Ignacio Montoya Carlotto

Banderas en tu corazón

En fútbol como conexión y los colores como una herencia trascendente; Ignacio Montoya Carlotto se mantuvo en su verdadera historia a partir de River y la música.

La música que envuelve la casa familiar en Olavarría parte desde ese cuarto en el primer piso. Entre todos los instrumentos el piano es el dueño de la escena y lo corona en una de las paredes un banderín de River. El piano es de Ignacio Montoya Carlotto y el banderín pertenecía a su padre, arrancado de la vida por la dictadura que ensombreció al país entre 1976 y 1983. Obviamente sin saberlo, se hizo hincha del mismo cuadro que ese hombre al cual no conoció y del que supo recién pasados los 35 años, cuando descubrió su verdadera filiación. “Es increíble, rarísimo, pero es algo que se repite en varios casos. Chicos en lugares del norte del país eran como bichos raros porque se hacían de un club que no era muy popular y que luego resultó ser que eran del mismo equipo que el de sus padres. Hay algo que trasciende”, le cuenta a Enganche.

Ignacio fue la 114° persona nacida en un centro de detención clandestino a la que se le restituyó su identidad desde el regreso de la democracia. Y es nieto nada menos que de Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, la organización que desde hace más de tres décadas lleva adelante esas búsquedas que generan admiración mundial. “Ella es de Estudiantes, pero el año pasado cuando terminó la final de la Copa Libertadores fue la primera que me llamó para contarme que había estado nerviosa por el partido, porque sabía lo que era para mí”. La consagración en Madrid lo convirtió en socio de River por la promesa que había hecho.     

La historia de amor de sus padres, Walmir Montoya y Laura Carlotto, partió también del fútbol. Como parte de un grupo de amigos se disponían a ir a la cancha de River, pero esa historia encerraba otro propósito: es que en lugar de ingresar al estadio esa salida que era entre varios terminó siendo solo de dos. Su padre no solamente era de River como él, sino que también había incursionado en la música como baterista de una banda a la que habían bautizado Nosud.

“Fui a la cancha por primera vez muy de grande, creo que en el año 2013. Acompañé a mi mujer que tenía que hacer un trabajo cerca del Monumental y entonces aproveché para irme caminando hasta el museo. Cuando en 2015 se conoció mi historia y toda la repercusión que tuvo, la gente de River se comunicó conmigo y me invitaron a ver un partido contra Tigre; esa fue la primera vez que vi un partido en la cancha. Desde entonces, cada vez que puedo voy”. Presenciar encuentros, sin la limitación de una pantalla, lo acercó todavía más al juego, y desde entonces les prestarle más atención a los sistemas tácticos y a las estrategias.

Criado en el campo, la escuela rural a la que asistía en Colonia San Miguel, en el interior bonaerense, era un mundo minúsculo de apenas siete chicos, y uno de ellos, Antonio, lo sumó al universo riverplatense: “Desde ese momento le empecé a prestar atención al fútbol, ayudado porque tuvimos el primer televisor más o menos por esa época. Sin jugar al fútbol, de todas maneras empezaba a estar pendiente de todo lo que tuviese que ver con River”. Su padre de crianza era de Boca.      

El fútbol es parte de su cotidianeidad. Sentado al piano, las composiciones y los ensayos tienen como fondo la radio en la que sintoniza las tiras deportivas que persigue por el dial. Si la tarde es de Champions League la tele del estudio hogareño ofrece el mejor menú. En las habituales giras de los fines de semana, el desafío es que River y los conciertos resulten compatibles en sus horarios. “Mis días son de música y fútbol”, cuenta en la charla en la que de todas maneras pone a Lola, su hija de tres años, como el epicentro de todo.     

