Chiaraviglio

Cabeza dura, mente clara, corazón ardiente

Apenas tiene 33 años, pero suma en su mochila dos participaciones olímpicas (Pekín 2008 y Río 2016), una gran experiencia y la ilusión latente de conseguir un pasaporte para Tokio 2021. Una referencia del atletismo que destaca la importancia emocional en los atletas de alto rendimiento.

Pensar en una situación atípica, como una pandemia, para imaginar que eso lo puede frenar, es desconocer al personaje. No hay oposición para su día a día. Apenas las particularidades del caso. Entrenamiento y afectos, los mantiene latentes. La espera no lo perturba. Maneja la ansiedad con serenidad y prudencia. Germán Chiaraviglio vive el confinamiento en su Santa Fe natal con el mismo aplomo con el que se prepara para realizar un salto.

En la vida de Germán se conjugan el tipo común, el de a pie, con ese deportista de alto rendimiento voraz pero centrado que, ávido, busca progresar. Admite que esa búsqueda no la hace solo, no podría.

En verdad, su imagen es la que destaca pero detrás suyo hay un equipo de trabajo que pondera cada vez que puede. Se apoya en ellos para mantener viva la ilusión de los Juegos de Tokio 2020 pospuestos para 2021, a los que espera de conseguir clasificarse. “La suspensión es correctamente dolorosa. Fue responsable, atinado hacerlo porque, ¿vos te imaginás un Juego Olímpico dentro de dos meses, en este contexto? Sería algo irresponsable, los deportes hubiesen llegado muy desiguales unos de otros y los países hubiesen llegado muy desiguales unos de otros también. Mil situaciones se deben atender, por ejemplo, nosotros no podríamos actualmente salir de la Argentina si quisiéramos, por más que estuviésemos cien por ciento entrenados para competir en los Juegos”, dice. Y añade: “Después hay otras cuestiones como el control de dopaje que ahora está parado porque la WADA no puede viajar. Es algo que muy pocos tuvieron en cuenta y, en estas circunstancias, a río revuelto, diría el dicho, ganancia del pescador. Es una situación en la que los atletas podrían aprovechar, entre comillas, esta situación”. Lúcido, claro y cálido. Todas características que ayudan a transformar a un entrevista una charla en la que Enganche escucha y aprende.

–Siempre la cabeza es importante en el deporte, pero en este contexto, ¿Cuánto más se tiene que trabajar para mantenerse sólido?

–Si no lo hacías hasta ahora, es el momento para trabajar con una ayuda psicológica; si lo hacías, ahora mucho más. Creo que es una de las condiciones que más se pueden entrenar en este contexto ¿Cuál es la limitación? ¿No verte físicamente con el psicólogo? No hay excusas. Ahora lo podés hacer por Zoom, por Skype, por teléfono. Pero de ninguna manera se atenúa la calidad de lo que puede ser una buena charla o un buen trabajo. Particularmente hace 15 años que trabajo con psicólogos, a veces de forma más intensa, a veces menos pero siempre presente y me pareció una pata fundamental tanto como entrenar la técnica de salto con garrocha o entrenar lo físico. Poder estar bien desde el punto de vista emocional me parece clave.

–Apelando a tu mirada como deportista, ¿por qué creés que algunos se resisten a hacer terapia? Ustedes saben que, muchas veces, la cabeza manda sobre el físico….

–Puedo tirar una intuición: trabajar la parte emocional te expone ciento por ciento. Tenés que contar todo. Te expone, sobre todo, a asumir qué es lo que te pasa: tus miedos, la incertidumbre, la presión que se siente… Parece una tontería,  pero los deportistas se preguntan “¿Cómo voy a tener miedo? ¿Cómo voy a tener presión si soy el mejor?”. Y, a veces, lo que hacen es alejarse y no acercarse. Al fin y al cabo, uno va para sentirse bien uno mismo. El tema es que abrirse no es fácil porque arrancás con un tema y terminás contándole los problemas de toda tu vida. Justamente por eso, creo, que uno debe entrenar la parte emocional. Después, con el tiempo, te vas dando cuenta que vas desatando un montón de nudos, que vas mejorando, que vas adquiriendo un montón de herramientas y te das cuenta de lo positivo pero cuando tenés que tomar la decisión de ir no es fácil. Algunos creen que la fortaleza en el campo de lo deportivo está solo en el “dale, dale”, en el aliento o en el poner huevos. Yo no lo veo así. Estar bien desde lo emocional y con la ayuda de alguien, que se dedicó toda una vida a estudiar eso, lo veo muy positivo. 

