Enganche Literario

Fatalista y futbolera

">
Los que tuvieron incertidumbre sobre lo que pasaría en la Copa América se equivocaron: la prima Bendición sabía todo antes de que la pelota empezara a rodar.

El primo Abraham se asustaba durante las tormentas nocturnas y por eso, sólo por eso, si esas tormentas se ponían muy fuertes, temía que Maradona se aburriera o se cansara o se distrajera y dejara sin terminar su gol a los ingleses. El tío Moisés amaba dormir la siesta bajo el eco de las canciones de Andrés Calamaro y por eso, sólo por eso, si la siesta avanzaba muy profunda, cada vez que Calamaro llegaba a la parte en la que decía “todo lo que termina, termina mal” lo envolvía la pesadilla de que la tía Bruje lo abandonaría primero y lo putearía después. La prima Rafaela creía que la tía Bruje quería demasiado al tío Moisés y por eso, sólo por eso, podía preparar con exageración de azúcar y con medialunas insípidas a las meriendas que seguían a esas malas siestas en las que el tío Moisés se soñaba abandonado y puteado. Cada uno y cada una era como era y el nombre de eso que les ocurría deberían ponerlo los psiquiatras o acaso bastara entender que lo que les sucedía era pura humanidad. Pero de nadie podía predicarse que fuera fatalista. Porque fatalista, insuperablemente fatalista, fatalista de una punta a la otra de la cancha, era la prima Bendición.

La prima Bendición usaba dos apellidos judíos, portaba un marido al que no le gustaban ni el fútbol ni la prima Bendición, sudaba los muslos cada vez que la saludaba un vecino hijo de griegos que la enfocaba como a una joya, guardaba sin abrir un ejemplar del Corán del que adjetivaba maravillas, le agradecía a la Virgen durante los diciembres en los que sus nietos aprobaban Matemáticas, avalaba a Carlitos Marx con lo de “la religión es el opio de los pueblos” cuando detectaba a un mediocampista rezando y no calentando músculos antes de salir a jugar y, entre otros claroscuros, no conocía por qué de todos los bautismos posibles o imposibles del diccionario de bautismos a ella, justo a ella, le habían puesto Bendición. De cualquier manera, todo eso le importaba, pero poco. Lo que le importaba de verdad era ser fatalista.

–Lo que tiene que ser, será.

La prima Bendición le había augurado eso al primo Abraham en la mitad de la obra de arte en la que Maradona sentó de culo a media Inglaterra y solía sentenciarnos también eso en los ratos en los que nos observaba sufriendo porque un córner pateado con curva exacta amenazaba al arco de nuestro equipo. “La realidad ya está dibujada. No sé porque se desesperan por cambiar lo que no se puede cambiar”, detallaba, como resumen de su convicción fatalista, o sea de que hay un destino y contra el destino no puede ni Messi en el mejor de sus mejores días, o sea que una vida es la vida que alguien en alguna parte prefiguró y no lo que, con tenacidad y con errores, con voluntad y con organización, hacemos con ella.

“Grandioso lo de Defensa y Justicia en aquel campeonato que le peleó a Racing, pero estaba escrito que no le tocaba ser campeón”, aseveraba la prima Bendición, y nosotros nos imaginábamos al entrenador y a los futbolistas de Defensa y Justicia conteniendo la tentación de insultarla luego de haber sostenido la calidad y la energía den el transcurso de un montón de semanas para enarbolar una esperanza. “Sólo los ingenuos supusieron que Hungría sería campeón mundial de 1954 por haberle hecho dos goles en los primeros minutos a Alemania. Y nada de hablar de milagro o de hazaña de los alemanes, que ganaron 3 a 2. Fue campeón el que debía ser campeón”, añadía en el comienzo de cada torneo internacional de fútbol porque esos torneos constituían su fascinación. Por algo su autodefinición no dejaba dudas: “Soy fatalista y futbolera”.