Además del banderín que había sido de su padre, de las paredes del estudio en el primer piso también cuelgan una camiseta de Fernando Cavenaghi –con quien se mantiene en contacto–, otra firmada por todo el plantel de aquella primera vez en la que fue al Monumental, fotos que fue juntando con algunos jugadores y también obsequios de la subcomisión del hincha del club.    

En algunas ocasiones con una formación de sexteto y en otras de trío, Ignacio se mueve por distintas ciudades del país al ritmo de una fusión entre la música de cámara, el folklore y el jazz. “Música argentina”, resume. Sus composiciones fueron destacadas al ser ternado en los premios Gardel. La noche de la entrega de las estatuillas, en Mendoza, también estuvo teñida de rojo y blanco. Antes de ingresar al salón del evento se encontró con Pipi Piazzolla, nieto de Astor y otro ferviente hincha de River, y el lamento compartido fue por perderse el partido que enfrentaba al equipo de Marcelo Gallardo con Atlético Tucumán.    

Como no puede ser de otra manera, liga la música al fútbol y también vincula los acordes con Lionel Messi. “A través de algo que entiendo, que es la música, trato de entender algo de lo que no sé, que es el fútbol. Entonces comprendo que un equipo debe funcionar como lo hace una banda o una orquesta, en la que cada integrante tiene su momento y su función para que el conjunto ande bien”. Y al rosarino lo encuadra como “el mejor solista sin orquesta”, para figurar la indefensión colectiva con la que muchas veces lo ve en la Selección, porque “el fútbol no es una actividad solista; si tenés el mejor violinista del mundo pero los contrabajos no se hacen sentir y los timbales no llevan el ritmo la cosa se complica”. “Es el mejor del mundo, yo soy hincha suyo. Es un lujo verlo y es un lujo que todavía se ponga la celeste y blanca. Es tan bueno que es difícil de creer, no parece real. Pasa que se cae siempre en la comparación con Maradona. Y yo pienso que el romance que tenemos con Diego es más fuerte; y no porque haya ganado o no haya ganado algo con la selección”.  

Y continúa: “En el fútbol y en la música los estados de ánimo son fundamentales. Por eso entiendo eso que les sucede a los jugadores, porque sé lo que es estar arriba de un escenario, ante la mirada de los demás, en un cierto lugar de presión. Entiendo entonces que uno muchas veces se prepara bien y las cosas funcionan, pero otras también armás todo de la mejor manera, pero lo que querés no te sale. A veces la cabeza te juega malas pasadas en momentos claves. Y en esta relación entre el fútbol y la música hay una diferencia grande, y es que a mí nadie me pega en los dedos para que toque mal. Los artistas y los futbolistas más reconocidos no alcanzan esa condición sólo por su talento, sino por la capacidad que tienen de posicionarse con firmeza ante situaciones complejas”.   

Se advierte que le hierve la sangre cuando habla de la música y de la pelota. No se puede detener, quiere contar qué siente y allí va: “Algo conceptualmente sencillo como es el fútbol, porque no se trata de encontrar la fórmula para una vacuna o hacer una obra de ingeniería, refleja muchas complejidades y contradicciones que también hacen a las sociedades”. Y mucho de eso lo encuentra en la literatura futbolera, que devora con avidez.

Entre los libros de Roberto Fontanarrosa y Eduardo Sacheri, con los oídos en el piano y la radio, la pelota que va de un extremo al otro del televisor y la planificación de la siguiente parada en Buenos Aires para andar por Núñez, el hijo de Walmir y Laura, el nieto de Estela y padre de Lola transita sus 40 años entre el pasado que vivió, el que descubrió más tarde y un presente que lo abraza. Eso sí, siempre con fútbol y música.

Sin saberlo, la conexión siempre estuvo. La dio el fútbol, la sostuvo la pasión por los mismos colores. River mantuvo a Ignacio Montoya Carlotto ligado con su verdad. Porque hay banderas que están en el corazón.   

Nieto y abuela. Abuela y nieto. Otra historia que reafirma el Nunca Más.