Juveniles

Entre la necesidad y la confianza

Chicos que dejan muy tempranamente sus hogares, necesidades económicas que empujan y aspiraciones que se tornan un mal sueño, son situaciones habituales en el fútbol juvenil.

El anhelo se había transformado en asfixia, aunque el amor por el fútbol seguía ahí latiendo con fuerza. Haber sacrificado buena parte de la niñez y la adolescencia había tenido un alto costo y necesitaba saldarlo. Hernán Rosales [foto de portada] había dejado a su familia en Termas de Río Hondo cuando tenía 9 años para irse a vivir a la casa de un dirigente de River al cual sus padres le habían otorgado la tutoría. La aventura en el Millonario duró menos de dos años y lo que siguió fueron 8 en Argentinos Juniors. En la pensión del Bicho le faltaba más de lo que tenía. A los 19 años no aguantó más. Necesitaba volver cerca de los suyos. Consiguió quedarse con el pase y sin avisarle a nadie se fue a probar a Atlético Tucumán, un destino para sostener el sueño de la Primera División y estar cerca de su familia en Santiago del Estero. Hoy, en la Reserva del Decano y en gestiones para firmar su primer contrato, el fútbol otra vez recobró el aire de ilusión y desafío.

Sergio Agüero y Diego Maradona son los únicos dos futbolistas en haber debutado en la máxima categoría del fútbol argentino con 15 años. Tal vez lo mismo suceda con Juan Gauto, a quien Israel Damonte promovió al plantel profesional de Huracán en su desembarco como técnico del club de Parque Patricios. El pibe que nació en Corrientes y se crió en Santa Cruz con su mamá y sus cuatro hermanos nunca conoció a su padre. Pasó hambre. A los 11 años se vino solo a Buenos Aires y se instaló en la pensión del Globo. “Ojalá le pueda comprar una casa a mi mamá”, le responde a Enganche ante la consulta acerca de qué es lo primero que le gustaría hacer si el rodar de la pelota le permitiese tomarse revancha de las penurias económicas.

El fútbol argentino es un ámbito de precocidad. Es larga la lista de chicos que debutaron con edad de estudiantes de colegio secundario. Aunque en el curso de la adolescencia la capacidad técnica sea destacada y el conocimiento táctico el suficiente, el desarrollo físico y la madurez mental resultan procesos incompletos. La administración de esos talentos prematuros requieren de una contención que genere un ámbito que es difícil encontrar en las permanentes urgencias de nuestro medio futbolístico. La frontera entre la confianza y la necesidad a la hora de mandar a los chicos a la cancha se vuelve difusa.

Darío Sarmiento, en Estudiantes; Matías Palacios, en San Lorenzo, y Yoel Juárez, en Aldosivi, debutaron en 2019 con 16 años. Mientras que Sarmiento y Palacios siguen en consideración, la situación de Juárez es distinta: en marzo de 2019 jugó 24 minutos contra Colón y 25 ante Atlético Tucumán, partido en el que fue expulsado. Después de esa tarjeta roja, solamente volvió a ir al banco una vez, recién en julio, y desde entonces no volvió a firmar planilla en el Tiburón. La desazón de una situación así puede tener consecuencias demasiado negativas.

“La edad es relativa, pero lo que importa es la madurez adentro y afuera de la cancha, que son distintas. A veces ser maduro afuera de la cancha hace que a la hora de jugar falte esa cuota de inconsciencia que necesita alguien joven para dar sus primeros pasos en el fútbol profesional con todo lo que eso implica. El desafío es lograr un ámbito que le sea favorable al chico para debutar. Si lo tirás a las apuradas, porque las necesidades son tuyas como entrenador, seguramente lo terminás perjudicando. Puede pasar que en un ámbito desfavorable aparezca un joven que se destaque, pero tiene que ver más con la casualidad que con la causalidad. El frenesí del fútbol argentino no suele dar tranquilidad, hay que tener cuidado que eso no perjudique a los chicos”, le explicaba Diego Markic a Enganche.

Tantos son los pibes que debutan antes de ser mayores de edad que todo se anticipa. Entonces un chico que superó los 19 años y al que todavía no le llegó su estreno se siente un juvenil veterano. Sobrevuela el prejuicio de que si a esas edad no desembarcó en el fútbol profesional es porque ya no podrá insertarse. Digo Milito debutó en Racing seis meses después de cumplir 20 años, luego estuvo diez temporadas en Europa, fue la figura excluyente de una final de Champions League y mundialista en Sudáfrica.

El ciclo más exitoso de las selecciones juveniles argentinas estuvo ligado a la gestión de José Pekerman. Las conquistas de los Mundiales Sub 20 de 1995 y 1997 puso a muchos juveniles en un foco de atención que antes no tenían. Acaso todo el desgaste desde aquella primera exposición haya sido el motivo de varios retiros jóvenes, como los de Joaquín Irigoitía, Gustavo Lombardi, Mariano Juan y Markic, que dejaron la actividad antes de los 30 años o apenas superada esa edad.

“Mi vivencia en el fútbol me hizo pensar que el jugador atraviesa tres etapas. La primera es hasta los 23 o 24 años que te seguís sintiendo chico y hay mucho más desparpajo. De los 24 a los 28 te volvés más analítico, con una experiencia que te permite entender mejor las cosas de adentro y de afuera; entonces hay cosas que te casan y cuestiones que te replanteás. Llegando a los 30 es cuando se siente el desgaste, pero se disfruta porque sabés que te queda menos. Tal vez esa última etapa sea la que más disfrutás, pero yo no la viví porque siempre tuve en mente retirarme joven a partir de otras inquietudes. El fútbol me consumía mucho desde lo mental. Sin embargo, después recuperé esa pasión por el gusto de dirigir y es raro, porque como técnico sufrís más que como jugador. El fútbol tiene una adrenalina que cuando no lo tenés, la necesitás”, repasa Markic.  

Aun con los problemas estructurales y la situación económica que hoy condicionan más que nunca, los clubes argentinos siguen formando grandes jugadores. Cómo administrar esos talentos sin dejar de ver en el futbolista joven a un chico con las problemáticas propias de su edad, es el desafío. Generar las condiciones para que los pibes de 10 o 12 años no tengan que dejar sus casas, también.