Selección

El título que cambió todo: cuando Argentina fue campeón del mundo en Brasil

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A cinco años de Brasil 2014, Enganche imaginó el día en el que Argentina fue campeón del mundo en el Maracaná y cambió la historia para siempre.

Otra vez, más de medio siglo más tarde, el estadio Maracaná es escenario de un festejo ajeno. Ahora no se trata de Obdulio Varela y esos charrúas que enmudecieron a un país. Las camisetas no son celestes, van un tono más arriba con un azul veteado y números dorados. Los futbolistas celebran apiñados en el centro del campo de juego. Ahí, en un enjambre humano delirante, la temperatura es mucho más alta que los tibios 23 grados que envuelven a Río de Janeiro. Llantos, risas, abrazos y corridas. La celebración se sale de los cuerpos. Argentina nuevamente es campeón del mundo y, como en México, corona a su rey. El obsequio que agradecido recibió Gonzalo Higuaín, el inapelable remate cruzado de Lionel Messi y el penal sancionado por el italiano Nicola Rizzoli que el capitán transformó en gol conjugaron la faena ante la imponente Alemania. Ni era por abajo ni hay daga mortal de Götze, porque no hay alargue. Entonces, el pasado cambia y el futuro se reescribe.

Argentina es campeón en Brasil, iguala en cantidad de títulos al fútbol alemán con su modelo ideal y al levantar la copa Messi se despoja de todo el peso que cargaba. No habrá finales perdidas en Chile y Estados Unidos; y si las hay, no agigantan ningún karma. Tampoco el mejor de todos necesitará una licencia liberadora para volver después. No se habla de una mesa chica que incomoda el paso porque no hay más mobiliario que un cuadro de honor con 23 nombres.

El título del mundo en Brasil ordena hasta lo imposible. Julio Grondona se va de la AFA y de la vida sin que eso provoque una lucha a manotazos ebrios y ciegos por el poder vacante que varios anhelan pero ninguno sabe cómo ejercerlo sin los viejos vicios ni las virtudes de ordenamiento que también había. Herederos de todas los defectos y ninguna de las virtudes. Las votaciones empatadas entre electores impares solo vuelan en mundos de fantasía y tampoco hay intervención de hecho en la sede la calle Viamonte guiada por el poder político.

No habrá entre una Copa del Mundo y la siguiente cuatro técnicos, sin que uno deje su cargo por la imposibilidad de armar una selección olímpica y se vaya con una deuda salarial vergonzante. Tampoco Argentina irá la cita de la bandera de los cinco anillos con un equipo armado de apuro y el único entrenador que tiene la AFA, el del conjunto femenino. Los seleccionados juveniles le dan vida al predio de Ezeiza, cada cual con su conducción; es inimaginable tener que pedirle a Lanús que presente su cuerpo técnico para competir en el torneo español de L´Alcudia.   

Si en Rusia lo hecho no alcanza para avanzar más de lo esperado, lo que sucede en ese Mundial, cuatro años más tarde, no desata una tormenta. No hay reproches sino agradecimiento ante una generación gloriosa que ya no se volverá a poner la camiseta de la Selección. Lo que sigue es un recambio generacional ordenado. A nadie se le ocurre pensar en un interinato, modalidad de la prehistoria de la selección. Los técnicos argentinos más prestigiados en el mundo anhelan conducir al equipo nacional del que formaron parte en sus años como futbolistas, porque de ninguna manera consideran que tomar el cargo sea un retroceso en sus carreras.  

“¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?”, se pregunta Andrés Calamaro con su inconfundible voz sobre los primeros acordes de El día de la mujer mundial. La ucronía de lo que hubiésemos querido que suceda en la Copa del Mundial Brasil 2014 y lo que vino más tarde hace pensar que la actualidad del fútbol podría ser distinta. No en cuanto a males que parecen constitutivos, estructurales del fútbol argentino; pero sí en un seleccionado con una historia pesada. Pasaron cinco años del partido bisagra que no pudo ser. 

Nota publicada el 13 de julio de 2019.