Futbolísimo

Historia de burbujas

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Futbolísimo, una síntesis de una historia familiar cuyo centro, cuyo corazón era el fútbol.

Durante un cuarto de siglo, Futbolísimo, un hombre de apariencia más que clásica, vivió creyendo que las burbujas eran pelotas para partidos en miniatura, que los obreros de la construcción eran arqueros que atajaban ladrillos y que el aire era un espacio ancho, cómodo y largo a través del cual se podía tirar buenos centros. También estaba seguro de que las casas habían sido construidas como separadores entre las canchas y que el hambre de cualquier individuo constituía una distracción que matizaba la ansiedad entre partido y partido. Ni tonto ni loco era Futbolísimo. Sólo se trataba de alguien que honraba el nombre singular con el que le había tocado existir.

Futbolísimo se llamaba Futbolísimo porque su padre y también la madre de su padre habían hecho del fútbol lo que tantas otras gentes: no una pasión mayúscula, sino el centro de la vida. Ni la tentación del dinero ni las sonrisas de la noche ni las artes de un trabajo ni nada de nada pesaban lo suficiente en esa historia familiar como para que el fútbol dejara de ser aquello que preocupaba y ocupaba a la razón y al corazón. El resto de las cosas transcurría según una naturalidad que a Futbolísimo no le importaba poner en cuestión. Lo que importaba, lo que de verdad importaba, era el fútbol.

Todo sucedía así y pudo seguir siendo así hasta que, en una tarde de la cancha, Futbolísimo pestañeó. Pestañeó, ese acto mínimo, matemático, perfecto para no interrumpir el fútbol, que era aquello que jamás se debía interrumpir. Pestañeó y la vio. Era mujer y era maravillosa: gritaba como si tuviera la garganta llena de conciertos, saltaba en la tribuna sin frenar un solo músculo y lucía la camiseta de su equipo de un modo tan deslumbrante que ni si quiera daban ganas de imaginarla desnuda. Entonces, por primera vez en un cuarto de siglo, Futbolísimo sintió que una fuerza potente, todavía más arrasadora y más completa que el fútbol, empujaba hacia los costados a todo lo que hasta allí había sido su mundo y ubicaba en un foco entre los focos a esa belleza. Como si no controlara ni su cuerpo ni su voz, fue corriendo hasta dónde estaba ella y le soltó un interrogante básico.

–¿Cómo te llamás?-, le preguntó embobado.

Ella le devolvió la mirada como si no mirara a nadie y le entregó una oración que terminó de cautivarlo: “Tengo un nombre un poco extraño. Me llamo Futbolísima”. Desde ese día, Futbolísimo no paró de pensar en esa dama y gastó jornadas enteras en tratar de explicarle que existen otras cosas además del fútbol como, por ejemplo, el amor. Tan poderoso fue lo que le ocurrió que cuando ahora ve una burbuja, no cree que está ante una pelota para partidos en miniatura. Podría decirse que es lógico: le sigue gustando el fútbol, pero ya no vive en una burbuja.