Literario

Gritamos tu gol

¿Cómo se puede expresar la pasión futbolera en contextos de protocolos sanitarios? He aquí un proyecto que se propuso encauzar esa energía...

En tiempos complejos como los que ferozmente impone una pandemia, la posibilidad de reinventarse es decisiva para poder superar la adversidad. En estos contextos suelen aparecer ideas que, puestas en práctica exitosamente por algunas personas, muchas veces generan esa sensación frustrante que nos susurra al oído: “¿Cómo carajo no se me ocurrió?”.

A veces, esta sensación de cosa extraordinaria que no obstante se le podría haber ocurrido a cualquiera es un tanto falaz, pues presuponemos en nosotros potencias cognitivas, tecnológicas y pragmáticas de las que sencillamente carecemos. Así, por mucho que creamos que en cualquier tarde al pedo podríamos haber inventado algo parecido a Facebook, Netflix o Mercado Libre; nuestra impericia para arreglar un enchufe o prender el fuego para hacer el asado parece gritar a los cuatro vientos la inapelable mediocridad que nos define.

Sin embargo, el proyecto “Gritamos tu gol” se pareció mucho a ese destello de viveza troyana que puede visitarnos en momentos de desesperación. Claro que, también, al realidad debe hacer su parte; en este caso, el regreso a la fase 1 de cuarentena junto a la polémica decisión de reanudar el fútbol a puertas cerradas fue la alquimia que necesitó ese Ulises que todos llevamos adentro para urdir su genial estratagema: ya que la pasión estaría confinada entre cuatro paredes y que una de las únicas actividades que estaban homologadas era el delivery en sus variadas formas, la posibilidad de ofrecer este servicio para desahogar la pasión fue, una vez ejecutada, casi una obviedad. Hubo, claro, una última pieza que encastró en este rompecabezas para terminar de definir su imagen; hablo de ese estudio de la Universidad de Stanford que mostraba cómo el grito de gol, al igual que la risa de Mariano Iúdica, es capaz de “lanzar” el vapor de saliva a distancias de hasta 8 metros. El tiro de gracia estaba detonado, si algo no habría de volver de manera inminente era el grito de gol; si algo iba a tener la necesidad de expresarse de la manera que pudiera era el grito de gol. “La manera que pudiera” fue, pues, “Gritamos tu gol”.

Estas ideas suelen ser, además de geniales, simples, y esta lo era (o lo fue, hasta que comenzaron las complicaciones). Así como se pide una de muzzarella o una docena de empanadas, la empresa ofrecía un servicio muy simple: merodear el domicilio en la hora del partido y, en caso de ocurrir un gol del equipo del contratista, gritarlo para que todo el barrio lo escuchara.   

Pocos días, ya lo anticipamos, duró la calma. Primero por razones legales: se denunció la práctica por fraudulenta, por fingir ofrecer un servicio dando otro; esto, desde luego fue rápidamente abolido por un par de abogados pillos, que afirmaron el derecho de un trabajador esencial a gritar un gol mientras “hiciera” su trabajo (como sospecharán, también a algunos motoqueros se les allanó la moto y se les incautó, por encontrarse en la cajuela pizzas enmohecidas, que obviamente obraban como pantalla para la actividad paralela). Otro problema que surgió rápidamente fue el de la cantidad de motos que se agolpaban y, es cierto, ya no cumplían con los protocolos de salud; en una cuadra muy futbolera hubo una tarde quince motos merodeando, con sus choferes a grito pelado. Un tercer problema fue propio de estos tiempos extraños en que nuestro pueblo hincha por equipos europeos; así, una fan del Bayern Münich de Saavedra, quedó endeudado porque el delivery no paraba de gritar goles. Un cuarto problema fue de estilo; luego de unas semanas donde todo parecía ser simplemente gritar un gol, hubo gente que dijo que, con lo que pagaba, merecía que el gol fuese gritado con un tono, un gesto y alguna frase típica; por ejemplo “Gooool…la concha de su madre…”, mientras las manos descendían hacia los genitales.

Pero problemas, lo que se dice problemas, fueron los que finalmente echaron a perder el proyecto. Primero sucedió algo que increíblemente los genios que idearon el plan no lo intuyeron: algunos pibes se negaban a gritar goles de un equipo… ¡E incluso gritaban el del equipo contrario, del que obviamente eran hinchas! En parque Patricios ocurrió el primer caso grave; un delivery contratado para gritar goles de San Lorenzo gritó uno de Huracán. De a poco, también, algunos creyeron que la actividad habilitaba a ir por más, y aparecieron las gastadas sutiles; un hombre, hincha de River, terminó a las piñas con un muchachito que mientras bajaba cuidadosamente de su moto para darle una pizza, le dijo: “Hay que tener mucho cuidado al bajar de la moto… el descenso es terrible…”. La empresa también colaboró, cegada por el grosor de sus cuentas, en esto: aprovechando el escándalo que estos episodios generaban ofreció “cargadas a domicilio”, que incluso formaban parte de promociones: “Llevando dos de jamón y morrones, gastamos a domicilio a tu rival”. ¿Y cuánto iba a tardar en meter la cola la política partidaria? Se sabe del presidente de un club al que un chico, mientras le daba un pollo con papas, le decía: “Al horno…como los clubes que tiene presidentes corruptos…”.

Un desastre final en el que se vio a barras que iban tirándose pizzas en moto terminó con una gran idea, en medio de un escándalo que convocó a l gendarmería.

Los emprendedores detrás del proyecto “Gritamos tu gol”, por supuesto, se ocultaron en una nube de artificios legales, dejando el emprendimiento en el baúl de los buenos recuerdos. Aunque es como mínimo sugestiva la actitud de ciertos farmacéuticos, que cada tanto salen a gritar los goles de “su” equipo con una pasión inusitada…