Literario

Festejan empates

"Festejan empates…", es una de las frases más hirientes del fútbol. Sin embargo, aquí se revela una historia en que el empate tiene una plenitud que ni la efímera victoria ni la dramática derrota tienen…

De las tantas efusiones que la jerga futbolera inventó para herir,”festejan empates” es una de las más sutiles y feroces. Quien la dice, por lo general, lo hace con ese tono desganado que supera en crueldad al odio vociferante. Quien la dice suele hacer ejercicio ilegal de la ironía; sabe que pega debajo del cinturón, que patea al que está en el piso, que habla con la filosa soberbia del intocado por el fracaso. La frase suele ser acompañada de una mirada gélida, de sicario, y muchas veces se pierde en medio del humo de cigarrillo mientras se sirve una copa de vino, montando una escenografía del desprecio insuperable.

Ahora bien, ¿es tan poco honorable festejar un empate? ¿Supone siempre un acto de supina mediocridad, de lastimosa consolación, de mediocre conformismo? Todo eso le pregunté al Enviado, a quien fui a ver, como siempre, en busca de sus inapelables sentencias.

–Como casi todas las cosas importantes para el ser humano, el empate es por lo que es, pero más es por lo que significa…no olvide, discípulo, que somos animales simbólicos…- dijo el maestro.

–Ah…claro: la definición de Cassirer sobre qué es el ser humano…- conjeturé.  

–Eh…yo se la escuché decir a mi tío Cacho un día que perdió en el casino hasta la guita de la nafta, pero por ahí la inventó Cassirer en otro contexto. Lo importante es entender que un empate, efectivamente, puede ser algo que se queda a mitad de camino y define el conformismo de los mediocres, pero muchas veces es la mitad de un río que nos deja lejos de la orilla del fracaso, e incluso puede ser el ansiado punto medio que el gran Aristóteles postulaba como medida de virtud…Yo, sin ir más lejos, he firmado un empate con la vida, y eso se parece mucho a una modesta forma de felicidad…Si quiere le cuento alguna historia de empates gloriosos, o tal vez tenga usted algo para contarme…

Entonces le conté al Iluminado estas dos historias de las que fui protagonista y testigo.

Cuando recién habíamos egresado de la ENAM, en plena efervescencia democrática (y hormonal), solíamos ir con la banda de amigos a jugar todos los martes unos picados en el legendario gimnasio del Lomas Social. Una tarde, esos partidos memorables pero a la vez tan comunes, fueron convocados a la épica por uno de los proyectos políticos menos (re)conocidos y más ambiciosos de Mariotto. Al hombre del sur se le ocurrió que en esos partidos tan triviales debía consumarse (y de ser posible, resolverse) una antinomia sin tiempo ni lugar, y propuso que los equipos no se formaran a partir de la siempre aleatoría pisada, sino como producto de otra taxonomía: obreros versus estilistas. En el imaginario mariottil, obreros eran (éramos) básicamente muchachos voluntariosos, con la fe que nos empecinaba, sin otros dones que abandonarnos a esa extraña utopía de vencer a los poderosos, sin otra vocación que la del que cree que puede, porque puede creer. “Estilistas” era una manera eufemística de representar a los que siempre ganan, a los que corren con ventaja, a los que no soportan ni empatar con quienes vienen a disputarle, no ya sus privilegios, sino lisa y llanamente su sensación de invictos eternos.

Sin embargo, el proyecto, purista en su concepción, se desvaneció por su propia ecléctica matriz; en verdad no todos los obreros éramos tan faltos de talento, más bien la nuestra era una actitud ante la vida, una postura más ideológica que futbolística; muchos “estilistas” además sintieron el llamado de la épica y comenzaron a disimular sus potencias para formar parte de la escuadra voluntariosa; por otra parte, como siempre, la apetencia aspiracional hizo que algunos troncos prefirieran pasarse del lado ganador antes que luchar. Luego de un manojo de partidos en que la antinomia se mostró al desnudo, pronto mutó en encuentros parejos, que quitaban a cualquier triunfo (o empate) su condición de epopeya.      

Hago referencia al proyecto “obreros”, que no terminó de prosperar, porque tuvo su inspiración en otra gesta gloriosa, ahora sí vinculada a un empate, de la que Mariotto y yo fuimos protagonistas, pero del lado equivocado del mostrador.

Cuando estábamos en la primaria, Mariotto y yo formábamos parte del equipo de los “buenos”. En cuarto grado, a una edad propicia para la visión neoliberal de la vida, armamos el equipo del grado con los mejores, dejando de lado a quienes no poseían el talento en abundancia. Teníamos un equipazo: yo al arco (¿tengo que decir una vez más que era un arquero extraordinario, con una promisoria carrera inciada en el arco de Talleres de Escalada truncada por la miopía progresiva?); Pato Mansilla, que terminó jugando en Racing; el Flaco Iribarren, un antecedente de Nacho Fernández; Chelito Carballo, casi tan habilidoso como lindo; y Mariotto, que en esos días era un wing típico de los 70, parecido a su admirado Pampa Orte. El resto del grado era para nosotros, en el mejor de los casos, público de nuestros partidos cuando jugábamos contra otros grados. A veces alguno de ese pelotón apócrifo tenía una buena semana y lo “dejábamos” beber del elixir de los dioses.

Una tarde el “resto del grado” se hartó de ser resto. Nunca sabremos si fue producto de algún concilio, de un súbito liderazgo o de la sagrada inercia de ir el 17 de octubre a la Plaza, pero un día los postergados hicieron su presentación con camiseta: Los Tigres. Se habían comprado unas camisas como la de Ñuls, partidas en negro y rojo, con botones. La autodenominación felina era más que una estrategia de precoz marketing; era un modo de rugir su bronca, de mostrar los dientes de la dignidad.

En una excursión al Parque Saavedra nos desafiaron a un picado, con nuestras compañeras como testigos. Les ganamos, ponele, 25 a 0. A esa derrota le siguieron otras tantas, igual de abultadas y humillantes, en cualquier evento y lugar: días de la primavera, Ciudad de los niños, recreos, clases de educación física, hasta les ganamos en un contexto que se puede pensar “igualaría para abajo” los dones, cuando jugamos a la entrada de la escuela un partido usando como pelota un Larguirucho de plástico que alguien conservaba de nuestra pretérita visita al “Club de Hijitus”.

Una tarde, en…¡sexto grado!, se consumó la gesta y nuestra merecida infamia. El lugar: Parque Almirante Brown. La tarde estaba hermosa para hacer justicia, había un sol como recién hecho y el campo, que era muy grande porque nosotros éramos muy chicos, pedía a gritos historia. Jugamos, corrimos, nos puteamos, nos miramos absortos ante un destino que, como prometía el nombre de nuestros rivales, nos estaba hincando sus dientes en la yugular de nuestra soberbia. Empatamos.

Recuerdo el viaje de regreso; los Tigres, merecidamente arropados por el amor de nuestras compañeras en el fondo del micro, cantando una canción con la potencia de un himno y la insistencia de un mantra: “Yo te decía, yo te decía, que con los Tigres no se podía…”.

Un empate glorioso, un empate grandioso, un empate mejor que cualquier victoria, que una suma de victorias, que diez campeonatos.

Seguramente alguno de nosotros habrá dicho, con menos convicción que petulancia: “Festejan empates…”, mirando de reojo.

Pero somos, como decía el tío Cacho (y Cassirer), animales simbólicos, y cuando el débil se le planta así al poderoso, algún eco susurra en los oídos ganadores: “Guarda, que se animaron y nos empataron…”.