Emile Griffith

A los puños por la igualdad

Campeón del mundo en cinco oportunidades, Emile Griffith sobrellevó una carrera de casi 20 años observado por su sexualidad.

Una sola palabra desató la ira: “Maricón”. Ese término, cargado de sexismo, apagaría una vida. Así llamó Bernardo Paret a Emile Griffith antes de la pelea que sostuvieron el 24 de marzo de 1962 en Nueva York. Arriba del ring del viejo Madison Square Garden, ubicado sobre la Octava Avenida, el agravio del cubano desató una furia de golpes que se sucedieron salvajemente hasta matarlo. Los últimos seis segundos de la pelea fueron casi una veintena de puñetazos de Griffith a Benny Kid, que cayó inconsciente y permaneció en ese estado terminal durante más de una semana hasta su muerte.

En la actualidad, manifestar una condición distinta a la heterosexualidad en el deporte de alto rendimiento es todo un desafío. Pensar en lo que eso implicaba en la década del 60 del siglo pasado para un boxeador negro en una sociedad estadounidense todavía muy cerrada ante las minorías pone en perspectiva la carga que arrastró quien sería cinco veces campeón del mundo.

“Nunca asumió su condición de gay, sino que, por el contrario, lo enfurecía fuertemente y buscaba mantenerlo en el terreno de una verdad oculta. Había un prejuicio social altamente significativo. La homosexualidad en esa época era algo censurado, incluso  en la Estados Unidos, donde recién entrados los 70 se impusieron las marchas del orgullo gay”, contextualiza Ernesto Cherquis Bialo, en diálogo con Enganche. En este sentido, también consultado por esta publicación, Carlos Irusta lo recuerda como “un adelantado a su época, porque fue el primer boxeador, aunque ya retirado, en participar de esas celebraciones por la igualdad”.  

Ocultar la real identidad implicaba un todo un esfuerzo y, además, se imponía como un resguardo deportivo, por el concreto riesgo de ser rechazado por los promotores y quedar marginado de las veladas más destacadas. Griffith se mantuvo tras ese velo toda su carrera para no ser apartado de los cuadriláteros más cotizados; y ahí permaneció casi toda su vida. Pocos años antes de su muerte solo se atrevió a mencionar que gustaba tanto de los hombres como de las mujeres a la hora del sexo.

Griffth, en los inicio de su carrera. Fue profesional de 1958 a 1977.

“La condición machista del boxeo, en aquel mundo de hace varias décadas, tan diferente al nuestro, hizo que aquel grito de maricón durante el pesaje resultase altamente ofensivo. De todas maneras, no creo que la muerte de Paret haya sido buscada por aquello, sino producto del mal boxeo que permitía esas peleas. Sí seguramente Griffith lo haya golpeado con más saña”, repasa Irusta.

La pelea, con su cruento desenlace, fue transmitida en directo. Millones de televidentes fueron testigos de un castigo letal y escalofriante. El costo fue alto porque el boxeo vio afectada su exposición en la pantalla y por tanto los beneficios económicos se vieron retraídos en algunos casos.     

“Benny Kid Paret fue una de sus víctimas”, esboza Cherquis antes de reflexionar sobre aquella tragedia: “Lo que ocurrió no puede atribuirse a la pasividad o permisividad del árbitro. Tampoco a una intencionalidad de Griffith. El público subrayaba estas acciones como parte del tono emocional y dramático de una pelea. Eran boxeadores muy requeridos, como lo habían sido Jack La Mota o Rocky Marciano”.   

Dos de las 14 defensas del centro de los medianos de Carlos Monzón fueron ante Griffith. Cherquis recuerda que la segunda, en 1973 en Mónaco, tuvo en jaque al santafesino: “Aquella fue la primera vez que Monzón preguntó cuánto faltaba y le pidió a (Amilcar) Brusa que estuviese atento para tirar la toalla, porque estaba extenuado. Monzón ganó la pelea porque Brusa fue motivándolo y así manteniéndolo en pie, pero si Griffith hubiese tenido diez años menos podría haber ganado la pelea. En esa época ya era puro oficio y había dejado de lado dos cosas fundamentales para cualquier boxeador: el deseo de alcanzar la gloria y ganar mucho dinero”.

Griffith y Monzón en la primera pelea entre ambos, en el Luna Park en 1971.

Griffith, que murió en el año 2013 y fue quíntuple campeón mundial por el Consejo Mundial de Boxeo y la Asociación Mundial de Boxeo, además de cruzar guantes con Monzón peló con otros argentinos: en tres ocasiones se enfrentó con  Jorge Fernández (dos veces en 1960 y otra en 1962) y luego lo haría con José Luis Durán y José Roberto Chirino (ante ambos en 1975).  

Irusta y Cherquis Bialo, dos referencias ineludibles del periodismo pugilístico, tuvieron la chance de dialogar con Griffith en distintas oportunidades y resaltan la bonhomía de un hombre “agradable, sencillo, amable, atento, cordial y muy simpático”. “En las entrevistas estaba en guardia esperando las preguntas sobre su sexualidad para darlas por finalizadas”, recuerda Cherquis, que antes de la primera pelea con Monzón viajó a Nueva York para entrevistarlo y terminó dentro de una fiesta privada que contó con su estilo en las páginas de El Gráfico. De aquella farra lo recuerda con un atuendo extravagante y las uñas largas y pintadas.

En el extenso peregrinaje de aceptación a la diversidad, Orlando Cruz no carga con la mochila que padeció Griffith. Así, en el año 2012 manifestó su verdad en un comunicado: “He estado boxeando por más de 24 años y mientras continúo mi ascendente carrera, quiero ser fiel a mí mismo. Quiero tratar de ser el mejor ejemplo que puedo ser para los niños que ven al boxeo como un deporte y como carrera deportiva. Siempre he sido y seguiré siendo un orgulloso puertorriqueño. Siempre he sido y seguiré siendo un orgulloso hombre gay. No quiero esconder ninguna de mis identidades. Quiero que las personas me vean por el ser humano que soy. Soy un deportista profesional que siempre trae lo mejor de sí al cuadrilátero. Quiero que la gente me siga viendo por mis destrezas en el boxeo, mi carácter y mi buena conducta deportiva”.

Cruz participó de los Juegos Olímpicos de Syndey y tuvo dos combates por títulos mundiales aunque sin lograr hacerse con el cinturón el juego. Como parte de la visualización de su colectivo en más de una ocasión peleó con shorts que replicaban la bandera del arcoíris que identifica a la comunidad LGBT.  

De todas maneras, luchas por la igualdad como la que dio Cruz, que se retiró a comienzos de este año, todavía no alcanzan para lograr la plena aceptación en una actividad deportiva donde la homosexualidad sigue percibiéndose como una condición impropia.  

En tiempos en los que la hipocresía se imponía sin contrapesos, Irusta recuerda con maestría el pernicioso mensaje que flotaba: “Emile Griffith quedó resumido desde su propia mirada al sentenciar que no entendía a una sociedad que lo celebraba por haber matado a un hombre en el ring y lo descalificaba por su manera de amar”.