Estanislao Bachrach

Guía para entender que el cerebro prefiere tener razón a ser feliz

El doctor en biología molecular defiende la importancia de la flexibilidad cognitiva, una característica importante para que los deportistas entiendan porqué hacen lo que hacen y en los momentos en los que lo hacen. El miedo, la calidad de lo que pensamos y qué pensamos en los momentos claves siempre con un protagonista de fondo: el cerebro.

Cuando hacía doble turno, sin que nadie supiera, en los laboratorios de Harvard no se imaginaba que un par de años después se encontraría en el Delta de Tigre tratando de ayudar al River de Matías Almeyda a volver a Primera. Estanislao Bachrach no tuvo ni la opción de elegir cuando lo fueron a buscar un par de barrabravas (que lo habían escuchado en un programa de radio) a la puerta de la Universidad en la que daba clases para “pedirle” que se acerque al grupo para aportar su granito de arena en una situación que tenía al Millonario a un triunfo del respiro o a un mal resultado de expandir un sufrimiento que no entendía de razones. Y vaya paradoja, porque días más tarde fue presentado al plantel, al que le habló de miedos… Ese instante se transformó en la puerta de entrada a un deporte de alto rendimiento que lo tiene hace ocho años hablando de procesos para cambiar la cabeza

En el medio de una pandemia como la del COVID-19 que cambió la historia del deporte, el biólogo molecular atendió a Enganche para explicar la importancia del cerebro en el desarrollo del deportista, el papel del sufrimiento o los efectos que causan el éxito y el fracaso en el día a día de la alta competencia. Porque como dijo el autor de libros que fueron best sellers (Ágilmente) cuando se paró frente a su único plantel de fútbol: “Gente, el cerebro es así, y cuando ustedes patean una pelota, la pelota pasa por seis lugares distintos del cerebro. Acá están las emociones, acá está la experiencia, acá está la rutina“.

–¿Qué fue lo que más te sorprendió del vestuario de River en aquella oportunidad?

–Mi mirada es muy sesgada porque solo estuve con ese plantel del River de Almeyda desde la última semana de la B Nacional, antes del partido con Almirante Brown. Y contrariamente encontré una apertura total de los jugadores a querer aprender. Probablemente, siendo honesto, por una necesidad de salir de un pozo en el que estaban. No creo que sea porque yo fuese la persona indicada, sino que cualquiera que estuviese parado ahí enfrente, no importa si fuese un pastor evangelista, un biólogo molecular o un psiquiatra, para ellos era lo mismo. Yo era una persona ajena del mundo del fútbol, llegué sin soberbia y con empatía. Les dije que tenía herramientas con las que íbamos a trabajar una semana y, además, Almeyda me presentó de una manera que generó mucha confianza.

No se detiene Estanislao, sus formas de contar atrapan y es imposible atreverse a cruzarse en su camino de enseñanzas: “Él era mi jefe (Almeyda), yo me puse atrás de él, porque es muy importante donde te ponés: ‘Muchachos yo tengo unas herramientas y las vamos a usar en este semana que nos queda. Matías me contó un poco lo que está pasando y vamos a hacer unos diagnósticos. Es muy sencillo’, eso les dije. Sin generar tantas expectativas, porque creo que dada la situación en la que sólo servía ganar para ascender estábamos desesperados y cuando uno está en el final del túnel agarra cualquier cosa. Yo creo que si hubiese agarrado a mitad de la B Nacional me hubiesen dado menos bola”.  

–¿Por qué te hubiese costado entrarles un poco más?

–Mirá, creo que después se vio reflejado lo que pienso ya estando en Primera. Porque a los tres meses de empezar a trabajar con ellos en la A los jugadores se juntaron todos en el vestuario y me echaron. Me echaron bien, simpáticamente. “No te necesitamos más”, me dijeron. Con lo cual ahí dice mucho del jugador, porque en situaciones de gran necesidad creemos que la herramienta funcionó, pero que ahora que estamos tranquilos no te necesitamos más. Lo cual dentro del trabajo que hoy hace [Marcelo] Gallardo con Sandra Rossi, que es una gran profesional, demuestra que el trabajo a largo plazo también funciona. Porque el cerebro, como todo, mientras más lo entrenás más beneficios sacás, como todo. 

