Matías Almeyda

El último Samurai

Una mirada distinta, un extraño dentro de un universo que lo tuvo como una estrella, un buscador de experiencias, un hombre simple, pero diferente.

Cuenta la leyenda que nunca hubo un Samurai fuera de Japón. O eso dicen todos los libros de historia que hablan sobre la historia de esta gran variedad de guerreros del antiguo Japón, que tienen su verdadero significado en el de una élite militar que gobernó el país del Sol naciente durante cientos de años. En esos libros también se puede descubrir que la palabra Samurai procede del verbo japonés saburau que significa “servir como ayudante”.

Esa misma leyenda no tuvo en cuenta que, más de un siglo y medio después, en la Rebelión de Satsuma, el fallecimiento de Saigō Takamori
–considerado el último Samurai de la historia– no sería el final de la historia. Porque del otro lado del mundo, más precisamente en California, del otro lado del teléfono, hay un hombre que supo recoger enseñanzas de aquellos sabios y determinó que ésa era la forma de recorrer el camino en base a un código. Dicho hombre no tiene ningún vestigio de sangre samurai, ni tampoco un lazo directo con un país que solo lo tuvo en su territorio en una de las frustraciones más grandes de su carrera, allá por 2002.

Sin embargo, la leyenda cuenta que un hombre nacido en Azul (provincia de Buenos Aires), conoció el código bushidō y se convirtió en el último Samurai de la tierra. Matías Jesús Almeyda entiende que los siete principios de dicha ley del guerrero es lo que lo llevó a ver la vida desde el lugar en el que la ve hoy, dejando atrás un pasado en el que disfrutar no fue una presa fácil y en el que el sufrimiento lo llevó a los lugares más oscuros de la depresión. Totalmente renovado, hasta con un look al estilo Heisenberg en Breaking Bad, el actual entrenador de los San José Earthquakes de la MLS nos invita a recorrer su camino… la ruta de un guerrero que encontró la paz. 

–¿Qué es lo que más extrañás de la vida habitual que tenías antes de la cuarentena?

–Extraño esa libertad que tenemos y no nos damos cuenta. La de subirte al auto e ir a dónde vos quieras. O ir en bicicleta. Pero, si te soy sincero, no estoy enloquecido por salir, sino que quiero que termine todo esto por el virus. No me molesta vivir como estoy viviendo. 

–Y del día a día en el fútbol, ¿qué extrañás?

–Al fútbol hoy en la lista de prioridades lo tengo en el décimo piso en lo que respecta a esta pandemia. Si te tengo que decir algo, puede ser el elegir el contacto con los jugadores, el ir a un partido, pero debo aceptar la realidad. Es esto o arriesgar a contagiarte y no sé porqué lugar llega el virus. No estoy tan desesperado con respecto al fútbol. 

–¿Qué te llevó a cambiar el look?

–Hacía años que venía amagando que me lo cortaba o no me lo cortaba, para el día que me quede pelado de verdad. Hay que verse, pero no lo hice por nada en especial. Yo digo que podés cambiar por afuera, estar más gordo, con menos pelo, pero lo importante es lo que está adentro. 

El flamante look de Matías Almeyda.

–Hace un par de semanas en Enganche, Estanislao Bachrach nos decía que una de las cosas que más le había sorprendido, gratamente, era tu esencia. Y es algo que repiten todos los que te conocen. ¿Te sentís un tipo bien considerado en el ambiente?

–Obviamente le quiero agradecer a Estani por sus comentarios para conmigo, porque además me hizo aprender mucho en ese poco tiempo en el que estuvimos juntos. Pero nunca me fijé cómo me ven. Creo que si vos te fijás cómo te están viendo los demás, estás dejando de ser vos mismo. Al que le gustás le vas a gustar siempre, y al que no, no le vas a gustar nunca. Por eso no estoy pensando si voy a quedar bien, sino que trato de actuar con lo que creo que es correcto. No siempre me sale bien, pero la vida es un aprendizaje y no voy detrás del querer ser. Trato de ser yo mismo. Nunca vas a conformar a todos y tampoco lo que yo pienso es la verdad absoluta. Lo que he aprendido con el tiempo es a estar seguro de lo que uno hace, porque crearte una imagen es algo que se termina. Y ese momento en el que se termina es cuando apoyás la cabeza en la almohada y decís “no soy ese”.