–¿Hubo un motivo por el que decidiste empezar a desatar esos nudos?

–Empecé hace catorce o quince años. Es llamativo porque fue durante una época de mi carrera muy buena. Fue en 2006, uno de los mejores años de mi carrera. Pero fue medio casual, a partir de una iniciativa a nivel provincial, en Santa Fe, que se armó un grupo de apoyo interdisciplinario, en el que se puso a disposición un grupo de profesionales (médicos, kinesiólogos y también psicólogos) para que nosotros podamos apoyarnos en su trabajo. En ese entonces conocí a Marcelo Márquez, que es mi psicólogo hoy en día, que se dedicó mucho a trabajar en el fútbol. Después debe aparecer o no la empatía que uno logra con el profesional, con esa relación que se da o no se da, si conecté o no como paciente.

–¿Qué es el miedo en el deporte?

–En mi visión es esa sensación de no poder estar a la altura de las expectativas. Tal vez, es no de no poder cumplir con eso que me había prometido a mí mismo y que después te señalen con el dedo. Creo que el miedo y la vergüenza son cosas que van de la mano. Miedo a que no me salga. En el deporte, lo vinculo con el tema del fracaso. Fracaso es no cumplir con el objetivo que yo me mismo planteé, con mi equipo de trabajo con el que definimos el año y pensamos para qué estábamos. No con el que me puso el vecino de enfrente: “Vos tenés que salir campeón olímpico”, porque eso te lo dicen desde un lugar que no tienen idea. Te voy a dar un ejemplo, en los Juegos Olímpicos de Río, el francés (Renaud Lavillenie) que se lleva la medalla de plata y pierde con el brasilero (Thiago Braz), en una competencia espectacular, seguramente, con los años, lo verá como un buen torneo. Pero en el momento lo sintió como un fracaso porque él vio como una posibilidad salir campeón olímpico porque el nivel le daba, las circunstancias estaban para eso y ese día no le salió, el brasilero saltó mucho mejor. Lo afectó la cuestión emocional, el contexto, lo que fuere, pero fracasó en su objetivo puntual. Si vos a mí me das la medalla del francés yo te salto en 25 patas y te digo que fue un éxito rotundo. En mí contexto, hubiese sido algo superlativo. Entonces, fracasar es cuando uno no logra lo que creyó que podía lograr aún siendo difícil. Con los años empezás a ver o descubrir también un miedo a ganar. Miedo a que te vaya bien y ese es el más loco de explicar.

Germán y una aprendiz muy especial: Gabriela Sabatini

–¿Te pasó? ¿Tuviste miedo a ganar?

–No sé si me pasó así tan claro. Pero sí creo que tuve algunos destellos en 2008, antes de los Juegos de Pekín. Fue una mezcla de presión que uno se pone porque carga con las expectativas, con una mochila llena de adoquines y tiene que competir con todas esas presiones, propias y de otros, y llegar a un punto donde ese miedo, el día que estés arriba, te preguntás ¿cómo será? ¿cómo me tengo que comportar? ¿qué tengo que responde? ¿cómo tengo que ser? ¿me convertiré en otra persona? Y esas cosas devienen hacia la cabeza de forma automática. Al fin y al cabo, te terminás boicoteando a vos mismo para evitar eso. Eso me pasó un tiempo, no mucho. Después traté, con los años, de que eso mejorara y en mi carrera se vio a nivel resultados. Pude avanzar y sacarme de encima esos pesos que me ponía yo mismo, no le echo la culpa a nadie, me hacía cargo de cosas que no me correspondían.

Paola Suárez, en una entrevista que le hicimos hace poco, nos decía que trabajó emocionalmenmte para ser la misma jugadora en las pràcticas y en en la cancha. No poder hacerlo, ¿tiene que ver con el miedo escénico?