–Entre las muchas cosas que leí de tus estudios, me llamó la atención que afirmás que si un chico te pide que lo ayudes a hacer la tarea y lo accedés, lo que menos estás haciendo es ayudarlo. ¿Cómo hiciste para llegar a un deporte tan cerrado como el fútbol y que se entendiera el mensaje?

–Primero es mentira que todos los futbolistas saben pegarle a la pelota. Siempre se le puede pegar mejor. Sino que además, el entrenamiento de fútbol no es sólo pegarle a una pelota. Hay técnica, que siempre es mejorable, hay táctica, hay físico, hay nutricional, hay mental, médico, un montón de herramientas. El tema con esto de pensar es que cuando vos repetís un montón de veces un ejercicio sin saber por qué lo estás haciendo, el gesto se automatiza en la cabeza y probablemente lo hagas bien. Ahora cuando tenés el por qué y el para para qué lo hacés, el aprendizaje puede ser mayor. A partir de ahí podés generar algo que se llama ‘flexibilidad cognitiva’, que es nada menos que el “yo sé hacer esto, entiendo por qué lo hago y eso me permite no hacerlo en algunos momentos o hacerlo diferente en otros”. Si vos lo repetís y lo repetís, en algún momento del juego, cuando el rival te cambia la estrategia, o el partido se da vuelta, vos vas a seguir repitiendo ese gesto cuando por ahí no te sirve más.

Bachrach se mete en cada tema con un vértigo que invita a correr a ese ritmo sin respiros: “Hoy se entrena lo que se llama la inteligencia del jugador, que es cuando más le explicás al jugador por qué hacemos algo de determinada manera, o en determinado momento, el jugador –no todos– va incorporando otra mirada dentro del mismo partido. Hay jugadores, y eso que yo no soy futbolero, pero no necesitás serlo para darte cuenta que [Juan Román] Riquelme era un jugador inteligente. Él solito se daba cuenta de lo que debía hacer para cambiar el partido.

–Hace poco un entrenador decía que los mejores equipos eran los que más jugadores inteligentes reunían en la cancha…

–(Interrumpe) A eso le sumo que hay muchos trabajos en los que se pretende tener el veinte por ciento del personal inteligente ya es suficiente. También hay que definir qué es ser inteligente. Pero con ese porcentaje alcanza, porque no necesitás que todo el mundo tenga clarísimo a qué estamos jugando, sino que es suficiente con que tu columna vertebral lo sepa y guíe al resto. 

–¿Y cómo se le hace entender al deportista la importancia de entrenar al cerebro?

–Yo creo que mientras más joven es, más fácil resulta. Los millenials, o los centenialls, que son los grupos etarios con los que estoy trabajando, ya están seteados y saben qué es importante. A ellos, los de 18 o 19 años, les da menos pereza incorporarlo que al de 30 que ya hace físico, duerme la siesta, mira la novela y entrena doble turno. Ellos me lo decían “eh, uy ahora no, otra vez vos, prefiero estar con mi familia”. Mi herramienta, muy sacada de mi docencia, siempre me gustó dar clases, es explicarle el por qué del ejercicio. Por qué vamos a hacer el ejercicio, para qué sirve, qué parte del cerebro se va a activar, qué debería pasarle, cuánto tiempo nos va a llevar.

La explicación de Estanislao sobre el comportamiento del futbolista es una guía perfecta para tratar de entender la lógica que aplica el deportista vinculado al fútbol: “El jugador tiene mucho del “¿cuánto vamos a tardar haciendo esto?”, por eso hay que ser muy respetuoso con los tiempos. Si yo dije “vamos a trabajar 20 minutos” a los 20 minutos se terminó el ejercicio porque si te pasás a 40 minutos, el jugador después no quiere venir. También en decirles si hay ciencia o no detrás del ejercicio, porque hay algunos que les digo “esto se practica en  la Roma, o esto se hace en el rugby, en el tenis y vamos a practicarlo acá”. La sinceridad ante todo. Y siempre terminar en ronda para ver qué nos pasó. Hay veces que alguno no sintió nada, pero otro capaz que salta y dice algo. Me acuerdo que Almeyda me decía “es la primera vez que escucho hablar a tal”. Eso empieza a mostrar varios aspectos de un equipo, como distintos liderazgos, que los más chicos se animen a hablar con los más grandes, y eso empodera otras cosas de los jugadores. No sólo desde lo mental, sino desde la visión del equipo”.