–¿Te costó en un ambiente súper competitivo como el fútbol?

–Siempre tuve un pensamiento extraño, diferente a la media. A los 22 años dije que iba a jugar al fútbol hasta los 27. Trato de acariciar y profundizar la vida desde otros lugares. El insistir en buscar la felicidad, que no dura mucho, pero que si buscamos la manera podemos ser felices en un montón de mínimas cosas que son muy grandes. Eso he tratado de ir mejorando. He tenido paciencia para aceptar que no todo es como yo pienso y desde ese lugar mejorar como persona. 

–¿Y cuáles son esos momentos de felicidad?

–Levantarme y prepararme un mate, compartir con mi familia, hacer una llamada y recibir o dar cariño con diferentes personas, compartir momentos, ver el mar, caminar en la arena. Hay cosas que no las comprás. Están. Y no es que tenés que tener un mejor auto para ser feliz. 

–Si tuvieras que cambiar alguna de las decisiones que tomaste en tu carrera en esto de buscar la felicidad, ¿tomarías alguna distinta?

–En algunas sí, porque como ser humano uno se equivoca. Pero en líneas generales no me arrepiento de muchas cosas. Si en el momento las viví fue porque las sentía y porque soy yo. 

–¿Es verdad que se juega como se vive?

–Hay algunos que creo que logran hacer eso. Y otros dicen que trabajan en esto del fútbol, aunque nos haga sentir un amor infinito, y no lo pueden hacer. Es la esencia de cada uno. Esto también se retrotrae a una pregunta pasada que es si sos lo que querés ser. 

–Y en esto de nutrirte como persona, ¿de quién sacás cosas?

–De todo el mundo. Aprendo cuando voy a la carnicería, de mis hijas, de mi mujer, de mis padres, del dirigente que tengo en el club de turno, de los jugadores que me tocan entrenar, de estar informado de las cosas. En general yo soy católico. No soy practicante, pero creo mucho en la palabra de Jesús. Y después he leído mucho de la vida de los samurais y me identifico mucho con esa historia, en sus vivencias. 

–¿Qué te atrapó de la vida de los samurais?

–Hay un código que tenían que se llama el Código Bushido. Y eran siete puntos con los cuales ellos vivían: la honestidad, el coraje, la perseverancia, el respeto, el honor, la lealtad y la compasión. Se apoyaban mucho en el respeto, porque respetaban a los rivales, si bien iban a la batalla a matar. Se detenían en hacer cada paso de la vida con amor y en la lealtad, porque cuando ellos sentían que eran desleales se tenían que matar. 

–Es muy lejano pensar que el fútbol está cerca de esos principios…

–Es muy difícil pensar que en la vida se puedan llevar a cabo estos sostenes de la creencia Samurai porque los mataron. El sistema los eliminó porque no les convenía. Podemos tener gustos e identificarnos con algo estando muy lejos de eso, porque es muy difícil llevar esa vida. El fútbol es el fiel reflejo de lo que son las políticas de cada país. El país está reflejado en cómo está manejado el fútbol. 

Almeyda dejó un gran recuerdo en Chivas.

–¿Por eso no volverías a Argentina a dirigir?

–Cuando vuelva a la Argentina será para vivir otra vida y no en mi profesión. Siempre he querido trabajar la tierra, subirme en un tractor. Pero quién sabe qué pase dentro de unos años. Salí del país para cultivarme de otras culturas, otros lenguajes, otras costumbres, pero no me veo dirigiendo a los sesenta años. A esa edad no me veo dirigiendo, lo mismo que cuando era jugador, porque no tendré la energía de estudiar, de improvisar y tampoco programo tan adelante. No me veo volviendo, a no ser que pase algo extraño. No porque no lo quiera. Lo quiero, lo respeto, pero en el fútbol argentino no se puede jugar con las dos hinchadas. 

–¿En la etapa de River no hubo ni un ápice de goce?

