Fernando Belasteguín

Messi, Federer, LeBron y él

Inconformista, voraz, competitivo. Un hombre común, de 41 años, que se animó a hacer cosas extraordinarias en un deporte que lo elevó al Olimpo de leyenda viviente, mientras resiste el paso del tiempo con el mismo ímpetu que forjó de niño. “Creo que he sido tocado por la varita mágica para tener ese talento que es el trabajo”, dice.

“¿Podremos pasar la nota para más tarde? Recién llego a Italia y necesitaría dormir un poco porque me levanté a las 5. ¿No te molesta? ¿Si te parece la hacemos a las 12.30 de Argentina?”. El mensaje de WhatsApp abrió la mañana del viernes pero no cambió el día. Ni un ápice. La charla entre Enganche y Fernando Belasteguín se haría (se hizo) porque, como suele refrendar el hombre que nació hace 41 años en Pehuajó, su palabra tiene un valor irrenunciable. Como cumplir con un amigo, el empresario e influencer Gianluca Vacchi, quien lo invitó a participar de una exhibición en su país.

Y para Bela, claro, jugar es una excusa perfecta para hacer cada día más conocido al deporte en el que reinó, de manera ininterrumpida, durante 16 años y 8 meses hasta que una serie de lesiones lo alejaron de la cima del pádel, el deporte que dominó a sus anchas. Su estatus, en España, la tierra que lo cobijó desde 2001, es el de una celebridad. Allá es una estrella que trabó amistad con el ex tenista Alex Corretja, con los futbolistas Charles Puyol, Gerard Piqué y Johan Cruyff , quien lo bautizó como “el Messi del pádel”. Incluso, el Barcelona lo homenajeó en más de una oportunidad y hasta tiene un palco para ir a ver al equipo Culé cuando quiere. Sin embargo, prefiere cultivar el bajo perfil como estilo de vida y postula que desde allí es más fácil ver la dimensión propia y la ajena. Acaso, como una estrategia que moldeó con quirúrgica paciencia al compás de sus endiablados y certeros globos, un arma (entre tantas otras) que supo aprovechar desde siempre.

A los 15 años llegó a Primera en la Argentina y empujado por el sueño de trascender se animó a cruzar el Atlántico para dominar por completo la escena de un deporte al que aún define como “chico” pero que defiende con la misma pasión con la que habla de Cristina, su mujer, y sus tres hijos (Fede, Sofía y Bea). La misma convicción, acaso, que hoy lo sigue impulsando a seguir entrenándose porque “todavía –asegura– me queda mucho por mejorar”.

–“Un Belasteguin nunca se rinde”, la frase del dibujo que te regaló tu hija en 2018, ¿de dónde viene? ¿de Pehuajó? ¿de tus viejos?

–Es algo que me acompaña desde siempre. Mirá tengo 41 años y cada día que me levanto me duele el cuerpo, a mi preparador físico le exijo cada año más y él me entiende porque, claro, voy cumpliendo años. Pero es menor todo eso frente a otras circunstancias. Los que hemos experimentado el dolor del corazón, que viene dejar a tu familia y que esté lejos o que nace porque cada año, cuando te vas por once meses a competir, no sabés si al regreso vas a ver otra vez a tus abuelos… Esas experiencias te marcan el alma. Cuando te duele el corazón, todo lo demás que es el dolor del cuerpo, te das cuenta que se pasa en unos días. Creo que, desde ahí, me di cuenta que estuviera como estuviera tenía que seguir para adelante como sea. Y así ha sido mi vida. Y con mis hijos, que es algo que hablamos permanentemente con mi esposa, lo que más me preocupa de la educación es que valoren la gran suerte que han tenido, que lo único que tienen que hacer es aprovechar la oportunidad de dónde han nacido y de las oportunidades que tienen. Porque serían muy poco inteligentes si no aprovechan sus oportunidades. Esa frase viene a que cada día, cuando estoy en casa, paso por su pieza y les doy un beso, mientras les rasco cinco minutos a cada uno la espalda. Y hay una frase que les digo siempre: “Te quiero mucho, te voy a ayudar en todo lo que necesites y un Beslasteguin nunca se rinde”. Con eso busco que entiendan que en la vida te van a cagar a palos cada día y tenés que seguir adelante. La más chiquita, Bea, que es una plaga (se ríe), me dice que se lo digo cada noche. Esa frase se hizo conocida en el Master de 2018, Wilson tuvo un detalle que me marcó y le puso a la correa de toda la colección, manuscrito por mi hija (algo que no sabía pero que hicieron a través de mi señora) esa leyenda. Cuando veo eso, se me cae todo al suelo. Y eso, creo, que resume buena parte de mi historia: yo no me rindo nunca y a mis hijos tengo que hacerles ver como sea la suerte que tienen.

