Fabricio Oberto

“Voy a hablar con Jim Morrison y vuelvo”

Cantante, gamer, dueño de una bodega, comentarista, campeón olímpico, un anillo de la NBA, le resetearon el corazón... El hombre que se reinventa a cada paso.

Suena un par de veces el teléfono y del otro lado una voz que sale al cruce: “No sé bien de qué va la charla, pero bueno, dale vamos”.

–Es una charla relajada, nada que te ponga de mal humor ni te incomode…

–No hay problemas, pocas cosas me pueden sacar de mi estado de tranquilidad.

La risa le brota. Ese tono pesado con altas dosis de Las Varillas es inconfundible. En “modo esponja” confiesa que está siempre que le interesa algo. Nunca fue de otra manera. Nada nuevo en el frente. Una especie de alumno ultra aplicado. Algunos pueden no creerlo. Es que tal vez su condición de cantante de una banda de grunge, gamer aficionado, CEO de un equipo de League of Legend, dueño de una bodega, comentarista en ESPN, conductor de un programa de entrevistas, aventurero, jugador de básquet, campeón olímpico, dueño de un anillo de la NBA… Fabricio Oberto es todo al mismo tiempo, porque dejó de picar una pelota hace ya varios años, pero él se define como un “life baller”.

Si bien la comunicación resultó el escenario que lo muestra más a gusto, claro después de su carrera como jugador profesional de básquetbol con picos de arenalina con la coronación en Atenas 2004 y el anillo de 2007 con San Antonio Spurs, este cordobés de risa genuina prefiere el perfil bajo. Es uno de los integrantes de la Generación Dorada que eligió siempre que se hable mucho más de él por la infinidad de proyectos que tiene por delante que por su tremenda huella en la historia del deporte. Se emociona cuando recuerda a los campeones del ´50, dice haber sentido que fueron los abuelos de la generación que marcó a fuego a la Argentina y se apasiona cuando habla de videojuegos, de vinos, de travesías en moto y se le endulza la voz cuando se trata de su hija Julia. A los 45 años desafía a lógica todo el tiempo, Enganche se suma a ese vuelo y acompaña a Oberto a un viaje de casi 40 minutos de recuerdos y actualidades.

–Después del básquet demostraste que sos un tipo que puede hacer muchas más cosas.

–Continuamente estoy en la búsqueda por descubrir cosas referidas a todo lo que me va moviendo por dentro. De chico anduve por varios lugares hasta que encontré lo que me apasionaba para ponerlo en un lugar más serio. Voy experimentando y probando como una manera de aprender otras cosas, sea la música, los e-sports, el vino, leer, escribir, componer o hacer coaching para empresas.

–Mirando todo eso, ¿sentís que jugaste al básquet porque eras un tipo con talento, pasión y buena talla pero que también te podría haber ido muy bien si elegías otra cosa?

–Sí, pasa que desde muy chico tenía al básquet como lo mío; la cancha de básquet es mi lugar. Ahí estoy en calma y seguro. Por eso después de retirarme me pasó alguna vez de meterme en algún lugar donde estaban jugando chicos, grabarlos y después escuchar lo que me contaban. Eso de estar en ese lugar lo hice acá (por la Argentina), en España y en Estados Unidos, porque yo no había tenido esa posibilidad. Una vez en Río Ceballos bajé a una cancha y había un chico con una camiseta mía; jugué con él sin decirle que era yo, pero después se le contaron. El básquet es lo mío, por eso cuando comento en ESPN es como si estuviese jugando, esa tarea de análisis también la fui aprendiendo, porque me pasaba de ponerme muy nervioso por los partidos de la selección, sobre todo en los Juegos de Río 2016.      

–Con la comunicación, ¿qué te pasa?

–Me gusta y lo disfruto, no me cuesta grabar algo o estar de guardia para una transmisión. Tantos años de dar entrevistas también me sirvieron para aprender un montón, para comprender por qué te preguntan algo, de qué manera o qué era lo que se cuestionaba. Hasta tuve la posibilidad de ganar un Martín Fierro. Y tuve el programa DMTB, hace 10 años, y me pasaba un domingo completo pasando música y tenía cero oyentes. Lo podía comprobar eso, pero no me importaba y lo seguía haciendo. En una época tocaba en algunas plataformas de streaming que no me escuchaba nadie y hace poco tuve la oportunidad de compartir por mi canal de Twich con mucha gente varias camisetas que tengo, de Riquelme, de Palermo, de un montón que más que fueron regalando. Casi no lo tomo como un trabajo, la verdad que lo disfruto, de lo contrario no lo haría.

–De todas las actividades que tenés ahora, ¿cuál te acerca más a lo que te pasaba adentro de la cancha?

