El Enviado

En busca de los orígenes del fútbol (1)

">
El Enviado, en una tarde inspirada por el dolor, nos revela las genealogías de un ocaso y de un origen: el ocaso del más misterioso de los juegos, el amor; y del más maravilloso de los juegos, el fútbol.

En la relación maestro-discípulo el logos suele surcar las aguas de lo que Platón llamaba “segunda navegación”, ese afán en que las perplejidades, tal vez por su propia inherencia y profundidad dejan fuera de la relación, acaso paradójicamente, la confidencia. Como no se entendió un carajo lo que dije lo digo de modo más simple: a veces entre el discípulo y el maestro no hay lugar para la confesión de intimidades.

Sin embargo, esa tarde la mirada húmeda del Enviado me obligó a enunciar una pregunta, que intenté formular respetuosamente:

–Maestro, tanto nos une, tanto nos convoca, y jamás le pregunté si está en pareja…

Ah…qué pronto me arrepentí de esa bienintencionada pero lacerante inquisición. Vi en los ojos del Iluminado el inequívoco brillo opaco de quien ha sido malherido por la cosas del querer. Se puso rápidamente de pie, y mirando a los niños que poblaban la plaza comenzó a advertirles, como un padre obsesivo, sobre los peligros que acechaban en cada juego.

–Tengo más trabajo que Topa en las vacaciones de invierno – me dijo, con ese tono que jamás permitía saber si se estaba en presencia de una humorada o de una lacónica sentencia.

Cuando ya pensé que mi pregunta sobre su situación afectiva había sido desviada de la conversación, el Enviado me devolvió al centro de drama amatorio.

–Pasé por las cuatro etapas del “no te quiero más”…

Esas mieles que el Maestro proponía como trampa tenían en mí a uno oso torpe listo para caer en ella.

–¿Las “cuatro etapas del no te quiero más”? ¿De qué habla? Parece el nombre de un libro de autoayuda…

Sí… de hecho hace unos años intenté escribir un libro de autoayuda, pero me interrumpió la inteligencia y tuve que abandonar… las cuatro etapas del “no te quiero más” son, en ese orden: yoga, bachata, tango, teatro…

Mi silencio le hizo saber al gurú que necesitaba, aunque la intuía, una explicación de ese in crescendo abandónico.

–Yoga: la primera señal. Uno celebra la iniciativa porque cree que hay en ella una necesaria búsqueda de paz y armonía espiritual, pero pronto advertimos que las posiciones que se adoptan en esos ejercicios posturales apenas difieren de las del kamasutra, y la inspección de chakras no se distingue, para nuestro profano criterio, del liso y llano franeleo. Cada cosa que decimos empieza a ser etiquetada de superflua, como una mera efusión del Samsara, mientras los mantras usurpan las viejas charlas entre mate y bizcochitos. No somos, parece, todo los espirituales que nuestra compañera necesita. Segunda señal: bachata. Aquí ya sabemos que ese dudoso instructor caribeño tiene más fuego en su cuerpo que Roma bajo Nerón, y percibimos en nuestra amada, al regreso de esas clases, una sonrisa que no le veíamos desde aquella noche en que contempló sobre nuestros hombros, en Vélez, a Luis Miguel cantando “Entrégate”. No somos, parece, todo lo fogosos que nuestra compañera necesita. Tercera señal: tango. No hay retorno posible de esas “eses” de piernas que parecen haber nacido para entrelazarse; las pantorrillas de ¿nuestra? mujer se inflaman de pasión arrabalera, al tiempo que uno de sus muslos se revela como el lomo de una ballena en el mar. Intentamos un vano y penoso ardid: ir a buscarla a la salida del ensayo, y nos parece ver a un bailarín que combina la virilidad de Julio Sosa con la belleza de Brad Pitt. No somos, parece, todo lo viriles que nuestra compañera necesita. Cuarta y definitiva señal: teatro. Última página de lo que alguna vez fue amor; nuestra amada descuella actuando en una obra de teatro independiente que cuenta las peripecias de una mujer harta del mediocre de su marido. No somos, definitivamente, lo que nuestra compañera necesita. Luego, como la inevitable conclusión de un teorema, escuchamos de esos labios que alguna vez encendieron los nuestros la frase lapidaria: “ya no te quiero más”…

Tremendo silencio, de esos que se escuchan como bombas. Por primera vez desde que lo conocí me animé a abrazar al Maestro, que estaba sitiado por la congoja.

–No se aproveche de un hombre herido, no es momento…- me dijo.

–No, no…es que…no esperaba semejante revelación…

Ansioso por salir del pantano en que lo había metido, tiré al aire una iniciativa atolondrada, pero lo suficientemente fuerte como para convocar las potencias narrativas del Despierto.

–Hablemos sobre los orígenes del fútbol…

Si algo tenía el Enviado era una capacidad casi sobrehumana para pasar de un tema a otro con igual pasión y sapiencia. Enseguida se secó unas lágrimas, se sonó la nariz en dirección al pasto, y se prestó al juego:

–¿Usted habla de los orígenes míticos o históricos?

–De ambos – dije, sabiendo que optar por alguno era arriesgarme a perder un tesoro.

