Canallas

Gambeteando hacia el altar

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El día más importante de sus vidas, marcado por un partido de fútbol.

El día llegó. Hilda Juana Luisa y Octavio Hermindo darán el sí. La celebración se llevará a cabo esta noche en la histórica y vistosa iglesia San Roque, ubicada en el barrio de Villa Ortúzar. Pero hay una cuestión que lo perturba a él. ¿Cómo decirlo? ¡Octavio tiene otro amor! Sí, su nombre es Rosario Central y hoy, viernes 2 de noviembre de 1951, jugará ante Excursionistas en El Gasómetro, la casa de San Lorenzo, por el ascenso a la Primera División.

Dado su fanatismo hacia el Canalla, digamos que esta coincidencia es un problemón. Octavito nació en Rosario y aprendió a caminar en el Gigante de Arroyito. Además, su madre fue la socia número dos del club. Y qué decir de Don Juan, su papá. Uf, era terrible… Por ejemplo, un día se levantó medio loquito y así de la nada colgó un cartel en la puerta de la casa que decía: “Prohibida la entrada a LEPROSOS”.

Con estos antecedentes… ¡Cómo Octavio va a perderse este día tan especial! ¡De ninguna manera! Y así es como elaboró un plan en base a una sola consigna: mentir. Simple, concreto y al grano. Pero primero había que sortear el almuerzo familiar en un restaurante del barrio.
Todo iba bien, hasta que se le ocurrió hablar del asunto con el tío Cayetano (otro loquito por Central). Ambos conversaron sobre cuál era la manera más rápida de llegar a Caballito. ¡Tremendo error! Juana, su madre, escuchó pero no dijo nada en ese momento.
En fin, Octavio acusó cansancio y le dijo a Hilda que regresaría a casa para dormir una grata y reconfortante siesta con el objetivo de estar “fresquito como una lechuga” para la noche.
Y enfiló para la cancha nomás.

“¡Rosario Central forjador de campeones, con Rosario Central vibran los corazones, corazones rosarinos que te aclaman y que tus glorias de entusiasmo inflaman!”. Con el pecho inflado, Octavio celebra el 2-1 final. ¡Vamos todavía! ¡Central es de Primera!
Mientras él festejaba, feliz e inmerso en su mundo auriazul, su futura esposa se enteró de lo ocurrido (culpa de la abuela Juana) y lanzó una frase sepulcral: “Si le llega a pasar algo, no me caso”. Hilda no temía sacarle la tarjeta roja. A pesar del enojo, los planes continuaron en marcha.

Es el momento, pero Octavio todavía no llegó. Hay nerviosismo en el ambiente. El murmullo de los invitados que esperan con ansias la entrada de los novios sobrepasa las puertas de la iglesia.
Cinco, diez, quince minutos… A esta altura, ya estamos en tiempo suplementario. Mientras Hilda maldecía por lo bajo, negaba con la cabeza y se tapaba el rostro con las manos, sintió una leve caricia en el hombro. Era él, aunque no había tiempo para reproches.

Sólo tenía que pronunciar dos palabras: “Sí, acepto”. Hilda no respondió. Simplemente levantó su vestido, tomó una camiseta con franjas verticales azules y amarillas, se la puso y dijo: “Ahora sí. Te acepto a vos y a la pelota”. ¡Pero qué jugadora! ¡Aplausos! Ah, y eso no es todo. Los novios se retiraron de la iglesia bajo una lluvia de papelitos y al grito de “¡Dale campeón, dale campeón!”. Sí, fue idea de ella.