Maradona

Iglesia Maradoniana: la devoción continúa

A casi veinte años de su nacimiento, uno de los impulsores continúa tan aferrado como asombrado a la relevancia sin fronteras que alcanzó la idea de tres amigos, mientras agradece haber perdido la votación para crear una simple peña y advierte que a Diego no le rezan para pedirle ni salud, ni pan ni trabajo.

“Queridos hermanos maradonianos, bienvenidos una vez más a la ceremonia. Esta vez es especial, porque tenemos el agrado de recibir a los lectores de Enganche para que demuestren a sus hijos, a sus nietos y a todos los que les guste este bendito deporte, que Diego es, fue y será el jugador más grande de todos los tiempos”. La presentación ante el resto de los fieles ya está hecha. Todos se persignan en el nombre de la Tota, Don Diego y el fruto de su amor, antes de iniciar el viaje por un camino lleno de experiencias, anécdotas, personajes y oportunidades que supo abrir la pasión por uno de los futbolistas más grandes de todos los tiempos. Adentrémonos al mundo de la práctica de la liturgia maradoniana que nació en Rosario, pero que rápidamente se desparramó por todo el mundo para llegar a los lugares más profundos del planeta.

En la madrugada del 30 de octubre de 1998, como si hubiera sido una aparición divina surgió la idea. Diego cumplía 38 años. Eran las 3 de la mañana cuando un timbrazo (del teléfono de línea) irrumpió en la silenciosa madrugada de la casa de Alejandro Verón. “¿Dónde lo velan?”, fue lo primero que soltó al recorrer por su mente el terror de imaginar lo inimaginable. Del otro lado se encontraba su amigo y compañero de Radio LT8 de Rosario, Hernán Amez. “Feliz Navidad”, se escuchó. Alejandro, carpintero de oficio como su padre, aún dormido no entendió el mensaje y prefirió cortar un diálogo al que no le encontraba otro sentido que el de molestar su descanso, ese que finalizaba a las 7 de la mañana para dirigirse al taller como lo hace cada día. “Esa anécdota fue el disparador porque cada cumpleaños de Diego lo recordamos”, dice Alejandro Verón.

Dalma y Gianina, con la camiseta de la Iglesia devota de su papá

Durante casi tres años el concepto que se gestó aquella madrugada fue prácticamente imperceptible. Pero la milagrosa decisión de Diego de realizar su partido homenaje hizo germinar un detalle adicional para la construcción de un sueño que unía a Diego con su religión. “Eran los primeros días de octubre de 2001 y se venía la despedida de Diego. Estábamos con Federico que es otro amigo y Hernán. Ahí fue cuando propuso agruparnos en torno a Diego pero queríamos hacerlo desde un lugar diferente. Vamos a hacer una iglesia, tiró. Yo le dije que estaba loco, que teníamos que hacer una peña o un club de fans”, cuenta Verón. Hace una pausa, como buceando en su memoria y continúa: “Y él, gracias al cielo, insistió diciendo que peñas había en todas partes del mundo y que Diego no era Luis Miguel para tener un simple club de fans. Porque si decimos que Diego es Dios, entonces tenemos que hacer una iglesia. Fuimos a votación entre los tres y yo voté en contra. Menos mal que perdí, sino hubiéramos sido una peña como tantas otras”.

Con los días contados, el plan de estar presentes la tarde del sábado 10 de noviembre de 2001 en la Bombonera estaba mucho más lejos que los casi 300 km que separan a Rosario de La Boca. Aunque, con la fuerza inexplicable que tienen los fenómenos sociales, en apenas algunas horas la Iglesia Maradoniana tenía asegurado su lugar en el santuario boquense en el que Diego había decidido tirar sus últimas paredes, en un partido rodeado de sus afectos.

“Un día hicimos una gacetilla para anunciar en algunos medios de la ciudad una cena para el 30 de octubre. Juntamos ciento cincuenta personas. Arrancamos y en pleno brindis se me ocurre proponer ir al partido homenaje”, recuerda Alejandro. ”La entrada valía cincuenta pesos que en esa época eran cincuenta dólares. Juntamos 2500 pesos. O sea, detectamos que había cincuenta locos como nosotros. Viajamos a la cancha de Ferro. Había una fila terrible. Vendían solo dos entradas por persona. Fuimos y le dijimos a los canas que éramos de la Iglesia Maradoniana. Nos miraban sin entender nada, pero les pudimos explicar. Pasamos del lado de la cancha y volvimos a Rosario con las 50 entradas”, agrega.

