Fedra Sambrán

Reencontrarse, más allá del agua

A los 24 años, alejada de la natación competitiva tras un disgusto encontró en el atletismo un espacio para demostrar sus virtudes en el alto rendimiento. La batalla contra la anorexia, el éxito, el fracaso y la psicología en una mujer que busca su destino.

Por Marianela Balinotti

El 1 de abril de 2007 Michael Phelps ganaba su séptima medalla de oro en el Campeonato del Mundo en Melbourne, Australia. En esa cita, había batido cinco récords y superado al australiano Ian Thorpe, quien ostentaba el récord de seis preseas de oro conseguidas en el Mundial de Fukuoka, Japón, en 2001. En ese momento, Fedra Luna Sambrán tenía 12 años y desde los seis no se despegaba del agua. Todo había arrancado en el colegio San Agustín, en Monte Grande. A partir de los 10 años, el asunto tomó mayor seriedad: se entrenaba más días, más horas y con muchísima más dedicación. Michael Phelps era y es su referente. Había escuchado hablar de él, por primera vez, en un episodio de “Miracle Body”, una serie que ofrecía un recorrido por los cuerpos y mentes de los mejores deportistas del mundo. A partir de ahí alimentó más su pasión por la natación.

Unos años más tarde, en 2013, Fedra nadaba en la pileta de River, por entonces su segunda casa. Pasaba alrededor de cuatro horas al día en el agua y compartía esos 50 metros de pileta con la campeona panamericana Virginia Bardach, Julia Arino y el campeón mundial de aguas abiertas Damián Blaum. Era nadadora de fondo y tenía una alta carga de kilometraje, que distribuía en dobles o incluso triples turnos, además de sus visitas diarias al gimnasio. Unas semanas antes, había competido en el Campeonato Argentino de Aguas Abiertas para Mayores (10 kilómetros) en Rosario, Sante Fe. Si bien lo había hecho como juvenil, obtuvo el segundo puesto, muy cerca de la ganadora. Esa posición le daba la posibilidad de asistir a un torneo internacional en España como adjunta a la Selección Nacional. Por aquel entonces, no había tantos nadadores argentinos que compitieran en esta disciplina, por lo que la Confederación Argentina de Deportes Acuáticos (CADDA) otorgaba estas facilidades con el objetivo de ensanchar la base.

Había soñado una y otra vez con salir del país y rozarse a nivel internacional. Cuando terminó el entrenamiento, salió de la pileta, con una sonrisa de par en par. En verdad, esa sensación, luminosa y poderosa como su nombre, la envolvía desde hacía varias semanas. Miró a uno de sus entrenadores y notó que algo no andaba bien. Quiso hablar con ella y fue contundente: “Fedra, no te vamos a llevar al torneo en España porque desde la CADDA no tienen ganas de llevarte”. Un segundo, dos, tres y todo se desplomó en un abrir y cerrar de ojos. “Fue un baldazo de agua fría”, reafirma Fedra, quien prefiere no detallar con cuál de sus dos entrenadores (Mariano Varde y Gustavo Langone) se dio el diálogo. Agarró sus ojotas, su toalla y se fue. Nunca lo saludó, ni le dijo nada más. “Fue una gran decepción porque mi entrenador de natación era como mi papá”, dice. Desde ese día nunca más volvió a nadar como deportista de alto rendimiento y dejó atrás una pasión que duró 12 años.

Borrón y cuenta nueva a un sueño, un deseo que se le escapaba como el agua entre las manos. “Tengo muy lindos recuerdos de la natación. Cuando voy a nadar me agarra nostalgia porque pasé casi toda mi infancia y adolescencia nadando, incluso mis peores momentos. Me olvidaba de absolutamente todos los problemas. No es nada que ver con el atletismo. Son dos amores distintos. En natación pasé muchísimos años y en atletismo voy solo 4. Todavía no sé si el atletismo es mi vida”, cuenta. “Cuando me voy a sentar en el borde de una pileta, me pregunto muchas veces: atletismo o natación. Y eso no me pasa cuando me siento en una pista de atletismo. Reflexiono conmigo misma y pienso. Me cuestiono y pregunto un montón las cosas. Cuando hablo de natación le pongo una pasión, pero es como que el atletismo me dio lo que siempre estuve buscando en natación”.