–Era un momento especial. Por eso tuvimos la humildad de traer gente para hacer cosas diferentes, como el caso de Estani (Bachrach) y demostrarnos cómo funcionaba nuestra mente. Yo buscaba rodearme de gente que abarcara la mayor cantidad de variantes en el juego y no que sea todo lo que tiene que ver con una pelota. 

–¿Qué preponderancia le das al miedo en el juego?

–El miedo en el deporte está emparentado con el respeto. El miedo te puede paralizar, o generar presión. Y con presión hay gente que puede responder de buena manera y otra que queda tensa, como atada, y eso demuestra la personalidad de cada ser humano. 

–Y vos como entrenador, ¿cómo hacés para convencer al grupo cuando tenés dudas de algo?

–Yo creo que una de las peores cosas de la vida es demostrarse que siempre sabés todo. Porque yo estuve del lado del jugador y estaba viendo cómo se cambia, qué camisa usa, si se peina, si la cara está relajada o no. Entonces, es hablar con la verdad, porque uno en ocasiones puede tener dudas y se las puede presentar a los jugadores para ver qué piensan de eso. Yo estoy abierto a eso. Mi metodología de trabajo está basada en los jugadores que manejo. 

–El Oveja Hernández (Sergio, el técnico de la selección argentina de básquetbol) siempre recuerda que cuando iba a ver a Manu Ginóbili a Estados Unidos, le sorprendía el respeto que se tenía a la investidura de un coach. ¿En el fútbol te pasó algo parecido cuando llegaste a la MLS?

–En el fútbol hay una cultura de respeto parecido. Esta etapa mía en Estados Unidos me está ayudando en lo personal a crecer, porque imaginate que entreno a un plantel de veinticinco jugadores de los cuales quince o dieciséis son de diferentes nacionalidades. Lo que hace que haya un crisol de culturas, costumbres, de diferentes maneras de vivir el fútbol, lo que me hace a mí, como líder del grupo, tener el desafío de cómo reunirlos a todos a la hora de afrontar un entrenamiento o un partido. Desde ahí nace una experiencia única en tratar de unir, porque una cosa es cuando tenés a uno o dos de distinta nacionalidad en el plantel, que cuando tenés a muy pocos del mismo país. 

–Eso capaz te pasó mucho como jugador…

–Claro. Pero no como técnico. 

–¿Y qué hacés?

–Trato de meterme en la cabeza de cada uno. De investigar cómo se vive el fútbol en sus países, y llegar desde un lugar más humano, para que entiendan que el entrenador soy yo y que me contrataron por algo. Ya sea por mi metodología de trabajo o por mis reglas. Yo escucho mucho al jugador. 

–¿Cuándo dejaste de pensar como jugador para ser totalmente entrenador?

–Hay una cosa a tener en cuenta para explicar eso que es el deseo. Hay entrenadores que desean ser jugadores y entrar a la cancha a jugar. Y otra muy distinta es la del entrenador que jugó y que puede expresar desde la experiencia vivida. De eso uno nunca se olvida. Nadie borra los momentos que vivió dentro de una cancha. Pero cuando yo les digo que fui jugador, lo hago no para decirles que extraño eso, sino para darles un consejo para que no repitan los errores, porque el fútbol es como la vida. Y más allá del cambio de era, de las tecnologías nuevas y todo eso, el sentimiento de jugador no se te olvida. Por ejemplo, por más que yo tenga todos los aparatos para medir en un entrenamiento, yo, al haber sido jugador, me doy cuenta cuándo un futbolista por su postura está hinchado las bolas, o no está al cien por ciento para entrenar. ¿Cómo lo detectás? Cuando estuviste del otro lado. ¿O cuándo te das cuenta que si te exigís un poco más te rompés? Cuando te pasó. Esa parte me ayuda a decirle “¿estás cansado? Bueno, hoy no entrenes porque un partido no me cambia nada”. O consolar a uno que se mandó alguna cagada en el partido porque todos las pasamos. Sin caer en el ‘yo-yo’, porque al jugador le molesta la autorreferencia. Es diferente si yo me paro adelante de un grupo y digo “porque yo hacía esto…” a que lo encare desde el contexto de lo que pasaba en mi época, sin centrarme en mí.