La prima Bendición llevaba lustros sin encender los párpados por los pectorales de su marido, pero decodificaba los secretos del fatalismo con una erudición imposible para cualquier prima, inclusive para cualquier persona. “El fatalismo -discurseaba en las tardes en las que aguardaba que el vecino hijo de griegos desfilara delante suyo para enfocarla como a una joya- no es una cosa homogénea. Ruego que no seamos ignorantes. Tenemos, por ejemplo, la corriente fatalista-guardiolista, que sugiere aceptar el recorrido inexorable de los partidos y de los campeonatos, pero acompañándolo de buen gusto, de juego asociado y, de ser necesario, de directores técnicos de cabellera menguada”. Para evidenciarse contundente, evocaba que uno de los momentos más bravos en la historia del fatalismo aconteció en un gran congreso fatalista que casi se suspende porque los fatalistas-guardiolistas y los fatalistas-mourinhistas estuvieron por agarrarse a trompadas en un primer piso en el que también se atacaban los fatalistas-hegelianos con los fatalistas-gramscianos, casi con una furia idéntica a la que se tributaban los fatalistas-beethovenianos con los fatalistas-ricoteros. “Nosotras y nosotros, fatalistas militantes, no interveníamos para frenar tanta bronca porque, obviamente, comprendíamos que si el destino imponía que grupos contrapuestos se cagaran a trompadas, nada podría detenerlo”, nos admitió antes de tranquilizarnos con la narración de un desenlace en paz: “Uno de nuestros adherentes había visto que, en el Mundial de Rusia, el árbitro de la inauguración y el de la final había sido el mismo: el argentino Néstor Pitana. Lúcido, ese adherente advirtió que se trataba de una señal fatal y desde entonces interpretó que su misión en el cosmos apuntaba a mediar en conflictos de todo orden, no para transgredir lo que ya estaba dirigido sino para facilitarlo. Así que sacó cuatro tarjetas rojas y retornó la calma. Ese adherente es el fundador del fatalismo-pitanista, que tiene una división interna entre los fatalistas-proVar y los fatalistas-antiVar que sólo el tiempo nos dirá cómo se salda”.

Cuando la tía Bruje padecía en exceso por las siestas confundidas del tío Moisés, la prima Bendición le proponía leer para relajarse. De cuando en cuando le pasaba alguna de las novelas policiales, plenas de suspenso, de la célebre Agatha Christie. “No te tenses por lo que pueda pasar -aconsejaba- porque, al final, las tramas narrativas son las inevitables. La literatura también es fatalista. La propia Agatha tiene una frase hermosa: ‘La vida, en realidad, es una calle de sentido único’. ¡Cuánta verdad! ¡Cuánta belleza!”. De nada valía que la tía Bruje comentara profundidades como “Moisés ronca desafinado” o que la prima Rafaela objetara, empecinada, contra las tesis fatalistas citando a Dante Panzeri. “La vida es lo que Panzeri dice del fútbol: “dinámica de lo impensado”, vociferaba la prima Rafaela. De nada valía porque, para la prima Bendición, todas las rutas desembocaban en la justificación del fatalismo. “Creeme, Bruje -ratificaba-, creeme y, si no me creés, creé en García Márquez. Ya viste lo que puso el maestro en Cien años de soledad: ‘Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra’. Fatalismo a pleno. ¿Qué me vas a discutir?”.

Es posible que la tía Bruje estuviera leyendo ese o algún otro párrafo colombianísimo y universal de García Márquez cuando empezó la Copa América de Brasil. Apenas después de los primeros giros de la pelota, la prima Bendición asomó su voz con una brevedad rotunda: “Colombia va a ser el campeón. Ya está escrito”. Le preguntamos por qué, tal vez con vocación de oír otra de sus certezas fatalistas o quizás para diferenciar su discutible pronóstico de la lluvia de palabras idiotas que inundan los medios de comunicación casi siempre que hay fútbol. Nos contestó sin vueltas, quién sabe si feliz porque, agradecimientos a la Virgen mediante, una nieta había surcado un duro examen de álgebra: “Le ganó a Argentina. El que le gana a Argentina es campeón”.

Un poco más de una semana más tarde, acelerados como quienes huelen la oportunidad de una revancha, fuimos a buscarla para proclamarle que Colombia, sin perder ni un partido y sin siquiera recibir un gol en su arco, estaba eliminada de la Copa. Se lo tomó sin malestares y no porque nuestro revanchismo coincidiera con otro de sus cruces efervescentes de pupilas con el vecino hijo de griegos.

–La culpa es de ustedes.

–¿Nuestra?

–Ustedes no me contaron que ese partido de Argentina con Colombia era por la primera rueda. ¿Qué es una primera rueda? ¿Qué relato de la historia de la humanidad tiene en cuenta a la primera rueda? ¿En qué párrafo del Viejo Testamento, del Nuevo Testamento, del Corán que tengo aquí cerca, del Manifiesto Comunista o del libro de recetas gastronómicas de Doña Petrona C. de Gandulfo se refiere a la primera rueda? Tres sílabas: nin-gu-no. La primera rueda no importa. Será campeón el que le gane a Argentina ahora que arranca el torneo de verdad.