Sin embargo, la vida le tenía preparado otro camino. Tres años después, estaba en la recta final de la carrera de Comercio Exterior. Poco fue el tiempo que le dedicó al deporte en esos tres años. La Facultad la consumía, pero, inquieta como se define, empezó a trotar y ese fue su acercamiento, otra vez, al deporte. El running estaba emergiendo como moda, las carreras de calle inundaban los fines de semana de la Ciudad de Buenos Aires y Fedra no dudó en probarse. Ella no lo buscaba, pero, de alguna forma u otra, el atletismo la encontró. Un domingo de junio de 2016 se animó a pararse en la línea de largada de los 10 kilómetros “Maratón Hispano Argentina” y para su asombro, ganó.

Casi por casualidad, un día corría por Palermo y se cruzó con Luis Migueles, ex atleta, entrenador y vigente récord argentino de 800 metros y 1000 metros, quien no lo dudó y la reclutó. Empezó a ganar competencias y sus tiempos lejos estaban de ser los de una novata. Se destacaba por encima del resto, sin tener una base en el atletismo. En un breve lapso de tiempo, debutó en la pista en 10.000 metros y en los 21 kilómetros. Durante ese año y monedas, Fedra se consagró campeona nacional de 5000 metros, campeona metropolitana de cross country y campeona nacional de cross sub 23. Pero la relación atleta-entrenador entre Fedra y Luis Migueles no funcionó. Tuvieron sus diferencias, pero terminaron en buenos términos. “No me gusta cuando me toman más como una marca que como persona. Soy muy sensible en ese sentido. Le había encontrado ese gustito al atletismo y quería volver al ruedo del alto rendimiento”, confiesa. Quiso, entonces, apostar a algo más: mudarse a Mar del Plata bajo la supervisión de Leonardo Malgor, entrenador de los olímpicos María de los Ángeles Peralta, Mariano Mastromarino y Belén Casetta, por mencionar algunos. Con el grupo de atletismo de Malgor estuvo desde diciembre 2017 hasta febrero 2018. “Quería apostar al deporte y no quedarme con las manos vacías. Leo (Malgor) levanta una piedra y tiene un atleta de alto rendimiento y no son medio pelo. Eso me sedujo”, explica. Sin embargo, no encontró su lugar. No estaba cómoda y decidió regresar a Buenos Aires.

Con las marcas con las que contaba, se clasificó al Grand Prix Sudamericano en Concepción del Uruguay, Entre Ríos y al Campeonato Nacional de Mayores (fue 3° en 1500 metros). Pero pese a que los resultados no eran malos, estaba un tanto decepcionada. Paralelamente, conoció a Fausto Alonso, su actual pareja y también atleta de medio fondo. “Cuando lo conocí a Fausto no tenía ni cerca la cabeza que tengo hoy. No era apasionada por el atletismo. Si me podía comer algún doble turno o un trote, me lo comía, no lo hacía. Todo lo contrario a lo que era con la natación. Me sentía achanchada. Me gustaba competir, mejorar, ganar, pero no hacía todo lo necesario para ser la mejor”, reconoce. Y sigue: “Un día estábamos entrenando en la Reserva Ecológica, de Puerto Madero, y Fausto me dijo algo me quedó grabado hasta el día de hoy: ‘¿Sábes cuál es tu problema? Vos nunca vas a llegar a nada porque no tenés el ojo de tigre’. Dejé de correr, me di media vuelta y lo dejé corriendo solo. Tenía razón y a partir de ahí hice un clic”.

