Franco Florio

En busca de la felicidad

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En las pistas de atletismo y en las canchas de rugby, con spikes o botines, la velocidad se volvió el factor común de un deportista desdoblado en dos disciplinas.

“Me considero un atleta, un deportista que hace dos disciplinas o dos deportes al mismo tiempo: corro los 100 metros y juego al rugby”. Las palabras retumban como si se tratase de los pasos de un wing lanzado a toda velocidad en busca del ingoal. O, por qué no, de un velocista que acaba de agazaparse para partir desde los tacos de una pista de atletismo. Todo eso es Franco Florio, un pibe de 19 años que juega al rugby desde los 5 pero que a los 16, en medio de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 y con Usain Bolt alzándose con la medalla de oro, se dio cuenta de que quería probarse en un deporte que jamás había practicado.

“Desde los 5 años que juego al rugby y nunca dejé de hacerlo en Belgrano Athletic. En cambio, el atletismo lo empecé hace no tanto tiempo. Mi hermano más grande jugaba y lo seguía a todos lados y de ahí viene mi raíz rugbística. La posibilidad del atletismo apareció recién a fines de 2016 cuando tenía 16 años, después de los Juegos Olímpicos de Río. Los miré casi completos y me llamaron la atención los 100 metros. Por eso me puse a pensar si podía hacerlo porque en el colegio nunca había tenido una clase de atletismo”, le cuenta Florio a Enganche. Y agrega: “Si bien desconocía casi por completo el deporte, ver a Bolt en los Juegos me motivó a probarme. Enganché la final de los 100 metros que ganó Bolt y sabía que era rápido porque tanto en el colegio como el club les ganaba a los chicos siempre. Y, por eso, pensé en probar sin saber nada ni creer si podía ser bueno”.

Recién un año después, cuando se alzó con torneo Nacional U18, es decir en 2017, Franco tomó real conciencia que tenía condiciones para correr a toda velocidad. “Estaba solo en mi casa almorzando y me quedé fascinado, fue el conjunto, el todo lo que veía en Río. Y quise probarme. Por eso, le pregunté a mi hermana, Natalia, que es periodista si sabía a dónde podía ir. Al principio medio que no me creía. A los dos días le mando datos de tiempos y cosas que había visto y al verme con tanto interés consiguió el teléfono de Javier Morillas, mi actual entrenador. Creo que el arrojo mío por aprender, por hacer cosas nuevas me impulsó a probarme. Natalia pasó de no creerme a apoyarme”.

Foto de DIEGO SPIVACOW / AFV.

Su desembarco en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard) fue un miércoles, apenas unos días después de la clausura de los Juegos de Río 2016. En verdad, un rato antes de irse a entrenar con Belgrano Athletic fue a verlo a Morillas (entrenador de atletismo especialista en velocidad entre otras grandes virtudes) quien, con cierta incredulidad, le tomó una prueba. “Fui con la camiseta de los Pumas y zapatillas comunes. No sabía lo que eran spikes (zapatillas con clavos). Al verme, Javier me dijo que estaba muy duro. Me dijo ‘andá a trotar un poco’ y me tomó un testeo de 80 metros.

Se sorprendió y hasta pensó que había tomado mal el tiempo, entonces lo llamó a Matías Robledo, campeón argentino de 100 metros en ese momento, para que me tomaran el tiempo los dos juntos, desde diferentes lugares. Y se volvieron a sorprender pero no me lo dijeron”, recuerda. “Directamente le pregunté si era bueno y Javier me dijo que eso no podía decírmelo en el momento, que para eso tenía que dejar pasar el tiempo. Y empecé a ir una o dos veces por semana. En 2016 gano el Metropolitano U18 y eso me motivó para el año siguiente pedir de entrenar tres veces por semana”.

El cambio de deporte lo obliga a sacarse un chip y colocarse otro. Hoy lo hace de manera automática pero, al principio, le costó la adaptación. “Lo primero que me generó la pista es fatiga por el rebote. Y eso me obligó a corregir muchas cosas para evitar lesionarme. El entrenamiento del velocista es mucho más específico en las cargas en el gimnasio. En la pista hago pasadas cortas y largas de 60, 80, 100 y 150 metros como máximo, sumo trineo, mucha coordinación y movilidad. Las entradas en calor duran 40 minutos o más. Es una entrada en calor progresiva para hacer cuatro o cinco pasadas bien rápidas y terminar”, reconoce.

Pero en otros entrenamientos debe sumar las denominadas pasadas lácticas de 200 metros a máxima velocidad. “Cansado, seguís corriendo y son tan intensas que sentís el ácido láctico en la panza y terminás vomitando. No se trata de un acto épico, ni algo para mostrar, pero eso pasa”, cuenta Franco, para quien el atletismo no se trata de un hobby pasajero, sino que se lo toma como un deporte de alto rendimiento deportivo. También practicó básquet en 2016 para mejorar la saltabilidad. “Siento una necesidad permanente por mejorar, es algo que lo tengo innato”, advierte el jugador de rugby que prepara partidos de 80 minutos con la misma intensidad que lo hace para los de 14 (en el caso del Seven) o para correr 100 metros llanos. “En rugby Seven tenés muchos más espacios, porque es la misma cancha, pero con menos de la mitad de jugadores. Se explota muchísimo más la velocidad, pero también hay jugadores muy rápidos. No es lo mismo tener un forward adelante, que es un poco más lento, que un jugador de Seven”.

Foto de Alejandro Leiva / Página 12

Uno y otro deporte son importantes en su vida, está claro. Tanto que hoy en día dice que no puede elegir uno por encima del otro. Ambos lo apasionan y lo definen, pero “en el atletismo soy consciente –analiza– que a nivel nacional me va bien pero eso no indica que a nivel internacional me vaya igual. Es distinto, es mucho más difícil por el ADN, por las marcas. Indirectamente hay un tope, pero no lo sabés hasta que llegás a ese techo y hoy siento que aún no llegué a mi máximo corriendo. En cambio, en el rugby se puede aspirar a una medalla en un Juego Olímpico”. Y advierte: “En el país es muy difícil vivir del atletismo; en cambio, en el rugby, una salida internacional puede ayudarte a ordenarte económicamente. En el atletismo es muy complicado, muchos atletas, casi la mayoría, debe salir a trabajar porque el deporte no les permite vivir de él”.

Admirador de Usain Bolt, en tiempos de redes sociales, Franco encuentra allí un espacio no sólo para despejarse sino también para crecer y mejorar. “Uso mucho el Instagram para ver videos de corredores, velocistas. También aprovecho las charlas, los contactos con entrenadores para aprender y escuchar. Es una herramienta que debemos aprovechar, más allá de que sea un pasatiempo. En el fondo, si lo aprovechás tenés un arma más para mejorar”, admite.

La vida de Franco es similar a la de cualquier pibe que no supera los 20 años. Deporte, amigos, familia y estudio (cursa Comercio Internacional en la Universidad Siglo XXI que le permite hacerla de manera remota, a partir de una convenio con la Unión Argentina de Rugby). Salidas, también, “pero no tantas”, se apresura en avisar el rugbier y atleta que también admira al mítico Bryan Habana, aquel veloz sudafricano que frustró a Los Pumas en la lucha por el bronce en el Mundial de 2015. Para Florio, en suma, Bryan y Bolt, no importa el orden, representan la síntesis perfecta del deportista completo.

Foto principal Mariano Martino (Tiempo Argentino).