–¿Cómo le bajabas toda esa información a Matías?

–La gente me atribuye una cualidad que es el poder explicar lo complejo de manera sencilla. Eso es un poco mi pasión. Poder sacar de la neurociencia o de la biología molecular herramientas en un idioma y tratar de llevarla al idioma del fútbol, de la calle, de una empresa o de Doña Rosa. Es un poco a lo que me dedico. Con el cuerpo técnico nos reunimos, estaban [José] Chamot, [Gabriel] Amato, el Profe Alejandro Kohan que sigue laburando con esto y es un tipo muy culto, y era una charla de café. Lo que pasa es que Matías tenía muchas presiones, la cabeza colapsada y él confiaba en mí. En algunos trabajos él estaba y en otros yo le pedía que no estuviera para que los jugadores estén liberados, y él me respetaba. También, estratégicamente, cada vez que terminaba el trabajo yo le pedía a él que hablara, que cerrara todo lo que hicimos para relacionarlo con el fútbol. ¿Y sabes qué? Él escuchaba y en diez minutos te resumía todo lo que había pasado, entendía todo. Y el jugador decía “estuvo bien lo que hicimos”, porque no estaba colgado de una palmera, sino que tenía que ver con la situación qué estaban atravesando.

–El deportista de primer nivel es muy desconfiado…

–Yo escuchaba todo el tiempo eso, pero tuve la suerte de entrar en ese momento dramático y de presentarme en el Delta del Tigre de manera sencilla. Saqué los pergaminos: estudié en Harvard, les hice un dibujito del cerebro y hablé un poco. Me acuerdo que en la lancha colectivo, y como soy muy apasionado con lo que hago, traté de no abrumarlos. Esto no es la Universidad. Son dos o tres conceptos y que se vayan a dormir. Como convivimos una semana, ellos en las comidas se me iban acercando de a uno, me hacían preguntas, les expliqué que no estaba para hablar de sus cuestiones personales porque no era psicólogo. Lógicamente los podía escuchar como ser humano, como Estanislao, pero no como profesional, y eso ayudó mucho a que ellos entendieran que, lo voy a decir en criollo, eran herramientas que servían para llegar menos cagado al partido.

–Ahí tocaste un tema que es vital, ¿cuánto influye el miedo a la hora del rendimiento a la cancha? Michael Jordan suele decir, en una parte de su libro “Mi filosofía del triunfo”: ‘nunca tomo en cuenta las consecuencias de fallar un tiro importante. ¿Por qué? Porque cuando se piensa en las consecuencias siempre se piensa en un resultado negativo’.

–Según la biología es casi imposible. Tener miedo es normal y hasta es bueno. El miedo te pone en una situación de alerta, y esa alerta te genera ciertos neurotransmisores que te hacen enfocar en el rival, en la cancha, en la estrategia, en todo. Cierto miedo es bueno. El tema es cuando te pasás. Cuando uno trabaja a largo plazo, uno le da herramientas al jugador para conocer sus miedos y la intensidad de sus miedos. El jugador aprende que a cierta intensidad de miedo yo me desempeño bien, cuando me paso me empiezo a equivocar, se me nubla la vista, no veo la pelota, la comba no me sale, no veo a mis compañeros. River contra Belgrano es el partido que uno puede agarrar para entender la importancia del miedo en el deporte. Los ojos de Jota Jota López son la foto de lo que fue no trabajar la cabeza. Lo digo con cariño porque soy hincha de River. Pero eso es no trabajar la cabeza. 