–Y, ¿qué es lo que más buscás en un jugador?

–Lo que más me interesa es que el futbolista disfrute. Cada vez que entramos para praticar o estamos por salir a jugar les repito lo mismo: “Muchachos, no se olviden de disfrutar. A mí me toca hacerlo como entrenador y a ustedes les toca disfrutar de jugar y de pasarse la pelota. Nada más”.

–¿Cuándo te pasó eso de disfrutar siendo futbolista?

–A mí nunca me pasó que me dijeran que tenía que disfrutar jugando a la pelota. Una de las principales razones por las cuales yo me hice entrenador es para inculcar esto. Otro punto muy importante es preparar a un futbolista para cuando deje de jugar. Porque entiendo que le intención sea descubrir a un pibe para formarlo y hacerlo debutar en Primera, pero se están olvidando de un ser humano que a los 35 años debe salir a la vida otra vez a ver qué hace. Hay que ayudarlo a que cuando le toque tenga armas para poder afrontar desde otro lugar y no pateando una pelota. 

–Me quedó eso de que el jugador se fija todo del entrenador, ¿por qué el futbolista es tan desconfiado?

–Porque el mundo te va haciendo desconfiado. Si te viene un amigo nuevo no sabés si viene por interés o porque realmente te quiere. Si viene una novia nueva no tenés claro si es por la fama, porque te quiere o por la plata. Lo mismo con un representante y el dinero. Entonces, lo más fácil es desconfiar de todo el mundo. ¿Cómo lo llevamos los entrenadores? Le damos herramientas para que sepa dilucidar las conveniencias de la gente. O te pensás que al jugador no le molesta el dirigente que viene cuando ganaste, pero que cuando las cosas no funcionan no pisa el vestuario. El futbolista se siente usado muchas veces, otras veces triste. Por eso hay que prepararlo no solo para un pase millonario o para que se destaque solamente en el campo de juego. Los entrenadores tenemos la obligación de darles armas como seres humanos.

Es conocido que un par de años después de haberse retirado como futbolista, Sofía, una de las hijas del matrimonio que Matías formó con Luciana García Pena, fue a hacer un psicodiagnóstico y cuando le tocó hacer un dibujo sobre su familia trazó a su madre como una reina, a sus hermanas como princesas y al ex futbolista de la Selección argentina como un león viejo, enfermo, triste. Ese fue el momento en el que empezó a asumir que debía salir de ese pozo en el que estaba metido. Un mensaje tan contundente de su hija para empezar a salir de ese agujero de tristeza y dolor en el que el Pibe de Azul estaba sumergido.

–¿Cuán difícil es para un tipo como vos darse cuenta que estabas metido en algo peligroso como es la depresión?

–Te va llevando tiempo. No es que un día te despertás y decís “uf, sufro depresión”. Hasta que lo detectás y te volcás a la ayuda profesional te lleva un tiempo. En un momento hasta me criticaban que yo había dicho que tenía depresión. “No te conviene”, me decían muchos allegados, entre ellos algunos periodistas, que sostenían que el haber ventilado mi padecimiento me quitaba opciones para después trabajar. “Yo, con esto, sigo siendo yo”, les respondía, porque sabía que la estaba combatiendo constantemente en un estado depresivo en el que estuve hace casi diez años. No me avergüenza, al contrario, porque ayudás a la gente a que no se meta para adentro, que lo pueda expresar. Y del lado de los jugadores de fútbol lo hablo, porque hay un gran porcentaje que son así, por todo lo que te vengo contando. Cuando vos no jugás más al fútbol el teléfono no suena más. En cambio, después de un gran partido tenías cien llamadas y mil mensajes. El día que perdiste tenés treinta llamados. Y el día que no jugás más con suerte tenés quince, si es que los tenés. Entonces, hay mucha decepción y eso te lleva a la tristeza. Y en mi caso, esa tristeza te hace preguntarte: ¿Para qué estamos? ¿Estaban interesados en mí como persona o como figura? Hay muchos ex futbolistas que se han quitado la vida. Por eso cuando yo digo que los jugadores de fútbol hoy tienen que tener herramientas para cuando dejen, me refiero a que eso es responsabilidad de los entrenadores y de los dirigentes de los clubes en los que están. Hoy por suerte en el fútbol entró la parte de la psicología que los ayuda a los chicos desde temprano. Ahora, hay una duda. La psicóloga o el psicólogo de turno, ¿a quién le da la información que obtiene de lo que habla con el jugador: al entrenador o al dirigente? Y ahí también cometemos errores. Pero hay que afrontarlos, estas cosas que son reales. Y no todo pasa por patear bien una pelota.