–Viajaste dos veces a España para probar. La definitiva fue en 2001 cuando iniciaste ese recorrido ininterrumpido de más de 16 años como número 1 del mundo, ¿en ese camino hubo tiempo para el disfrute?            

–¡No! Yo no disfruto nada, cero. Terminó el Master el domingo pasado (ganó junto con el catamarqueño Agustín Tapia, de 21 años) y disfruté un poquito a la noche cuando se acostaron todos en mi casa y me quedé solo. Habrá sido media hora y mi cabeza ya se puso a pensar en todo lo que tengo que mejorar para ser competitivo el año que viene. El domingo pasado jugué una final de Máster, pero estoy pensando que lo mejor de mi carrera está por venir. Eso me lleva a que quiera mejorar cada día. En mi carrera tuve la suerte de tener las tres sensaciones que puede tener un deportista y somos muy pocos los que podemos tenerlas: primero, la de perder porque todos perdemos un montón; después, la de ganar y ser número uno que somos muy pocos los que podemos tener esa sensación; y después, una tercera que tenemos todos en nuestra vida diaria cada día: entrenar cada día como si fuera el último día de mi carrera. Te puedo asegurar que he tenido las tres sensaciones y, la mejor de todos, y es incomparable, es la que vivo día a día. La que me hace entrenar como si fuera el último de mi carrera. Es incomparable, incluso con haber sido número uno del mundo. Esa es mi forma de ver mi profesión, mi vida misma. Y, no me cabe duda, que hoy soy un jugador muy superior a lo que fui el año pasado pero uno inferior al que va a venir en los próximos años. Y cuando me retire, ahí sí echaré la vista para atrás y me daré cuenta de todo lo que hice.

–En tu construcción como deportista y como persona, en 2017, nos dijiste que tu mujer es dentista y no anda con las muelas o un implante luciéndolos, por eso en tu casa no colgás los trofeos. Pero si tuvieras que armar un Belasteguín desde cero, ¿cuánto hay de talento y cuánto hay de cabeza?

–Hay un talento. Pasa que cuando se habla de talento se lo suele confundir con alguien que es muy habilidoso. Para mí, ese es un error de concepto sobre lo que significa el talento. Para mí, una persona que es muy habilidosa no es talentosa. Tiene habilidad para jugar al deporte que sea. Y a mí, en mi profesión, como no tengo el talento de la habilidad, creo que tengo el talento más importante, incluso no para el deportista sino para la vida misma: el talento al trabajo bien hecho. No hay mayor satisfacción que trabajar a conciencia. Creo que he sido tocado por la varita mágica para tener ese talento que es el trabajo.

Luis Scola, en un podcast con Juan Pablo Varsky, decía que los mejores se tienen que creer y asumirse como los mejores, sin que ello implique decirlo a viva voz. Llevando ese ejemplo a vos, a lo tuyo, ¿los mejores en lo suyo tienen que creérselo?

