Fernando Chaine

Una patada en el culo a los prejuicios

A los 37 años disfruta de jugar al básquet, el deporte que lo ayudó a vencer los prejuicios propios y ajenos, por tener una sola mano. Un gigante de 2.06 metros que habla y enseña.

Por Rubicón y Andrés Román

Apenas 32 minutos pueden resultar suficientes para aprender. Algunos llevan una vida entera buscando, pero con tan sólo escuchar a Fernando… Tiene 37 años, aunque en sus palabras hay blues encantador. Supo cómo patearle el culo a los prejuicios. No fue sencillo, para nada, casi que lo logró de casualidad; sin embargo, su relato permite comprender que ese guiño del destino, él supo cómo capitalizarlo. Vivía encerrado y dibujando, pero salió al sol cuando le pidieron un favor. Firmó en una planilla con su nombre y apellido, Fernando Chaine para ayudar a Luciano de Rosa, el entrenador de Gimnasia y Esgrima de Lomas Zamora. Y desde ese momento, el hecho de haber nacido con una malformación y tener sólo una mano, empezó a dejar de ser un trauma.

Sí, juega al básquetbol con una mano. No le teme, sabe que muchos lo subestiman, pero eso ya no es su problema. Disfruta de lo que hace. No se cuestiona nada. Usa como terapia el humor y suelta: “Para dar una mano siempre estoy disponible…”. Hace un silencio, mira la reacción de sus interlocutores y suelta una carcajada. Su trabajo desde hace 15 años es en el Ceamse y sus intereses pasaron primero por el Diseño Gráfico y ahora es la Química, estudios que lleva adelante en la Universidad Nacional de Quilmes (Unqui). Su mundo está dentro de la cancha, allí es Fernando, es el gigante de las tapas, el tipo que se encargó de derribar los prejuicios. No es el hermano de Sebastián, el profesional que pasó por Boca y Lanús. Es Fernando el pivote de Gimnasia. Y eso es todo.

–¿Cómo arrancaste en el básquet? 

–Era grande, tenía 18 años y fue todo bastante de casualidad. Yo iba a ver a mi hermano Sebastián y el profe, Luciano de la Rosa, viéndome con mis 2,06 metros, me invitaba a jugar pero yo me negaba. En un cumpleaños en mi casa me pidió el favor de que fuera al club porque necesitaba un chico más para poder abrir una categoría nueva, la sub 22, porque eran cuatro. Me dijo que no hacía falta que jugara porque podía completar el equipo con juveniles, pero sí necesitaba que firmen la planilla cinco jugadores de esa categoría. Le dije que sí, pero que el trato era hasta que consiguiese uno más.

–¿Pero no te atraía la posibilidad de jugar? 

–No, ni un poco. No quería empezar en un deporte en el que no me sintiera cómodo. Jugar al básquet con una mano y cuando no lo había practicado nunca antes me resultaba imposible. Recién había terminado el secundario, era verano, tenía tiempo libre y como era inquieto empecé a ir entrenar.   

–¿Ahí empezaste a tomarle el gusto? 

–El primer día el profe me habló del amor propio y que antes que nada lo que yo tenía que hacer era confiar en mí mismo. Le contesté que confiaba en mí, pero que en mi vida no había agarrado ni una pelota de básquet. Me respondió que me había visto correr y saltar y que podía jugar. En un momento me dijo que tenía hasta el final de la práctica para volcar la pelota. Probé un par de veces y la volqué.  

–Y cuando empezaron los partidos… 

–Firmaba y me quedaba ahí. Como ya me habían dado ganas de empezar a jugar y había probado en un par de amistosos… Si el partido estaba con el tanteador alejado para arriba o para abajo entraba un rato. Enseguida encontré el timing para saltar, metía algunas tapas… Eso me entusiasmaba. Y así arranqué. 

–¿Hubo algún punto de inflexión? 

–Sí. En ese primer año nos tocó enfrentar a San Lorenzo, que venía invicto, ganándoles a todos. Uno de los chicos se lesionó en el primer cuarto y otros dos tuvieron que salir por faltas en el segundo. Al profe no le quedó otra que ponerme ya en el primer tiempo. Y en ese partido además de muchas tapas metí el último doble y ganamos por un punto. Ahí dije “ya está, quiero seguir jugando”. 

–¿Tu juego evolucionaba? 

–Fui ganando minutos y teniendo así mejor nivel. Ahí comencé a verme importante y no sentía la diferencia de la mano. Empecé fuerte a entrenarme para así mejorar: para mí los entrenamientos eran los partidos.    

–¿Ese grupo te contuvo? 

–A mí no me adoptó solo el entrenador y mis compañeros, sino todo el club Gimnasia y Esgrima de Lomas de Zamora. Cuando arranqué y entraba en los últimos dos o tres minutos las tapas las festejaban como una explosión y si metía un punto lo gritaban como locos; creo que a veces hasta los rivales los gritaban. Fue el club y todo el ambiente del básquet. Terminaba los partidos y se me acercaba gente de los otros equipos para saludarme, para conocerme y felicitarme.  

–¿De pibe sufrías las miradas de los demás? 

–Siempre me vi observado, primero porque me faltaba una mano y después, cuando empecé a superar esa cuestión, pegué un estirón que a los 12 años ya medía 1,90 metros. Primero era el manco y después el jirafón. Y yo no tenía el carácter para frenar eso. 