–Puede ser. Puede tener que ver con eso. Uno ve por tele a [Roger] Federer, a [Rafael] Nadal y creé que ellos deben sentir otra cosa. Pero en realidad, se trata de lo que vos le das importancia. Volviendo a lo de Paola, eso se ve mucho en el atletismo: los campeones mundiales de entrenamiento. “No sabés, lancé 55.000 metros el otro martes y estoy espectacular”. Y tenés atletas que te cuentan su carrera deportiva por los entrenamientos. “No, estaba para tirar tanto” o “estaba para correr tanto” o “estaba para saltar tanto”. ¿Y qué pasó? “Y, no, me tocó un día de mierda que llovió”, “no, iba por la cuarta vuelta y uno me tiró un codazo y me sacó”. Siempre hay algo nuevo. Pará, pará, hay algo que evidentemente está detrás que no tiene que ver con tu condición física, que no tiene que ver con tu condición técnica. Si vos el mismo gesto, dos días antes, lo hacés muy bien. Entonces, ahí viene lo que hablábamos antes. Se subestima, algunos dicen “era un talento, pero no tenía cabeza”. Yo diría que no tenía la mayor parte, lo más importante. El talento suele tener, en la torta, un espacio mucho mayor que lo mental.

–En definitiva, se cree que el talento es la destreza física. Y un talento, también, es advertir qué podés hacer con lo que tenés…

–Y sí, porque si te ponés a ver bien, la destreza física tiene que ver con lo mental porque el impulso sale siempre del cerebro. Inclusive, desde lo físico. Yendo a lo emocional, es súper interesante ese tema porque ahí vemos deportistas que han hecho cosas impresionantes y decís “pero cómo, si yo lo vi entrenar y es un fenómeno pero cuando entra a la cancha tenés el otro extremo: el jugador de básquet que faltando cinco segundos pide la pelota, te dice dámela a mí que yo la meto”. ¿Cómo hace eso? ¿De dónde saca eso? Porque la pide y la emboca. El tiro de Manu [Ginóbili], contra Serbia, tirándose cuando terminaba el partido. ¡Es eso! En la serie de Michael Jordan (The Last Dance) decís “este es un fenómeno, fuera de lo natural”. Lo mismo pasa con los tenistas, que le apuntan a la línea y le pegan a la línea. ¿Cómo hacen? No es solo técnica, el tipo se habilitó en el sentido emocional, se autorizó a tomar riesgos. No es sólo técnicamente porque contempla la posibilidad de que se vaya afuera y se la banca. Contempla la posibilidad de que vaya adentro y ganar, levantar la copa y que lo mire el mundo entero y también bancársela. Eso ya pasa al plano cien por ciento emocional, no tiene que ver con la técnica del golpe solamente.

–¿Se percibe el miedo del otro? Por ejemplo, vos en la final de Río 2016, ¿percibiste ese miedo?

–Hay un juego que me gusta hacer cuando entro a una pista de atletismo: mirar a todos los colegas y hacer una primera impresión, una imagen, una presunción de cómo están. Mirás y están los seguros mientras otros están más apichonados, algunos encaran primero y demuestran actitud. Y si ya los conocés ves a uno que siempre tiene una actitud desafiante pero esta vez está más calmo. Si identificás esas falencias está bueno porque tenés más información. Y también ese juego pasa al revés. Vos vas a un torneo y los demás te miran a vos. Ese juego de actitudes, la pavada dónde chanto el bolso. Encima nuestro deporte es de situación, donde me toca a mí y me toca a mí, nadie me puede invadir en mi momento, no debería influir lo que hace el otro. No es como el tenis que el otro me devuelve mi golpe. Pero influye igual.

–Pero en el atletismo, ¿cómo le enviás un mensaje al rival?

