Juveniles

Fútbol industria argentina

El fútbol de raíces argentinas crece muchas veces lejos de nuestras canchas. Los juveniles desperdigados por Europa y otras latitudes son una tentación siempre potable para la creciente mercantilización del fútbol.

La globalización en el fútbol transformó las fronteras nacionales en simples representaciones, líneas de trazo grueso que apenas ilustran los mapas. El flujo de jugadores todo lo atraviesa. La voracidad económica marca el ritmo del deporte más popular en su versión de espectáculo planetario de alto rendimiento. Y en esa lógica no hay barreras territoriales para hacer de este deporte una mercancía. A partir  de su cultura futbolera, Argentina es generadora de talentos codiciados en ese mercado sin límites fronterizos.

La severa crisis que explotó definitivamente en diciembre de 2001 tuvo como una de sus consecuencias la fuerte oleada migratoria que apuntó hacia Europa desde fines del siglo pasado. Miles de argentinos y argentinas dejaron el país para radicarse al otro lado del océano Atlántico en la búsqueda de mejores oportunidades. Volaron familias con hijos pequeños y otras se formaron ya en el nuevo destino. Esos chicos con el ADN del fútbol argentino, algunos nacidos acá y otros lejos, hoy aparecen repartidos por diferentes ciudades, con distintos colores y una pelota en los pies.

En la AFA hay quienes se preocupan, hace rato, por estar atentos a cada pibe argentino o hijo de argentinos que toma notoriedad en las canteras europeas. Son centenares. El ejemplo más paradigmático es el de los Messi, que en el aciago año 2000 dejaron Rosario para radicarse en Barcelona, donde el pequeño Lionel, con 13 años, no tardó nada en llamar la atención de todos. El capitán del seleccionado, el máximo goleador en su historia y quien también pronto será el de mayor cantidad de presencias, solo se vinculó con nuestro futbol doméstico en las infantiles de Newell´s. La propia decisión del jugador y un amistoso armado de ocasión forjaron su deseo futbolero celeste y blanco.          

En Mundial disputado en Inglaterra en 1966 resultó el último al cual Argentina concurrió con un plantel integrado exclusivamente por futbolistas que se desempeñaban en el país. La ecuación desde entonces fue invirtiéndose y de Italia 90 en adelante la nómina siempre estuvo compuesta por más jugadores que se desempeñaban en el exterior que en el medio local. En la Copa del Mundo de 2002 apenas hubo dos futbolistas de nuestra primera división: Ariel Ortega (que ya había sido transferido al Fenerbache para continuar su carrera en Turquía) y Claudio Husain, ambos de River.

Ahora la presencia de jugadores de equipos extranjeros es habitual ya en las selecciones juveniles. En el Sudamericano Sub 15 disputado a finales de 2019 estuvieron Luka Romero, de Mallorca, y Thomas Fretes, de Corinthians. El seleccionado preolímpico que comenzará a buscar su clasificación a Tokio 2020 cuenta con Valentín Castellanos, quien nunca tuvo ficha en AFA y pasó por Chile y Uruguay antes de su presente en el New York City. Lo sedujeron para ser parte de la selección chilena y también de la estadounidense, pero eligió vestir la casaca argentina.  

En el Mundial y el Sudamericano Sub 20 estuvieron Nehuén Pérez, del Atlético de Madrid; Ezequiel Barco, de Atlanta United; Leonardo Balerdi, de Borussia Dortmund; Facundo Colido, de Inter, y Maximiliano Romero, cuando todavía estaba en el PSV Eindoven. Son parte de otra arista que ubica a jóvenes jugadores argentinos en distintos puntos del mapa: la venta de juveniles.

Sin embargo, las transferencias precoces no son el único camino para el alejamiento. La patria potestad resulta a veces un atajo. Por esa vía recientemente el marplatense Matías Soule dejó las inferiores de Vélez para firmar contrato con la Juventus y en River temen que lo mismo ocurra con Thiago Geralnik, que podría irse al Villarreal. En Boca, Santiago Ramos Mingo, con apenas un amistoso en la primera del xeneize, se irá a la filial del Barcelona después de quedar libre al negarse a firmar el contrato ofrecido por el xeneize.  

Erik Lamela lleva casi una década en Europa, primero como futbolista de la Roma y desde hace varias temporadas en el Tottenham. Pero saltó a la notoriedad mucho antes, cuando aparecía en todos los noticieros ese niño de 12 años y largo pelo rubio al que el Barcelona le había ofrecido sumarse a sus divisiones interiores y trabajo para sus padres. Finalmente, se quedó en River cuando el club de Núñez ofreció una alternativa al plan familiar ofertado desde Cataluña. Una operación que sí se concretó fue la de Estaban Cambiasso al Real Madrid, cuando el jugador tenía 17 años y la entidad española le pagó un millón y medio de dólares a Argentinos Juniors (más 300.000 por la ficha de Nicolás, su hermano). Aquellas situaciones que resultaban excepcionales hoy son habituales.     

No sólo para los clubes más grande de Europa, sino también para los de menor orden, así como para los conjuntos de México y Estados Unidos, hacerse de jugadores de acá es una tarea sencilla. La opulencia de un lado y la necesidad del otro cierran el juego con facilidad. La FIFA se propuso reducir el margen de acción a partir de una nueva determinación: desde junio próximo cada equipo sólo podrá realizar ocho operaciones por temporada, contemplándose ventas, compras, préstamos y regresos de cesiones.

En el fútbol profesional de oferta y demanda, en la división planetaria del negocio de la pelota, Argentina figura desde siempre como un sustancioso proveedor de materia prima. Pero en ese mercado de millones, la mercancía son personas, chicos que en algunos casos ven concretado un sueño y en otros son víctimas de intereses y necesidades. Desperdigadas por el mundo, el desafío celeste y blanco es no perder las piezas de ese rompecabezas.