Ronaldinho

Cuando llegó el gran día, los discípulos lucían radiantes sus túnicas para su primera exhibición pública. En esa última obra, Diego lanzó una frase que se convirtió en el primer mandamiento: “La pelota no se mancha”. Los feligreses de esta nueva religión se ubicaron en la tribuna media local. “Estaba plagado de banderas de Boca menos la nuestra que era de Argentina. Estábamos todos contra la pared de un costado. Esa tarde nos miraban todos. Pasaron cosas en la tribuna, pero a nosotros nadie nos dijo nada”, recuerda Alejandro para quien la captación de nuevos creyentes empezó a gestarse antes, con el envío de una gacetilla a los medios de comunicación. “En 2002 nos hicieron una nota que fue tapa de Olé titulada “D10S MÍO”. Estábamos nosotros, vestidos de curas, el Bambino Veira que fue el último técnico que tuvo Diego y Juan Carlos Monte que fue quien lo hizo debutar. Y ahí explotó todo”, sostiene. 

Aquella piedra bautismal tuvo un correlato al año siguiente con el festejo de la Navidad Maradoniana en un restaurante de Costanera Norte. “Hablamos con el dueño y él se encargó de todo. Juntaron 400 personas. Fue Dalma y Diego salió por teléfono desde Cuba. Casi nos morimos. Canal 9 se contactó con nosotros porque quería hacer un móvil a las 12 de la noche y a la mañana siguiente hablamos más de media hora con Mario Pergolini en la radio, que además nos invitó al programa de televisión donde mostró la remera”. 

Encuentro cercano 

Más allá de la Fe divina por Diego, la Iglesia y sus feligreses no habían tenido un contacto en persona con su divinidad desde su fundación. Hasta que el destino se puso la 10 para que uno de sus devotos seguidores pudiera ver a su Dios de carne y huesos. Fue la noche en la que Newell’s enfrentó, en el Coloso, a Gimnasia. Ese 10 de abril de 2004, Diego viajó a Rosario para inaugurar oficialmente la tribuna que lleva su nombre. “Fue la primera vez que me lo crucé vía Iglesia Maradoniana. Estaba haciendo campo de juego para la transmisión de la radio y cae el gordo a la cancha. No sabía nadie que iba. Entró al campo antes de que empezara el partido y yo pasé a la seguridad, me acerqué y simplemente le dije que era de la Iglesia y le mostré el carné”, afirma. Lo que pasó después, un abrazo y unas palabras de Diego, quedaron retratados en una fotografía en la que Maradona arropado en rojo y negro levanta sus brazos con el carné en la mano. “Me fui para el túnel llorando y de repente siento un cachetazo en la cabeza que me hace ver las estrellas. Me doy vuelta y era él”.

–¿Qué hacés? ¿Por qué llorás?

–¿Sabés la cantidad de Maradonianos que quisieran estar en mi lugar?

–Por eso, ¡no llores! No me gusta que lloren. Venite esta noche al hotel y charlamos tranquilos.

“Fui y esperé en el hall. Al recibirme me preguntó qué onda la Iglesia. Le describí un poco cómo surgió la idea y me dijo que vio desde Cuba las notas que nos hicieron, las misas y que se volvía loco con los rezos”, evoca. Para Alejandro, como bien resalta el tercer mandamiento, la Iglesia no es más que un gesto de amor incondicional hacia Diego y por el buen fútbol. “La intención nunca fue comercial –afirma–. Esto es folklore. Es para agradecerle y no para cargosearlo.

Gary Lineker, con el carnet oficial de la Iglesia Maradoniana

La gran pantalla

El protagonismo creció tanto que, en 2005, la producción de ‘La Noche Del Diez’, programa que condujo el mismo Diego, buscó auxilio en la Iglesia. En ese momento entró en escena Mariano Sinito. Protagonista de uno de los instantes más recordados de Pelusa en la televisión. “Ya estábamos con la vorágine de la Iglesia y un día me llama un productor de Canal 13. Me pide 10 chicos maradonianos porque querían hacer una nota. Yo le dije que no tenía diez, pero que tenía uno que valía por los diez”, cuenta Alejandro. El elegido ya había sumado varios minutos en la primera división de Agrandadytos. Sinito tenía apenas un año cuando el astro del fútbol jugó su último partido oficial, pero remarca que no necesitó verlo en vivo para adorarlo. Repasa detalle por detalle aquel episodio como si hubiera sido ayer. “Cada vez que viajaba a filmar había una coordinación y la producción le avisaba al colegio para que me den permiso. Pero hubo una tarde que no me avisaron nada. Mi viejo entró al colegio y me sacó de una clase. Me resultó extraño el imprevisto y que viajara todo el comité de la Iglesia, mi viejo, mi vieja y mi hermanito. Cuando entramos al estudio y veo un BMW y arriba del panel del auto un habano en un cenicero, también me pareció raro”, explica Sinito. Y añade: “El sector donde grabábamos, lleno de gente. Empezamos a grabar y primero interactúo con Diego como si fuera una nota por teléfono. Me acuerdo que le digo a Dady que no lo podía creer y me pide que empezara a rezar el padre nuestro maradoniano. Ahí abro los ojos y veo que hay alguien que se acerca”.