–El año pasado, FIFPro (Federación Internacional de Futbolistas Profesionales) sacó una investigación en la cual el 38% de los jugadores sufre depresión o problemas psicológicos, en especial los que atraviesan lesiones graves. ¿Por qué se habla tan poco con un porcentaje tan alto que hace a este problema algo que padece uno de cada dos jugadores?

–Porque por ahí hay un cabeza dura que piensa que si un chico tiene depresión va a rendir menos o no sirve. Y todos guardamos cosas. Por eso está bueno que haya un profesional con quien sacarlas de adentro, porque nos hacen daño. Es clave entender que no toda la gente que te rodea te puede ayudar. No es mi caso, porque a mí me sostuvo mucho mi familia, mi mujer, para poder afrontar esa depresión y sacarla afuera. En el fútbol es un tabú que de a poco va cambiando. Sin embargo, tiene que seguir creciendo en muchos aspectos.

–El punto de partida de que te dieras cuenta de que padecías depresión, ¿fue aquel dibujo de tu hija?

–No. Cuando yo tenía 28 años hablaba con una psicóloga que tenía el Inter. Ella había sido deportista de alto rendimiento y trabajaba con nosotros. En ese momento me anticipó lo que me podía llegar a pasar, y que finalmente me pasó.

–¿Te dejó alguna secuela la depresión? ¿Qué herramientas te dejó?

–Sacarme de encima algo que me hace ruido, que me hace mal y que me puede entristecer, para después bajonearme. Pero hoy no me guardo nada. Digo todo lo que tengo para decir. Tengo la posibilidad de hablar mucho con mi mujer, que me conoce y me detecta cuando arranco en esas crisis. En esos momentos eliminamos todo lo que tenemos adentro y pasa. Hoy lo manejo desde otro lugar. Por eso lo hablo, porque hay gente a la que le va a servir. También el hecho de hacer ejercicio para la gente que sufrió depresión es súper importante para no decaer. 

–Hablás de tu mujer y siento que a las mujeres que acompañan a los futbolistas se les da muy poco mérito a la hora de analizar al deportista en conjunto…

–Es fundamental en la vida de cada uno con quién estás, cómo estas, y más después de tanto tiempo juntos. Con Luciana hace veintidós años que estamos juntos y llega un momento en el que la relación pasa por otros lugares: el escucharte, el aceptarte. Lleva un tiempo entender cómo es cada persona. El hecho de haber vivido casi quince años afuera del país evidentemente nos ha fortalecido. Con nuestras hijas tenemos un gran diálogo, se habla todo, porque creo mucho en el diálogo. 

Después de la montaña rusa de sensaciones que fue el descenso como jugador y el posterior ascenso como entrenador con River, el siguiente paso que Almeyda dio en su carrera como DT fue en Banfield. Un equipo con el que consiguió una campaña récord en cantidad de puntos, que lo devolvió a Primera, y que lo hizo sentir por primera vez que estaba listo para estar del otro lado de la línea de cal. “Ese Banfield fue en el que empecé a ser entrenador. Hubiese sido diferente si dirigía a River con tres años de experiencia. Era otra cosa. En Banfield fue darme cuenta que había gente que estaba al lado mío que no quería que esté más, fue estudiar cosas que antes no sabía, mejorar mi forma de conducción, aprender de mis errores, y después dirigir un grupo muy lindo. La gente con la que trabajé en Banfield fue maravillosa. Ese proceso duró dos años y medio en los que logramos un estilo de juego. Ascendimos sabiendo a qué jugábamos y teniendo futbolistas que disfrutaban jugando a la pelota. Fue un gran cambio en mí como entrenador”

–Y eso te dio la espalda para pasar a un gigante del fútbol mexicano como las Chivas. ¿Con qué te encontraste ahí?