Tras esa charla, esas palabras provocaron una revolución interna en Fedra. Algo nuevo se despertó en ella. O, acaso, la voracidad por consumir kilómetros en el agua la trasladó a la calle y a la pista. El despegue empezó en 2019. Bajo el ala de Agnaldo Alexandre, entrenador y esposo de la atleta olímpica en Río 2016 Tatiele Carvalho, las mejoras no tardaron en aparecer para la atleta que representa a la Agrupación FCMax. En el Campeonato Nacional compitió en 1500 (3° posición) y 5000 metros (16:02.84, mejor marca personal y 2° puesto detrás de la dueña del récord nacional de la distancia Florencia Borelli). Con esa marca en 5000 metros logró ubicarse entre las seis mejores argentinas de la historia en la distancia. Ese mismo año también disputó su primer Campeonato Sudamericano y logró un 5° puesto, además de mejorar sus marcas tanto en 1500 como en 5000 metros. Como frutilla del postre, en agosto de 2019, fue convocada por la Confederación Argentina de Atletismo (CADA) para competir en los 5000 metros de los Juegos Panamericanos. “Me encantaría ser rápida. Me fascina el 1500 porque soy competitiva. Los 5000 combinan la velocidad con la resistencia. Como todavía no le engancho la vuelta y eso es lo lindo, me quedó con el 5000”, admite.

Fedra, en competencia. A su lado, Florencia Borelli

–¿Cuándo corrés en la pista pensás en las vueltas o en el reloj?

–No, jamás. Trato de no pensar en la cantidad sino en cómo lo voy a hacer. Intento entender la prueba y analizarla para ver qué estrategia me conviene. Le encontré ese disfrute. Solo una vez me pasó, en los Juegos Panamericanos, que me pegaron una paliza y la pasé muy mal físicamente. Fue la primera vez que empecé a contar las vueltas desde la quinta. Y a partir de ahí me dije que nunca más iba a hacer eso e iba a intentar focalizarme en otra cosa.

–¿Por qué decís que en los Juegos Panamericanos te dieron una paliza?

–Volví a fines de mayo del Sudamericano y todavía no estaba confirmada para los Panamericanos, aunque había varios que sí lo estaban y fueron a hacer la puesta a punto a España. El clima en Buenos Aires no me acompañó: lluvia todos los días, frío torrencial, humedad al 100 por ciento. Me agarró un broncoespasmo y tuve 40 grados de fiebre. Salí a entrenar así y terminé en la guardia. Pasaban los días y desde la CADA no me respondían si iba o no a Lima. Decidí gastar todos mis ahorros e irme a Cachi, Salta, a prepararme igual, sin saber si estaba confirmada o no. La verdad es que me hubiese gustado preparar de otra manera el Panamericano (la CADA le avisó 20 días antes que era parte del equipo).

–Así y todo no hiciste una mala marca. De hecho, hoy es tu segunda mejor marca (16:07.75 y un 9° puesto)…

–Sí, pero distinto hubiera sido si yo me hubiera sentido cómoda con la prueba. No la disfruté como me hubiera gustado. ¿Por qué? No lo sé. Hubo un montón de factores que ya venía arrastrando. Tenía las defensas bajas, estaba débil. En Lima también estaba horrible: neblina y llovizna constante. Fue un combo invernal desde que bajé del Sudamericano hasta que terminó el Panamericano.

–¿Cómo hacés para que esas desprolijidades no te afecten? Estamos hablando de unos Juegos Panamericanos…

–Era mi primer Juego Panamericano. Yo quería hacer todo lo más prolijo posible y, por el otro lado, tenía situaciones externas que hacían que todo fuera sumamente difícil. Me molestó muchísimo, pero más de lo que hice no podría haber hecho. Estuve semanas pendiente del ranking panamericano. Yo estaba número 6 en ese ranking cuando terminó el sudamericano. Y, con los días, terminé número 15. ¿Sabés lo que era para mí entrar todos los días al ranking y ver cómo bajaba posiciones?

