Gustavo Ballas

El hombre de las mil batallas

El ex campeón del mundo venció a las drogas y el alcohol, a los 61 años está terminando el secundario. Da charlas sobre adicciones y quiere ser psicólogo. Nació millonario, pero a los 9 años tuvo que salir a trabajar a la calle. Fue ídolo de multitudes como campeón invicto, hasta llegar a ser mendigo y caer en el delito. Una vida entre el infierno y la resurrección.

“Un día me desperté en la escalera de un subte tapado con cartones. En ese momento estaba lúcido y me puse a pensar en todo lo que había sido y en lo que podría haber llegado a ser. Me miré todo sucio, tapado con cartones y dije hasta acá llegué y tomé la decisión de quitarme la vida”. El que habla es Gustavo Ballas. El que llegó a campeón del mundo sin perder ninguna pelea, el de los golpes sincronizados. El hombre aclamado por un Luna Park rendido a sus pies. El niño mimado del boxeo. El que ocupó el lugar del gran Nicolino Locche. El de las 120 peleas y el que tocó el cielo con las manos a los 23 años cuando el mundo sucumbía a sus encantos. El mismo que llegó al cielo y cayó al infierno más oscuro de las adiciones. El que coqueteó con la muerte y resucitó.

“Mi vida deportiva como la extradeportiva fue muy ascendente. Vivía en un Fórmula 1 a 300 kilómetros por hora. Cuando yo lavaba copas en la pizzería, soñaba con ser como Locche  y a los 19 años pasé a ocupar su lugar. Tenía 16 años cuando soñaba con ser cómo Nicolino. Pasaron solo tres años, hermano, y pasé a ocupar su lugar. A los 19 puse el Luna Park de bote a bote. Lo reventé. A los 16 cuando estaba en la pizzería y tenía algún franco me iba a bailar cuarteto al Ameghino en Villa María y siempre bailaba con la más feíta. No era el dueño de la pizzería, hermano, ¡era el negrito que lavaba copas! A los 19 aparecí en los boliches de onda en Buenos Aires y bailando con la del rostro más bonito y perfume más caro. Como hacía yo para bancarme eso. Llega un momento en el que te quedás solo, muy solo… Se acaban las palmadas, las ovaciones.  Vos las necesitás y no aparecen. Es bravo, hermano, es muy bravo”.

Ballas y Maradona.

El hombre que peleó contra la droga, el alcohol, la miseria y la muerte. El hombre de las mil batallas, arriba y abajo del ring. El hombre que nunca baja la guardia, hoy habla con asombrosa tranquilidad sobre su oscuro pasado y pone énfasis en cada palabra. Su casita del Barrio Centro Empleado de Comercio, en Villanueva (Villa María, Córdoba), es el refugio donde tiene guardado uno de sus mejores tesoros: su esposa. La Tana. La que estuvo cuando todo era gloria y la que salía en bicicleta a pedir dinero para poder sacarlo de la cárcel. La misma mujer que abandonó con un bebe de menos de un año por la droga y el alcohol.

“Llegó un momento en que ya no tenía quién me convidara, ni quién me fiara. Y, a medida que pasa el tiempo, necesitás más y más droga. Era terrible no tener para consumir”

“A mí lo que más me costó fue enterrar al campeón. Poder sepultar los aplausos, las palmadas, el dinero. Eso fue bravo. A nadie le gusta aceptar que ya fue. Sentía la necesidad de que me nombraran y, en general, no me nombraban. ¡Ay hermano!, qué duro era. Pero soy un agradecido a Dios, de que me haya pasado lo que me pasó. Si a mí me hubiese salido bien aquel choreo con el revólver, no sé dónde estaría hoy. No sé si estaría. Sólo un tipo con suerte pudo haber encontrado una persona como la Tana (Miriam Susana), que soportó lo que soportó y hoy sigue al lado mío”, dice y gesticula. Y añade: “Hoy cuando nos sentamos con la Tana en nuestra casita, pensamos que es un palacio. Es una casa de barrio, pero para nosotros es un palacio. A mí me hace bien, porque me doy cuenta que he progresado. Yo estuve en un pozo de 80 metros sepultado. Hoy asomé un dedo, nada más. Pero moví ese dedo y significa que estoy vivo”.

