Fuga y misterio

Você ataque desde a izquierda para o centro –rugió Reyes en portuñol, parado sobre la línea de cal. El centrodelantero movió su larga cara negra coronada por un puñado hirsuto de cabellos, como si hubiera entendido lo que tenía que hacer.

Reyes se aburría. Su última fuga lo había traído hasta Mozambique, presidido por el revolucionario socialista Samora Machel. El misterio de todo estreno se había transformado rápidamente en contrariedad. Llegó al país procedente de Suecia con la esperanza de participar activamente en la construcción del socialismo poscolonial, pero se encontró con un Estado que pretendía nacionalizar hasta las peluquerías y los vendedores ambulantes y que a él, como argentino que era, le había confiado la misión más apropiada que creyó encontrar para un oriundo de las Pampas: ser el director técnico del seleccionado nacional de fútbol.

– Corra, Prakachi, corra, que essa pelota é sua –le indicó al número cinco- sin dejar de pensar en lo que siempre estaba pensando. El sol caía negligentemente desde un cielo sin nubes, y Samora Machel había viajado a los Estados Unidos para hablar en Naciones Unidas y entrevistarse con el Presidente Carter.

Antes de llegar a Mozambique, hacía un año que parecía décadas, Reyes se había quedado a la deriva en Argentina. Su jefe, un montonero con una sólida formación maoísta que se había cruzado desde el Partido Comunista Revolucionario a comienzos de los ‘70, conformó de él hacia abajo una organización rígida y compartimentada, lo que minimizaba el efecto de las delaciones. “Hay que empezar leyendo la Historia de la Filosofía de Dynnik”, les decía el Oveja –su nombre de guerra- cuando empezó todo, “… luego la obra completa de Marx y los cincuenta y siete volúmenes de las obras de Lenin, los siete tomos de Stalin y los cuatro de Mao, evitando el quinto que fue editado post mortem y está intoxicado de revisionismo”. Reyes, el último de ese pelotón que quedó vivo, antes de fugarse a Brasil durmió en los fondos de las iglesias, en villas miseria, en corralones de autos fuera de uso, sin dejar de moverse ni un instante, con el instinto de supervivencia de un animal cercado y el dolor de estar vivo de un militante político en derrota que todavía se sentía soldado.

– ¡Parem, parem, parem! Vamos repetir essa jogada –gritó, y fue trotando hasta la zona de la defensa del equipo titular-. Você, Joaquim, trate de anticipar a recepção do atacante –le dijo al dos, tomándolo del brazo-. Depois, sai rápido com um toque corto -. Reyes pensó que esa noche se iba a tomar lo que quedaba de la botella de tontonto, el licor casero hecho de las hojas de canhueiro, regando un pollo con banana verde.

En aquel octubre de 1977, el documento nacional de identidad robado del Registro Civil de Martínez había sido reemplazado por una exquisita copia de un pasaporte español a nombre de Emilio Reyes, hecha por un exiliado chileno en Estocolmo con un pincel de un pelo.

Salió con destino a Uruguay en un aliscafo y desde allí en ómnibus hasta Río de Janeiro. A pesar de que era un cuadro con experiencia que había pasado por la tortura y de que cada fuga y el misterio que esperaba en la puerta de un nuevo comienzo eran un testimonio de su voluntad por continuar la lucha, la estada en Brasil fue uno de los momentos más duros de su vida. Mezclado con compañeros que dudaban entre pedir ayuda al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, organizar un secuestro extorsivo o ir a pelear a Angola, no lograba hacer pie en su verdadera decisión y la pena de sentirse vivo lo impulsaba físicamente a una nueva fuga, como si dejar atrás una ciudad o un  país supusiera que la culpa iba a ahogarse en la Bahía de Guanabara.

– ¡Não deixe nunca la pelota no área quando recuse, Ludovico! ¡Nunca, jamas, é melhor a atirar afora! –vociferó, frente a un descorazonado rechazo del seis-. Pensó que Mozambique había dado a un genio del fútbol como Eusebio pero que, como en tantas otras cosas de su vida, él había llegado en el momento equivocado. La Selección Mozambicana, “Los Mambas”, bajo su dirección, no haría historia.

Esa noche, mejor, podría encontrarse con los compañeros del Frente de Liberación de Mozambique que lo habían recibido, con Marcio o con Flavio, a beber umqombothi, una cerveza de sorgo que traían desde Sudáfrica y a escucharlos renegar con los sabotajes de los colonos que abandonaban el país, o a maldecir al traidor de Matsangaissa, ex comandante del Frente ahora al frente de la Resistencia Nacional Mozambiqueño, una organización anticomunista de matarifes y mercenarios.

