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Fin de un misterio: Oxford explica por qué la pelota no se mancha

A propósito del cumpleaños número 60 de Diego, revelamos los pormenores de una rigurosa investigación de la Universidad de Oxford, que explica por qué la pelota no se mancha…

A doña Tota y Chitoro

“La humanidad gime, aplastada por el peso de sus propios progresos (…) A ella le corresponde preguntarse si solo quiere vivir o, por el contrario, hacer el esfuerzo necesario para que se cumpla, hasta en nuestro planeta refractario, la función esencial del universo, que es una máquina de hacer dioses…” (Henri Bergson – 1859 – 1941)

No se sabe si ocurre todos los años o en períodos más bien aleatorios. Lo que sí se sabe, con esa convicción que solo adquieren los secretos compartidos, es que en algún lugar del planeta, cada tanto, la pelota no se mancha.

Eso sí, siempre es un 30 de octubre.

Una de esas sagradas veces fue, por supuesto, el 30 de octubre de 1960. El lugar, algún potrero próximo al Hospital Evita (¿cómo iba a llamarse, si no, el lugar donde él naciera?); pudo haber sido en Caraza, Budge, Villa Urbana, Villa Albertina, Santa Marta. Pudo haber sido en Fiorito, desde luego, pero es demasiado obvio, y los milagros no se llevan bien con la obviedad. Seguro fue en alguna canchita deshecha de un barrio, allí donde los pobres hospedan con naturalidad los milagros como lo hacen con su reverso, la desgracia. Allí, ese día, ese 30 de octubre de 1960, la pelota no se manchó.

Pudo haber caído en una zanja en Recondo o en un charco en Plumerillo, en un basural del campo Tongui o en una esquina de Olimpo. No importa el lugar porque los milagros, como el amor o la justicia, siempre ocurren en el lugar adecuado.

En cualquier lugar del mundo, siempre un 30 de octubre, la pelota no se mancha. Ese signo, que no requiere para ser interpretado de otra semiótica que el compromiso con hacer más bello el más bello de los juegos, anuncia la aparición de talentosos en cualquiera de sus inagotables versiones, incluso en la más extrema y desbocada de todas ellas: el genio.

Como el espíritu sopla donde quiere, la pelota puede no mancharse en cualquier lugar del planeta. La pelota casi siempre no se mancha con los pobres, es cierto, pero no es porque tenga sensibilidad social o espíritu proletario; simplemente no es tonta y le gusta andar haciendo milagritos donde mejor la tratan y donde más la quieren. Por eso no es de extrañar que de vez en cuando ande por rincones donde los pobres son un problema y no una injusticia. Dicen que hace algunos años la pelota no se manchó en una barrosa canchita cerca de Oxford, en Inglaterra. La niebla, la lluvia, el obstinado rocío, el sol entumecido, habían hecho de ese lugar un verdadero lodazal en el que algunos voluntariosos muchachos procuraban jugar el juego que alguna vez sus antepasados nobles crearon para que luego los plebeyos embellecieran. Ya habían pasado unos minutos de esa lucha en el barro cuando algo extraño sucedió: la pelota empezó a salir del pantanoso lodo como si estuviera hecha de nieve, blanca como una lápida después de la lluvia. No tardó la muchachada empirista en ver en eso un desafío a las leyes naturales y, como para las mentes calculadoras lo que es inexplicable en verdad es inexplicado, procuraron explicarlo. No pensaron, desde luego, que estaban ante un prodigio, sino ante un desafío. Tomaron la pelota como quien aísla una pieza arqueológica, como quien procura no alterar la frágil fisonomía de un bebé herido, y la llevaron a analizar.

–Es verdad, no se mancha…- dijo un erudito poniendo voz oficial a un primer estudio sobre la cuestión, y agregó:

–Nos tomaremos unos días para explicar por qué…

Días de insomnes conjeturas sucedieron a esa primera investigación. En esos días ocurrió de todo, hasta se invitó a integrantes de la legendaria Society for psychical research, cuando el misterio amenazaba con perder las minúsculas. Sin embargo, la mañana en que se intentó probar ante mentes más abiertas al misterio el supuesto fenómeno, la pelota emergió de un exiguo bache de barro como si fuera de brea (los milagros, se sabe, tienen su orgullo, y no ocurren cuando los investigadores tienen ganas de demostrar que no existen).

Por fin, semanas después de que la blancura invicta regresara, luego de arduos debates, protocolos de investigación e hipótesis falsadas, el veredicto tomó forma: la pelota estaba hecha de un material anómalo que rechazaba la suciedad, al menos bajo ciertas complejas pero explicables condiciones iniciales (se inventó, por supuesto, un argumento ad hoc para explicar por qué ante los miembros de la SPR la pelota se manchó).

Hubo pues una vez una pelota que no se manchó en Inglaterra. Hubo una vez en que la pelota de fútbol regresó al útero en que fue concebida. Hubo una vez en que el prodigio sintió nostalgia de su infancia y volvió a recorrer las veredas que vieron sus primeros pasos. Pero nadie aceptó ese don del milagroso azar como señal, augurio u oráculo.

Por eso no nacen nunca en esa patria, que se especializa en dominar el mundo, alguien que domine la pelota. Por eso, a esa nación que tanto le ha robado al mundo, el mundo le robó su mejor creación.

No nació ni nacerá nunca en Inglaterra, donde nació el fútbol; un genio, dios o héroe del fútbol. Y cuando nazca, seguramente no lo reconocerán. Porque hubo una vez en que la pelota no se manchó y no se dieron cuenta. Porque una vez la pelota no se manchó y no se conmovieron, se indignaron. Porque una vez la pelota no se manchó y eso manchó su orgullo. 

Podríamos decir, en palabras más atinadas, que se les escapó la tortuga. 

Podríamos decir, con mayor potencia poética aún, que la tienen adentro.