–No es suficiente con la actitud. Ahí volvemos a la frase del principio: “dale, hay que poner huevos”. ¡No! Porque, a lo mejor, yo, por más huevo y actitud que le ponga, entro a jugar con Federer y no tengo chance. Hay que tener habilidades y entrenarlas. Tenés capacidades especiales para un determinado deporte y, luego, la frutilla del postre es tener cualidades emocionales. Y esa es la diferencia, a lo mejor, entre el que gana un torneo y el que pierde. Los dos son excepcionales y se destacan del resto, pero ese día uno, a nivel emocional, supo leer lo que el otro no supo hacer. Eso se da en el juego y es una capacidad emocional que también se entrena.

–En tu disciplina, me meto en la cabeza que no se puede fallar el primer intento, porque si lo hago, le aviso a los demás lo bien que estoy…

–Lo primero que te voy a bochar es la palabra no. Hay que sacarse de la cabeza la palabra no. No puedo fallar, no. Concentrate en lo que sí puedo hacer. Si yo me planto en “si no la paso en el primero”, me voy a cargar el peso. Se invierte el peso y es muy pesado. Parece fácil, charlándolo. Te atraviesan preguntas como “¿y si no lo salto?”. Eso se trabaja, para que lo primero que aparezca en el subconsciente sea la palabra “qué pasa si” y no “qué pasa si no lo hago”. En Río, iba por 5,60 metros en la clasificación y hago dos nulos. Me quedaba un solo intento. Te quiero ver ahí, 40.000 personas en el estadio. Imaginate si me ponía a pensar: “Germán, a Londres no pudiste ir. En Río te quedaste en blanco. Es un intento el que te queda en esta altura y si no la pasás, te quedás afuera. Y la próxima chance es en cuatro años. ¿Quién sabe si vas a competir?”. ¿Me imaginás con todo eso en la cabeza agarrando la garrocha para ir al último intento en 5,60? Me puse el cartel de nulo en la frente. Ahí el desafío es pensar lo otro. Intentar saltar todos esos pensamientos y no inundar la mente con muchas cosas porque la velocidad de ejecución del movimiento se hace más lenta. Para que se haga fluida, rápida, tenés que pensar pocas cosas, una o dos cosas. Tratar de blindarte para ese momento. Ahí, logré pasarlo y fue un alivio enorme que me dio aire. Me destrabé y busqué los 5,70 y los pude pasar para estar en la final.

–Al momento de saltar, ¿se puede pensar en cualquier cosa: qué vas a comer a la noche o si salís vas a salir con tus amigos? Eso te puede liberar de presión.

–Es que eso pasa siempre, no por irme a comer una pizza. Pero es real que cuando vas a un torneo con basjas expectativas, te suele ir bien. Te doy un ejemplo, lejano en el tiempo. Tenía 18 años, en 2005. El sábado previo salí a la noche con mis amigos y fuimos a bailar a Paraná y se estiró y me terminé acostando como a las 6 de la mañana. Al otro día tenía un torneo local, me levanté al mediodía. Iba tranquilo, a que fuera lo que fuera. Y ese día salté 5,55 metros que fue récord sudamericano, mi mejor marca entonces. Eso lo hacía a los 18 años, lo hago ahora y al otro día no podría levantarme ni con una grúa. Es eso, es quitarte el nivel de expectativas, bajarlo a tierra e ir totalmente despojado de presiones.

–Antes, vos ganabas o perdías pero la forma en la uno se enteraba y qué pensaba el otro era un hilo muy delgado. Hoy la cantidad de canales que te llegan para que alguien te diga, lo bueno o lo malo que sos, es exponencial. Eso te carga más, desde prejuicios hasta valoraciones…