–El contexto te puede pasar también por arriba… 

–Nadie tiene la culpa de lo que pasó. Mucha presión hay en el fútbol y la mayoría son pibes. Eso fue lo primero que hablé en la primera noche con los chicos: “El miedo está bueno, es normal, díganlo, sáquenlo porque cuando uno esconde el miedo el cerebro gasta energía, eso consume electricidad del cerebro que no podés usar para jugar al fútbol. Y la electricidad que necesitás para jugar al fútbol no es infinita”. Si vos estás escondiendo tus emociones y te hacés el que no estás estresado, ni nervioso, ni con miedo, ni ansioso, estás perjudicándote para cuando salgas a la cancha. Los pibes lo entendieron y empezaron a soltar esos miedos, algunos de manera individual porque tenían vergüenza de contarlo y otros decían “yo estoy re cagado” adelante del grupo. Y eso descomprime un montón. En una semana es un laburo rápido, pero a largo plazo un jugador aprende a conocer la intensidad del miedo que es buena para él y cuando se pasa qué tiene que hacer para bajar un poquito y volver a su umbral de miedo performante. 

–¿Y vos cómo hacés para manejar tus miedos en una situación límite como esa adelante de un grupo?

–Es una situación que es muy natural para mí. Lo más natural para mí es pararme a hablar delante de un grupo de personas. No me gusta el miedo. A Matías le pedí dos cosas: que no me pagara, porque él me había llevado sin que los dirigentes estuvieran de acuerdo. Así que lo hice de onda. Y lo otro que le pedí es que no me nombrara. Estaba en la radio los jueves (en Metro en el programa Perros de la calle), pero no había ni escrito el libro todavía (NdeR: Agilmente. Su primer best sellar), ni nada. Una vez que ascendimos Almeyda me nombró en una nota con Clarín y ahí estalló todo. Me alejé del fútbol porque en esos tres meses en River venía la barra brava a buscarme a la Universidad. River estaba en una situación tensa. Ascendió pero se fueron [Fernando] Cavenaghi y el Chori [Alejandro] Domínguez y seguía todo tenso. La relación entre Matías y [Daniel] Passarella también era muy tensa y no tenía nada que ver ahí. Después quedó David Trezeguet como líder, un tipo súper inteligente que me dio mucha pena que se hubiera ido porque tenía muy buenas ideas para el club. Pero quiero decir que ese tiempo yo lo viví mal porque era inexperto con los medios, porque me subí a la gloria y me la creí, los medios me tendieron algunas trampas. Fue un doctorado de manejos de medios y a parte porque a Matías lo vi sufrir mucho, lo trataron muy mal y él es una persona muy ética, no transando con cosas que vi adelante de mis narices. Un tipo que siempre se sostuvo en su familia, en sus amigos y al que vi sufrir demasiado. 

–Abrís una puerta al sufrimiento. Creo no equivocarme si digo que es una condición sine qua non para ser un deportista de elite la de sufrir. ¿Cómo trabaja el cerebro con esa sensación de sufrimiento constante?

–Hay una especie de sentimiento contradictorio ahí. Yo que viví la vida del tenista (trabajó con Juan Mónaco y con Guido Pella) me hizo entender que es el deporte más difícil del mundo porque estás solo. Es el único empleo del mundo en el que tus empleados te dicen lo que tenés que hacer. Yo no creo que sea masoquismo, pero hay una cuestión medio adicta, porque para comer lo que comés, dormir lo que dormís, viajar lo que viajás, entrenar lo que entrenás, y tener la misma rutina durante quince años te lleva a hacer un esfuerzo durísimo. No digo sacrificio porque eso es otra cosa. Pero lo que vos ves en la tele te hace decir “estos hijos de puta ganan millones de dólares y viajan por el mundo”, pero no todos lo tienen y además, te hace dar cuenta de que tienen una cabeza muy especial. A mí me atrae mucho el tema del alto rendimiento porque es una cabeza que con un mínimo cambio mental le ganás al otro. Porque técnica, táctica y físicamente son todos muy parecidos. Entonces cómo te despertaste un día y cómo estás de la cabeza ese día puede hacerte ganar el partido. Lo viví con Guido Pella que pasó de estar 80 a 25 en el ranking y hoy que somos vecinos me lo cruzo y me dice: “Yo lo único que cambié fue la cabeza, porque sigo jugando el mismo tenis que hace cuatro años. Y salté sesenta puestos por cambiar dos o tres cositas de la cabeza. Soy el mismo Guido en todo lo demás. Me quejo de lo mismo, como lo mismo, pero entendí que acomodando alguna cosa de la cabeza mejoré”. Porque Guido fue el mismo durante 25 años, cambió un par de aspectos y cuando uno se pone mal por algo tiende a retomar esos viejos hábitos que supo tener.