–No haberte acercado al deporte, ¿tenía que ver con una incomodidad que sentías vos o con que no te habían dado una oportunidad antes?  

–Creo que el que se alejaba era yo. Que te falte una mano ya desde chiquitito es complicado. Ya desde el jardín ser el distinto era todo un tema, entonces yo era muy, pero muy introvertido. Estaba todo el tiempo con el brazo en el bolsillo y hablaba poco y nada. De la escuela iba a mi casa y ahí me quedaba, tenía un solo amigo en el barrio. Dibujaba todo el tiempo, mi forma de mover mentalmente la cabeza era dibujar. Y después, empezar a competir me cambió la personalidad completamente. 

–¿Cómo fue ese cambio? 

–En el básquet empecé a estar rodeado de gente, los sábados me iba temprano en el ómnibus y me veía toda la tira de partidos. Hubo dos cosas que me cambiaron la cabeza. La primera fue ser parte de un grupo de boy scouts, fue cuando empecé a salir de casa, superar el tema de la mano e incluso, hasta a poder tomármelo con humor. La segunda, y definitiva, fue el básquet. 

Luis Scola nos contó cuando lo entrevistamos que en el básquet encontró un lugar de inclusión, porque ser muy alto le resultaba un problema, pero ahí eso se convertía en un beneficio. ¿Te pasó algo de eso con tu altura? 

–Es que yo no entré al básquet buscando nada, sino para hacerle un favor al amigo de mi hermano. Después sí me di cuenta de que la altura me ayudaba mucho. Me pasaba de entrar a los clubes y que los demás miraban de reojo cuando veían a alguien de dos metros y pico, pero después cuando se daban cuenta de que me faltaba una mano decían… “ah, listo”. 

–Sos pivote y el juego es fuerte abajo del aro…

–Sí, nos damos un poco. Jugamos en FeBAMBA y con equipo del Prefederal. No me espanta cagarme a palos. Habilidad no voy a aportar, así que ahí estoy, fajándome.  

–¿Hablás mucho con Sebastián? 

–Sí, pero no jugamos mucho juntos, porque cuando estaba en cadetes lo usaban para juveniles y, entonces, al ya estar dos categorías arriba, no podía estar en el Sub 22. Seba después pasó a primera y cuando yo llegué él se fue a Boca. Volvimos a jugar juntos en 2015 cuando él casi había tomado la decisión de alejarse del básquet profesional y volvió a Lomas, pero terminó tomándolo sólo como un año de transición. Ese año jugamos juntos también con nuestro hermano menor (Nicolás). 

–¿Hubo algún momento en el que te soltaste más para picar la pelota y tirar? 

–Es cierto que con el correr del tiempo y los partidos vas agarrando más confianza. Pasa que no tiene sentido que yo salga picando la pelota, cuando sé que mis compañeros lo pueden hacer mejor. Yo agarro un rebote, abro la pelota y vuelvo a mi lugar. Desde que empecé a jugar aprendí que tenía una tarea específica, a cumplir con una función determinada. 

–¿Cuánto te ayudó el deporte en tu vida cotidiana? 

–Me ayudó muchísimo afuera de la cancha porque el básquet cambió mi carácter. El hecho de sentirme importante en un equipo me hizo tener más confianza en mí mismo y eso generó que pudiese manejarme mejor en mi vida. Desde el básquet me empezó a gustar rodearme de gente. También me empecé a preocupar por dar testimonio y ayudar a otras personas que tuviesen alguna dificultad.   

–¿Pensás ya en lo que vas a extrañar el básquet cuando dejes de jugarlo?         

–Sí, definitivamente. Va a ser así, voy a extrañarlo muchísimo. Voy a jugar hasta que me dé el cuerpo, hasta que me respondan las rodillas. Es mi lugar de descarga y disfruto mucho jugar. Si es por mí jugaría todos los días.  

–¿Te dan ganas de transmitir todo eso que aprendiste tácticamente del juego? 

–No me siento capacitado para entrenar. Sí para dar algún consejo, pero no me veo para enseñar; porque tampoco creo ser un buen observador. Me siento mucho más cómodo jugando que mirando. 

–¿Alguna vez te subestimaron y respondiste con tu juego adentro de la cancha? 

–Sí, pasó. Había un chico que venía con muchos pergaminos, de selección argentina en juveniles, y se comió un par de gorras. No me dijo nada, pero había una actitud que se notaba. 

–¿Te tocó vivir alguna situación fea en un partido? 

–Sí, también. En algún club se escuchó algún comentario desde la tribuna, pero es la misma gente del lugar la que repudia esas conductas. Pero son muchísimas más las buenas. 

–¿Cómo cual? 

–En un partido en Círculo Urquiza, en 2003, la volqué muy fuerte y reventó el tablero, explotó el acrílico. El de la mesa de control empezó a gritar que me había colgado con las dos manos. Carlos Zamorano era nuestro entrenador y le dijo “si me mostrás cómo hizo para colgarse con las dos manos, el tablero te lo pago yo”. 

–¿Alguna vez te llamaron de otro club? 

–Mi hermano Sebastián alguna vez me hizo un comentario, pero yo no estaba interesado en irme de Lomas. Estaba cómodo donde estaba y yo nunca me dediqué de lleno al básquet, es una parte más de mi vida, de las más importante, pero lo comparto con el trabajo y el estudio.