Luego, recordarían las históricas acciones militares de Cabo Delgado y Niassa y subrayarían las dificultades por las que pasaron los combatientes en Zambezi y Tete, y repetirían que al tomar el poder el Frente de Liberación en 1.974, Mozambique era un país con el 90 por ciento de su población analfabeta, la atención médica rural no existía y la población campesina estaba obligada a vivir en chozas. Con seguridad estarían algunos refugiados sudafricanos del congreso Nacional de África y del ZANU de Zimbabwe, que añadirían sus bocetos locales. Y él, Emilio Reyes, ¿de qué hablaría? Seguramente le preguntarían por el seleccionado de fútbol, por los jugadores.

– ¡Meta se no movimento, Guiamba! ¡Imponha el ritmo, imponha el ritmo! –Guiamba era muy habilidoso, pero después de la primera jugada deslumbrante parecía sentir que había cometido algún exceso, y desaparecía.

Reyes pensó en las curiosidades de la libertad. Esa noche, después del entrenamiento, podía comer un estofado con salsa periperi, y apagar el fuego con algún vino de Madeira de los que dejaban los colonos que huían, el sábado podía ir hasta Inhaca a mirar a los delfines, podía leer algunos de los cincuenta y siete volúmenes de las obras de Lenin que recomendaba el Oveja y a los que nunca se acercó por falta de tiempo o por el tiempo histórico que le tocó. Y sin embargo, se sentía preso a cielo abierto, como en una especie de cárcel enrejada por presentimientos, presencias y asignaturas que quedaron a la intemperie.

Cuando estuvo preso por primera vez, su primera fuga, tan celebrada por la Organización, durante tres meses los tuvieron encerrados a cal y canto. Luego, de un momento para otro, les comunicaron que iban a salir dos horas al patio. Era un día de invierno y había sol. Reyes salió apenas le abrieron la puerta y cuando llegó al patio advirtió que su compañero de celda, el Ruso Daniel, no estaba. Pidió autorización y volvió sobre sus pasos. “¿Qué hacés?”, le preguntó. “¿Qué hacés vos?”, le contestó el Ruso. “Lo lindo de la libertad no es usarla, sino saber que la podés usar”. Nunca se había olvidado, ni del Ruso, al que mataron en Munro, ni de sus palabras. ¡Qué no daría por tenerlo ahora junto a él! Le diría, por ejemplo, que había otra variante: el misterio de haberse fugado, de estar libre y no poder serlo. La ambigua angustia de seguir insoportablemente vivo.

De Río de Janeiro se fue a España, y desde allí a Suecia, siempre pensando en volver a la Argentina, en poder ser él mismo. Sin embargo, todo era cada vez más y más transitorio. Estaba la casualidad, por supuesto, que impedía algunas citas, que frustraba decisiones tajantes y heroicas de reengancharse. Y que también le ofrecía una nueva fuga, menos heroica que la primera, ahora lo veía, y el misterio llamándolo como si sólo se dirigiera a él.

– ¡Você é o que ordena a defesa, Marcos Francisco, fale lhes, grite a seus compañeiros! –a Reyes le costaba lograr que sus jugadores se hablasen mientras transcurría el partido-. ¡Você é o capitão, entiende, o capitão!

El cielo sin alma de octubre sostenía al sol sobre sus hombros. La brisa marina del atardecer endulzaba el aire con su resabio de acacias y palmeras. Era hora de dar por terminada la práctica.

– Basta por hoje, muchachos, bom trabalho, descansem, cuidem se, até a próxima -. Reyes los despidió aplaudiendo a la altura de sus muslos, como si llamase a un perro callejero. Los jugadores dejaron el campo sin bromas, en silencio y mirando al suelo.

Por alguna razón Reyes pensó en su padre. Se divorció de su esposa, su madre, para irse a vivir con una mujer mucho menor que él. A los dos o tres años, le diagnosticaron un cáncer de próstata. Si se operaba, iba a perder su capacidad sexual, si no se operaba, se iba a morir. “No me voy a operar, Emilio”, le comunicó un domingo mientras la mujer estaba en la cocina. “Voy a amarla mientras pueda, como un hombre entero, y después me voy a morir. Es mi manera de entender la libertad”. Emilio lo miró a los ojos, esos que todos decían que había heredado. Allí no había ni una sombra de autoconmisceración.

“Una fuga hacia delante”, recordó Reyes que había pensado, “… hacia el misterio de la propia muerte”. Y creyó haber entendido algo que le concernía, algo sobre lo que nadie podría pensar en su lugar.