–Algo que te escuché decir es que uno encuentra mejoras cuando piensa por qué piensa lo que piensa…

–La idea es que la forma de pensar o el contenido de tus pensamientos tiene la capacidad de cambiar la función y la estructura de tu cabeza. Es decir, lo que vos estás pensando está permanentemente remoloneando la estructura y la función de tus neuronas. Si vos pensás en negativo todo el tiempo tus neuronas se van a estructurar de una manera. Ahora si vos pensás más realista/positivo/evidencial se estructura de otra. En tenis es fácil de darte un ejemplo: si vos vas a sacar y decís “uy, la puta si le pifio voy a perder el partido” tenés altísimas chances de que saques mal. ¿Por qué? Porque cuando vos pensás negativo te sentís inseguro, y cuando te sentís inseguro, el músculo, el tendón, el brazo, la muñeca, tiemblan o se ponen rígidos. Por ende, el gesto técnico cambia. Y ese gesto técnico en un nivel amateur quizás no se deforme tan bruscamente para hacerlo fallar, pero en un tenista profesional que saca a 200 km por hora, se le va. La forma de pensar impacta en la forma de sentir, que impacta en el gesto técnico y que impacta en la performance.

–¿Y cómo lo trabajás?

–Uno de los grandes trabajos que hago con los deportistas es preguntarles en qué están pensando. Porque en eso que estás pensando termina impactando en cómo te fue en el partido. No en si ganó o no, sino en cómo jugó. Porque después ganar o perder depende del rival también, no solo de vos, pero tu desempeño sí. Entonces, el trabajo que hacemos es aprender a pensar en qué están pensando. Y ahí empiezan a encontrarse ellos mismos con ellos mismos. Y por ahí se encuentran con que son negativos “que voy a perder, que la tiro afuera, que no siento el golpe, o que no le doy un pase a un compañero, que la pelota no toma la comba que quería”. Una vez que se detectan los pensamientos que uno tiene empezamos a reemplazarlos. No a omitirlos, ni a retirarlos, sino a reemplazarlos por pensamientos más realistas. En vez de pensar “así” voy a pensar “de esta manera”. Por ejemplo, [Rafael] Nadal tiene absolutamente claro en todo lo que va a pensar en cada momento del partido. Él no deja que el cerebro piense, él decide lo que va a pensar, porque sabe que si deja al cerebro pensar va a ir para el lado negativo. Y va a ir hacia lo negativo porque hay una tendencia a pensar en lo negativo. Guido [Pella] era así. [Gastón] Gaudio es el ejemplo más claro del mundo. Lo importante es que eso es entrenable, y entender que no sos un tonto, sino que es normal. Entonces, en vez de pensar que sos un tonto y un pesimista, hay que detectar los pensamientos, veamos cuáles son los más fuertes, veamos en qué momento del partido, del entrenamiento o de la vida te molestan y empecemos a reemplazarlos. Llega un momento en el que no te das cuenta y ya lo reemplazaste. Ahí hacés click porque ni te das cuenta que estuviste pensando, porque ya lo lograste. Ahí es cuando el jugador llega a la madurez cognitiva, cuando el jugador hizo un salto de la cabeza. 

–¿Cuánto cambia en tu trabajo entrenar una cabeza individual a una cabeza que integra un equipo?

–A mí me gustan las dos. En individual ves un cambio de primera mano y decís “este pibe está haciendo los ejercicios”. O sale de la cancha, te mira como diciendo “te hice caso y la rompí” y es una satisfacción enorme. También es muy feo cuando lo ves laburar mucho y eso no se traduce en la cancha. Te frustrás. En el colectivo es más difícil, se diluye. Cada tanto viene uno y te dice “no sabés lo que me pasó en el try”. Con Las Leonas me pasaba algo con las visualizaciones, pero ves al equipo que se lleva mejor, que está en sintonía, que hay menos subequipos internos, que va por el mismo camino.

