Cuento

Gol cantado

Un partido que no fue uno más y un gol que lo cambió todo. Hasta que otro tanto, tiempo después, quiso, sin lograrlo, quitarle su pasión.

Durante el atardecer sin viento de su primer partido de fútbol, El Cantor del Gol comprendió que todo se descubre algún día. Estaba ahí, en un escalón de la tribuna, sentado sin haberlo pedido, invadido por uno de esos aburrimientos que suelen venir y partir cuando se tienen ocho años. Lo habían llevado igual que a millones de gentes que aprenden a ir a la cancha como algo natural, del mismo modo en que antes aprenden a comer y después aprenden a amar. De todas maneras, él ni se concentraba en los esfuerzos que los jugadores desparramaban delante suyo. Sólo se preguntaba si todo eso llegaría pronto a un final. Sólo se preguntaba eso hasta que, a los 12 minutos del segundo tiempo, sucedió algo que le cambió la vida: hubo un gol. No supo ni cómo ni por qué pero una emoción de esas que aceleran las arterias le conquistó la garganta y le hizo abrir la boca como si fuera a devorarse un planeta. Después soltó la voz, un poco como un poseído y otro poco como un músico. Lo que sonó fue tan potente y tan melodioso que todos los que estaban alrededor se desentendieron de sus propios gritos y se detuvieron primero a oírlo y luego a aplaudirlo. Ahí nomás, sin esperas ni debates, empezaron a llamarlo El Cantor del Gol.

Por años no paró de cantar goles con un estilo extraordinario. Ese atributo lo marcó a través del tiempo. En el final de la infancia le vaticinaron que sería relator pero él explicó que ni lo intentaría porque no le gustaban los partidos sino los goles. Durante la adolescencia le sugirieron que se integrara a un coro pero lo descartó argumentando que, aunque admiraba a cien intérpretes, sólo lo tentaba entonar una única y maravillosa palabra de tres letras. Ya adulto, más de una vez lo consideraron un loco pero él se reivindicó como un hombre común que, simplemente, disponía del don o de la fuerza para cantar los goles como nadie.

Ocurrió así hasta que un atardecer, idéntico al primero, vio caminar la pelota hacia la red y quiso empujar su canto de costumbre. No pudo. Le salió una voz corriente, tan apagada que nadie advirtió que su propietario era El Cantor del Gol. Le pasó esa vez y muchas otras. Consultó a un médico que le dijo que había un daño en las cuerdas vocales, visitó a un psiquiatra que atribuyó el problema al efecto del estrés, y charló con un viejo amigo que le aseguró que no existían recetas contra el avance del tiempo. Cada razonamiento lo convenció a medias, pero lo único cierto es que aquel canto de gol incomparable no resonó nunca más.

Diez semanas exactas tardó en reponerse del golpe. Un día volvió. Y tuvo la oportunidad esperada: cantó gol. Cantó con toda el alma y también con su voz nueva, opaca, menor. Alguien le comentó que ya no era el mismo. El replicó con orgullo pero sin enojo: “No, no es verdad. Un gol es un temblor de un ratito, un mimo de la suerte, una felicidad con otros, el cielo en la garganta. Todavía siento eso. La voz… la voz es un detalle”. No tuvo que explicar nada más para que ese día y todos los días lo siguieran llamando El Cantor del Gol.