Literario

El Tío Ifigenio y Lanús

El devenir del único meteorólogo de una familia y uno de los primeros tipos que convenció a los suyos de ir a la cancha. Una tormenta perfecta, en la pluma de El Profesor.

Al Tío Ifigenio le gustaban más los barómetros que los sándwiches de miga y convocaba mejor a sus hormonas cuando había probabilidad de vientos alisios que ante la inminencia de un amor. En un penal, no enfocaba ni al que pateaba ni al que pretendía atajar sino que medía la saturación del aire. Era el único meteorólogo de la familia y uno de los primeros tipos que nos convenció de ir a la cancha. Claro que eso había ocurrido hacía mucho. Últimamente había tomado distancia de los córners y del césped. Decía, dolorido como si hubiera calculado mal la llegada de un aguacero de verano, que el fútbol se le había transformado en un invierno desabrigado.

Nosotros buscábamos estimularle el sentimiento, pero el Tío Ifigenio replicaba tan exacto como sus pronósticos de otoño. Aseguraba que los mercaderes avasallantes que se habían apropiado del espectáculo de la pelota construían más frentes de tormenta que horizontes de luz y contrataban voces que, aunque nevara bosta, le proclamaban al pueblo que era una tarde para andar en bikini. “El cambio climático es nada al lado de las tempestades impúdicas que le caen encima al pobre fútbol”, decía desconsolado como quien marchó de vacaciones al Caribe en temporada de huracanes.

Todo fue así, de nube en nube, hasta una noche de mitad de primavera. Como si le tronara una vieja necesidad de mirar partidos, el Tío Ifigenio quedó frente a lo que le pasó a Lanús con San Pablo, en Brasil: ganaba o empataba entre confianzas mientras faltaba poquito y pasó a perder y a desconsolarse cuando el reloj se acababa, pero metió un gol sin manuales durante el instante en el que ya no había más instantes y descorchó una fiesta.

Entonces, el Tío Ifigenio avisó que, de nuevo, lo atrapaban los córners y el césped. Su explicación fue igual de dorada que un atardecer sobre el mar:

–Qué belleza: el fútbol es un relámpago.

Lo celebramos como si nos hubiera regalado para siempre el sol. Lo juramos: hasta nos dejó la esperanza de que un día las brisas del juego hermoso espantarán a los granizos que lo hieren. Vamos a soñarlo: siempre que llovió paró.