Ballas junto la Tana, la mujer que lo bancó en todas.

No exagera el ex campeón mundial supermosca cuando afirma que estuvo sepultado. Tocó fondo en varias oportunidades y siempre, de alguna u otra manera, logró salir adelante. Su apellido original es Mpallas, su papá Jorge Blas llegó a la Argentina desde Grecia escapando de la Segunda Guerra Mundial. Cuando entró al país, le cambiaron el apellido y quedó Ballas. Vino en el mismo barco que los Onasis y los Georgalos.

Como todo griego, era muy hábil para los negocios. Tenía campos en Mendoza  y unos tambos modelo. Pero manejaba todo desde Córdoba donde administraba una gran despensa de ramos generales. De golpe todo se derrumbó y, con sólo 9 años, Ballas tuvo que salir a la calle a trabajar. Todos esos golpes fueron marcando su vida. Sus padres se separaron cuando Gustavo tenía 1 año y su madre se fue de la casa. No la volvió a ver hasta que fue campeón del mundo. “A los 23 años te ponen una señora adelante y te dicen que es tu mamá. Fue algo muy fuerte. Me explotó la cabeza. Me dio un abrazo y me dijo ‘hijo’. Yo tenía que decirle mamá. Pero no lo sentía y si le decía que la quería, le estaba mintiendo. Aprendí a decir mamá a los 23 años y ahí se me dio vuelta la cabeza.”

“En 1985 vivía en pedo y drogado, y después de perder con “Metralleta” López anuncié mi retiro del box. Al tiempo tuve mi primera internación. Muchísima gente me venía a hablar y yo no escuchaba a nadie. Sabía que tenía problemas pero no escuchaba a nadie”, detalla. Y continúa: “Para colmo siempre metían el tema del alcohol. Entonces, el pobrecito de Ballas estaba enfermo. En cambio si se enteraban del problema de la droga, era el negro hijo de puta que se droga. Porque cuando vos tenés problema de droga, en vez de ayudarte, te matan”.

Ese primer diagnóstico marcaba una personalidad neurótica depresiva y síndrome de dependencia alcohólica. Estuvo un mes internado en el Hospital Regional de Bell Ville (Córdoba). Durante dos años estuvo limpio y hasta volvió a pelear por el título del mundo frente a Sugar “Baby” Rojas en Miami.  Al no poder hacerse del título, todo comenzó a derrumbarse nuevamente. Fue otra vez campeón argentino, nació su hijo Gustavito y en 1989, cuando se retiró definitivamente, vendió su casa para instalarse en Buenos Aires. “Le pedí a la Tana que se quedara en Córdoba que yo alquilaba algo y le avisaba. No puedo explicar por qué, pero volví a andar de caravana, tuve el momento de debilidad que tiene todo enfermo. Me gasté toda la plata en droga. Ahí empezó mi peor etapa y uno de los calvarios más duros”, se sincera.

Diploma de honor, un orgullo para Gustavo Ballas.

Su metro cincuenta y siete lo hacen parecer una persona frágil, pero su mayor fortaleza no está en sus puños que vencieron a grandes oponentes como Pedroza, Laciar, Maruyama, Suk Chul Bae y tantos otros. Ese chico que empezó a boxear a los 15 años para ser como Nicolino Locche ya no tiene las cuerdas del ring para apoyarse y jugar como lo hacía con sus adversarios. Ni puede barrer con los brazos, ni boxear en puntas de pie. Su mayor fortaleza está su cabeza y en su gran fuerza de voluntad, que le permitieron salir de los lugares más sombríos.

“Un día se armó un revuelo terrible en la cárcel, yo preguntaba qué pasa que se estaba generando semejante revuelo y apareció él: Nicolino. ¡Qué bien me hizo verlo! Él estuvo siempre, en la cárcel, en el hospital. Los otros come gratis de Bermúdez, Lectoure, Paladino y todos los amigos del campeón… no ví a ninguno”

“A medida que pasaban los días me metía en ambientes cada vez más pesados. Yo no sabía ni en qué día vivía y menos dónde. Ni siquiera tenía ropa para vestirme. Me ponía ropa que me daban en la calle. Andaba todo sucio, rotoso, meado. Era un ciruja. La gente que me reconocía se acercaba y me ponía algún mango en el bolsillo”, recuerda. “Pero apenas veía un peso, salía a comprar droga. Dormía en las plazas o tirado en cualquier lado. Mi vida era una locura. Vivía consumiendo pero sin plata. O consiguiendo plata de mala manera. Yo no tenía un peso. Era de terror, a la gente que me daba una mano terminaba haciéndole una cagada y me tenía que ir. Mis días eran todos iguales: consumir todo el día y hacer nada”.