Además de la angustia previa, durante los Juegos Panamericanos de Lima, la relación con su entrenador Agnaldo Alexandre se quebró y decidieron terminar el vínculo. Fedra prefiere no profundizar sobre los pormenores de la ruptura aunque la asume como una de las peores experiencias que le tocó vivir que sacó a flote un fantasma del pasado: la anorexia. “Fue desde los 16 hasta los 21 años. En ese momento hacía natación, fondo, pero todavía no aguas abiertas. El físico de la nadadora es bastante grande y no me gustaba en absoluto. De un día para el otro, durante unas vacaciones en Brasil con mi familia, dije ‘me voy a poner en forma, quiero bajar de peso’. Esas fueron las palabras. Nunca dije ‘quiero ser anoréxica’. De ese viaje volví con tres kilos menos. No sé canalizar el momento en el que sucedió y terminé así, enferma y obsesionada con el peso”, describe. Y continúa: “Fue una de las peores etapas de mi vida. No solo el durante sino el después. Uno se recupera de esa situación, pero la cicatriz psicológica que te deja es enorme. La mente te queda tan frágil y tan fuerte a la vez. Es algo que está latente. Es complejo distinguir y entender dónde está ese límite. Te mata o te fortalece mentalmente, depende cada caso. Y después tenés que convivir toda tu vida con eso. Al principio me daba vergüenza comentarlo porque no podés creer haber caído tan bajo, pero te aseguro que mucha de mi fortaleza mental es por esto”.

–¿Cómo hacías para seguir entrenando contando las calorías y privándote de comer?

–No lo sé. No comía nada. Tiraba la comida, todo lo que me daban. Almorzaba en el colegio y cenaba en casa. ¿Cómo hacía en mi casa para no comer y que mis viejos no se enteren? Las madres siempre huelen algo. Cuando mi mamá se enteró fue la peor decepción de mi vida. Verlos llorar a mi papá, mi mamá y hermano fue terrible.

¿Sentís que el estereotipo que la sociedad aún impone de la mujer te llevó a eso?

–Me comparaba con otros cuerpos que estaba lejísimos de tener. No me gustaba mi cuerpo de nadadora. Tenía un dilema interno: amaba ser nadadora, pero no me gustaba el cuerpo. Miraba a minas delgadas y yo tenía una espalda ancha y unas piernas enormes. Las redes sociales y el photoshop agravan eso. Creo que hay muchas mujeres que están luchando contra ese estereotipo de que la mujer delgada es la más bonita. Lo que también está pasando es que los hombres están repudiando eso y eso ayuda a cambiar la percepción de la mujer.

–¿Hoy cuánta atención le prestás a las redes sociales? ¿Te afectan las críticas?

–Cuando uno está bien, están todos, sos la mejor del mundo, tenés mil amigos atrás tuyo. Cuando estás en Pampa y la vía solo tenés al lado a dos o tres personas. Me pasó en el Panamericano. “Luna Sambrán y Borelli dejaron mucho que desear en los Panamericanos”, por ejemplo. Está bueno entender que el otro puede equivocarse o en mi caso, era la primera vez que corría en unos Juegos Panamericanos y no me estoy excusando, pero sí me hubiera gustado tener un poco más de experiencia sobre cómo pararme en la línea de largada. Son cuestiones que no me afectan porque uno interiormente tiene que estar muy seguro de lo que hizo en el momento y durante el proceso de preparación. Y uno sabe por las cosas que pasó para llegar ahí. Las redes las uso porque tengo marcas que me ayudan, pero también hay que entender que un atleta de alto rendimiento no es un influencer.

–Actualmente estás entrenando con Robert, de la Universidad de Colorado, Estados Unidos y con Jorge Güedes como preparador físico. ¿Te ayuda alguien en la parte psicológica? ¿Pensás que es importante?

–Cuando tuve anorexia, estuve yendo muchísimo tiempo al psicólogo. He probado varios, al menos cinco. No quiero menospreciar la profesión, pero manejaba a los psicólogos a mi manera y cómo quería. Les hacía creer que estaba bien cuando en realidad no lo estaba. Los dominaba. No me recuperé, en parte, por ellos. Dejé de ir a las sesiones porque me parecía una pérdida de tiempo y, en esa locura, yo creía que estaba bien. Nunca di con un psicólogo que me haya hecho abrir los ojos y sé que es importante para un atleta de alto rendimiento. Lo que aprendí en esa etapa es que por más que todos te digan que tenés un problema, hasta que vos no te das cuenta que lo tenés no vas a salir de eso. Uno mismo se tiene que convencer. Después si te dejás ayudar, todo es efectivo. Yo no asumí que estaba pasando por un problema entonces me parecía inútil lo que estaban haciendo, no los escuchaba.

