Daniel Bazán Vera

El Indio, Almirante, los goles y el puchero de mamá

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Su ADN de Isidro Casanova, el recuerdo de su madre, las puteadas como motivación y la pelota como modo de vida. El ascenso argentino corporizado en un delantero legendario.

Hay señas particulares que permiten componer escenas. Situaciones que marcan a fuego. Piel curtida que identifica para toda la vida. Sonidos que acompañan para la eternidad. Rutas recorridas que otorgan pericia. Nombres que son marcas registradas. Barrio, ascenso, pueblo, choripán, canchas desparejas, sentido de pertenencia, Daniel Bazán Vera. Tan así que impresiona. Tan idéntico que es imposible de contrarrestar. El Indio, Isidro Casanova, Almirante Brown. Ecuaciones perfectas e infalibles.

Un artillero a la antigua, una mochila cargada de historias, oídos desbordados de puteadas y de elogios en tantos años de goles. Una vida dedicada a la pelota. Una pelota como modo de vida. Daniel o el Indio, es lo mismo, a los 46 años, muestra que su ADN, el que nunca lo hizo apartarse de sus raíces. Cuenta de tal forma que se adueña de la escena. Es tan genuino que sólo hay que escucharlo.

Almirante Brown, después a Germinal de Rawson, Olimpo de Bahía Blanca, Defensa y Justicia, Santiago Mourning de Chile, Temperley, Atlanta, Inter Turku de Finlandia, Unión, Tristán Suárez, Almagro, Atlético de Rafaela, Gimnasia y Tiro de Salta. Una cantidad de vivencias que lo vuelven un personaje entrañable. Una carrera que comenzó en 1994 y se terminó casi dos décadas después, en 2013. Una memoria que Enganche exploró en una charla con el sello del Indio Bazán Vera. En el nombre del gol.

–Cuando te puteaban, ¿te sentías más cerca del gol?

–La verdad que sí, porque era la única forma en la que yo podía contestar dentro del campo de juego a todos los insultos que recibía. Entonces, sentía que tenía un plus más. Era como una motivación y sabía que de la única forma que los podía silenciar era hacer un gol o meter una patada, todo sin hacer gestos porque nosotros siempre nos sentíamos observados. En Mataderos o en la cancha de Morón eran partidos especiales para mí. Sin importar con la camiseta que me tocara defender, sabía que me iban a putear. Pero son momentos lindos e inolvidables y los disfrutaba esos partidos.

–¿Sentías adentro de la cancha que cuando te caía una pelota en los pies el rival o los hinchas contrarios comenzaban a temer porque les conviertas?

–Cuando llegaban los partidos especiales, lo que hacía una fecha antes, era empezar a calentar el ambiente. Con alguna declaración, ahora no se puede porque dicen que es violencia. La chicana era linda, no era para generar nada malo. Ahora, el chicaneo en el fútbol de ascenso no existe más. Me gustaba encender un poco el clima. Tiraba una bomba en la previa y entonces ya me preparaba, porque si había hablado después tenía que hacer algo. No era quedarse en palabras. Eso me motivaba. Yo sabía que en los primeros en los primeros 45 minutos dos o tres chances tenía y quería aprovecharlas. Yo obligaba a mi compañero a que tirara algún centro o a que los tire justo a donde estaba el central de ellos y yo buscaba ir a la carrera para anticiparlo o chocarlo para poder cabecear primero, porque ese era mi fuerte. Mi compañeros no me buscaban a mí, buscaban al defensor. Entonces yo iba a la carrera y buscaba el gol. No me permitía no hacer un gol porque trabajaba toda la semana pura y exclusivamente para eso.

–¿Te quedó pendiente algo en el fútbol?

–A mí mucha gente me recuerda. Por ahí cuando me cruzo con algunos, por ejemplo, en una estación de servicio me dicen “cómo me hubiera gustado que hubieras jugado en mi equipo” y para que ellos no me digan de qué equipo son me hago el boludo. Y a los que me dicen, no sabés cómo te insulté, aprovecho y le digo “por qué no me puteás ahora que no hay un alambrado de por medio”. Y me dicen: “¡Pero no te enojés!”. Y pienso, cómo no me voy a molestar si me remarca que me puteaba y yo no les hice nada… Volviendo a la pregunta, la verdad que siento que no me quedó pendiente nada. Me queda como orgullo que cuando se habla del ascenso mi apellido está muy relacionado. Dios y mi mamita me pusieron en este camino. Y cuando pienso eso de haber jugado en Primera no sé si es algo pendiente. Porque si bien tuve chances, nunca me conformó una propuesta superadora a la que me hacían en el ascenso. Yo vengo de una familia muy  humilde y yo iba adonde tenía el mejor contrato, no miraba qué categoría era. Siempre pensé que el día que me retiraba no tenía que vivir de los recuerdos sino vivir bien en esta carrera que es muy corta. Lo único que me queda en mi vida y ojalá que Dios y mi mamá desde el cielo me puedan cumplir el sueño de poder ver a Almirante Brown en Primera división. Es algo que deseo fervientemente, de la misma manera que espero el día de mañana llegar a la presidencia de Almirante Brown.