–Con un club que peleaba el descenso, y a los cuarenta días pudimos ganar la Copa MX. Eso nos permitió que nos vieran desde otro lugar. Entrenar solo futbolistas mexicanos (NdeR: Es el único equipo de México que no permite jugadores extranjeros en su plantel) fue una experiencia única porque fue como dirigir una selección. Es un equipo que compite con una desventaja con relación a las contrataciones y al que le cuesta todo el doble porque saben que Chivas solo puede contratar mexicanos. No nos podíamos reforzar mucho, pero acabamos sacando muy buenos jugadores, lo que nos permitió ser un buen grupo, el disfrutar, el ser unidos y que en el fútbol ganamos y perdemos todos. En Chivas estaban involucrados los cocineros, los de seguridad, los jardineros, los psicólogos, los nutricionistas, mozos, utileros, todos esos que no se ven, pero que se sentían parte de un equipo que tiene cuarenta millones de hinchas. El hecho de ganar y de llegar a siete finales en dos años y medio fue algo que no pasaba desde la década del sesenta. 

–Es muy difícil no creértela…

–¡Qué me la voy a creer! En el fútbol no existe eso de creértela. Saliste campeón y arrancaste perdiendo el nuevo torneo y ya tenés dudas otra vez. Era vivir el grupo en sí. El grupo estaba al margen de todo lo que se hablaba, pero tenía mucha seguridad de lo que se hacía, había un convencimiento y una alegría que nos convertía en una familia deportiva. De hecho, me fui hace dos años de Chivas y me sigo hablando de toda la gente de la que te hablé. 

–¿Y cómo es tener a un jefe que es dueño del club?

–En Chivas tenía a Jorge Vergara, que falleció el año pasado, un tipo que era distinto a todos. Este hombre hizo una escuela en la que todos los alumnos entraban al salón descalzos para que se den cuenta de que todos pisaban el mismo piso. Ya con ese mensaje te dabas cuenta de que era espectacular. No existían notas en esa escuela, porque lo que quieren es cambiar la mentalidad. A esa escuela iban muchos jugadores de Chivas, y con Jorge teníamos la certeza de que un jugador que no estudiase, jugador que no jugaba. Yo manejaba todo el fútbol y para mí era un placer tener 43 futbolistas en la universidad. Para mí es muy importante el estudio. En Banfield ya habíamos cambiado un poco las formas, porque Agremiados tenía un plan para que estudien y teníamos dos o tres futbolistas yendo a la universidad. 

–¿Influye mucho en el rendimiento del futbolista ir a la universidad?

–Si yo tengo un jugador que estudia quiere decir que tengo a un jugador inteligente. Si yo hago diez trabajos, y esto que voy a decir lo corroboré: al jugador que estudia, más rápido va a resolver lo que pretendo que haga. Algunos no van a la universidad pero, tienen una inteligencia natural que suplanta el hecho del estudio, pero al resto les cuesta más. Cuando tenés a los mejores y a los más inteligentes es hermoso.

Matías y su sobrina Clarita.

Los minutos del reloj no son eternos y la charla se va consumiendo. Hay un stop en el fútbol y sale un nombre que al Pelado le cambia el endulza el tono de la voz: Clarita. Su sobrina con síndrome de down que fue una de las ‘culpables’ de su cambio radical para dejar atrás los sinsabores del pasado: “Los que tenemos a un chico con síndrome de down cerca sabemos que ellos nos enseñan lo que es una vida pura y llena de amor. La lealtad está en ellos. ¡Qué lejos estamos de ellos en ese sentido! Estamos a años luz en esos aspectos. Con el esfuerzo que hacen las cosas, con la sinceridad que te hablan, porque si te ven feo te dicen “que feo que estas”. Cuando te abrazan con esas manitos gorditas llenas de amor es algo increíble. Gran parte de los cambios en la forma de pensar que tiene mi familia se deben a la aparición de Clarita en nuestras vidas”.