Sobresaltados, dedicamos las madrugadas posteriores a indagar en qué parágrafo de alguna escritura sagrada o de algún artículo de Carlitos Marx o de los arcaicos y de los flamantes volúmenes de cocina quedaban mencionados los cuartos de final o las definiciones por penales. Fracasamos en esa pretensión, pero para cuando verificamos ese fracaso y nos percibimos dispuestos a ir a echárselo en cara a la prima Bendición, la Copa América agonizaba. ¿El campeón? Brasil. Brasil, que le había ganado, en semifinales, a la Argentina.

Fuimos de nuevo. Mitad indignados, mitad vencidos. Cuando llegamos, de tarde, la prima Bendición departía junto con la tía Bruje, el tío Moisés, la prima Rafaela y el primo Abraham. La merienda espantaba, por lo que inferimos que la tía Bruje, nerviosa, había preparado ese espanto atravesada por otra siesta, una vez más espantosa, en la que al tío Moisés lo castigó la pesadilla de ser puteado y abandonado por ella.

–Se los avisé-, lanzó al borde de la jactancia la prima Bendición.

Nos entregamos. Pero lo hicimos dignamente: la felicitamos, le dimos la razón y le consultamos cómo lo supo. Hasta ese momento de la historia desconocíamos por qué cierta gente asegura haber sido testigo de una “revelación”. Bueno, afrontamos eso: una revelación.

-Es fatal. Todo es fatal, pero sólo ve quien se decide a ver. Porque está a la vista. Repasemos: ¿quién eliminó a Argentina en el Mundial de Rusia? Francia. ¿Cómo salió Francia? Campeón. ¿Quién festejó contra Argentina en la Copa América del 2015 y también en la del 2016? Chile. ¿Qué fue Chile esas dos veces? Campeón. ¿Quién se sacó de encima a la Argentina en la final del Mundial del 2014? Alemania. ¿Posición de Alemania en ese Mundial? Campeón. ¿Y quién dejó afuera de la Copa América anterior, la del 2011, a los argentinos y en Argentina? Uruguay. ¿Cómo se cerró esa Copa para Uruguay? Campeón. Fatal, fatal, fatal: en la segunda década del siglo veintiuno, el que juega un torneo en el que participa Argentina y se saca de encima a Argentina acaba siendo campeón.

Fue abrumador, demoledor, deslumbrante, apabullante, todo junto. Certeza: nos humilló. Claro que hubiera sonado contradictorio soltarle maldiciones a la prima Bendición. Así que la aplaudimos.

Regresamos a la tarde siguiente, empujados por las ganas de aprender y por la intuición inconfesable de que ese encuentro nuestro con la respuesta de la prima Bendición estaba fatalmente, por supuesto que fatalmente, anotado en algún designio que hasta allí se nos había ocultado por torpeza o por misterio.

Nos topamos con una escenario asombroso. El Tío Moisés y la tía Bruje merendaban unas exquisiteces inalcanzables mientras entrelazaban sus manos. De fondo, persistía la garganta de Calamaro, pero en “Flaca”, un tema en el que no anuncia eso de que “todo lo que termina, termina mal”. Hermosos versos: “Lejos, en el centro, de la tierra, las raíces/del amor, donde estaban, quedarán”. Concluimos enseguida que no venían de una mala siesta y los interrogamos sobre el paradero de la prima Bendición.
-Se fue-, replicó el tío Moisés con una medialuna estampada en las comisuras en el instante en el que la tía Bruje le rozaba la cadera con el índice diestro como para recordar que, de tanto en tanto, la existencia es una aventura con aroma a chocolate.

–¿Hasta cuándo?

–Creo que hasta siempre. Nos dio un beso a cada uno y la vimos partir corriendo con el muchacho ese tan amable, el vecino, el hijo de griegos.
Enfrente nuestro, el ejemplar intacto del Corán relucía y la prima Rafaela, desparramando lágrimas, le deslizaba al tío Abraham la angustiante idea de que la Argentina sólo volvería a ser campeón cuando derrotara a la Argentina.

“Una fatalidad”, susurró el tío Abraham.

El horizonte cargaba nubes tupidas y sabíamos que lo preocupaba el efecto que una noche de tormenta podía generar en la jugada más luminosa de Maradona. Por eso, sólo por eso, no intentamos preguntarle si hablaba de los insondables caminos del amor, de los enigmas eternos del fútbol o de lo difícil que resulta ser argentino.