–Cuando veo jugar a New Indians GG lo padezco (es su equipo de League of Legend), como propietario y coaching deportivo. Sigo mucho las charlas que tienen por Discord. Con la banda, tocar ante mucha gente también es como una adrenalina similar a la que experimentaba al entrar a jugar. Eso es lo que buscás como atleta de elite, porque nunca sos un ex, sino un deportista sin actividad.  

–¿Qué fue lo primero que extrañaste al retirarte?

–El reparto.

–¿Cómo es eso?

–Como si fuese el reparto de un teatro: el vestuario, que te asignen un compañero, que te venga a hablar el entrenador. Eso se extraña. También entendí mejor todo el sacrificio que pone la mucha gente que está al lado de nuestras carreras. Ves también tu sacrificio, pero sin perder de vista que fue una elección propia entrenar tantas horas, irte tanto tiempo.

–Si tuvieses que elegir un único momento de tu carrera, ¿cuál sería para volver a vivirlo?

–Volver a algo sería distinto, el sabor sería diferente. Lo explicaba Kobe Bryant en uno de los tantos videos que mostraron después de todo lo que pasó (el fallecimiento del eterno 24 de los Lakers). Tengo momentos, pero aprendí a entender esa cierta melancolía a partir de disfrutar las experiencias que vienen, sin quedarte viviendo ahí atrás. Es un capítulo increíble de mi vida, donde hice amigos que me hicieron mejor; lo que me tocó vivir con mis “hermanos dorados” es tremendo: cada vez que nos vemos somos familia, sabés qué le molesta y qué le gusta a cada uno, con qué se ríe cada uno. Esas son las cosas más lindas que quedan. A veces pasa que decís que te gustaría estar jugando tal partido, sobre todo cuando vez alguna cosas que pasan y sabés que eso ya no lo podés hacer más.

–Cuando volviste a Argentina después de Atenas 2004 tenías una felicidad indescriptible, pero con la sensación especial de esa final en la que hubieras querido estar. ¿Qué cambiarías por haber jugado ese día?

–No siento que no jugué, hasta tengo memoria de que metí dobles, una tapa, algunas cortinas y un par de rebotes (se ríe). Eso habla del quipo que éramos, del entendimiento y la solidaridad entre todos. No cambiaría eso.

–Viviste muchas cosas, pero te resetearon. ¿Cómo fue eso de estar muerto?

–Cuando el médico me dijo que me iban a apagar no lo podía entender. “¿Y si no arranco?”, le pregunté. Me explicó que iba a estar todo un equipo médico ahí para resucitarme. Era operarme o vivir con pastillas y dije “vamos al quirófano”. Ahí el aprendizaje fue ver el vaso medio lleno. Me pasó a los 35 años y entendí que tenía que lidiar con eso. Podría haber sido muchísimo peor o muchísimo menos duro, pero me había tocado eso. No me puedo quejar y pensar por qué a mí. Soy un creyente de que la energía ayuda a que mejoren las cosas.

–¿Te queda algo en la cabeza de ese momento?                       

–Antes de la operación me hicieron un estudio que era meterme una cámara por la boca para tomar unas imágenes del corazón, para chequear todo antes del reseteo. Cuando iba en el ascensor rumbo al quirófano, ya medio sedado, empecé a canta Break on trough (to the other side) los médicos se sorprenden y le  preguntan a Will (Sevening), el trainer de los Spurs, “¿este muchacho sabe lo que le van a hacer?” y él le responde “Sí tranquilos, tengo dos de estos argentinos locos en el equipo (el otro era Manu Ginóbili) . Y yo les decía: “Voy a hablar con Jim Morrison y vuelvo”. A lo mejor era una forma de evadir algo tan serio. Lo veo de esa manera. Muchas veces las cosas tienen que ver con el condimento que le ponemos a nuestra vida.

–¿Cómo fue la aventura en moto por el Sur de la Argentina con Tim Duncan?

–Las charlas y lo que me tocó compartir desde que nos enfrentamos a los 21 años hasta ser compañeros, hizo que llevásemos nuestra relación al costado de la cancha. Charlamos y estamos en contacto. Después nos fuimos a Marruecos.

–De esas dos travesías, ¿qué fue lo mejor?

–Salimos de San Martín de Los Andes para ir hasta Mendoza por la ruta 40. Paramos en Las Lajas, un pueblo chiquito, a las siete y cuarto de la mañana para cargar combustible, yo venía último de los cuatro que íbamos y veo que Tim me empieza a hacer señas para que me acerque. Yo no entendía, no sabía qué pensar. Creía que algo le había caído mal del desayuno. Entonces me señala para que mire adentro del negocio de la estación de servicio y había un padre con su hijo, y el chico tenía una camiseta mía de San Antonio Spurs. Sin sacarse el casco, se levantó la visera y me dijo que tenía que ir a sacarme una foto. Yo no quería. Cuando me acerco me dice que se la había regalado un primo y entonces el padre me preguntó si yo jugaba y le dije que era el de la camiseta. Entonces, cuando se pararon, le digo que se vayan a sacar una foto con Tim, sabiendo que no le gusta, y me respondieron que no, que sacase él la foto, porque ellos querían una conmigo. Así que tienen una foto conmigo sacada por Tim Duncan. 