–Como toda cosa nueva, la forma en que se comunica tiene muchos aspectos positivos. Y tiene algunos aspectos, a mí no me gusta decir negativos, a tener en cuenta para que no se conviertan en negativos. Deportes que no tenían una vidriera, hoy la tienen. Deportes que no fueron históricamente populares ni masivos ni tan presentes en los medios nacionales, y más siendo yo del interior, que nos costaba mucho llegar a los medios top de Buenos Aires, te hablo hace 15 años atrás. Hoy, Delfina Pignatiello está en la vidriera de Sudamérica, en Argentina ni hablar, en un deporte como la natación que no es el fútbol, no es el básquet. Eso democratizó, federalizó la promoción de otros deportes y deportistas. Pero, al mismo tiempo, se convierte en una responsabilidad porque hay muchos más ojos puestos en esos atletas, muchos más ojos puestos en esos deportes. Ves que un deportista de un deporte no tan conocido hace una apreciación en Twitter y tiene repercusión inmediata en la gente. O yo muestro un salto fallido mío y me responden “sos un muerto que no lo saltaste”. Eso pasa, pasa muy seguido. Y, en eso tal vez, deberíamos aprender más de los futbolistas que están más curtidos, no todos, porque su deporte históricamente fue así. Ellos caminaban y los criticaban porque caminaban, respiraban y algo decían con respecto a eso. Están todo el día, permanentemente visibilizados. Y nosotros no estábamos acostumbrados a eso. Pero que no estemos acostumbrados no significa que esta modalidad nueva no sea buena. Pero hay que entrenarse, trabajar para que algo no te afecte, aprender a comunicar lo que quiero comunicar, controlar el contenido que habla de mí.

–En esta complejidad de entender este nuevo escenario dado por la inmediatez y las redes sociales, Delfina Pignatiello sintió que la sexualizaron, de la misma manera que a otros los señalaron por su condición sexual pero otros deportistas encontraron también en los medios de comunicación y en las redes sociales una forma de expresarse y liberarse como Facundo Imhoff, en el vóley, Mara Gómez, en el fútbol

–Sí, exacto. Las redes sociales sirvieron para humanizar un montón de ídolos que nosotros teníamos, te los muestra de carne y hueso. Ver al Kun Agüero jugar a los jueguitos en red, te guste o no te guste… ¡Sabés los años que los fanáticos del fútbol esperaron ese momento! Eso fue entrar a la habitación del Kun para ver si sus auriculares eran rojos o verdes, cómo era la silla en la que juega. Ese ejemplo simple sirve para ver cómo una red social humaniza al deportista. Es un arma de doble filo, es un bumerang.

–El deportista, entonces, tiene que crear anticuperpos para eso y eso es algo que viene en el bagaje propio sino que lo debe aprender en el mientras tanto…

–El juego es qué muestro, hasta dónde muestro. Porque para algunos cuanto más muestren más les sirve. ¿Pero qué significa que me sirve? ¿Económicamente me sirve pero emocionalmente quedo mucho más expuesto? Hay cosas que yo no las quiero mostrar: mi perro, mi gato, mi pareja, lo que yo decida mostrar y no mostrar. Y uno debe decidir qué parte de su vida muestra. Y qué precio va pagar por eso. No hay una receta. Decías eso de los anticuerpos y uno no tiene la obligación de crearlos, de tenerlos. Si querés exponerte y no tener grandes problemas vas a tener que crearlos. Si decidís no exponerte tanto, bueno vas a tener que aceptar que no vas a tener las ventajas que puede tener Pignatiello que tiene 500.000 seguidores, porque está haciendo vivos cinco a seis veces por semana. O Jenny (Dahlgren) que expone cosas muy personales, de sentimientos o sensaciones. Otros deportistas te dirían, yo esas cosas en redes sociales no, lo hablo con mi vecino, mis amigos o mi psicólogo. Lo bueno de esta época es que al menos hoy tenés esa posibilidad, antes esa chance no la teníamos.

–La homofobia dentro del deporte está bastante arraigada, el fútbol es la actividad en la que se advierte más esta situación, ¿se da en el atletismo?

–Creo que tenemos una gran ventaja en el atletismo porque es un deporte heterogéneo en cuestiones de condiciones físicas, de condiciones socioeconómicas diferentes y también, nosotros somos un deporte mixto. No sólo es un deporte para hombres o para mujeres y eso ayuda también, porque vamos a un torneo y hay deportistas de distintas edades, equipos de hombres y mujeres, hay atletas con diferentes físicos: está el gigante que hace lanzamiento, está el flaco que hace fondo, el flaco alto que salta con garrocha como yo, está el fibroso que hace velocidad… Hay tal diversidad que todo se naturaliza. Ser más alto, más gordo, más petiso o más flaco… Nada te asegura el éxito o el fracaso. Y eso está buenísimo. Genera mucha contención, es muy inclusivo. Porque cuando sos chico se usan todas estas características físicas para hacerle. En el atletismo eso no cuenta, porque todos los físicos puedan encontrar su lugar.