–¿Por qué elegiste Estados Unidos?

–Hacía rato que estaba pensando en venir a este lugar porque con Chivas jugábamos acá muchos amistosos y con diferentes equipos. Cuando salí de River vine a ver una pretemporada a Orlando en la que estaban ocho equipos de la MLS y en ese momento me dije que ya había estado en Europa, había ido a Noruega, Suecia y Dinamarca a estudiar al fútbol de allá, y quería ver cómo era este fútbol. Empecé a interiorizarme, a ver la organización, que el fútbol estaba cambiando eso de traer veteranos que venían a retirarse por jóvenes figuras, y me gustó la metodología de trabajo que tenían que era muy similar a la europea. Muchos lo subestiman a este fútbol, pero tiene un potencial muy grande. 

–Desde el juego, ¿qué te sumó?

–La dinámica, la preparación de cada jugador, físicamente están muy bien, empezaron a cambiar entrenadores y al cambiarlos comenzaron a variar los estilos de juego, se empezó a modernizar el sistema. En la tecnología en el deporte son top, en la organización lo mismo, solo hay que ir modificando el juego para que vayan sumándole cosas a lo que ya saben. Por eso cuando se dio la posibilidad de venir a un club que había salido último, que tiene sólo una cancha para entrenarse, pero que cuando presenté el proyecto confiaron en que podíamos llevarlo a cabo. 

–¿Qué viste en Suecia, Noruega y Dinamarca?

–Eso de verdad es el primer mundo. Por eso quise ir a ver qué era. Y me encontré con que la gente tiene una calidad de vida increíble, en la que todo el mundo puede trabajar, puede estudiar, todo funciona, y Noruega es un país con el menor porcentaje de corrupción del mundo. Eso es lo bueno. Lo malo es que cuando hace frío hace frío en serio. 

El Pelado es el DT del San José Earthquakes de la MLS.

–Me queda la sensación de que si el Matías Almeyda jugador se hubiera cruzado con el Matías Almeyda entrenador habría disfrutado más del fútbol…

–Por eso me hice entrenador. En el fútbol viví cosas muy lindas como futbolista. Jugué en grandes equipos, tuve grandes compañeros, aprendí otro idioma (italiano), tuve la suerte de ser campeón en los equipos en los que jugué, estuve en Mundiales, tuve una linda carrera. Pero creo que pude haberla disfrutado desde otro lado. Por ejemplo, en Italia me nombraron como el mejor jugador del Calcio (NdeR: en 1999 la revista Guerin Sportivo lo condecoró con el Guerín de oro, como el mejor jugador del año por su desempeño en la Lazio) y yo ni bola le di. Hoy sirve para contárselo a los más íntimos, pero en ese momento pasó. Por eso les inculco a mis jugadores que disfruten porque todo pasa muy rápido, cuando te querés acordar se terminó. Algunos siguen por gusto, otros por necesidad y otros que no saben qué hacer. 

–Si tuvieras que elegir un partido de tu carrera para volver a jugar, ¿cuál eligirías?

–El Argentina-Inglaterra del 98. Fue mucho más que un partido de fútbol. Todos los sentimos así, lo jugamos con un sentimiento de defender la bandera con el deporte como excusa. Sabíamos que íbamos a alegrar a un montón de gente. 

–¿Cuatro años después fue la peor decepción?

–Nunca una Selección había llegado universalmente como candidata a ganar el Mundial. No sé si era el mejor, pero era muy bueno. A nosotros nos faltó Maradona o Messi, tuvimos la mala suerte de estar entre el retiro de Maradona y la llegada de Messi. Por línea éramos muy fuertes, teníamos una gran defensa, en la mitad de la cancha teníamos todo, adelante era muy potente. Pero en el ataque nos faltaba el diferente. 

–Si tuvieras que darle un consejo al pibe que empezó a correr detrás de una pelota en Azul, ¿qué le dirías?

–No hagas lo que no te gusta que te hagan. Caminá derecho. Y disfrutá cada paso que des sin cargarte tanto la mochila con respecto a mucha gente.