–Si viene el genio de la lámpara y te dice: “Dani vas a ver a Almirante en Primera, pero tenés que dar algo a cambio”, ¿qué darías por ver a Almirante Brown en Primera?

–Yo le digo al genio de la lámpara: “Dame cinco fechas y después yo te doy mi alma. Haceme jugar el primer partido con River, el segundo con Boca, tercer partido con San Lorenzo, cuarto con Independiente y quinto con Racing. Dame esos cinco partidos con Almirante y después llévame a donde vos quieras”. Eso quiero, poder irme arriba y contarles a mi papá y mi mamá cómo les llenamos la cancha a River, a Boca con la gente de Casanova. No soy hincha de otro equipo, soy de Almirante y lo voy a amar toda mi vida. Mi papá me llevaba a la cancha a ver a Almirante cuando yo tenía cinco años. Hay gente que cree que porque debuté en Primera con Almirante. Soy hincha del club. De ninguna manera, yo soy hincha de Brown porque mi viejo me llevaba a la cancha cuando Rucci era de tierra (por una de las calles laterales lindantes al estadio).

–¿El mejor momento en Almirante y el peor?

–El mejor momento fue cuando le ganamos a Atlanta y nos tocó ascender (en 2010). Eso fue algo maravilloso, porque hice el gol del ascenso y cinco minutos antes había errado un penal. Fue algo increíble, no sólo por mí, sino por mi familia, por el barrio, por mi mamá que hacía seis meses la había perdido. Y los peores momentos fueron los descensos de Almirante. Cuando jugaba en otros equipos siempre seguía a Almirante. Lo escuchaba por la radio, lo miraba cuando pasaban algún partido, no me perdía nada. Me ponía una gorrita, un buzo o una bufanda para que no me reconocieran y me iba a ver a Almirante.

–Hiciste muchos goles pero, ¿con qué defensor sabías que la tenías complicada?

–En ese tiempo había muchos complicados, pero con el que más roce y códigos siempre tuvimos fue con Manteca López, el capitán de Morón. Mirá que nos pegamos de todas las formas posibles, pero nunca, pero nunca vino con una patada de mala intención. Siempre fue el roce fuerte, pero sin buscar lastimarnos. Era muy especial jugar contra ellos y era un duelo particular contra él, porque era el capitán de Morón y yo el de Almirante. Nos jugábamos muchísimas cosas. Estaba el barrio de por medio. Cada uno representaba a su barrio, pero sin protestar, había un córner y volaban piñas, patadas y codazos, pero nadie le pedía nada al árbitro. Ojo que también me tocó jugar contra Checchia (Rubén Darío), Morquio (Sebastián) y el Negro Barros (Fernando), que jugaba en Italiano. El Negro era el único defensor que pegaba patadas en los gemelos cuando saltaba a cabecear, no sé cómo hacía, pero me daba cada puntinazos en los gemelos, era un crack para pegar. Yo sabía que venían a darme con todo, pero bueno, yo también era grandote y tenía mis cosas. No tenía miedo y más si tenía la camiseta  de Almirante, porque representaba a mi barrio y nada me tenía que doler, molestar, lo único que tenía que hacer era dejar la vida. Cuando yo hacía un gol con la camiseta de Almirante, no sólo festejaba mi gol, sino que celebraba un gol del equipo que soy hincha.

–Contaste que tuviste una infancia dura, que elegías el contrato para estar mejor y para ayudar a tu familia, ¿es cierto que no comés más fideos después de aquellos años?

–Mi mamá crió once hermanos y trabajaba desde las 7 de la mañana a las 6 de la tarde. Comíamos cada tanto y siempre era fideos con tuco, fideos con aceite, fideos con manteca que para nosotros en ese momento era la comida más rica el planeta. Y a medida  que fui creciendo me dije que el día que  pudiera elegir no comer más fideos no lo hago más. Y en las concentraciones no comía pastas, repetía la entrada. Y si me invitan a comer les digo que como cualquier cosa, pero que por favor no hagan pastas. Fideos no. En aquel momento los fideos coditos era titulares en casa… Tenían la cinta de capitán como locos tenían esos. Pero sabés que nunca nos quejábamos porque sabíamos todo el sacrificio que hacía mamá para poner ese plato de fideos en la mesa. A ella le decíamos que era la mejor comida del mundo y se sentía feliz. Eso nos enseñó que en la vida hay que poner mucho sacrificio y se puede salir adelante. Desde lo más humilde se puede hacer feliz a los hijos. Siempre me pregunto que habrá sentido mi mamita cuando en Reyes, cumpleños o Navidad no nos podía dar un regalo… Pero bueno, el tiempo y  sus enseñanzas nos ayudaron a ser buena gente y a valorar los esfuerzos de ella. Si mi mamá no me podía comprar una pelota, ella sabía que una taza de mate cocido con pan me hacía el nene más feliz del mundo. Los mate cocido, los guisos o los pucheros no los he comido nunca más en mi vida.