–¿Qué es lo que buscabas en la natación que te terminó dando el atletismo?

–El alto rendimiento, el sentido de pertenencia a la Selección Nacional y poder representar al país internacionalmente. Preparar un Juego Olímpico o al menos planificarlo. Con la natación me quedó una cuota sin saldar. El primer día que me llegó la ropa del Comité para los Juegos Panamericanos, lo llamé a mi papá y se lo conté. Mi viejo se puso a llorar. Esto era lo que siempre había anhelado en natación, por lo que siempre había luchado y dedicado mi tiempo. La natación me apasiona. Eso no significa que no me guste correr, pero la natación me genera cosas que correr no. Creo que me falta tiempo en el atletismo. Me pasaron muchísimas cosas en estos cuatro años y a veces no caigo en todo lo que logré en tan poco tiempo. Todo lo que por ahí viví desde los 6 hasta los 18 años en natación en atletismo lo viví desde los 21 a los 24 que tengo hoy. El sufrimiento del alto rendimiento en natación lo disfrutaba y esa sensación me costó encontrarla en el atletismo.

–Hablaste o mencionaste Juego Olímpico, ¿cuándo te diste cuenta que podías empezar a pensar en una cita de esa magnitud?

–Un día (diciembre del año pasado) Fausto me dice, en chiste, que se iba a casar conmigo el día que esté cerca de clasificar a un Juego Olímpico. Apostamos. Jamás en mi vida había entrado a la Federación Internacional de Atletismo a ver mi ranking. No quería verme en el puesto 1000 sinceramente, pero cuando entré me vi 62 en los 5000 metros y el cupo para Tokio 2021 es de 42. Si bien hay 20 atletas adelante mío y es un número abismal, el ranking cambia semana tras semana, nunca me hubiera imaginado estar en esa posición. Desde ahí empecé a trabajar para escalar posiciones en ese ranking.

–Con el diario del lunes, ¿pensás que se podría haber aplicado un protocolo y un tratamiento diferencial con los deportistas de alto rendimiento con respecto a la pandemia por Covid-19?

–Lo hablé mucho con mi preparador físico Jorge Güedes. Nunca llegué a comprender por dónde es que realmente pasaba la situación. Argentina no tiene una gran cantidad de deportistas de alto rendimiento. Creo que se podría haber aplicado un protocolo tranquilamente. Se aplicó en un montón de países. Es lo sé, no es sorpresa que, en cierta medida, te dejen en banda.

–Según Marcelo Bielsa, “el éxito es deformante, relaja, engaña, nos vuelve peores, nos ayuda a enamorarnos excesivamente de nosotros mismos. El fracaso es todo lo contrario, es formativo, nos vuelve sólidos, nos acerca a las convicciones, nos vuelve coherentes”, ¿qué es el éxito para vos?

–Hay una frase que es muy linda que dice: “El éxito es la sumatoria de todos los fracasos”. Sé que en estos cuatro años logré un montón de cosas que otros, que la vienen remando hace un montón, no lograron. Pero a nivel personal he tenido muchísimas caídas a nivel emocional, físico y personal. Aún así, nunca bajé los brazos y siento que todo valió la pena. Perseverar y no desistir pese a las circunstancias o resultados.

–¿Hasta dónde querés llegar en el atletismo?

–Ser olímpica. Eso hoy. Pero a mí no me gusta conformarme. Si el día de mañana logro ser olímpica, me pondría un siguiente objetivo. Conozco a mucha gente que dijo, ¡conozco eh!, no es que lo estoy inventando: “Ya soy olímpica, ya está, ya cumplí mi sueño”. Y no. El sueño no está solo en eso. Está en apostar a más. Está en decir: “Bueno, soy olímpica. ¿Qué sigue ahora? Vamos a ver de clasificar con la marca en vez de con el ranking”. Siempre ir sumándole algo más.