–¿El éxito y el fracaso influyen de la misma manera en el cerebro de un deportista?

–El deportista no soporta el fracaso. Lo más difícil de toda mi labor es no fijarme en el éxito o el fracaso, sino en el proceso. Yo no trabajo con resultados, trabajo con procesos. Nosotros medimos todo el tiempo el progreso del jugador en el área mental. “Si Estanislao, pero perdimos”, me pueden decir. “Pero viste lo que te desconcentrabas hace un mes y lo poco que lo hacés ahora”, les contesto. Nosotros hacemos mucho hincapié en convencer a los coaches de trabajar mucho en el progreso del jugador, del equipo, mediante el esfuerzo focalizado, y en qué estrategia utilizamos para progresar. Y en estos pilares: esfuerzo focalizado y comprender que progresamos con la estrategia correcta, a largo plazo conseguimos resultados. Ahora, en la Argentina y en el fútbol es muy difícil porque todo es muy resultadista. En el rugby encontré un lugar en el que me apoyaron mucho con eso de los procesos, el largo plazo y si nos fue mal sigamos con el mismo método. No soy fanático del rugby, pero hay gente que quiere trabajar en este proyecto y estoy trabajando con chicos de 15 o 16 años en algo que me entusiasma. 

–¿Cuán importante es que el deportista se visualice ganando?

–Nosotros no nos visualizamos ganando, nosotros visualizamos distintas cosas. Primero, varios científicos, entre ellos yo, tratamos de analizar qué sabe la ciencia sobre la visualización, qué pasa cuando metés a un deportista en una resonancia magnética nuclear y lo hacés visualizar de distintas formas: qué siente, cómo está vestido, dónde va a jugar, si está visualizando una estrategia o un gesto técnico, etcétera. Y ahí, la ciencia fue demostrando que hay distintas maneras de visualizar: más largas, más cortas, con más detalles, con menos detalles, en distintas perspectivas, en cámara lenta, en cámara rápida. Ahí yo fui adaptando las mías, que no sé si son las mejores, dependiendo de lo que quiere el entrenador. Nosotros, la noche antes de los partidos hacemos distintas visualizaciones que después el jugador las hace en el lugar que prefiera (la ducha, el desayuno, en el micro) que no es más ni menos lo que quiere el coach. Quizás es una jugada particular, un movimiento de ataque, un penal, o de un córner corto, o una recepción de segundo saque. La verdad que en los ocho años que tengo de experiencia, los jugadores flashean y compran. Se lo llevan a sus casas y cada tanto me escriben diciéndome alguna cosa que sucedió luego de haber visualizado. No siempre que visualizas después funciona, pero está demostrado que en el cerebro cuando vos visualizás te estás preparando para cuando eso suceda. Entonces, cuando sucede tenés más chances de que suceda como lo visualizaste.

–Y como Estanislao, ¿cuál fue la alegría más grande que tuviste en el deporte?

–Que Guido [Pella] gane la Copa Davis, cuando River subió a la A fuimos a comer a Rodizio y Almeyda paró la cena, agarró el micrófono y dijo “quiero agradecerle a dos personas: a Passarella y a Estanislao”. Porque además él era mi ídolo de chico, con todo lo que eso acarreaba. También un triunfo de Las Leonas ante Holanda en cuartos de final en Rosario y la noche anterior habíamos hecho un trabajo de visualización tremendo caminando por el río en el que terminamos todos llorando. Se suponía que iban a perder. 

–Si tenés que definir la inteligencia, ¿qué decís? 

–Hacer lo que a uno le gusta y hacerlo bien. 

–Luis Scola dice que el “éxito es el camino que vos recorrés para llegar a lograr lo que es el éxito para los demás”. 

–Es la metáfora de lo que te decía: el esfuerzo focalizado, con la estrategia correcta, mirando hacia atrás y sabiendo cuánto vengo progresando. La combinación de esas tres cosas te van a llevar al resultado. Y esas tres cosas juntas son el éxito, no el resultado en sí. 

–Si el Estanislao de hoy se cruzara con el Estanislao que estaba en los laboratorios de Harvard limpiándole la caca a los ratones, ¿qué le diría?

–Qué suerte que te fuiste de ahí.