Literario

El Tío Tránsito, Argentina y Ecuador

El fútbol, como las personas, a veces ofrenda todo y a veces ofrenda nada. Una promesa especial, tras un partido con sabor a nada.

El Tío Tránsito pensó dos veces en que debía tres boletas de la luz, y media vez en que hay noches en las que el silencio es más lindo que el sonido, y cuatro veces en que su primo Roberto se murió demasiado temprano y él resolvió demasiado tarde decirle que lo quería, y tres veces en que la vida se pasa rápido y acaso haya llegado la hora de dejarse de joder con tanta liviandad y por fin ponerle pimienta de la buena a la salsa de las pastas, y diez veces en que para qué hacerle a su vieja sólo un llamado en el día si mejor es hacerle dos, y once veces en que pueden multiplicarse las pandemias y desparramarse las angustias pero igual la certeza de que en un rato va a salir el sol y le apuntará a las copas de los árboles es un aliento grande como un universo, y una vez en que es una macana pronunciar buen día o buenas noches sin alma porque esas son frases que invariablemente deberían desbordar de entusiasmo, y cuarenta veces en cómo carajo resulta posible que ya sea octubre, y otras cuarenta veces en que octubre se le encendía como el mes de Lennon, del Che, de Maradona, de Lenin y de sus hijos, y casi una vez en por qué muchísimas verdulerías no venden achicoria, y unas cuantas veces en qué debería leer más de lo que lee, y otras cuantas veces en que debería cantar más de lo que canta, y otras cuantas veces en que debería comer menos de lo que come, y unas incontables veces en que su nietitud estaría durmiendo y que si alguna belleza cabe en el mundo esa belleza seguro habitaba los sueños que andarían soñando.

Cuando el Tío Tránsito se quiso dar cuenta, el partido de la Selección Argentina con Ecuador se había esfumado sin atraparle ni un parpadeo de atención, acaso por los argumentos sesudos que desplegaban los especialistas o acaso porque el fútbol, como las personas, a veces ofrenda todo y a veces ofrenda nada y esta vez había gobernado la nada y alguna vez próxima iba a regresar el todo. Después apagó la tele y, con la cabeza en la almohada, se prometió que, cuando el sol le apuntara a la copa de los árboles, intentaría pagar alguna de sus boletas de luz.