–¿A vos te pasó?

–No tan así, pero yo sí era muy flaco y a los 13 o 14 años, me daba mucha vergüenza las piernas flacas que tenía. Medía casi lo que mido hoy y pesaba 74 kilos. Era muy alto y llamaba mucho la atención, nunca me gustó eso. Entonces, como me avergonzaba lo de las patas flacas, parecían dos chorros de soda, en el invierno me ponía dos pantalones largos para parecer más “piernudo” en la escuela. El problema era en el verano cuando me tenía que poner pantalón corto… Pero mirá vos, como me empezó a ir mejor en el deporte, me convencí que el físico que tenía era muy bueno para que me vaya muy bien en una actividad.

–La contención en el deporte es un tema central, entonces, rápidamente surge un tema: las becas. ¿Hay forma de salir, de romper con la meritocracia en el deporte y las becas?

–Es complicado. El sistema de las becas, desde que estoy, es un tema en el que me interesó meterme, porque me costó entender la naturaleza de las mismas. Y quería conocer, para tratar de pensar cómo poder hacerlas mejores. Creo que no existe el sistema de becas ideal. Es importante, por suerte se vio en el Enard, el ir haciendo un sistema de becas tipo traje a medida para cada deporte. No podés meter a todos en la misma bolsa. Me parece bien personalizar las becas para cada deporte. Pero es muy difícil manejarlo, parece un laberinto sin salida. Me encantaría que cada argentino una beca para hacer deporte, pero la realidad es otra y tenés que pensar en cómo optimizar lo que tenés. Y hay que pensar cuál es el objetivo de la beca, que es un debate enorme ¿es que te la otorguen para que trabajes, estudies y cuando tengas el espacio te puedas entrenar? ¿O es para que te entrenes y no tengas que ocuparte de otra cosa y te dediques a ser deportista? Por poner un ejemplo, si yo te doy una beca y te digo que te dediques al deporte y ese monto es 15 mil pesos, pero es imposible que con ese monto puedas hacerlo si sólo el alquiler, expensas y comida me sale 30 mil… Pero si tengo que armar becas para que los deportistas vivan en exclusivo del deporte no me alcanza la caja. Es la manta corta. Entonces, se hace un sistema de becas lo más inclusivo posible, del Enard hablo. En ese escenario es que se piensa en los logros para otorgar esa beca, pero si el mínimo de esa exigencia es campeón sudamericano, ¿cómo hacés para llegar hasta ahí sin un apoyo? Ahí entra tu familia, algún sponsor y la Federación en el mejor de los casos y si tuviste suerte. Es una encerrona. Es complejo. No es un tema de ideología, es un tema muy delicado.

–¿Te ves en un futuro como dirigente?

–Me gusta involucrarme, hace un tiempo que lo hago, me surgió naturalmente de ocuparme de los más chicos, de ayudarlos con algunas comunicaciones que no era claras. Ojalá pueda dar una mano.

–¿En qué sos bueno que no sea el atletismo?

–No sé si hay algo puntual, pero sí me reconozco como muy persistente. Me compré un teclado y me siento y le doy y le doy hasta que una canción me sale. Me gusta. Y me di cuenta que me sale bastante fácil eso de tender puentes: si veo a alguien peleando se me da muy bien mediar para que se comprendan. Y además me hace bien poder hacer esas cosas.

–¿Qué temas sacaste en el teclado?

–Ahora estoy tocando unos temas de Leo Mattioli. Le meto a la cumbia porque es alegre. Pero estoy tratando de sacar una de Michael Bubble, porque le gusta a mi novia.

–¿Tenés una playlist para entrenarte?

–No, soy random. Si pinta Los Palmeras, le meto, si sale reggetón, escucho eso…

–Entonces, tras el retiro, ¿se puede pensar en Germán Chiaraviglio músico?

–¡La decadencia privada muchachos! Tocar para divertirme sí, pero lo otro…