Hace unos años fue convocado por el gremio ATILRA (Asociación de Trabajadores de la Industria Lechera de la República Argentina) para formar un equipo con profesionales y trabajar en la problemática de las adicciones con personas que hacen terapia ambulatoria. Es un grupo de cinco personas en el que todos son médicos menos Ballas, quien es socioterapeuta. Gustavo se capacitó en la Universidad del Salvador como Socioterapeuta en Adicciones para ayudar a personas que padecen el flagelo de la droga y el alcohol que a él lo tuvieron al borde de caer tendido sobre la lona.

Todos los días se encarga de recibir a los pacientes con los que charla y les cuenta su experiencia para salir de la adicción. Pero más allá de las sesiones y debates sobre alcoholismo y drogadicción que encabeza, siente que debe reforzar todo lo vivido con un conocimiento académico. Por eso, primero se encargó de retomar sus estudios primarios y ahora con 61 años se encuentra cursando el colegio secundario donde le falta poco para recibirse e ir por su mayor anhelo: estudiar Psicología.

Nicolino Locche habla, Gustavo Ballas lo escucha con suma atención.

“Si Dios quiere, el año que viene termino el colegio segundario y voy por mi mayor desafío: entrar a la Universidad para estudiar psicología puede ayudarme mucho más. Voy al colegio para adultos CENMA 96 Agustín Álvarez y soy el escolta de mi curso. Me gusta estudiar y por suerte la Tana siempre me da una mano”, precisa. “La materia que más me cuesta es Matemática, pero por suerte la voy zafando. Me encanta Filosofía y Lengua. Tengo clases todos los días de 19 a 23 y cuando llego a casa, enseguida, me pongo a hacer las tareas”, apunta.   

Ballas cuando tiene que hablar de las adiciones no da vueltas, va directo al mentón. Por ello hoy es un gran maestro fuera del ring que enseña a salir del infierno de alcohol y las drogas. Su fuerte, asume, es la palabra. “Hay que tener coraje para salir de esa inmundicia. A los pibes yo les pregunto: si ustedes van por la calle y ven que hay mierda, ¿la esquivan o la pisan? Casi todos responden que la esquivan. Entonces yo les digo que no acepten droga porque también es una mierda. Trabajar sobre la misma problemática que a mí me afectó, en realidad, me ayuda muchísimo. La ayuda es recíproca. Al estar sentado frente al pibe, tratando de recuperarlo, con sólo escucharlo, el ya me está ayudando a mí”, señala.

Su boxeo elegante mezclaba a la perfección los esquives, los amagos, los quiebres de cintura y los desplazamientos laterales. La guardia siempre bien armada, un jab de zurda preciso e impecable, el gancho perfecto, el contraataque letal. Una maravilla de boxeador. Ballas, a los 61 años, sigue dando pelea y sabe que no puede bajar la guardia, nunca, porque “la lucha contra la droga es constante, diario, y todas las mañana cuando me miro al espejo me digo hoy no tengo que consumir”. Si bien esta lucha, la más larga y eterna, para Ballas se va aplacando, reconoce que “al principio fue muy bravo, muchas veces me despertaba sobresaltado, porque estaba soñando que iba a comprar droga. Era horrible. Me despertaba todo transpirado. Tenía pesadillas horribles, me despertaba a los gritos. Es muy jodido. Muy duro. Yo era uno de los tantos que decía que la manejaba, que la piloteaba. Tomate un litro de laxante, a ver si manejás la diarrea. ¿Qué la vas a manejar?”. Lo dice con concimiento. Ballas sabe en carne propia cómo la droga gana siempre. Siempre y por KO.