–Hay un mito arquetípico que forma parte de varias culturas, con sus respectivas peculiaridades. Dice que en el principio de los tiempos la Tierra estaba habitada por gigantes que vivían apaciblemente en una edad de oro, gozando de su mutua compañía y de los dones que la naturaleza prodigaba en abundancia. Pero un día, uno de ellos se creyó tan alto que percibió ese entorno paradisíaco indigno de su grandeza. La soberbia orfebre fue trabajando sus deseos, hasta hacerle pensar que esa apetencia solo podía ser satisfecha conquistando los cielos. Al ver este desafío al orden divino uno de los dioses, iracundo, tomó en sus manos la Luna y la arrojó a la Tierra para acabar con los gigantes. Entonces ocurrió lo impensado: uno de ellos le pegó a la piedra cósmica una patada y la rechazó nuevamente hacia los cielos. Allí, una de las divinidades la paró con el pie, y vio con gozo que ese ida y vuelta entre pies y un objeto esférico podía ser maravilloso. Así se inventó el fútbol, los gigantes fueron perdonados, y al gigante soberbio, que era medio gordo, lo mandaron al arco…

La verdad, no me pareció gran cosa el mito, y ya tenía la suficiente confianza como para decírselo al Maestro.

–Medio pedorro el relato, Enviado…

–Y sí… Bueno, Homero hubo uno solo…o varios, mejor dicho, según sostienen los investigadores. Igual lo que está bueno es cómo cada cultura le agrega al relato su propia cosmovisión. Los uruguayos dicen que hubo dos gigantes que fueron a trabar antes de patear el meteorito, los brasileros dicen que el gigante la paró de pecho, los italianos dicen que todos los gigantes se salvaron porque estaban cuidándose de no ser atacados, los alemanes dicen que les terminaron ganando a los dioses, los franceses dicen que la Luna fue deconstruida en un debate entre gigantes y que, además, los dioses no existen… Incluso algunos lo usan para explicar el origen de otros deportes: que la Luna fue devuelta con una raqueta, o lanzada con la mano, o con ambas manos, o que al ataque con la Luna respondieron tirando jabalinas… No es un gran mito poéticamente hablando, pero tiene una gran utilidad antropológica…

–Ah… ¿Eso es como la semana pasada, cuando hablamos de las interpretaciones culturales de las imágenes del VAR?

–No – me dijo el Enviado, apodíctico.

–Bueno… ¿y qué me puede decir de los orígenes históricos del fútbol?

–Los orígenes históricos se dividen en dos clases: los hechos históricos que no siendo futbolísticos generaron simbólicamente la condición de posibilidad del fútbol, y los hechos históricos que literalmente produjeron prácticas que pueden ser consideradas antecedentes del fútbol…

–Hablemos de la primera clase…- lo alenté.

–El primer partido de fútbol de la historia fue, sin dudas, la batalla en el estrecho de las Termópilas, esa en que trescientos espartanos se la aguantaron frente al ejército persa. Allí se prefiguraron las características esenciales de lo que después el fútbol terminaría de consumar: el equipo chico que enfrenta al poderoso, la voluntad y la virilidad que pueden neutralizar la habilidad y los recursos, la identificación sagrada con los compañeros, la fe en lo imposible, el compromiso existencial con el enfrentamiento, el amor sagrado por los antepasados, el anhelo humano por vencer las garras del destino, los ciegos avatares del azar, el oprobio eterno para quien se excusa para no estar…recordemos la triste historia del “cobarde Aristodemo”…

–Enviado, no se enoje, pero no me parece bueno que se compare un partido de fútbol con una guerra, especialmente en tiempos tan hospitalarios con la estupidez violenta como éstos…

–¿Y con qué quiere compararlo, con una fiesta de 15? No soy tan mamerto ni descerebrado como para comparar al fútbol con la guerra en sentido literal, ni quiero darles pasto a los que creen que los partidos son “a matar o morir”. Mucho mal le han hecho al fútbol y a sus hinchas esas analogías feroces, que dicho sea de paso tienen a flor de labios quienes luego piden que el fútbol sea visto solo como un juego. Si actualmente las redes sociales son más importantes que las redes de los arcos no es un problema del fútbol. Pero los desbordes de la estupidez no podrán jamás abolir lo que la sabiduría ha enseñado para siempre: que hay en el fútbol una épica, un tipo de sacralidad, una ética y una estética que no está en ninguna otra práctica deportiva humana. El fútbol es dramático y por eso es tan grandioso. Quienes dicen que solo es un juego no tienen de lo que es un juego, o en tal caso no tienen idea de que el amor y la vida también lo son. Quienes quieren desdramatizar el fútbol piden ni más ni menos que desfutbolizarlo…bueno, no sería paradójico, después de todo, en un mundo de leches deslactosadas, cafés descafeinados y relaciones poliamorosas. Pero el fútbol es maravilloso porque es dramático, por eso merece la literatura…si la guerra de Troya se hubiese resuelto por medios diplomáticos la Ilíada duraría media carilla…

El Enviado giró como para acomodarse en el pasto, tal como hacen los perros antes de dormir. Con cierto desgano en la voz dejó, no obstante, otra aseveración como apotegma.

–”Brasil – Argentina”, mundial del 90… la “revancha” de las Termópilas…- dijo, y en bella metáfora se mimetizó con el verde césped.