–Eso generan ustedes.

–En Chile pasamos por una isla de pescadores que parecía de hacía cien años. Nos sentamos a tomar algo y empezó a correrse la bola de que estábamos ahí. Y un señor se acerca y me pregunta si quien estaba conmigo era Tim Duncan y yo le dije que no, que se lo decían mucho, que se parecía pero que no era. No quería que se genere revuelo. Y al ratito me trae el teléfono con una foto mía y me dice “este sí sos vos”.         

–Tantos momentos intensos y con responsabilidades en tu carrera te permitieron también tener una buena vida. ¿Qué cosas negativas implica eso por lo que se pierde en el camino?

–Sobre todo el tiempo que uno pierde de estar con la familia, como cuando alguien venía por ejemplo a visitarme a San Antonio con ganas de hacer cosas y yo estaba en otra sintonía porque tenía que entrenarme o jugar. A veces el atleta de alto rendimiento se cree que puede hacer todo, y no es así. Por eso ahora aprovecho el tiempo y puedo decir que me di cuenta que en ese momento estaba en otra o sin prestar atención. Pero era algo que me tocaba en ese instante y me tocó transitarlo. Si alguien tuviera el DeLorean (el auto de Volver al Futuro), es posible que lo hubiera pedido para alguna cosa en particular, pero bueno, te das cuenta de las cosas con el tiempo.

–¿Sentías incertidumbre en ese momento?

–Es una palabra que pega mucho. Cuando estás jugando tenés la agenda completa y sabes qué vas a hacer en cada momento de cada día. A mí las horas de entrenamiento era lo único que me calmaba. La preparación y la dedicación hacían que la incertidumbre no estuviese, porque estabas bien enfocado.

–¿Te pasó de confundirte y que alguien te baje a tierra?

–Nunca dejé de salir de mi casa ni de ir a algún lugar porque hubiese mucha gente. No se trata de tener paciencia, sino de asumir el rol y tomar el cariño de la gente. Cuando vivía en Nueva Córdoba sabía que si tenía que ir a la panadería a tres cuadras era media hora para ir y volver por las fotos y esas cosas. La gente te da energía, es copado recibir eso.

–¿Cómo es el Oberto gamer?

–Sacrificado. Paso horas para ir aprendiendo. Ahora juego más al NBA 2K con mi hija. Soy más de juegos de shooter, como Call of  Duty o Counter Strike. Cuando hay tanto nivel te la hacen pasar mal. Juego LOL (League of Legend), pero a los juegos con mucha estrategia no les podía dedicar mucho tiempo cuando jugaba al básquet. Ahora es diferente, ahora escucho a los chicos que te van tirando data. Pero realmente es un trabajo estar al día en este tema.

–¿Cuán difícil es ser papá cuando los hijos tienen muchas facilidades a mano?

-Trato de mantener todo lo más simple posible. De a poco mi hija va entendiendo cómo actúo y cómo veo las situaciones. Más que decir se trata de hechos, de respeto, de formas de ser. Por ejemplo, en la NBA, en épocas de finales, no hay entrevistas y me imagino que a Manu le deben haber querido hacer mil entrevistas. Pero es imposible atender a todo el mundo, tenés que estar seis días sin dormir. Eso es lo que uno trata de ir entendiendo con el sentido común y quiere transmitir. Que hay que ser respetuoso siempre, pero también conocer los límites de las cosas. Más allá de la vida que me toca vivir no tengo ningún derecho sobre alguien o sobre algo. Tengo que mantener mi esencia siempre y no te define un momento o una situación. Sino cómo actuás siempre, no es momentos especiales.

–¿Te arrepentís de algo que hayas hecho en tu carrera?

–He tratado de ir solucionando todo a medida que iban sucediendo las cosas. Si tenés la capacidad de reconocer que te equivocaste ayuda bastante.

–¿Cuándo fue el instante en que te diste cuenta que querías ser jugador de básquet ?

–Creo que nací queriendo ser jugador de básquet. A los seis años ya estaba con la pelota. No tengo recuerdo de haber querido ser otra cosa; el básquet siempre estuvo ahí.  

–El mejor Fabricio Oberto es…

–El que siempre está buscando reinventarse con algo nuevo.