–Coincido con Luis. El que es realmente bueno y los deportistas que han ganado muchas cosas en su carrera como Messi, Federer, por lo general, nunca dicen “soy el mejor” o “qué bueno que soy”. Sí es verdad que a ese deportista tiene que creerlo, sentirlo. Si lo trasladás a mí, como en la pregunta, sí asumo que hay chicos que son mejores que yo. Vos me preguntás en el medio de un partido, con las pulsaciones a 10.000 quién es el mejor, y yo me animo a decirte que yo. Los que hemos ganado tanto en nuestra especialidad, hay una sola cosa que, cuantas más veces ganás, es lo más seguro que hay: cuantas más veces ganás, más cerca estás de perder. Tenés que ir tranquilo, siempre. Con mis hijos uso un ejemplo: un árbol cuantas más manzanas tiene, más agacha la cabeza. Entonces, cuanto más has ganado, agachá la cabeza, más perfil bajo tenés que tener.

–Vos permanentemente hablás de tu compañero, antes Juan Martín Díaz, Pablo Lima, este año Tapia y nunca de vos, al margen de ser calentón, algo que reconociste que te genera vergüenza.

–Siempre. Porque en este deporte no sos vos solo contra el mundo. Cuando juego me vuelvo loco. Hasta incluso mi señora que, en los últimos dos años, ve los partidos con mis hijos porque me querían ver y ella termina cambiando de canal porque me recontra caliento. Pero nunca con mi compañero. Fui número uno 16 años y 8 meses de manera consecutiva y el pádel se juega de a dos. Los profesionales tenemos la capacidad de tirar la pelota a donde queremos y podemos jugarle solo a uno. Y en este deporte, que se juega de a dos, si no tengo a mi lado a alguien igual o mejor que yo, ese récord hubiera sido imposible. El pádel es un deporte de pareja, siempre.

–¿Se le pierde el miedo a perder?

–No porque perdí un montón de veces y eso te enseña, te forma y te mejora. Cuando pierdo hago una sola cosa: felicitar a los que tengo enfrente porque si me ganaron no fue por un error de preparación que, para mí, es lo más importante. Fue porque fueron mejores en la ejecución de ese momento en el que nos enfrentamos. A mí me encanta que me tiren todas las pelotas porque siento que estoy preparado para todas las situaciones del juego. Luego si tiro la bola afuera es por un error de ejecución y no de preparación. Por eso no soy de calentarme con mis compañeros, me calentaría si sé que la preparación que tuvo no fue a conciencia. Luego, en el partido, la podés tirar afuera.

Con Puyol y Guardiola

–En el proceso de convertirse en profesional del deporte y llegar a lo más alto, ¿cómo trabajaste el aspecto mental?

–La cabeza se trabaja, en mi caso, cuando me he puesto a extrañar y a llorar solo en España, y me fui a entrenar. Ahí trabajás la cabeza. Lo más fácil, cuando estás jodido, es quedarte en tu casa. Si cuando estás jodido te ponés a trabajar, a entrenar, te aseguro que eso te endurece la cabeza.

–Éxito y fracaso, ¿cómo definirías estas palabras?

–Las definiría en una misma acción. Para mí el éxito no es quien gana y fracaso no es el que pierde. Le tengo mucho más respeto a una persona que toda su vida pierde y juega en sexta categoría pero es su mejor versión haciendo su máximo esfuerzo. Esa persona no sé si es exitosa, pero sí tiene su conciencia tranquila. Uno puede vender buzones todo el día, vender humo como le dicen, pero jamás podrá engañarse a sí mismo. Cuando llega la noche, me acuesto, cierro los ojos, puedo haber engañado a muchas personas, pero a mí mismo no. Yo sé qué hice o no. Por eso respecto muchísimo a la persona que trabaja cada día para ser su mejor versión y llega a la casa y puede mirar a los ojos a su familia con la tranquilidad del día que, lo que hizo, fue lo máximo y mejor posible. Haya ganado o haya perdido.

Con Johan Cruyff

–En ese viaje de 2001 a España, incluso antes cuando te fuiste de Pehuajó a Buenos Aires a la casa de Roberto Díaz, tuviste que vender paletas, pedir plata prestada. ¿Hoy es más fácil llegar a Europa, a la elite?

