ir a ver al cardiólogo.

–El cardiólogo es hincha de la contra… ¿cómo va a entender que estoy así porque el Depor hoy me cumple el sueño?      

Chiqui agachó la cabeza y como si soltara una frase entre sueños, alcanzó a decirle a Cacho:

–Viejo… usted no sabe cómo me siento. Ya sé que el otro día nos dijo que estaba conforme con su vida, pero también nos dijo que solo le faltó ver al Depor campeón… Yo no me puedo sacar eso de la cabeza. Yo tengo que atajar, me entiende, le sugerí al profe que no me ponga, pero me dijo que si no me ponía no me iba a poner nunca más, y que se iba a encargar de que en todos los clubes sepan que las situaciones emocionales me desbordan…

Cacho lo miró a Chiqui a los ojos y le dijo algo que aspiraba a ser sanador:

–Vea m´hijo… esta es una situación compleja. Pero yo no amo al club más que a usted. Vaya y ataje como nunca, si mi equipo se lo merece vamos a ganar igual, y si no lo hacemos, y encima es porque usted tiene una gran tarde, este corazón medio chingado que tengo se va a llenar, no de felicidad, pero sí de orgullo…

A poco de terminar el partido, el 0 a 0 condenaba al Depor a otra frustración. El empate, encima, no le aportaba nada a Comunión. Chiqui pensó que entre sus manos estaba la posibilidad de torcer el destino a sus anchas. Pensó que así como el puesto de arquero tantas veces parece títere de las caprichosas divinidades ahora era él quien podía con sus guantes escribir la historia. En el segundo minuto de descuento hubo un córner para el Depor. Chiqui salió a cortar el centro y la pelota, que parecía aferrada a sus manos, de pronto se cayó como un postre de un pote al centro del área chica. El Sapo Sosa, siempre atento a los rebotes, mandó la pelota adentro. Gol, Depor campeón. El Chiqui había optado, finalmente, por el lado amoroso del dilema, poniendo su carrera en peligro (terminando, en verdad, con su carrera, porque cualquiera que supiera algo de fútbol entendió qué estaba pasando allí).

Cuando terminó el partido le comunicaron a Chiqui que su padre, seguramente producto de la tensión previa a semejante encuentro, había fallecido apenas comenzado el partido, y que no habían querido decirle al ya alienado arquero para que pudiera jugar tranquilo.     

Albert Camus diría, seguramente, que lo único más ingrato que el puesto de arquero, es la vida.