Frena la narración y respira profundo. Se regocija en la pausa para trasladarse en el tiempo y detenerse eternamente en ese acontecimiento. “Aún recuerdo su perfume. Hoy uso el mismo. Y también me acuerdo lo que tenía puesto. Zapatillas, un jean y una camisa blanca de mangas cortas. Verlo realmente impresiona. Es shockeante verlo tan chiquito físicamente pero, a la vez, te sentís tan diminuto a su lado. Es una energía especial la que transmite”.

Hoy con 24 años, Mariano confiesa con gran pesar que la relación con las autoridades del colegio al que asistía en la escuela primaria fue todo lo contrario a lo que esperaba. El precio de la trascendencia que adquirió aquel encuentro que apreció un país entero, no fue gratuito. “La pasé bastante mal. Hasta séptimo grado me la hicieron muy difícil tanto los profesores como las autoridades. Me tiraban indirectas como que adoraba a falsos dioses, que ejercitaba la blasfemia, que me iba a ir al infierno… Hoy en día todavía no entiendo el trato. Porque yo era chiquito. Esas cosas me lastimaron”. Sin resignar la entereza, resistió y destaca que cada mañana piensa en volver a cruzarse con su Dios futbolístico: “Dudo que maneje su cuenta de Instagram pero le contesto todas las historias, le mando mensajes, le agradezco por el momento. Lo hago siempre. Me gustaría poder recordar ese día y contarle todo lo que me pasó después”.

Los recuerdos no tienen fecha de vencimiento y los personajes que interceptaron el trayecto de la Iglesia y, Alejandro, quedaron marcados para siempre. “Un día en la carpintería me suena el celular. Número desconocido. Atiendo. Era para pedirme una camiseta de la Iglesia Maradoniana para que la mandara a Barcelona porque Ronaldinho quería la remera. Obviamente pensando que era una joda, lo putee y le corté. Me llamaron de nuevo. Soy el Topo López, me dice. Necesitaba sí o sí la remera. Porque Ronaldinho le daba la nota si le conseguía la remera de la Iglesia Maradoniana. Nos mataron con el precio del envío, pero se la mandamos igual. Lo único que le pedí era la foto a cambio. A los dos días me manda la foto con Ronaldinho y Deco con la remera. Casi me muero”. La admiración de Dinho siempre fue pública. Como la de Manu Ginóbili, quien también quiso tener su distintivo de maradoniano fidedigno. El caso extremo se dio cuando entre los pedidos llegó uno extraño, un delantero de la selección inglesa en México ’86 pidió su carné. “Hernán un día tuvo que ir a Buenos Aires y se cruzó a Gary Lineker en Puerto Madero. Y el tipo posó orgulloso con la credencial en la mano. Increíble”, arremete y amplía sin ánimos de que se “le escape la tortuga”: “Me seduce la idea de cruzarme a Shilton y sacarme la foto con la remera, puedo hacer un póster”.

El día de la inauguración de la tribuna en el Coloso de Rosario que lleva el nombre Diego Maradona

La noche del 28 de noviembre del 2004 no sería una más. La Iglesia aprovechó un Boca contra Newell’s para viajar a Buenos Aires y pasar por el mítico inmueble de Segurola y Habana. “Caracol le quería hacer una nota y le avisamos a Claudia que pasaríamos a dejarle un sobre con la propuesta formal de la entrevista. Cuando fuimos le íbamos a dejar el sobre al encargado y nos recibió Claudia que nos invitó a tomar unos mates. Nos abrió las puertas del cielo. Ahí conocimos la casa, la habitación donde estaban todas las camisetas. Claudia y las nenas, una cordialidad impresionante. Con ellas me saco el sombrero”.

Sin embargo, ese trato que supieron cosechar y que les permitió acercarse al primer anillo del círculo más íntimo de Maradona, en la actualidad no se inclina de la misma manera. “Últimamente el contacto es más pausado porque su entorno lo tiene blindado y hay algunos que se creen que son más Maradona que Maradona. Entornos pasaron un montón. Pero pasaron. Hubo muchos que exprimieron la teta de la vaca y después se fueron a la mierda. Nosotros siempre estuvimos tranquilos, sin quilombos. No le queremos romper los huevos. ¿Estamos afuera?, y bueno, ¿qué le vamos a hacer? Sabemos que no estamos afuera por Diego”, dice Alejandro. “A fin de año siempre nos manda el video saludando y nosotros lo subimos. Él lo manda. Nosotros no se lo pedimos. Porque no queremos joderlo”.

El aura de Diego Maradona no se apaga. Como sus jugadas y sus goles, se hace eterno. Desentrañarlo es tan complejo que sus predicadores sólo quieren y sienten la obligación moral de narrar los pasos de un pibe de Villa Fiorito que se hizo hombre para dejar su huella indeleble. Para ellos, “cada misa es una ofrenda en vida a quien fue el más grande de todos los tiempos”. Una religión que no busca comprensión sino que se anida en lo más profundo del corazón.

Foto de portada de nota de Kaloian Santos Cabrera.