–Sigue siendo difícil, lo que sí es verdad es que los chicos tienen muchas más posibilidades. Pero está en ellos mismos. Cuando yo empecé era durísimo, durísimo. Entonces, tenías una sola oportunidad y te agarrabas a esa oportunidad y la exprimías como loco. Ahora, quizás, al tener más posibilidades, no terminan de darse cuenta la suerte que tienen y van desaprovechando oportunidades. Creo que eso, para la personalidad de un deportista, cuantas más posibilidades tengas es más fácil que llegues, pero podés llegar a quedarte en el camino porque no terminás de valorar esas posibilidades.

–Suele hablarse de falta de hambre o carencia de un deseo visceral de las nuevas generaciones, ¿es tan así?

–Acá, capaz, te tiro una piedra. Cuando se critica a la juventud con falta de hambre o se critica que los chicos no son los de antes o ciertas acciones que forman parte de la educación, por qué, en vez de echarle la culpa a los chicos, no nos fijamos quiénes son los que nos encargamos de su educación, de su formación. Es muy fácil decir que un chico es un algo negativo y, en verdad, es uno el que le está errando en no hacerle ver las posibilidades que tiene, en el esfuerzo que tiene que hacer. En España, con el Covid-19 estamos entrando en la tercera ola de contagios, se les echó la culpa a los adolescentes que eran inconscientes y a esos chicos quién los educó. Los actos de los chicos son consecuencia de la educación que reciben de nosotros, los adultos. Si toman decisiones malas es porque, en sus casas, no han sido educados como corresponde.

–Para irte de viaje de egresados a Bariloche tuviste que vender tortas, hiciste un Prode en el colegio y hasta gritaste un gol de Boca contra San Lorenzo (es fanático del Ciclón). Nuestros hijos no saben lo que es vender una pastafrola en el recreo para tener un peso y poder lograr algo, ¿cómo se compensan esas cosas?

–Es dificilísimo, es muy complicado. Muchas veces discuto con mis padres por ese tema de darle de más. Para mis hijos, gracias a las marcas que me patrocinan, podría tener 10 pares para cada uno, sin embargo, tienen uno y hasta que no sea necesario no le cambio las zapatillas. Y mi viejo me dice que les compre otras, yo le digo que sí. Pero recuerdo que cuando era chico, yo tenía un par de zapatillas para ir al colegio, jugar al pádel, ir a tomar un helado al centro… Esas cosas forman parte de la educación. Me parece que si hubiera tenido 10 pares de zapatillas no habría valorado las cosas como lo hago y pretende que mis hijos tengan claro el esfuerzo que implica cada cosa. Uno intenta hacer lo mejor posible como padre y me ocupo que tengan noción del valor de las cosas

Leo Messi y Belasteguín, en Barcelona

–No puedo dejar de pensar en la historia que contaste de tu amigo Gula al que le decías que un grip a vos te duraba 4 meses…

–Tal cual, yo hacía eso. Yo cambio los grip, cuando estoy en competencia, cada partido. Y la verdad que más o menos quedan nuevos. Mis hijos juegan todos al tenis. Yo cuando los saco, los enrollo y me los guardo, para que cuando ellos tengan que cambiar un grip puedan usar esos que yo ya usé. Considero que son muy jóvenes para que tengan que estar abriendo grips nuevos como si nada. Ellos saben que en su raqueta van a usar los grip que yo usé en competencia y yo tengo en mi casa una bolsa con 150 grips nuevos, pero me parece que con 7, 10 y 12 años, no tienen la edad para andar usando cosas nuevas simplemente porque sí.

–Tus hijos juegan al tenis, ¿cómo se juega tu rol de papá en ese proceso de tus hijos compitiendo o entrenando?

–Callado y después les pregunto si dieron todo, si sienten que dieron el máximo o les quedó algo. Y después les pregunto por dónde creen que podrían haber ganado un partido o mejorado alguna definición. Para tratar de entender cómo piensan. Veo niños que tiene un staff completo para cada competencia. Y pienso que durante la semana hay que entrenarlos con todas las herramientas, pero en la semana, cuando compiten, los tenés que dejar solos. Para que ellos se vayan dando cuenta por dónde tiene que ir analizando el juego. Si le das todo servido, no los ayudás.

–¿Te ponés a pensar si podrán ser profesionales del deporte?

–Nada, jamás. Los llevo a hacer actividad física y que se diviertan. Lo que tengo claro que en mi casa el deporte y el estudio se pueden combinar perfectamente.

En familia. Solo falta Federico, su hijo mayor.

–A Federico, tu hijo mayor, le faltan tres de años para llegar a la edad en la que vos ya eras profesional, a los 15 años. Si te parás a mirar tus 12, 13 o 14 años, ¿advertís cosas similares en él? ¿La maduración es diferente? ¿Cambia algo?

–Es difícil decir eso. Cuando lo veo a Fede… Acá en Barcelona un par de veces nos llamaron porque se mandó alguna en la escuela. Yo voy pongo la cara y me banco la que viene. Yo le digo a mi mujer: “Cris vos te casaste con uno de Pehuajó, si querías uno más tranquilito, era casarte con uno de Barcelona o del club al que vas que es no sé qué. Entonces le digo, los chicos tienen mis genes, qué querés que le hagan. Fede se manda alguna, pero es incomparable con los despelotes que hacía yo cuando era chico. A nivel personal, a Fede lo veo más maduro que yo, pero tiene esa picardía.

–Tal vez lo tenés naturalizado, pero Puyol, Piqué, Messi, Cruyff, todos se manifestaron con reverencia sobre vos. Sos una especie de celebridad en Barcelona, ¿cómo te llevás con eso?

–Me doy cuenta cuando llego a mi casa y me quedo sólo. Ahí me pongo a dimensionar que estuve con alguno de ellos. Entro a la cancha de Barcelona como si entrase a la de San Martín de Pehuajó. Eso son cosas que disfruto gracias al pádel. Yo más allá de profesional del pádel soy un fanático del deporte y el pádel me permitió estar con deportistas muy grosos y estar con ellos de igual a igual. Pero no me termino de dar cuenta.

–Cuando jugás con ellos, ¿qué Belasteguín juega, el profesional o el amigo?

–El amigo, intento que ellos la pasen bien. Intento que la última pelota caiga de mi lado.

–En tu vínculo con jugadores de fútbol, la muerte de Maradona te agarró allá, en Barcelona. ¿Cómo te afecto?

–Acá en Barcelona o mucha gente, no terminaban de entender por qué tenemos esa devoción por Maradona. Ellos miran todo lo extra futbolístico y yo les decía, que ni miro lo que nos dio lo futbolístico, sino que al argentino le ponen una bandera por delante y vamos a la guerra con un cuchillo de plástico. Maradona, les digo, nos dio como país la alegría colectiva más grande de nuestra historia. Que fue, con una pelota en los pies, ganarle una guerra a los ingleses que nos habían matado a muchos chicos de 18 años en las Malvinas. Y me dicen, “pero hizo un gol con la mano”. Pero yo, que en ese momento tenía 7 años, y que después tuve la posibilidad de estudiar y leer todo lo que fue Malvinas, siento orgullo por ese gol con la mano, más allá de la locura del segundo gol que se eludió a todos. Y les explico por qué digo que siento orgullo por ese gol con la mano, porque es menos grave eso que unos ingleses fueran a conquistar una isla, que no les pertenecía, matando a chicos de 18 años. Entonces, Maradona con una pelota en los pies nos hizo ganar una guerra en el corazón de los argentinos. Desde ese lugar, todo lo que quieras razonar, carece de sentido. De su vida que haga lo que quiera, si el único que se hacía daño era él. Para mí fue un dolor, porque fue como quedarse huérfano de un argentino.

–Contaste que te encanta el libro los Pilares de la Tierra (Kenn Follet) y hace poco recomendaste Correr o morir (Killian Jornet), ¿el tuyo (Bela, esta es mi historia) lo recomendarías?

–Es la historia de un pibe de Pehuajó que llegó a ser jugador profesional de pádel y cuenta todo lo que tuvo que hacer para lograrlo.